Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS. Mostrar todas las entradas

«La reserva», relato de David Verdejo

LA RESERVA
por David Verdejo
De toda la estepa ocre que regaba los campos de la Argentina, la reserva de Santa Rosalía era, sin duda, la más extensa. Pero tenía un peligro: su desaparición. El único gaucho vivo que velaba por aquel terreno andaba viejo. Ya no viejo de edad, que pasaba los sesenta años con facilidad, sino cansado, melancólico y triste. Un tipo erguido por el orgullo pero débil por la pena. Se hacía llamar “el Antonio” cuando le conocí, allá por los tiempos donde buscar a un tipo como este significaba horas a caballo, atravesando grandes extensiones de ramas secas que arañaban las pezuñas del equino y provocaban largas sesiones de curas en los establos. Ahora es más fácil porque todos los ganaderos llevan un móvil con GPS y el gobierno ha instalado repetidores por toda la Pampa, hecho que generó muchos conflictos en el momento de la implantación. Pero aquellos días previos a la resolución del problema, Santa Rosalía se mantuvo hermosa y funcional hasta las puertas del nuevo siglo, cuando “el Antonio” tomó una decisión. El viejo gaucho intentó por todos los medios conservar el nivel de producción que había sostenido su padre y el padre de su padre, sin éxito. ¿Por qué? Resultó que durante la primavera de 1953, el Antonio viajó a la capital, por primera vez en toda su vida. Aunque la finca daba buena cantidad de pesos durante toda su existencia, su padre, un tipo duro, violento y autoritario, le había prohibido viajar a Buenos Aires con la excusa de “la seguridad”.

Antonio no fue a la escuela: su padre pensaba que no era necesario porque todo lo que debía saber lo aprendería con el sudor de su frente y la sangre de sus nudillos. Tampoco conoció a mujer alguna ya que la relación con ellas fue demonizada por su progenitor, metiéndole ideas oscuras en la cabeza sobre aquellas señoritas que rondaban los campos cual marabunta de chinches que suben por las piernas sin poder evitarlo, provocando un picor insufrible. Y creció en la ignorancia de los números, impregnado de prejuicios que le generaron grandes enemistades y pocos amigos. Uno de ellos, el Potro, era un tipo regordete, enjuto y encorvado que vendía tabaco y licor a granel. Entre los dos compartieron noches de borracheras y exabruptos mientras el negocio duró. Pero un día de diciembre, cuando el viento de la Pampa corta la piel como un cuchillo afilado, el Potro se acercó a la casa de Antonio para despedirse, sin decir nada, sin ofrecer alguna respuesta de aquella extraña partida más que un paquete delgado y largo que le entregó bajo el cerco de la puerta principal.

Con el tiempo, Antonio se enteró que el Potro fue a morir a un hospital de la capital. El cáncer de pulmón lo consumió y cada aniversario de aquella despedida, el viejo gaucho tocaba la flauta que su amigo le regaló esa noche.

Desde entonces, los campos se volvieron grises, secos y estériles. El viejo gaucho se volvió más viejo si cabe y el tiempo se posó sobre él dejando una capa de polvo que ocultaba su piel, arrugaba su rostro y entristecía su mirada. Y así llegó el día en que Antonio dejó de mirar a través del cristal de sus gafas. La ausencia de su amigo le convirtió en un tipo demasiado tranquilo, confiado aunque inseguro y triste.

Y de tristeza decidió, un día de febrero, acabar con todo, viajando a la capital para poner en venta la reserva Santa Rosalía a cualquier precio y comprar un billete para Tierra de Fuego
.

[entrada ANTERIOR] ------------------- [entrada SIGUIENTE]

Este relato ha sido publicado con permiso de su autor, David Verdejo. Puedes acceder a la sección de RELATOS de Cita en la Glorieta pinchando AQUÍ.

es un escritor madrileño que comenzó su carrera literaria publicando relatos en Playa de Ákaba (Generación Subway) allá por el 2014. Pronto continuó su camino colaborando en las revistas digitales Moon Magazine y SoloNovelaNegra, publicando su primera novela titulada Woods Lane (Chiado Editorial) la cual ha tenido gran aceptación de la crítica y lectores. Firmará en la Feria del Libro de Lisboa de este año ejemplares de dicha novela que está siendo presentada a varias productoras de cine de la mano del prestigioso guionista Oscar Palencia. Alma de Cobre (Inventa Editores) ha sido su segunda novela de género negro clásico recordando a maestros como Raymond Chandler. Su próximo proyecto, El Secreto de Pozonegro (Libros.com) verá la luz en otoño de este año. Ha participado en varias antologías poéticas y presenta un futuro prometedor en el mundo de las letras.

Reseña de «La vida en obras», de Alberto Marcos

RESEÑA DE «LA VIDA EN OBRAS», DE ALBERTO MARCOS (Páginas de Espuma, 2013)
Manu López Marañón
Con notable e injustificable retraso cae en mis manos «La vida en obras», primer libro de relatos que escribe el madrileño (cosecha de 1977) Alberto Marcos. Lo publica –¡cómo no!– Páginas de Espuma, la editorial que más hace porque el cuento en castellano ocupe el lugar que merece. Desde Cita en la Glorieta enviamos una ovación al editor Juan Casamayor por su buen gusto a la hora de seleccionar los autores y por poner todos los medios para que sus obras sean difundidas. Entre tanto aficionado inepto, profesionales con esta dedicación y capacidad de riesgo son los que necesita un país como el nuestro, tan necesitado de formar nuevas remesas de lectores con criterio.

Es el final de la infancia y la entrada en la adolescencia un período al que, dicho de forma fina, puede denominarse «complicado» y en lenguaje llano una cabronada. Evito la autorreferencia siempre que puedo, pero en este caso la siento obligada. Pido disculpas. Al construir a los personajes de mi única novela quise recordar mi niñez para tratar de capturar aquella atmósfera tan especial que pensaba irrecuperable. Tras un evanescente velo me sorprendió descubrir, encadenándose, significativos sucesos. Seguían relucientes en mi memoria, inmunes al paso del tiempo. Regodeándome en ellos los cotejé luego con los de otros amigos del colegio. Llegamos a la conclusión de que para nadie es sencillo lidiar una época a la que nunca se termina de dar carpetazo; una época desabrida y en la que más desprotegido te hayas; en la que nadie entiende tu cósmica soledad; en la que la vida se ha convertido en un horrible embrollo y en la que el despertar hormonal termina por convertirnos en unos seres desvalidos con el cerebro lleno de semen (de quienes las chicas huyen   –obviamente– como apestados.)

Viene a cuento el párrafo anterior porque de entre todos los excepcionales relatos de Alberto Marcos, el autor de esta reseña, de verse impelido a elegir, se quedaría con los 6 centrados en las problemáticas vividas por personajes que vienen de dejar atrás la infancia. Antes de comentar este conjunto, señalo cómo, en mi trayectoria de lector, no recuerdo haber dado con algo tan certero –y bien contado– sobre este período decisivo en todo ser humano. Tiene el autor la anómala habilidad de transportarte con la intensa eficacia que se exige a todo buen relato, gracias a su rapidez y vigor, a aquellos aterradores años adolescentes (que nadie me los nombre como «maravillosos», por favor); además, la identificación entre el lector y los inseguros y acongojados protagonistas se establece a la primera frase: solo los muy capaces, y Alberto Marcos lo es, exhiben esta destreza.

En «Monopoly» el extrañamiento del protagonista, un chico inteligente pero desplazado (tanto en su familia como entre sus pretendidos «amigos»), acaba pagándolo un pacífico perro. Cuento de áspero final, con el chaval jugando solo, metáfora de lo que le aguarda. En «Silvia y yo» un adolescente gay recorre los quioscos del Madrid de los 80 buscando revistas pornográficas de su gusto (a la fatalidad de la adolescencia se une la de saberse homosexual en esa España recién salida del franquismo: ni para mi peor enemigo imagino un infierno más refinado para arrastrar una vida). El complejo de culpa del muchacho lo hace aparecer como si fuera un atracador: gestos felinos, gafas de sol y semblante adusto, mientras en su interior revive su aún cercana infancia: cómo para comprar cromos de temática femenina valía con recurrir, ante el quiosquero, a una hermana imaginaria. Este relato debería ser de obligatoria lectura en los centros educativos (si queremos educar en la igualdad… ¿qué mejor que mostrar las miserias de épocas no tan lejanas?). En «Taxidermia», acomplejada por tener poco pecho, Nuria consigue operarse y aumentar en un par de tallas el busto. Pero los desencuentros e inhibiciones que arrastra desde la adolescencia no cambian con la silicona. Un taxidermista parece ser el hombre idóneo para inaugurar sus pechos, pero la torpeza llena de prejuicios frustra el encuentro. «Medidas de seguridad» cuenta el temor que una familia vive a ser atacada en su urbanización por alguna banda de albano-kosovares. Este temor trastoca la existencia de dos hermanos adolescentes a punto de entrar –por fin– en la juventud. Por una terrible confusión el padre dispara contra un miembro de su familia. Nos presenta «Verano en Maryland» a Mateo, joven universitario que recuerda aquel verano suyo pasado en compañía de una familia americana «típica» compuesta por la madre y dos hijos. El suicidio de Kevin trastorna a Mateo quien, años después, consigue que su subconsciente ilumine parcelas insospechadas de su estancia norteamericana. En «Césped recién cortado» las crueldades propias en la adolescencia del protagonista, que vive junto a sus compañeros de colegio en La Moraleja, se ven refrenadas gracias a su amistad con Lisardo, un joven algo mayor, quien, con sus ejemplos de civismo mantiene la cordura del grupo. Recuerda Lisardo a uno de aquellos héroes de las novelas de formación de Hermann Hesse («Demian») en las que fue experto el premio nobel alemán.
 
En los 8 relatos que completan el libro hay una evidente voluntad por hacer crecer a sus protagonistas. La infancia y la adolescencia a veces siguen presentes, pero ya más como telón de fondo o como un marco referencial inoportuno, más bien molesto. Parece advertirnos el autor que, tras los malos tragos pasados, la llegada de la juventud –y su implícita madurez– no suponen las recompensas tantas veces anheladas y casi aseguradas. Y es que cada edad conlleva la aparición de nuevos problemas, no menos intensos que los que creemos haber superado y dejado atrás. Nunca vamos a encontrar la plenitud… nuestras vidas siempre estarán… «en obras».

Así, «Cambio de casa» narra el frustrado encuentro homosexual entre dos jóvenes ya emancipados, un encuentro que rompe por vez primera el tono del volumen, hasta entonces centrado en problemáticas adolescentes. «Bichos» cuenta cómo una plaga desazona a Julia, una atractiva soltera con querencia hacia los becarios de su empresa. El tendero que le vende el insecticida, un friqui, la desconcierta hasta el extremo de hacerle sentir un morboso deseo. Los personajes de Alberto Marcos suman años: su protagonista aquí es ya una treintañera. Asistimos en «La lata de conserva» al último día laboral de un becario que recababa datos demográficos para una editorial. Una lata de sardinas olvidada en un armario, y finalmente deglutida por el joven que ya se va, se convierte en metáfora sobre su futuro laboral. «La mancha de humedad» muestra a un hombre abandonado por su mujer que mitiga su soledad con fantasías como las generadas por una mancha de humedad en su salón. En «La vida en obras» las relaciones carnales de una alquilada con el sudamericano que limpia la fachada de su edificio se convierte en el motivo central de un relato basado en la incomunicación. «¿De qué hablan los hombres en el gimnasio?» está protagonizado por Roberto, un economista vigoréxico, que viene de superar una crisis de pareja gracias a utilizar para sus fines a un oscuro y poco agradecido contable. Constituye el núcleo de «El imprevisible vuelo de los vencejos» la frustrada declaración de amor adúltero que Fabio pensaba hacer a Carmen. Durante la trascendental conversación asaltan a Fabio unos violentos recuerdos maritales que paralizan sus intenciones. Retrata «Aderezos» la vacua existencia de un abogado administrativo (no litigante). Su peculiar sentido del humor, que recuerda al de Kevin Spacey en «American beauty», acabará volviéndose contra él
.


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.



Reseña de «Manual para mujeres de la limpieza», de Lucia Berlin, por Rubén Abella

PROFUNDA NOCHE OSCURA
Rubén Abella
Cuando me preguntan por mis lecturas, suelo establecer una distinción entre los autores que admiro y aquellos por los que, como escritor, siento envidia. Lucia Berlin —junto con Faulkner, Shakespeare o Rulfo, por poner otros ejemplos— está sin duda en la segunda categoría. ¿Por qué? Pues porque es una escritora fuerte, como diría Harold Bloom. Es lúcida, carece de fisuras y tiene una potentísima pegada estética. Por si eso fuera poco, en ningún momento se aparta de lo humano. Dicho de otra forma, la envidio porque es la encarnación —una de varias posibles— de lo que para mí es un Escritor con mayúsculas.

Lo que viene a continuación es un análisis personal de “Inmanejable”, uno de los cuentos incluidos en su magnífico libro Manual para mujeres de la limpieza. Pero la conclusión a la que llego es aplicable, creo, al conjunto de su obra.

 
***

El arranque de “Inmanejable” es una introducción perfecta al universo narrativo de Lucia Berlin:
En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens.
Destaca en la primera frase el contraste entre lo metafórico, en este caso con claras connotaciones religiosas (la profunda noche oscura del alma), y lo concreto (las licorerías y los bares cerrados). Este choque conceptual hace que el lector entienda de inmediato el infierno en que vive la protagonista. No se puede decir más con tan pocas palabras. El resto del párrafo es una elaboración, una lacónica acumulación de detalles que apuntalan la impresión inicial.
 

Son las cuatro de la mañana. La mujer, temblorosa, hace cálculos. A las seis abre la licorería Uptown de Oakland. Caminar hasta allí le llevará unos cuarenta y cinco minutos. Le da tiempo, estima, a ir y volver antes de que se despierten sus hijos. El infierno se hace más crudo, más ardiente si cabe. La mujer, nos damos cuenta, sufre su adicción a escondidas en un entorno doméstico inocente.

Mientras se prepara para salir, la mujer abre el bolso y descubre que no tiene dinero. Alarmada, busca en el bote del escritorio, en los bolsillos del abrigo, en un cajón de la cocina, en los bolsos que tiene en el ropero. Al final logra reunir los cuatro dólares que el dueño de la licorería cobra por una botella de media pinta a esas horas. Sale a la calle preguntándose si logrará llegar a su destino. Camina con dificultad, concentrándose en las grietas de la acera para mantener el equilibrio, apoyándose en los arbustos y los troncos de los árboles.

Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron.
“Apreciad los detalles, los divinos detalles”, aconsejaba Nabokov en sus clases de escritura. Una furgoneta de atestados, nos dice Berlin. Un taxi vacío. Un coche de policía sin luces… Más adelante, cuando la mujer llega por fin a la licorería, el dueño le hace contar el dinero sobre el mostrador solo para darse el gusto de ver cómo tiembla. La crueldad encapsulada en un gesto. Es improbable que Nabokov leyera a Berlin. Le habría gustado: su narrativa es una celebración del detalle.

En “Inmanejable”, como en el resto de los cuentos incluidos en Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin muestra una enternecedora piedad con las debilidades de sus personajes, con las suyas propias y, por extensión, con las de todos nosotros. Dueña de un estilo llano y esencial, poderosamente efectivo, la autora explora con desgarradora lucidez los rincones más penumbrosos de nuestra naturaleza, la profunda noche oscura de nuestra alma
.


Rubén Abella © 2017

Fuente de las citas:

Lucia Berlin. Manual para mujeres de la limpieza. Alfaguara, 2016. 


Ruben Abella (Valladolid, 1967)
Fotografía: Rosa Jiménez
es licenciado en Filología Inglesa y ha cursado estudios de postgrado en las universidades de Tulane (Nueva Orleans, Estados Unidos) y Adelaida (Australia). Su primera novela, La sombra del escapista, recibió en 2002 el Premio de Narrativa Torrente Ballester y con su segunda, El libro del amor esquivo, resultó finalista del Premio Nadal en 2009. En 2007 No habría sido igual sin la lluvia mereció el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, feliz incursión en el género del microrrelato que quedó revalidada en 2010 con Los ojos de los peces. En 2011 publicó Baruc en el río. California (2015) es su cuarta novela. Rubén Abella compagina la escritura con la fotografía y la docencia. Ha impartido cursos y conferencias sobre diversas materias en universidades de todo el mundo y es profesor de la Escuela de Escritores y de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.

Reseña de «La vuelta al día», de Hipólito G. Navarro

RESEÑA DE «LA VUELTA AL DÍA», DE HIPÓLITO G. NAVARRO
Manu López Marañón
Reflexiona Cortázar en «Clases de literatura» (Alfagurara, 2013) sobre aspectos esenciales del cuento. 
Los cuentos no son nunca, o casi nunca, problemáticos: para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones. 
Resalta el argentino la ineludible potencialidad del cuento; uno logrado tendrá una proyección que despierte una larga serie de aperturas mentales y psíquicas. Y se sorprende de cómo ese «orden cerrado» –cuya duración e intensidad configura el cuento–, tan alejado del juego abierto que supone cualquier novela (en la que entra y cabe todo),  genera el tipo de narración que, como pasa con algunas fotografías, deja un mayor poso.

A lo expuesto por el maestro argentino apostilla, en recientes declaraciones, su aventajado discípulo,
Hipólito González Navarro:
Un cuento es una obra de arte en sí misma, cada uno es un ente. Otros géneros no permiten ese juego con el lenguaje ni la forma.
Tras una larga espera, la editorial madrileña Páginas de Espuma ha publicado recientemente «La vuelta al día», el nuevo libro de cuentos de Hipólito G. Navarro, ineludible referencia de la Narrativa Breve en castellano.
 

Desconociendo su obra anterior, he encontrado en él algo que me ha satisfecho plenamente (ese algo lo he sentido asimismo, durante el año que acabamos de despedir, con otros dos libros de relatos: «Hasta el fin de los cuentos», del zaragozano José María Conget –Pre-textos, 1998–, y «Madame Ming y otros relatos», de la madrileña Bárbara Aranguren –Huerga y Fierro, 2010–). Y estos júbilos míos vienen propiciados por relatos en los que los personajes no están nunca, como plantados figurones, al servicio de la trama para que la trama pueda echar a andar. Que el mecanismo del cuento, sus elementos estéticos y su combinatoria literaria –con todo lo que tiene de bello– se encuentren subordinados a los personajes es lo que más prefiero.

«El cuento es una narración breve de contenido expectante que se intensifica y aclara en el desenlace», y sobre esta ortodoxa definición parece haberse edificado el quehacer del autor onubense. Fraccionado en cinco partes, los relatos que conforman su nuevo libro pueden agruparse siguiendo otras divisiones como la que propongo. Salvo en un par de notorias excepciones (que señalaré) ha sido el enfoque realista el preferido por Hipólito.
 

En el conjunto mayoritario ocho narraciones escarban en la creación artística y sus aledaños, prestando preferente atención a la escritura, los libros y al arte de leer. «El infierno portátil» es una invitación a la lectura a la que se llega por esos dedos tostados por el hierro candente de una fragua. En «Nahir» un escritor con temor a volar debe tomar un avión para un ineludible sarao literario. «Balance» elogia al artesano ensimismado y ajeno a los riesgos profesionales que conlleva cualquier labor. En «Los artistas cautivos» un pintor deja la ciudad y va a vivir a un pequeño pueblo. «Mucho ruido y pocas nueces» enumera con distancia los meticulosos preparativos que supone representar una obra teatral. En «Los K» un escritor confiesa su tendencia irreparable a perder archivos informáticos. En «La vuelta al día» el narrador ve en su pueblo de verano a los jóvenes de hoy y compara su triste diversión con las actividades nocturnas de su cuadrilla, con aquellas lecturas de Poe y Kafka que los aterrorizaban. Y «La poda y la tala de los árboles frutales» sirve para que el narrador recuerde cómo su dipsómano padre le insistía en que un libro es lo más importante del mundo. El largo lamento por haber extraviado el único libro de su progenitor –un tratado sobre la poda y la tala– pone broche de oro a esta extraordinaria colección de relatos.

Gusta Cortázar de rematar sus relatos con un final contundente, lo que él llama «dejar K.O. al lector». Hipólito G. Navarro ofrece cuatro que han acabado con mi cuerpo literalmente en la lona. En «Las estampas del timo» el narrador cuenta su pasión por una compañera de Facultad a la que acompaña, como su sombra, un tarado. En «El fondo de la memoria» un hombre aguarda en su casa la llegada de su mujer, que viene a recoger sus cosas para abandonarlo. «Tantas veces huérfano» rememora una disputa tabernaria en la cual un hombre murió acuchillado. Y «Una infidelidad» relata el viaje de un conductor solitario ante el que desfila una variopinta galería de personajes que conforma un inaudito mosaico.

Dos cuentos acontecen en momentos históricos diferentes. Ambientado a finales del siglo XVI, en «Luisito Tristán» el protagonista acompaña el erudito retiro de un santo en su gruta. En «La nota azul» se celebra –en el París del siglo XIX– una reunión de artistas en la que descuellan Chopin, George Sand y Delacroix. El pianista persigue en su teclado la nota que acompañe el chispeante encuentro… A este relato la irrupción de lo fantástico confiere su notable personalidad.

El otro cuento fantástico –en este caso enteramente fantástico– es «Rifa», casi un microrrelato en el cual, tras esparcir las cenizas por el pueblo donde pasaba sus veranos, el difunto reciente pisa sus calles nuevamente sin dejar rastros.

Un abundante grupo lo conforman siete relatos por los que campa el humor, resultando mayoritario el registro irónico. Así, en «Verruga Sánchez» la mujer de un hombre de vida social arrebatada reconoce cómo la extirpación de una arruga que afeaba su rostro lo ha hecho perder brillo. En «Mire, no estoy para bromas ahora mismo» un ex presidiario no se encuentra en la calle y hará lo posible para regresar a la cárcel. «Puentes y acueductos» cuenta cómo, al silbado de una anciana que divisa turistas, un pintoresco pueblo se pone en funcionamiento para representar su laboriosidad.

Acrecienta al matiz irónico un tono, entre erótico y pornográfico, que el autor desarrolla –por primera y única vez– en «Los otros Tiresias y Clariclea». Tiresias centra su existencia en convertirse en mujer. Su esposa le sirve de modelo para su transformación, pero de tanto dibujarla y observarla, tomará una imprevista decisión…
 

En otros dos relatos la ironía ha dejado paso al crudo sarcasmo. Son «Ligamentos», donde una bióloga enamora al narrador, quien, para seducirla, arriesgará su vida por una flor. Y «La excusa termodinámica», donde una apasionada pareja ve frustrado su fin de semana rural ante su incapacidad de encender la chimenea.

En breve os ofreceremos, por cortesía de la editorial Páginas de Espuma, el capítulo escrito por Hipólito G. Navarro para EL ARQUERO INMÓVIL: NUEVAS POÉTICAS SOBRE EL CUENTO. Si deseas recibir un aviso en tu correo electrónico el día de su publicación, mándanos un mensaje a través del formulario que encontrarás al final de la página, indicando «El arquero inmóvil».


nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.

«Textos escogidos», por Inés Mendoza

La siguiente selección de textos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Inés Mendoza, licenciada en Arquitectura y escritora.


DESCONFIANZA
Alejandra Pizarnik
Mamá nos hablaba de un blanco bosque de Rusia: “… y hacíamos hombrecitos de nieve y les poníamos sombreros que robábamos al bisabuelo…”.

Yo la miraba con desconfianza. ¿Qué era la nieve? ¿Para qué hacían hombrecitos? Y ante todo, ¿qué significa un bisabuelo?


Alejandra Pizarnik. Prosa completa

LAS CIUDADES Y EL DESEO. 3
Italo Calvino
De dos maneras se llega a Despina: en barco o en camello. La ciudad es diferente para el que viene por tierra y para el que viene del mar.
El camellero que ve despuntar en el horizonte del altiplano los pináculos de los rascacielos, las antenas radar, agitarse las mangas de ventilación blancas y rojas, echar humo las chimeneas, piensa en una embarcación, sabe que es una ciudad pero la piensa como una nave que lo sacará del desierto, un velero que está por zarpar y el viento que hincha ya sus velas todavía sin desatar, o un vapor con su caldera vibrando en la carena de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan en los muelles, en las hosterías donde tripulaciones de distinta bandera se rompen la cabeza a botellazos, en las ventanas iluminadas del a planta baja, cada una con una mujer peinándose.

En la neblina de la costa el marinero distingue la forma de la giba de un camello, de una silla de montar bordada de flecos brillantes entre dos gibas manchadas que avanzan contoneándose, sabe que es una ciudad pero la piensa como un camello de cuyas albardas cuelgan odres y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya se ve a la cabeza de una larga caravana que lo lleva del desierto del mar hacia el oasis de agua dulce, a la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de espesos muros encalados, de patios embaldosados sobre los cuales danzan descalzas las bailarinas y mueven los brazos, ya dentro, ya fuera del velo.

Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así ven el camellero y el marinero a Despina, ciudad de confín entre dos desiertos.


Las ciudades invisibles

DESVELOS DE UN PADRE DE FAMILIA
Franz Kafka
Algunos dicen que la palabra Odradek es de origen eslovaco y en base a esto tratan de explicar su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán y sólo presenta influencia eslovaca. La imprecisión de ambas interpretaciones permite suponer, sin equivocarse, que ninguna de las dos es verdadera, sobre todo porque ninguna de las dos nos revela que esta palabra tenga algún sentido.

Naturalmente, nadie se ocuparía de estos estudios si no existiera en realidad un ser que se llama Odradek. A primera vista se asemeja a un carrete de hilo, chato y en forma de estrella, y, en efecto, también parece que tuviera hilos arrollados;  por supuesto, sólo son trozos de hilos viejos y rotos, de diversos tipos y colores, no sólo anudados, sino también enredados entre sí. Pero no es solamente un carrete, porque en medio de la estrella emerge un travesañito,  y sobre éste, en ángulo recto, se inserta otro. Con ayuda de esta última barrita, de un lado, y de uno de los rayos de las estrellas, del otro, el conjunto puede erguirse como sobre dos patas.

Uno se siente inducido a creer que esta criatura tuvo en otro tiempo alguna especie de forma inteligible y ahora está rota. Pero esto no parece comprobado; por lo menos, no hay nada que lo demuestre; no se ve ningún agregado o superficie de rotura que corrobore esta suposición; es un conjunto bastante insensato, pero dentro de su estilo bien definido. De todos modos, no es posible un estudio más detallado, porque Odradek es extraordinariamente ágil y no se le puede apresar.

Se esconde alternativamente en la buhardilla, en la caja de la escalera, en los corredores, en el vestíbulo. A veces no se le ve durante meses; seguramente se ha mudado a otra casa; pero siempre vuelve, fielmente, a la nuestra. A menudo, cuando uno sale por la puerta y lo encuentra apoyado justamente debajo de uno en la escalera, siente deseos de hablarle, naturalmente, uno no le hace una pregunta difícil, más bien lo trata –su tamaño diminuto es tal vez el motivo– como a un niño.


–Bueno, ¿cómo te llamas?
–Odradek –dice él.
–¿Y dónde vives?
–Domicilio desconocido –dice, y ríe; claro que es la risa de alguien que no tiene pulmones. Suena más o menos como el susurro de las hojas caídas.

Y así termina generalmente la conversación. Por otra parte, no siempre responde; a menudo, se queda mucho tiempo callado, como la madera de que parece estar hecho.

Ociosamente me pregunto qué será de él. ¿Puede ocurrir que se muera? Todo lo que se muere tiene que haber tenido alguna especie de intención, alguna especie de actividad, que lo haya gastado; pero esto no puede decirse de Odradek. ¿Será posible entonces que siga rodando por las escaleras y arrastrando pedazos de hilo ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? Evidentemente, no hace mal a nadie; pero la suposición de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa.


La condena

EMBRIAGAOS
Charles Baudelaire
Hay que estar siempre ebrio.
Esa es la única cuestión.
Para no sentir el horrible fardo del tiempo que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra.
Hay que emborracharse sin tregua.
¿De qué?
De vino, de poesía, de virtud, como gustéis. Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en la escalera de un palacio, en el borde de un foso, o en la soledad melancólica de vuestro cuarto despertáis, ya disminuida o desaparecida la embriaguez,
pedidle al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que canta, a todo lo que habla,
preguntadle qué hora es.
Y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os contestarán:
"Es hora de embriagarse. Para no ser esclavos martirizados por el tiempo.
Embriagaos constantemente.
De vino, de poesía o de virtud.
Como gustéis”.


El Spleen de París

Inés Mendoza es arquitecta y escritora. Ha colaborado en medios nacionales e internacionales de prensa y revistas de arquitectura. Imparte talleres en instituciones como la Escuela de Escritores de Madrid o el Museo del Romanticismo, y ha participado en eventos como el Festival Coruña Mayúscula o el congreso Laberinto de centenarios: una mirada trasatlántica. Sus relatos han sido premiados en varios concursos y recogidos en antologías entre las que destaca Mar de pirañas, nuevas voces del microrrelato español, a cargo del crítico Fernando Valls. Su libro de relatos «El Otro Fuego» fue publicado en 2010 en la editorial Páginas de Espuma.


Puedes leer el microrrelato UN HOMBRE CON SOMBRERO NEGRO de Inés Mendoza pinchando AQUÍ.