Mostrando entradas con la etiqueta reseña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reseña. Mostrar todas las entradas

Reseña de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo

Reseña de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo, 
por Ana G. Aranda
¿Qué lleva a un librero de clase alta a quitarse la vida? Eso es lo que se pregunta Carmen Sotés mientras prepara su primera crónica de sucesos para «El Imparcial». ¿Mal de amores? ¿Soledad?

El empeño de la policía en que no publique nada sobre su suicidio y un nombre susurrado en el tranvía que la lleva de vuelta a la oficina, pondrán a la joven periodista tras la pista de una sociedad secreta que lleva oculta dos siglos.

La muerte del librero está relacionada con otro acontecimiento; uno que comenzó en las costas de la Habana en 1702, cuando el capitán Íñigo Galarza zarpó del puerto de la Habana llevando en la bodega de su barco un cofre destinado al rey. La misión no salió como se esperaba y dio origen a la Orden de la Mano Negra.

El cementerio de los suicidas, de Manuel Hurtado Marjalizo, es un libro de misterio con mimbres históricos en el que el autor nos narra dos historias. La primera comienza con la última línea que Carmen Sotés decide añadir a su crónica tras el misterioso encontronazo en el tranvía. La joven no imagina que esas palabras pondrán en peligro su vida y la de su amado.

La segunda se desarrolla a bordo del barco capitaneado por Íñigo de Galarza. Su travesía se prevé segura: la enorme escolta que flanquea su navío ha de cerciorarse de que el misterioso cofre llegue a manos del rey Felipe V. Ese cofre obligará al leal marino a recorrer Galicia, Madrid, Toledo y Sevilla.

Las dos tramas nos muestran épocas diferentes de la historia de España: la Guerra de Secesión tras la muerte de Carlos II, que puso en jaque a toda Europa, y los últimos días del siglo XIX de aquel Madrid donde los primeros automóviles convivían con simones, y en el que algunas mujeres como Emilia Pardo Bazán o la propia Carmen abrían camino a otras féminas que aspiraban a acceder a un mundo laboral cerrado para ellas.

Su pundonor periodístico obliga a Carmen a resolver el misterio que rodea la muerte del librero. Quiere demostrar su valía y para ello se enfrentará a una sociedad secreta que custodia un secreto que muchos ansían poseer. Y lo hará en soledad, pertrechada únicamente con su inteligencia y el gran valor que le inculcó su padre.

Destacaría de El cementerio de los suicidas el gran trabajo de documentación que ha realizado el autor, el uso de muchas expresiones en castellano antiguo que dan un toque especial a las desventuras de Galarza y la nobleza de los dos protagonistas, que renunciarán a todo por salvar lo que más aman.

Una gran novela en la que el honor, la traición, el amor y el dolor viajan de la mano y sumergen al lector en una historia de la que es imposible salir indemne
.

Novela de Manuel Hurtado Marjalizo
 
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.


Ana G. Aranda, lectora empedernida, colabora con las webs Anika Entre Libros y Quelibroleo.com y la revista La Gatera de la Villa.



Manuel Hurtado Marjalizo es ingeniero de minas por la Universidad Politécnica de Madrid y trabaja desde hace veintiocho años en la multinacional francesa Saint-Gobain, donde ha ejercido puestos directivos en Segovia, Mendoza (Argentina), Barcelona, París, Milán y Madrid. Se estrenó en la ficción en 2010 con La hora del Lobo Gris, novela que fue finalista en el XIV Premio Fernando Lara. En 2016 publicó en La Esfera de los Libros La librería del callejón, con la que ha cosechado un gran éxito y que ha alcanzado las cinco ediciones.
 

 
 
 
Fragmentos de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo
"¿Quién soy yo para torcer el destino?
   Lo que más recuerdo de aquel día es la expresión helada del cadáver de Saturnino de la Vega, el librero que habían encontrado ahorcado en la trastienda de su pequeño negocio de la glorieta de Quevedo. Era una tarde tormentosa, una de esas tardes en las que el cuerpo te pide quedarte junto a la lumbre de una chimenea o al calor de una estufa de carbón. Ese fue el día que todo empezó, el primero de los días de furia que me tocó vivir en un diciembre que se deshojaba como una margarita rubricando el fin irremediable de siglo.”
***
   “En esto apareció por la plazuela el almirante don Manuel de Velasco y Tejada. Venía en un carro de manos tirado por esclavos arahuacos, no porque su hostería estuviese lejos, que estaba al lado, sino para mostrar a todos quien mandaba.
   Vestía un jubón de gamuza, polainas hasta las rodillas y un pistolón al cincho cebado de hierros para espantar malas ideas. De su cintura colgaba una daga de acero vizcaíno de vieja raigambre con la que decía que sus antepasados habían dado muerte a más de un ciento de enemigos.”
***
 “Quise echar un último vistazo a mi alrededor. El aire estaba embadurnado de tristeza, de esa tristeza fúnebre que supuran los cementerios. Montones de lápidas silentes, muchas de ellas medio abandonadas por quienes un día llevaron allí a sus seres queridos, con ese aspecto indolente que adquieren los ancianos cuando ya nada les importa.
   No era yo de limpiar tumbas propias, y en mi agnosticismo, tampoco pensaba que ningún muerto podría reprocharnos algún día que no hubiésemos cuidado la suya, pero no por eso dejaba de impresionarme aquel paisaje de desidia, esa especie de condena al repudio y al desamparo a la que parecían estar sometidos los habitantes de aquel cementerio.”
*** 
“—El Guardián del Cielo es el arcángel San Miguel, el jefe de los ejércitos de Dios —aclaró mi viejo profesor—, una de las pocas figuras que es venerada tanto por cristianos, ya sean católicos, ortodoxos o anglicanos, como por judíos y musulmanes. Nadie discute su importancia.
Eso me complicaba las cosas. Si la Mano Negra tenía un sesgo religioso, podía ser de cualquier credo, incluidos los que casi nadie practicaba en Madrid.
  —¿Y cuál es su singularidad para que religiones tan distintas lo veneren?
  —Por su naturaleza de arcángel es uno de los jefes del reino celestial. San Miguel precisamente recibió de Dios una de las tareas más importantes, la custodia del cielo. Fue él quien expulsó a Lucifer cuando quiso revelarse contra Dios convirtiéndolo en el Ángel Caído. Si hay alguien a quien odie el diablo es a San Miguel. Por eso creo que estos de quienes me hablas podrían pertenecer a una secta antisatánica.”
***
 “La Orden de la Mano Negra era una organización milenaria y clandestina, dirigida por un Prior, que mantenía reuniones secretas en un lugar oculto de Madrid. La nota de Genaro hablaba de una vieja ermita donde, al parecer, se encontraban las noches de solsticio y equinoccio.”


Si te gusta la NOVELA NEGRA HISTÓRICA, suscríbete a Cita en la Glorieta. Escríbenos a través del siguiente formulario, indicándonos en el cuerpo del mensaje NOIR HISTÓRICO y te enviaremos a tu correo los artículos, reseñas y relatos relacionados.
 

 

Reseña de «El sueño eterno», de Raymond Chandler

Reseña de «El sueño eterno», de Raymond Chandler 
por José Javier Navarrete
FICHA TÉCNICA

Título: El sueño eterno
Título original: The big sleep
Autor: Raymond Chandler
Nº de páginas: 368
Editorial: Debolsillo
Fecha publicación: 19 de abril de 2017
Traducción: José Luis López Muñoz.



SINOPSIS

El general Sternwood contrata al detective Philip Marlowe por un chantaje que concierne a su hija menor, y chupadedogordo, Carmen. Asesinatos, pornografía, droga, juego, delincuentes de poca monta y de no tan poca; esta es parte de la flora y fauna de la jungla de perversión en la que se sumerge Marlowe. Jungla en la que parece haber desaparecido el yerno del general, cuya ausencia a lo largo de toda la novela es tan constante como la lluvia.


 
EL AUTOR

Raymond Thornton Chandler (Chicago, 23 de julio de 1888 – La Jolla, California, 26 de marzo de 1959). Educado en Inglaterra realizó todo tipo de actividades antes de dedicarse a la literatura. Participó como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Trabajó como empleado de banca, periodista y también fue escalando peldaños en una petrolera de Los Angeles, hasta que en medio de la Gran Depresión se vio en la calle por sus problemas de alcoholismo, su recalcitrante absentismo y sus continuos líos de faldas con las secretarias. Se perdió un vicepresidente de una petrolera y se ganó un magnífico escritor de novela negra.

Comenzó publicando en revistas de ficción criminal, las famosas revistas pulp de aquella época. En 1939 escribió su primera novela: El sueño eterno, después vendrían otras siete y su incursión en el cine como guionista. Murió en 1959, solo, deprimido por la muerte de su mujer y con el alcohol como remedio para su tristeza.

Caníbal

El sueño eterno fue la primera novela de Raymond Chandler. Para crearla canibalizó algunas historias escritas por él con anterioridad, fundamentalmente El telón y Asesino bajo la lluvia (ambas incluidas en esta edición de Debolsillo). Supone la aparición estelar de Philip Marlowe, un detective privado al más puro estilo hard-boiled (de acuerdo con el Brewer’s Dictionary of Phrase and Fable: alguien endurecido por la experiencia; una persona sin ilusión ni sentimentalismo).

¿Vamos al cine?

Al igual que me ocurre con Sam Spade, el protagonista de El halcón maltés de Dashiell Hammett, no puedo pensar en Philip Marlowe sin hacerlo en Humphey Bogart. En 1946 protagonizó, junto a Lauren Bacall, una película, titulada también El sueño eterno, dirigida por Howard Hawks. Si aún no la has visto, no esperes más. En realidad sí, léete primero la novela.


 

La ruptura con el pasado

Chandler, como otros correligionarios del género, rechaza el legado de predecesores que hacían de sus novelas un problema de lógica y deducción. El mismo Marlowe dice:
No soy Sherlock Holmes ni Philo Vance. No es lo mío repetir investigaciones que la policía ha hecho ya, ni encontrar una plumilla rota y construir un caso a partir de ahí. Si cree usted que hay alguien trabajando como detective que se gana la vida haciendo eso, no sabe mucho de la policía.
Chandler no solo rechaza esta tradición, como ya habían hecho otros, incluyendo al mismo Hammett, sino que la desafía, llegando hasta el punto de dejar sin resolver el asesinato del chófer del general Sternwood. Bien es cierto que no tiene mayor transcendencia en el desarrollo de la trama, pero no deja de ser curioso que quede un cabo suelto en una novela de este tipo, al menos hasta que llegó Chandler.

La presentación en sociedad de Philip Marlowe

Me había puesto el traje azul añil, con camisa azul marino, corbata y pañuelo a juego en el bolsillo del pecho, zapatos negros, calcetines negros de lana con dibujos laterales de color azul marino. Iba bien arreglado, limpio, afeitado y sobrio y no me importaba nada que lo notase todo el mundo. Era sin duda lo que debe ser un detective privado bien vestido. Me disponía a visitar a cuatro millones de dólares.
Esta es la presentación de Philip Marlowe en El sueño eterno, lo curioso es que su apariencia es lo que menos importa, lo esencial es que a lo largo de la novela se puede disfrutar de un detective privado ocurrente, hastiado del mundo, irónico y cínico. También algo misógino y bastante homófobo:
Las tiras de seda en las paredes, la alfombra, las lámparas recargadas, los muebles de teca, el violento contraste de colores, el tótem, el frasco con éter y láudano…; todo aquello, a la luz del día, resultaba de una obscenidad vergonzante, como una fiesta de mariquitas.
Lo que no resulta extraño dado que Chandler era homófobo.

Lo que si es más curioso es que el escritor quisiese para el papel de Philip Marlowe en la gran pantalla a Cary Grant, sobre el que pendía la sospecha de su bisexualidad.

El balón se pone en juego

La trama de El sueño eterno comienza cuando el de los cuatro millones de dólares entrega la siguiente nota de chantaje a Marlowe:
Muy señor mío: Pese a la imposibilidad de reclamar legalmente lo que aquí le incluyo (reconozco con toda sinceridad que se trata de deudas de juego) doy por sentado que preferirá usted pagarlas.
Respetuosamente,

A. G. GEIGER
La deuda es de la hija pequeña del general Sternwood, Carmen; una joven de vida disipada y un trasfondo que pasa desapercibido. Una caprichosa joven rica, cuyos límites morales se difuminan en sus apetitos mundanos. Marlowe la define así al poco de conocerla:
Comprendí, pese a lo breve de nuestra relación, que pensar sería siempre una cosa más bien molesta para ella.
Aunque pudiésemos pensar que la novela girará en torno al chantaje con el que comienza, no es más que la línea de salida, la verdadera carrera es la que sigue el recorrido de Rusty Regan, un antiguo contrabandista irlandés que ha dado el braguetazo al casarse con Vivian, la hija mayor del general. Tenía todos los boletos para caer mal al viejo Sternwood y sin embargo:
—Fue un soplo de vida para mí…, mientras duró. Pasaba horas conmigo, sudando como un cerdo, bebiendo brandy a litros y contándome historias sobre la revolución irlandesa. Había sido oficial del IRA. Ni siquiera estaba legalmente en Estados Unidos. Su boda fue una cosa ridícula, por supuesto, y es probable que no durase ni un mes como tal matrimonio. Le estoy contando los secretos de la familia, señor Marlowe.
Será una carrera repleta de cadáveres que se internará en un mundo de perversiones regido por personas de pocos escrúpulos con tendencia a la corrupción. Una auténtica yincana por Los Angeles de los años finales de la Gran Depresión.
Estaba tan vacío de vida como los bolsillos de un espantapájaros. En la cocina me bebí dos tazas de café solo. Se puede tener resaca con cosas distintas del alcohol. Resaca de mujeres. Las mujeres me ponían enfermo.
Es el tipo de detective conocedor del carácter ajeno, pero también de fuerte intuición. Desencantado con su vida y con la sociedad en la que le ha tocado vivir:
—¿Y por esa cantidad de dinero está dispuesto a enemistarse con la mitad de las fuerzas de policía de este país?
—No me gusta nada —dije—. Pero ¿qué demonios voy a hacer si no? Trabajo en un caso. Vendo lo que tengo que vender para ganarme la vida. Las agallas y la inteligencia que Dios me ha dado y la disponibilidad para dejarme maltratar si con ello protejo a mis clientes. Va contra mis principios contar todo lo que he contado esta noche sin consultar antes al general. Por lo que respecta a encubrimientos, también yo he trabajado para la policía, como usted sabe. Se encubre sin descanso en cualquier ciudad importante. Los polizontes se ponen muy solemnes y virtuosos cuando alguien de fuera trata de ocultar cualquier cosa, pero ellos hacen lo mismo un día sí y otro también para contentar a sus amigos o a cualquier persona con un poco de influencia. Y todavía no he terminado. Sigo en el caso. Y volveré a hacer lo mismo si tengo que hacerlo.
Solo quiere el dinero ganado con honestidad y así lo demuestra:
—Tiene usted una ventaja sobre mí, general. Una ventaja de la que no quisiera en absoluto privarle, ni en su más mínima parte. No es mucho, considerando lo que tiene que aguantar. A mí me puede decir lo que se le antoje y jamás se me ocurrirá enfadarme. Me gustaría que me permitiera devolverle el dinero. Quizá no signifique nada para usted. Pero puede significar algo para mí.
—¿Qué significa para usted?
—Significa que no acepto que se me pague por un trabajo poco satisfactorio. Eso es todo.
—¿Hace usted muchos trabajos poco satisfactorios?
—Algunos. Es algo que le pasa a todo el mundo.

El estilo de Chandler

El estilo narrativo de Chandler muestra diálogos repletos de jerga, símiles tan exagerados que te hacen sonreír, y su narrador, en primera persona, describe las escenas como lo haría una cámara cinematográfica, lo cual no es extraño, ya que años después comenzaría su carrera como guionista. Pero en algunos momentos su prosa alcanza una gran belleza:
¿Qué más te daba dónde hubieras ido a dar con tus huesos una vez muerto? ¿Qué más te daba si era en un sucio sumidero o en una torre de mármol o en la cima de una montaña? Estabas muerto, dormías el sueño eterno y esas cosas no te molestaban ya. Petróleo y agua te daban lo mismo que viento y aire. Dormías sencillamente el sueño eterno sin que te importara la manera cruel que tuviste de morir ni el que cayeras entre desechos.

Fin de línea

El sueño eterno es una lectura más que recomendable, no tanto por la trama como por los personajes, verlos crecer en cada página es un deleite. El ritmo es vivo y seguir a Marlowe agotador, aunque casi siempre llegue con el cadáver ya servido. Chandler , en su sencillez, me parece un maestro, hay frases que revolotean en mi cabeza, algunas de ellas acabarán posándose y, si no hay demasiadas letras empujando, puede que resistan el ímpetu de las que han de llegar.

Reseña de «Manual para mujeres de la limpieza», de Lucia Berlin, por Rubén Abella

PROFUNDA NOCHE OSCURA
Rubén Abella
Cuando me preguntan por mis lecturas, suelo establecer una distinción entre los autores que admiro y aquellos por los que, como escritor, siento envidia. Lucia Berlin —junto con Faulkner, Shakespeare o Rulfo, por poner otros ejemplos— está sin duda en la segunda categoría. ¿Por qué? Pues porque es una escritora fuerte, como diría Harold Bloom. Es lúcida, carece de fisuras y tiene una potentísima pegada estética. Por si eso fuera poco, en ningún momento se aparta de lo humano. Dicho de otra forma, la envidio porque es la encarnación —una de varias posibles— de lo que para mí es un Escritor con mayúsculas.

Lo que viene a continuación es un análisis personal de “Inmanejable”, uno de los cuentos incluidos en su magnífico libro Manual para mujeres de la limpieza. Pero la conclusión a la que llego es aplicable, creo, al conjunto de su obra.

 
***

El arranque de “Inmanejable” es una introducción perfecta al universo narrativo de Lucia Berlin:
En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens.
Destaca en la primera frase el contraste entre lo metafórico, en este caso con claras connotaciones religiosas (la profunda noche oscura del alma), y lo concreto (las licorerías y los bares cerrados). Este choque conceptual hace que el lector entienda de inmediato el infierno en que vive la protagonista. No se puede decir más con tan pocas palabras. El resto del párrafo es una elaboración, una lacónica acumulación de detalles que apuntalan la impresión inicial.
 

Son las cuatro de la mañana. La mujer, temblorosa, hace cálculos. A las seis abre la licorería Uptown de Oakland. Caminar hasta allí le llevará unos cuarenta y cinco minutos. Le da tiempo, estima, a ir y volver antes de que se despierten sus hijos. El infierno se hace más crudo, más ardiente si cabe. La mujer, nos damos cuenta, sufre su adicción a escondidas en un entorno doméstico inocente.

Mientras se prepara para salir, la mujer abre el bolso y descubre que no tiene dinero. Alarmada, busca en el bote del escritorio, en los bolsillos del abrigo, en un cajón de la cocina, en los bolsos que tiene en el ropero. Al final logra reunir los cuatro dólares que el dueño de la licorería cobra por una botella de media pinta a esas horas. Sale a la calle preguntándose si logrará llegar a su destino. Camina con dificultad, concentrándose en las grietas de la acera para mantener el equilibrio, apoyándose en los arbustos y los troncos de los árboles.

Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron.
“Apreciad los detalles, los divinos detalles”, aconsejaba Nabokov en sus clases de escritura. Una furgoneta de atestados, nos dice Berlin. Un taxi vacío. Un coche de policía sin luces… Más adelante, cuando la mujer llega por fin a la licorería, el dueño le hace contar el dinero sobre el mostrador solo para darse el gusto de ver cómo tiembla. La crueldad encapsulada en un gesto. Es improbable que Nabokov leyera a Berlin. Le habría gustado: su narrativa es una celebración del detalle.

En “Inmanejable”, como en el resto de los cuentos incluidos en Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin muestra una enternecedora piedad con las debilidades de sus personajes, con las suyas propias y, por extensión, con las de todos nosotros. Dueña de un estilo llano y esencial, poderosamente efectivo, la autora explora con desgarradora lucidez los rincones más penumbrosos de nuestra naturaleza, la profunda noche oscura de nuestra alma
.


Rubén Abella © 2017

Fuente de las citas:

Lucia Berlin. Manual para mujeres de la limpieza. Alfaguara, 2016. 


Ruben Abella (Valladolid, 1967)
Fotografía: Rosa Jiménez
es licenciado en Filología Inglesa y ha cursado estudios de postgrado en las universidades de Tulane (Nueva Orleans, Estados Unidos) y Adelaida (Australia). Su primera novela, La sombra del escapista, recibió en 2002 el Premio de Narrativa Torrente Ballester y con su segunda, El libro del amor esquivo, resultó finalista del Premio Nadal en 2009. En 2007 No habría sido igual sin la lluvia mereció el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, feliz incursión en el género del microrrelato que quedó revalidada en 2010 con Los ojos de los peces. En 2011 publicó Baruc en el río. California (2015) es su cuarta novela. Rubén Abella compagina la escritura con la fotografía y la docencia. Ha impartido cursos y conferencias sobre diversas materias en universidades de todo el mundo y es profesor de la Escuela de Escritores y de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Reseña de «Toda pasión apagada», de Vita Sackville-West

RESEÑA DE «TODA PASIÓN APAGADA», DE VITA SACKVILLE-WEST (Alfaguara, 2016), por
Manu López Marañón
Vita (apócope de Victoria) Sackville-West, fue para Virginia Woolf :
«una alta aristócrata hija de Knole, esposa de Harold Nicolson, y novelista; pero su verdadero y notable mérito son, si se me permite ser tan burda, sus piernas. ¡Oh!, son exquisitas».
Compañera, confidente y amiga de Virginia Woolf, ambas construyeron también una relación amorosa que trascendió fuera del círculo de los íntimos. A principios del siglo XX el lesbianismo era tomado en Inglaterra como una orientación sexual o emocional periódica que prosperaba alegremente en los intersticios de la vida heterosexual. El marido de Vita –un gran estadista y baluarte del Imperio Británico– compartía gustos con ella: su bisexualidad no era escondida: muy al contrario, Vita y Harold nunca tuvieron problema en comentar, mientras cenaban y al calor de la chimenea, sus conquistas. Resultó ser el suyo un matrimonio razonablemente feliz.

Es de sobra sabido que la novela Orlando de Virginia Woolf es una biografía encubierta de Vita Sackville-West y la fabulosa mansión de la familia, Knole Palace. Vita descendía de una bailarina española, amante de su abuelo. Por una disposición sálica de su propia familia no pudo heredar el palacio Knole. Para resarcirla de esta dolorosa pérdida, y agradecida también por tantos años de amoríos, Virginia Woolf le escribió esta novela. Vivir cinco siglos de historia inglesa en la piel de un andrógino personaje real que disfruta de su sexualidad sin hacer ascos a la homosexualidad satisfizo, sin duda, a su modelo, Sackville-West.

A cambio, tuvo muy en cuenta Vita, a la hora de redactar Toda pasión apagada –que para muchos es su mejor novela–, el libro de Virginia Woolf Una habitación propia. Establecía Virginia en esa obra conexiones entre los sistemas político y patriarcal, siendo a este último al que apuntaban con seguridad y convicción sus mejores dardos de denuncia. Así, afirmaba que la independencia económica y el acceso a las profesiones de las mujeres resultaban más importantes que haber obtenido el voto; y la conclusión a la que llegaba era que:

 «para escribir novelas una mujer debe tener dinero y un cuarto propio».
La novela de Vita Sackville-West que hoy reseñamos, para dejar más claras sus intenciones, debió haberse titulado “Una casa propia”.

Al quedar viuda, Lady Slane (pese a las súplicas de los seis hijos, que la proponen turnarse su compañía en sus respectivos hogares) decide abandonar la mansión conyugal de Elm Park Gardens y trasladarse a una pequeña casa en la localidad de Hampstead, pueblo en el que siempre ansió vivir. Acompaña a la octogenaria viuda su doncella francesa de confianza, Genoux. El agente que le alquila la casa (se ha establecido que los contratos de arrendamiento sean de un año por motivos obvios), mister Bucktrout, resulta muy del agrado de lady Slane. Él será la única persona que reciba en la nueva vivienda, con los agasajos del inevitable té vespertino. Esta vida monótona, pero satisfactoria para una ex sumisa y ex complaciente esposa, se verá alterada por la irrupción    –nunca mejor dicho– de mister Fitzgeorge, un excéntrico millonario que la conoció 50 años atrás, cuando lord Slane era virrey de la India y lady Slane, por lógica, virreina. A pesar de sus iniciales reservas la anciana es atraída por el arrojo y la mundanidad de Fitzgeorge, a quien acaba por integrar en su pequeño círculo.
 

La relación entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West duró hasta 1941, cuando Viriginia decidió ser tragada por las aguas del río Ouse, cerca del cottage de Rodmell donde tanto tiempo pasó con su marido Leonard. Unos días antes del trágico desenlace, Vita había llevado provisiones alimenticias al matrimonio Woolf. Los nazis bombardeaban sistemáticamente Londres y había ya en todo el Reino Unido un estricto racionamiento.

Fue la amistad entre estas literatas algo que padeció momentos complicados (aunque bien cierto es que no tantos como los que Virginia sufrió con la única escritora que –según ella– pudo haberle hecho sombra: Katherine Mansfield. Solo la prematura muerte de la neozelandesa nos privó de saber si la Woolf estaba en lo cierto…). Al liarse Vita con su cuñada los celos atacaron con saña a Virginia. Vita y Gwen St. Aubyn habían escrito, a cuatro manos, una biografía de Juana de Arco y la Woolf fue implacable en su crítica. A cambio, Vita declaró públicamente no haber pasado de las primeras páginas de Las olas. Discutieron después ferozmente tras la publicación de Tres guineas, un ensayo de Virginia en el que denunciaba las conexiones entre sistema patriarcal, guerra y política, y por el que fue tachada por Vita «de falta de honestidad».

Sin embargo, tras el suicidio de Virginia,
Vita Sackville-West publicó el 6 de abril de 1941, en The Observer, el poema In Memoriam: Virginia Woolf, donde dejó un sentido testimonio de su amistad con la escritora fallecida.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de este blog, ayúdanos a crecer, compartiendo CITA EN LA GLORIETA en las Redes Sociales.

También puedes seguirnos pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias por la ayuda!

Javier Alonso García-Pozuelo