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«Abuela tecla», por Hipólito G. Navarro

Os ofrecemos, por cortesía de la editorial Páginas de Espuma, el capítulo escrito por Hipólito G. Navarro para EL ARQUERO INMÓVIL: NUEVAS POÉTICAS SOBRE EL CUENTO.



Desde siempre me ha interesado invitar como protagonista de todas mis historias al lenguaje mismo. Independientemente del argumento que transite por cada relato. Mi preferencia por el cuento se debe a que me permite una mayor libertad a la hora de experimentar con el lenguaje, de investigar con las formas, ocupaciones muy peligrosas para desarrollar en textos largos, que lo único que consiguen es aburrir al lector. El cuento me regala un territorio de libertad creadora que no me proporciona la novela.

Soy de los que piensan que escribir novelas es muchí­simo más descansado que escribir cuentos, esto es algo tan obvio que casi no necesita explicación (miro siempre más a Rulfo que a Galdós, es una debilidad). Y los novelistas contemporáneos son los primeros que lo saben. Tan claro tienen ellos que el género cuento es el género mayor de la narrativa que continuamente se ven obligados a afirmar lo contrario. Cuando un novelista afirma que para descansar de la escritura de sus novelas se dedica a escribir cuentos, no está hablando en realidad de las dificultades de su trabajo como nove­lista sino construyendo de paso y como el que no quiere la cosa uno de los más despreciativos comentarios que se pueden hacer sobre el género cuento. No son pocos los novelistas que dicen escribir cuentos mientras descansan de la escritura de sus novelas, como me consta que también algunos cuentistas escriben novelas para descansar de la tensión que supone la escritura de los cuentos; la diferencia radica en que mientras los cuentistas almacenan por respeto esas novelas de descanso en los cajones destinados a la voracidad de los hongos o de los herederos, a los novelistas no les da ninguna vergüenza publicar de vez en cuando colecciones de esos descansados cuentos.

Yo soy hombre de cuentos, no de poéticas del cuento. Las poéticas pretenden en el fondo amarrar el bicho cuento a una serie de normas, y no hay cosa que me fastidie más. Con el argumento de que habría que sujetarse a unas mínimas reglas, algunos cuentistas redactan sus poéticas y recetan decálogos para el género. Pero no creo que sea conveniente seguir sus propuestas, tan pintorescas a veces. Es de suponer que piensan sus poéticas tras haber escrito montones de cuentos, que primero son los cuentos y después las teorías que se extraen de la lectura de esos cuentos. Mal asunto invertir los términos. Si se escribe un cuento atendiendo a unas normas fijadas de antemano, me temo que el fruto no será precisamente un buen cuento. ¿Quiere que me empeñe en una poética de todas formas? En un cuento cabe todo, aunque muy apretado, como en el camarote de Groucho Marx en Una noche en la ópera. Y todo eso tan apretado que uno mete en el camarote, en el cuento debe terminar contando una historia.
 

Siempre he escrito mis cuentos un poco a lo loco (sobre todo los primeros). Ahora los escribo igual, con sus dosis de mala leche, pero luego corrijo y corrijo, peino y repeino, con la esperanza de que pasen por más correctos y no se les vea el plumero de la intención de repartir unas cuantas hostias.

Por todo lo dicho, más que una poética sólo puedo ofrecer un testimonio de cómo empezó todo:
 

En el principio fue el chiste.

De muchacho, en el bar de la familia, yo contaba chistes hasta altas horas de la madrugada. Cada noche amenizaba las veladas con verdaderos chaparrones de disparates y juegos de palabras, mientras mi progenitor llenaba con disimulo los vasos. Pronto caí en la cuenta (tal vez errónea) de que eran la brevedad de los relatos y la manera de contar (y no el vino) quienes operaban el milagro de mantener encan­tados a cada vez más vastos auditorios junto al mostrador, pues llegó el momento en que agotados los chistes no pude ofrecer otra cosa que los resúmenes ado­bados de absurdo de las grises realidades que nos zarandeaban cada día.

Menos mal que los vecinos de arriba, al poco de mi descubrimiento, hartos de tanta risa, consiguieron que nos precintaran el bar. ¡Era tan cansado repetir las funciones teniendo ya resuelto lo esencial! Desde en­tonces pongo las pamplinas por escrito, dibujándolas ahora en la pantalla a vuela tecla, sin saber casi nunca a dónde voy a parar, confiando en que me sirvan algunos años de oficio y de intuición narrativa, y haciendo mías unas palabras de Bradbury que aseguran que «soy un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales», o en algo mucho peor si me pongo a pensarlo fríamente.
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Reseña de «La vuelta al día», de Hipólito G. Navarro

RESEÑA DE «LA VUELTA AL DÍA», DE HIPÓLITO G. NAVARRO
Manu López Marañón
Reflexiona Cortázar en «Clases de literatura» (Alfagurara, 2013) sobre aspectos esenciales del cuento. 
Los cuentos no son nunca, o casi nunca, problemáticos: para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones. 
Resalta el argentino la ineludible potencialidad del cuento; uno logrado tendrá una proyección que despierte una larga serie de aperturas mentales y psíquicas. Y se sorprende de cómo ese «orden cerrado» –cuya duración e intensidad configura el cuento–, tan alejado del juego abierto que supone cualquier novela (en la que entra y cabe todo),  genera el tipo de narración que, como pasa con algunas fotografías, deja un mayor poso.

A lo expuesto por el maestro argentino apostilla, en recientes declaraciones, su aventajado discípulo,
Hipólito González Navarro:
Un cuento es una obra de arte en sí misma, cada uno es un ente. Otros géneros no permiten ese juego con el lenguaje ni la forma.
Tras una larga espera, la editorial madrileña Páginas de Espuma ha publicado recientemente «La vuelta al día», el nuevo libro de cuentos de Hipólito G. Navarro, ineludible referencia de la Narrativa Breve en castellano.
 

Desconociendo su obra anterior, he encontrado en él algo que me ha satisfecho plenamente (ese algo lo he sentido asimismo, durante el año que acabamos de despedir, con otros dos libros de relatos: «Hasta el fin de los cuentos», del zaragozano José María Conget –Pre-textos, 1998–, y «Madame Ming y otros relatos», de la madrileña Bárbara Aranguren –Huerga y Fierro, 2010–). Y estos júbilos míos vienen propiciados por relatos en los que los personajes no están nunca, como plantados figurones, al servicio de la trama para que la trama pueda echar a andar. Que el mecanismo del cuento, sus elementos estéticos y su combinatoria literaria –con todo lo que tiene de bello– se encuentren subordinados a los personajes es lo que más prefiero.

«El cuento es una narración breve de contenido expectante que se intensifica y aclara en el desenlace», y sobre esta ortodoxa definición parece haberse edificado el quehacer del autor onubense. Fraccionado en cinco partes, los relatos que conforman su nuevo libro pueden agruparse siguiendo otras divisiones como la que propongo. Salvo en un par de notorias excepciones (que señalaré) ha sido el enfoque realista el preferido por Hipólito.
 

En el conjunto mayoritario ocho narraciones escarban en la creación artística y sus aledaños, prestando preferente atención a la escritura, los libros y al arte de leer. «El infierno portátil» es una invitación a la lectura a la que se llega por esos dedos tostados por el hierro candente de una fragua. En «Nahir» un escritor con temor a volar debe tomar un avión para un ineludible sarao literario. «Balance» elogia al artesano ensimismado y ajeno a los riesgos profesionales que conlleva cualquier labor. En «Los artistas cautivos» un pintor deja la ciudad y va a vivir a un pequeño pueblo. «Mucho ruido y pocas nueces» enumera con distancia los meticulosos preparativos que supone representar una obra teatral. En «Los K» un escritor confiesa su tendencia irreparable a perder archivos informáticos. En «La vuelta al día» el narrador ve en su pueblo de verano a los jóvenes de hoy y compara su triste diversión con las actividades nocturnas de su cuadrilla, con aquellas lecturas de Poe y Kafka que los aterrorizaban. Y «La poda y la tala de los árboles frutales» sirve para que el narrador recuerde cómo su dipsómano padre le insistía en que un libro es lo más importante del mundo. El largo lamento por haber extraviado el único libro de su progenitor –un tratado sobre la poda y la tala– pone broche de oro a esta extraordinaria colección de relatos.

Gusta Cortázar de rematar sus relatos con un final contundente, lo que él llama «dejar K.O. al lector». Hipólito G. Navarro ofrece cuatro que han acabado con mi cuerpo literalmente en la lona. En «Las estampas del timo» el narrador cuenta su pasión por una compañera de Facultad a la que acompaña, como su sombra, un tarado. En «El fondo de la memoria» un hombre aguarda en su casa la llegada de su mujer, que viene a recoger sus cosas para abandonarlo. «Tantas veces huérfano» rememora una disputa tabernaria en la cual un hombre murió acuchillado. Y «Una infidelidad» relata el viaje de un conductor solitario ante el que desfila una variopinta galería de personajes que conforma un inaudito mosaico.

Dos cuentos acontecen en momentos históricos diferentes. Ambientado a finales del siglo XVI, en «Luisito Tristán» el protagonista acompaña el erudito retiro de un santo en su gruta. En «La nota azul» se celebra –en el París del siglo XIX– una reunión de artistas en la que descuellan Chopin, George Sand y Delacroix. El pianista persigue en su teclado la nota que acompañe el chispeante encuentro… A este relato la irrupción de lo fantástico confiere su notable personalidad.

El otro cuento fantástico –en este caso enteramente fantástico– es «Rifa», casi un microrrelato en el cual, tras esparcir las cenizas por el pueblo donde pasaba sus veranos, el difunto reciente pisa sus calles nuevamente sin dejar rastros.

Un abundante grupo lo conforman siete relatos por los que campa el humor, resultando mayoritario el registro irónico. Así, en «Verruga Sánchez» la mujer de un hombre de vida social arrebatada reconoce cómo la extirpación de una arruga que afeaba su rostro lo ha hecho perder brillo. En «Mire, no estoy para bromas ahora mismo» un ex presidiario no se encuentra en la calle y hará lo posible para regresar a la cárcel. «Puentes y acueductos» cuenta cómo, al silbado de una anciana que divisa turistas, un pintoresco pueblo se pone en funcionamiento para representar su laboriosidad.

Acrecienta al matiz irónico un tono, entre erótico y pornográfico, que el autor desarrolla –por primera y única vez– en «Los otros Tiresias y Clariclea». Tiresias centra su existencia en convertirse en mujer. Su esposa le sirve de modelo para su transformación, pero de tanto dibujarla y observarla, tomará una imprevista decisión…
 

En otros dos relatos la ironía ha dejado paso al crudo sarcasmo. Son «Ligamentos», donde una bióloga enamora al narrador, quien, para seducirla, arriesgará su vida por una flor. Y «La excusa termodinámica», donde una apasionada pareja ve frustrado su fin de semana rural ante su incapacidad de encender la chimenea.

En breve os ofreceremos, por cortesía de la editorial Páginas de Espuma, el capítulo escrito por Hipólito G. Navarro para EL ARQUERO INMÓVIL: NUEVAS POÉTICAS SOBRE EL CUENTO. Si deseas recibir un aviso en tu correo electrónico el día de su publicación, mándanos un mensaje a través del formulario que encontrarás al final de la página, indicando «El arquero inmóvil».


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.

«Microrrelatos escogidos» por Ana Grandal (XVIII)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Ana Grandal, licenciada en Ciencias Biológicas, traductora científica y escritora.
 

EL ÁRBOL DEL FUEGO
Hipólito G. Navarro
Es el niño primero de la clase, extraño niño de sobresalientes y matrículas. Por las tardes abunda en su sustancia, y en el parque soslaya la facilidad de los cerezos y los arces y trepa, con dificultades, a lo más alto de un árbol de fuego.

Abajo, intuyendo la caída que algún día tendrá que llegar, espera sin prisas otro niño, éste más discreto tras sus gafas: el que fantasea en la clase en el último pupitre bajo el mapa, donde nunca llegan los premios del maestro
.


Los tigres albinos

MILLONES
Rogelio Dalmaroni
Millones de personas van y vienen, se escuchan autos, gritos, puertas que se abren y se cierran, aviones, voces de niños, edificios en construcción, una bella voz de mujer.

El hombre está sentado en el living.

Nadie llama a su puerta
.
Final abierto

SIRENAS
Jorge Dávila Vázquez
Todo bestiario que se precie de tal ha de contar con una sirena. La nuestra es bellísima. Tiene alas como los ángeles. El cuerpo no está cubierto de escamas, sino de pétalos. Es el único caso de una sirena a medias vegetal. Proviene de las tierras y los mares remotos —el de los Sueños, el de las Flores, el de las Voces, el del Vértigo— del Wurden, por eso no tiene voz.

Pero, los marinos que se acercan a ella no la pueden abandonar, porque guarda en su corazón las voces del pasado, las canciones del ayer, los arrullos de la infancia y, mientras los hombres los buscan, reclinados en su pecho de jazmín, pasa el tiempo, y corren sobre ellos las catástrofes y el olvido, con un leve ruido de mares remotísimos, inalcanzables
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Cuentos breves y fantásticos


191
Edgar Allan García
Ella amaba al fantasma porque sus palabras eran dulces y a veces, cuando hablaba de amor, estas se encendían como brasas. Ella le escribía poemas y le confiaba su deseo de que estuviera ahí, en carne y hueso, para que probara su carne. Con frecuencia, ella hablaba de él con sus amigos como si en verdad estuviera a su lado, pero al final del día, cuando desconectaba facebook, ella se iba a dormir. Sola, como siempre.

Micro-Bios

POBREZA
Edmundo Valadés
Los senos de aquella mujer, que sobrepasaban pródigamente a los de una Jane Mansfield, le hacían pensar en la pobreza de tener únicamente dos manos.

La minificción en México

Ana Grandal es licenciada en CC. Biológicas y ejerce como traductora científica freelance desde 1996. Entre otros, ha traducido los libros de divulgación Los orígenes de la vida (Freeman Dyson, Cambridge University Press, 1999), El comportamiento altruista (Elliott Sober y David Sloan Wilson, Siglo XXI, 2000) e Inteligencia emocional infantil y juvenil (Linda Lantieri, Santillana, 2009) y la compilación de poesía incluida en Mina Loy. Futurismo, Dadá, Surrealismo (La Linterna Sorda, 2016). Cuenta con varios premios literarios, que incluyen el V Concurso de Relato Corto del Ayto. de Monturque (2004) y el XIII Premio de Narrativa Miguel Cabrera (2006). Ha publicado la colección de microrrelatos Te amo, destrúyeme (Amargord Ediciones, 2015). Coedita con Begoña Loza la colección de relatos La vida es un bar (Vallekas) (Amargord Ediciones, 2016), en donde también participa como autora. Colabora en las revistas digitales La Ignorancia y La Charca Literaria. En su faceta musical, toca la flauta travesera en los grupos de rock VaKa y Los Vitter del Kas.

Puedes leer una selección de microrrelatos de su libro «Te amo, destrúyeme», publicado por Amargord Ediciones en 2015, pinchando en la imagen.


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