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Reseña de «Un episodio nacional», de Carlos Mayoral

RESEÑA DE «UN EPISODIO NACIONAL», DE CARLOS MAYORAL. Espasa (2019)
por Manu López Marañón
Carlos Mayoral (Villaviciosa de Odón, Madrid, 1986) tras publicar en 2016 «Etílico» (donde se novelan vivencias de escritores alcohólicos) da un volantazo a su incipiente trayectoria para viajar al final del siglo XIX en Madrid y presentar una ambiciosa obra en la que confluyen tres tramas, dos basadas en hechos reales y una ficticia.

Tras logros como los de Juan Ramón Biedma en «Londres 1891» o Javier Alonso García-Pozuelo con «La cajita de rapé», narraciones para las que sus autores elegían (con acierto y eficacia) modos narrativos propios del realismo, Carlos Mayoral opta asimismo en «Un episodio nacional» por sumergirse en esa centuria, concretamente en sus postrimerías, para recrear un
Madrid maravillosamente documentado (el rigor hoy, gracias a Internet, se da por supuesto, pero en casos como este hay que celebrarlo) y, además, mostrarse acertado a la hora de reflejar «el color local», que es cuando un autor logra hacernos sentir la atmósfera y la trepidación urbanas. A esta lograda inmersión –tanto histórica como lingüística– le perjudican, sin embargo, palabras y expresiones muy actuales que chirrían en el estilo decimonónico, algo que debió haber sido corregido antes de que el texto entrara en la imprenta.

La Regencia de María Cristina de Habsburgo empieza a la muerte de Alfonso XII y acaba cuando Alfonso XIII jura la Constitución en 1902. Es durante ella cuando se desarrollan las historias de «Un episodio nacional», concretamente durante el período que tiene lugar entre el 2 de julio de 1888 (fecha del crimen de la calle Fuencarral) y el 19 de julio de 1890 (última ejecución pública en España por garrote vil).

Estamos dentro de lo que se conoce como «Parlamento largo» (1885-1890) de Práxedes Mateo Sagasta, líder del Partido Liberal-Fusionista que pone en marcha desde su gobierno un conjunto de reformas de marcado perfil social como son, por ejemplo, el regular la libertad de asociación (lo que permite a las organizaciones obreras actuar libremente), implantar la ley del jurado (el juicio por el crimen de la calle Fuencarral será la inaugural actuación de un jurado popular en España), el sufragio universal masculino (algo que, sin embargo, no destierra el caciquismo, que sigue favoreciendo el fraude electoral), o la aprobación de importantes cuerpos legales (como el nuevo Código Civil en 1889 y el Código Penal en 1890).

La expansión de los regionalismos en Cataluña, País Vasco y Galicia (que van creando la idea de cómo España «no es una nación sino un Estado formado por varias naciones»), así como la depresión agraria causada por la caída de los precios motivada por la llegada de productos de los «nuevos países» (Argentina, Estados Unidos y Australia) caracterizan asimismo este período.

No obstante, y a pesar de que la Restauración a finales del siglo XIX en España es una etapa que no se cobra muertos, afirma Carlos Mayoral: «pero bajo esta aparente paz, el país se pudría y colocaba los cimientos de una casta política corrupta que serían ya difíciles de derribar».


El crimen de la calle Fuencarral. ¿Cabría hablar de spoiler a la hora de glosar sin trabas un asunto que sucedió hace 132 años y que ha sido llevado a la pantalla varias veces? Pienso que no. Pero como en «Un episodio nacional» esta trama viene planteada como la crónica novelada de una investigación, deberé mostrarme cauto y no desvelar algo que, por otra parte, mucha gente conoce de sobra… Sobre todo lectores de mi generación que gozaron con aquella estremecedora serie de televisión que fue «La huella del crimen», la cual, durante bastantes inolvidables viernes de 1986, nos sobrecogía con unos episodios escritos por grandes guionistas y rodados luego por directores de prestigio y que, vista en la actualidad, mantiene en conjunto su interés.

Recomiendo a quienes compren esta novela y no vieron la serie que lo hagan. Empezar con «El crimen de la calle Fuencarral» (por supuesto, nada más acabar «Un episodio nacional») puede ser una excelente idea. Toda la colección de crímenes está a vuestra disposición en RTVE Archivo.



La huella del crimen. RTVE

El 2 de julio de 1888 aparece carbonizada y con una puñalada en el corazón Luciana Borcino, una mujer viuda, rica, pero generosa con su dinero. Inmediatamente la culpa recae sobre la criada, Higinia Balaguer, que llevaba pocos meses sirviendo en la casa y ha debido de matar a su ama para robarla.

Benito Pérez Galdós acepta enviar al periódico bonaerense La Prensa la historia de este crimen. Pretende mandar crónicas de lo acontecido y quedarse él –para una posterior obra (que nunca llevaría a cabo)– con lo que vaya encontrando de novelable: es decir, estaríamos ante una teórica separación entre hechos periodísticos y material novelesco… Y digo «teórica» porque a la hora de escribir, sea lo que sea, Galdós lo tenía claro:

«Mi secreto no es otro que abrir bien los ojos… Hay más literatura en la realidad que en todas las ficciones que pasan por su cabeza, amigo. Salga ahí fuera y dese un paseo por estas calles. Verá más personajes de novela en dos minutos que en toda la obra de Cervantes».
Las sospechas pronto se tornan hacia el hijo de la víctima, José Vázquez Varela –el Pollo Varela o el Varelita–, un vivalarvirgen con mala fama en el hampa por ser un traidor que viola el código de lealtad entre delincuentes, y que perfectamente ha podido ser capaz de matar a su propia madre. A ello se opone que la noche del crimen él ocupara su celda en la cárcel Modelo, donde aún reside por haber robado una capa. Su coartada es perfecta.

Las investigaciones de Galdós y su acompañante –el aspirante a escritor Melquíades Quirón– conducen a las hermanas Ávila –Dolores y María–. Dolores, amiga de Higinia, está ya en la cárcel de mujeres (Casa Galera) acusada de haber escondido el botín y de encubrir al asesino.

Otro personaje esencial en este asunto es José Millán Astray, director de la Modelo. Un preso asegura haber escuchado a Vázquez Varela conversar con Millán Astray sobre el asunto del robo, y, también, cómo ambos se reunían para planear el asalto en casa de Luciana… Y hasta aquí puedo contar.

El autor explica cómo este crimen no tardó en despertar el morbo de los madrileños. La verdad es que lo tenía todo: una víctima rica, un hijo delator y con cuentas pendientes con la justicia y una criada ingenua, fácilmente influenciable. En los cafés y en la calle se crean dos bandos: los higinistas, partidarios de la criada y contrarios a Varela, que lo acusan de ser el asesino, y los varelistas, opuestos a Higinia Balaguer. Todas las coplas y romances que circulan por la ciudad son unánimemente favorables a Higinia.

Pero quizá lo que más interesa al escritor de «Un episodio nacional» sea el marcado carácter de lucha de clases que este asesinato puso de manifiesto en la sociedad madrileña, así como que gracias al crimen de la calle Fuencarral pudo sentirse la pujanza que iba adquiriendo la prensa escrita.

Respecto a lo primero, que Higinia represente el desamparo del proletariado resulta obvio; no menos que el Pollo Varela sea una arquetípica imagen del señorito golfo y vicioso, tan característico de aquella ociosa burguesía española.

Donde mejor se percibe la dimensión alcanzada en 1888 por el «cuarto poder» es en esa actuación mancomunada contra Eugenio Montero Ríos, quien por esta época presidía el Tribunal Supremo y resultó ser el principal protector del director de la Modelo, José Millán Astray.

Informado de semejante insólita conexión por Galdós, el indignado director de «El Liberal», acuerda con otros directores de periódico una estrategia común para «echarse sobre la yugular de Montero Ríos y sacarlo como sea del Ministerio de Justicia». Ante la más que posible imputación por complicidad en el asesinato de Luciana Borcino, Eugenio Montero opta por dimitir. Por vez primera la prensa ha tumbado a uno de los hombres más poderosos de España.

«Vaya un crimen criminal
el que ha pasao el mes pasao
en la calle Fuencarral.
Vaya un crimen de verdad
con incendio y puñalá
con robo y misterio grande
pa’que no le falte de ná.»
Unos amores de doña Emilia y don Benito. Iniciada la relación entre ambos escritores en 1880 bajo el tono de la admiración y respeto que ambos se profesaban, en 1888, cuando se produce el crimen de la calle Fuencarral, la amistad ha pasado a convertirse en relación íntima. Benito Pérez Galdós viene de publicar su obra maestra, «Fortunata y Jacinta», y tiene 45 años; Emilia Pardo Bazán, hija de condes y mujer casada (su hastío hacia un marido que nunca sintió amor por ella ni por la literatura es ya completo), tiene 37 años y en 1886 ha dado a la estampa su obra más perdurable: «Los pazos de Ulloa».


Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.
-Autor desconocido-
(Arquivo da Real Academia Galega)

Fue Pardo Bazán una mujer tenaz a la hora de demostrar que la razón debía estar siempre del lado de la inteligencia y que la inteligencia no tiene sexo. Algo que pronto corrobora Pérez Galdós: «En este desgraciado país, incapaces los hombres de equipararse a las mujeres, se dedican a difamarlas».

Tal y como narra Carlos Mayoral en «Un episodio nacional» los encuentros madrileños del canario y la gallega, muy tórridos, tenían lugar en el hotel Victoria. Complementados por paseos en el Retiro, carantoñas y confidencias literarias, esta pareja nos hace ver que estamos ante una relación espiritual consolidada. Algo tan de la época semejante forma de amar, semejante «comunión de almas», prescrita casi en estos tiempos materialistas y poco dados a la lírica como los que nos toca padecer.

En 1888 se celebra en Barcelona la Exposición Universal, a la que asiste, sin compañía, Emilia Pardo Bazán. A su activo feminismo, –insólito en la España de entonces–, añadía esta mujer una sexualidad activa, muy sensible a la belleza masculina. Eso sí, para convertirse en auténtica pasión, al aliciente físico debía unirse necesariamente una afinidad espiritual con el deseado. Todo ello vuelve a cobrar forma para ella en mayo de 1888 al conocer a Lázaro Galdeano, un escritor menor secretario de la Exposición. Durante unos días de asueto la recién inaugurada pareja se entregará a los placeres de alcoba con remarcable fogosidad.

Según cuenta Mayoral con sorna en el capítulo IX de «Un episodio nacional», Benito Pérez Galdós se entera, en una tertulia del recién inaugurado Café Gijón y por boca del escritor Juan Varela, que se ve tenía ganas a su colega, de cómo la Pardo Bazán y Galdeano, aprovechando la Exposición, han hecho una escapada a la Costa Brava…
Galdós siente en el alma un alfilerazo. Más aún que la infidelidad corporal, que ésta se haya producido con un literato de tercera categoría es lo que lo lleva a romper su relación con Emilia, quien, arrepentida, no tarda en escribir una carta a su ex amante. En ella dice:
«Nada diré para excusarme, y solo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas.»
Los escritores volverán a encontrarse, pero ya nada será igual. Con un punto de sarcasmo desvela Carlos Mayoral cómo, mientras Pardo Bazán le era infiel, Galdós, a su vez, se acostaba regularmente con Lorenza Cobián, una modelo de pintores a la que hizo madre en 1891. Y es que por muy progresista que fuera el inflexible y dolido escritor, en esa época en España (y me atrevería a decir que hoy también) había cuernos y cuernos.

La novela de formación de Melquíades Quirón. A diferencia de las anteriores tramas, narradas en tercera persona, este bildungsroman acoplado a ellas prefiere la primera persona. Debo decir que la historia del joven literato vallisoletano llegado a Madrid con una recomendación para Galdós (el cual, los primeros días lo acoge en su casa y en seguida lo acepta como colaborador a la hora de recabar información sobre el crimen de la calle Fuencarral) no me ha seducido tanto como el resto de «Un episodio nacional».

Mayoral –y esto hay que alabarlo– en todo momento se esfuerza por hacer de las vivencias madrileñas de su espabilado provinciano algo narrativamente palpitante, en convertirlo en prototipo algo tronado de héroe desbocado, un romántico tardío que celebra y sufre con igual intensidad la vida, cada descubrimiento o paso atrás de la investigación, así como el vibrante juicio del crimen. También goza del amor –de la pasión carnal mejor– escindido su corazón entre la mujer con la que debería casarse (Laura) y una perdida (Nela) que nada le conviene y se encargará de llevarlo a la enfermedad.

Pero siempre según mi parecer, el escritor no logra conmover tanto con esas ficticias desventuras que devienen algo forzadas en el conjunto del argumento, aunque Mayoral se sirve de este bildungsroman para articular narrativamente su libro; libro que, sin esta trama de ficción, hubiera corrido el grave riesgo de no hilvanarse, quedándose en dos ensayos históricos separados (el del crimen y el de los escritores) y no en la buena novela de imparable ritmo que acaba resultando ser «Un episodio nacional».



ENTREVISTA CON CARLOS MAYORAL
por Manu López Marañón
El centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós

En efecto, el 4 de enero de 1920 fallecía en Madrid este gran escritor. A finales de 2019, oportunamente, llega a las librerías españolas tu segunda novela «Un episodio nacional» que tiene entre sus protagonistas tanto a don Benito Pérez Galdós como a ese Madrid finisecular que le tocó vivir y novelar.

Carlos, ¿qué te lleva a elegir para tu novela esa etapa de la Restauración (1888-1890), y no otra, en una vida de tantos avatares como fue la de Benito Pérez Galdós?

Bueno, yo soy de la opinión de que una novela no llueve del cielo, no te levantas un día y sueñas «Yesterday», como McCartney, sino que de alguna manera esa novela te sobrevuela durante un tiempo hasta que todo casa. A mí siempre me había llamado la atención el crimen de Fuencarral por un lado, y la relación entre Emilia y Galdós por otro. De pronto, un día caí en la cuenta de que los dos años que duró el proceso judicial del crimen coinciden temporalmente con los dos años de mayor apogeo en el amor entre los dos escritores. De pronto, todo casaba. A partir de ahí, encontré muchos puntos de conexión con la época actual: la influencia de la prensa populista en el devenir de los asuntos políticos y judiciales de la época, el auge de un cierto feminismo abanderado por Emilia, el caciquismo sustentado por un bipartidismo atroz… Creo que la Restauración es una época mucho más apasionante de lo que dicen los libros de historia.

¿Tiene importancia para construir al personaje literario que Galdós, a sus 45 años, haya publicado ya grandes obras maestras como «Miau» y «Fortunata y Jacinta», que apareció en 1887?

Mucha importancia. Tanto Galdós como Emilia están en el cénit de sus carreras: Emilia también ha publicado ya tanto los Pazos como la Cuestión Palpitante. Además, Emilia se ha separado ya de su marido, Galdós suena ya con fuerza para la Academia… digamos que son dos hombres maduros que buscan un amor intelectual. Creo que ese era el motor de su relación: la admiración literaria e intelectual que mutuamente se profesaban.
En la relación amorosa de Galdós con Emilia Pardo Bazán, a pesar de ser ambos escritores librepensadores que se proclaman a los cuatro vientos defensores absolutos de la igualdad entre sexos, acaban por intervenir ocultas infidelidades que –descubiertas en parte– generan los irremediables celos y dañan irremediablemente la relación. En tu novela explicas cómo a Galdós, más que la infidelidad física en sí, lo que hiere de muerte es la traición intelectual, el que Emilia tenga una aventura con un literato que no le llegaba a la suela de los zapatos.

Sí. Galdós se debate: ¿por qué me molesta que lo que hasta ahora era una relación libre ahora no pueda disfrutar de esa libertad? Me parece que Lázaro Galdeano se mete dentro de ese terreno de admiración literario que comentábamos, y no podía soportarlo.

Al saber ahora que, al mismo tiempo que la gallega disfrutaba de su corta pero fogosa aventura en la Costa Brava, Benito Pérez Galdós no se quedaba a la zaga y disponía de otra amante fija para su solaz, ¿no resulta exagerada y hasta cínica esa reacción del escritor comportándose como un honesto varón ultrajado? Un defensor a ultranza de la igualdad entre sexos, ¿puede actuar en la práctica con semejante soberbia mientras incurre en la misma perfidia?

Sí, pero fíjese la diferencia: la amante de Galdós es una pastora semianalfabeta. Digamos que, en ese sentido, no penetra en el terreno erudito que les pertenecía a ambos. Lázaro Galdeano, al contrario, sí habita ese mundo.

Por otra parte, ¿qué actitudes típicamente decimonónicas crees que puedan seguir perdurando, en España, en las relaciones amorosas que se establecen durante el siglo XXI?

Paradójicamente, la Restauración es una época que camina con cierta regularidad hacia un cierto liberalismo amoroso y sexual. Se visualizan las separaciones, la homosexualidad, etc. El problema es que más tarde atravesamos cuarenta años de dictadura que, digamos, detiene esos avances. Pero, por contestar a tu pregunta, fíjate que de un tiempo a esta parte me ronda una idea: la importancia de los celos desde el XIX hasta hoy. En la novela decimonónica, los celos juegan un papel capital, véanse «Fortunata y Jacinta», «La Regenta», «Madame Bovary», «Anna Karenina»… Sin embargo, hoy esa faceta no se explota dentro de la novela, cuando los celos siguen siendo un motor recurrente, por ejemplo, en los asesinatos por violencia machista.

En «Un episodio nacional» te interesa aclarar cómo a Benito Pérez Galdós abordar el género periodístico y el novelístico obligaba a usar estilos y enfoques radicalmente diferentes. Las crónicas que remitió al diario bonaerense «La Prensa» sobre el crimen de la calle Fuencarral han sido comparadas, por meticulosidad y exactitud, a la prosa que caracteriza la obra de Dashiell Hammett. Tal es así, que hay quien considera a Galdós un precedente de la narración detectivesca que tanto éxito obtendrá en el siglo XX. Pero como bien distingues, el canario, durante sus investigaciones y entrevistas a testigos del crimen conscientemente apartaba material para una obra de ficción que, por desgracia, no llegó a escribir. El «espíritu novelesco» trascendía para Galdós a la desnudez periodística de los hechos. A él debe sus mejores obras. ¿Por qué crees que Benito Pérez Galdós dejó escapar un asunto tan apetitoso –novelísticamente hablando– como fue el del crimen de la calle Fuencarral?

Bueno, no es exacto que los dejase escapar novelísticamente hablando. Hay ecos del crimen tanto en «Realidad» como en «La incógnita», dos novelitas muy desconocidas del canario. También hay ciertas escenas que pueden recordar a su relación con Emilia, por cierto. Pero sí, es cierto. No llegó a publicar la gran novela que el crimen merecía. Quizá por pudor, por cierta cercanía a sus protagonistas. Quién sabe.

Siempre hemos identificado a Galdós como el maestro del realismo… ¿Piensas que algunas de sus novelas, publicadas hoy, entrarían dentro de la categoría del género negro?

Sin duda. Aunque él era un hombre ecléctico, mezclaba estilos, formas, temáticas… Pero sin ir más lejos las dos novelitas anteriores de las que te hablaba, «Realidad» y «La incógnita», tocan el tema.

Dejando aparte categorizaciones literarias, ¿cuáles serían para ti las grandes virtudes de este autor y qué es lo que más puede aportarte hoy como novelista?

Sin duda, el marco de la sociedad decimonónica que dibujó para nosotros. No sólo lo digo por los Episodios, también por sus novelas contemporáneas. Las novelas de Galdós tienen vida propia, donde los personajes que son secundarios en una pasan a ser principales en otra, donde los Requejo se enriquecen con las telas de Manila en 1808 y se ven beneficiados de ellos sus descendientes en Fortunata allá por 1870. Es una realidad paralela, pero realidad, al fin y al cabo. Por eso, asomarse al XIX es asomarse a Galdós, y viceversa.

Por último, analizando en bloque la obra de Benito Pérez Galdós y de Emilia Pardo Bazán, ¿opinas que las novelas del canario superan en calidad a las de la gallega; que, por ejemplo, «Fortunata y Jacinta» da mil vueltas a «Los pazos de Ulloa»?

Son distintas, cada una con su encanto. Emilia es más naturalista, su visión oscura de la realidad en el pazo resulta sórdida, desagradable. Sin embargo, hasta los rincones más miserables de la realidad en Galdós, véanse «Fortunata  y Jacinta» o «Misericordia», hasta esa miseria es amada. Yo, si tengo que elegir, me quedo con Galdós por constancia y regularidad. Pero ambos son cimas de nuestra literatura.

El crimen de la calle Fuencarral

¿Has podido leer las crónicas que envió Galdós a Buenos Aires sobre el crimen? Si ha sido así, ¿cuál es tu opinión sobre el quehacer periodístico del novelista?

Sí, las he leído. Y debo decir que me resultan un poco planas, muy alejadas de su maestría en la novela. Muy sujeto, verbo y predicado, sin más. No se implica, no toma demasiado partido. Se limita a describir los hechos y el juicio. Creo que buscaba embarrarse las perneras en la novela.

Me ha llamado la atención el interés con el que la población madrileña siguió aquel crimen, estableciéndose bandos según que unos estuvieran a favor o en contra de los principales sospechosos. Tampoco me ha dejado indiferente el poder que va adquiriendo la prensa en esas fechas (1888-1890) en que se produce el crimen, tiene lugar el juicio y se ejecuta la sentencia.

Carlos, ¿cuáles, a tu juicio, son los motivos reales por los que este crimen alcanzó en España y el extranjero semejantes cotas de popularidad?

Por dos motivos.

Uno, bastante profundo: es una lucha de clases. Hablamos de un momento donde se acaba de fundar UGT, el PSOE lleva pocos años en marcha… es decir, despierta en el país una cierta conciencia de clase que se traduce en huelgas, sindicatos, etc. En este contexto, aparece este caso: una mujer de clase baja ha matado a una mujer de clase alta. Cuando se empieza a descubrir que, precisamente, son los hombres de clase alta los que han perpetrado el crimen y no los curritos que siempre pagan, se despierta esa conciencia de clase de la que hablaba.

El segundo motivo es más superficial: los distintos giros de la investigación aparecen perfectamente alineados cronológicamente. Es decir, los periódicos pueden exprimir el tema casi por capítulos, como en una novela por tomos. Esto mantuvo a los lectores permanentemente atentos al desenlace.


Respecto al papel desempeñado por esa prensa todavía algo ingenua, ¿piensas que los periodistas eran conscientes de su incipiente poder y, sobre todo, del que acabarán alcanzando no mucho más tarde, o crees que, por el contrario, desempeñaban una labor informativa a la que concedían escasa trascendencia?

Ya son conscientes de su poder, claramente. La libertad de imprenta les permite cargar tintas contra quien fuere, y hacen y deshacen política y socialmente a su antojo. La prueba llega pocos años más tarde, cuando durante el desastre del 98 engañan a un país entero para poner a sus soldados a los pies de los caballos en una guerra imposible de ganar.

En la bibliografía de «Un episodio nacional» incluyes aquel episodio emitido por TVE1 dentro de la serie «La huella del crimen» que llevaba como título, precisamente, «El crimen de la calle Fuencarral», donde se desvela al culpable y se filma su ejecución, algo que yo he optado por ocultar en la reseña.

Lógicamente en apenas una hora hay que condensar mucho y el siempre reivindicable novelista y guionista Carlos Pérez Merinero lo hace bastante bien.

¿Qué opinión te merece esa adaptación? ¿La tuviste en cuenta a la hora de preparar tu libro?


Tiene algunas imprecisiones. Por ejemplo, está muy documentado que Higinia no dijo aquello de los catorce mil duros. Pero, con todo y con eso, me parece una filmación valiente, y acorde a los medios precarios que manejaban en la época.

Aprovecho para que me despejes una duda: en el mediometraje se asegura repetidas veces que fue Nicolás Salmerón (el presidente de la efímera I República española, abogado de profesión) en persona quien se ocupó de la defensa de Higinia Balaguer, y en efecto, así aparece ejerciéndola con gran elocuencia durante todo el juicio. En «Un episodio nacional», sin embargo, no es Salmerón sino un pasante suyo quien se hace cargo de la defensa…
Apuesto por tu ardua labor de investigación, por supuesto, pero, por si acaso, ¿podrías aclarar esto? Y ya, de paso, ¿puedes decir si has encontrado otras inexactitudes tanto en esa adaptación televisiva como en otras fuentes a las que has debido recurrir para reconstruir aquel famoso crimen?

Esta es otra de las imprecisiones de la serie. El acta del juicio deja claro que no es Salmerón sino su pasante quien ejerce la defensa. Pero estas han sido habladurías que el pueblo mantuvo durante décadas, y que en ese capítulo incluyeron, sin más. Lo que sí es cierto es que estuvo implicada toda la plana mayor del momento: alcalde de Madrid, presidente del Tribunal Superior, Salmerón, Sagasta… Lo del famoso grito de los catorce mil duros también es una inexactitud muy extendida.

Carlos Mayoral
nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


Reseña de «La pasión de ser mujer», de Eugenia Tusquets y Susana Frouchtmann

RESEÑA DE «LA PASIÓN DE SER MUJER», DE EUGENIA TUSQUETS Y SUSANA FROUCHTMANN (Circe, 2015), por
Manu López Marañón
Siempre han ejercido gran poder de fascinación sobre mí los libros escritos «a cuatro manos». No obstante, no habré leído muchos. Dentro de la ficción recuerdo el gratísimo sabor dejado por los de Adolfo Bioy Casares con su mujer Silvina Ocampo, también «Los autonautas de la cosmopista» de Cortázar con Dunlop, los «Cuentos de H. Bustos Domecq» de Borges y Bioy Casares, o «Las páginas ocultas de la historia» de Fernando Marías y Juan Bas. En ensayo consigno los goces promovidos por «La llegada de los bárbaros» de Joaquín Marco y Jordi García, la «Carmen Laforet» de Anna Caballé e Israel Rolón o aquel monumental «Salinger» de David Shields y Shane Salerno.

Encuentro en este libro –al que cabe englobar dentro del género biográfico– que los terrenos de ambas escritoras están nítidamente delimitados. Que cada autora se responsabilice de forma concluyente de qué partes se ha encargado me resulta novedoso y sincero. Así, queda bien claro que Tusquets se ocupa de novelar un aspecto decisivo en la vida de cada biografiada. Apuntados esos «momentos de vida» –y separados por un inciso– pasa Frouchtmann a ocuparse de cada mujer, integrando en estas páginas aquello previamente resaltado por Eugenia y que, incluido en las panorámicas de Susana, encuentra ahora su exacta dimensión.

El resultado –aparte de efectivo y literariamente logrado– resulta modélico. Por motivos de espacio no son tantas las páginas dedicadas a cada personaje, pero, terminado cada retrato, salimos de todos ellos con la sensación de que solo nos ha faltado «tocar» a estas ilustres damas; muchas –como atinadamente señalan las autoras– con el grave riesgo de instalarse en un injusto olvido.

Son 12 las biografías. Las he reunido en 3 grupos. El primero lo conforman 5 escritoras, el segundo 3 estrellas y el tercero 4 variopintas personalidades sin relación posible entre ellas.

Empiezo con las escritoras. Madame de Staël (1766-1817), tras haber despertado las iras de Napoleón Bonaparte con la publicación de su novela feminista «Delphine», se vio obligada a exiliarse en Ginebra. Aunque acompañada por el filósofo suizo Benjamin Constant, la vie de château a orillas del lago Leman no le resultó satisfactoria. Sin ser una belleza, Madame de Staël dispuso de gran número de amantes; pero junto a su frenética vida sexual, esta mujer reunió en su castillo a la flor y nata de la intelectualidad europea: su salón literario universalmente conocido como «el grupo de Coppet» incluía a personalidades de la categoría de Chateaubriand, Friedrich Schlegel, Claude Hochet y… Lord Byron. Acaba de publicarse el ensayo de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) «La cuestión palpitante» donde ella, como escritora, acepta los postulados naturalistas que causan furor en París y cuya aplicación literaria patrocina Zola. Los ojos de la conservadora sociedad española de la época, incluidos los de su marido, se han vuelto hacia ella. La Pardo Bazán terminó separándose; fue una viajera incansable y también mujer de muchas conquistas (pese a ser poco agraciada); París fue su lugar de peregrinaje. Discípula de Zola, su literatura pasó a ser combativa. Siempre siguió el consejo que le dio Victor Hugo: «Lo más importante es tener un estilo propio». Para la mejor escritora del siglo XX, Virginia Woolf (1882-1941), acabar sus obras era sinónimo de depresiones e intentos de suicidio. Al poner punto final a «Entre actos» proyecta una fuga a Londres que es abortada por su vigilante marido. Los buenos consejos no fueron suficientes. En un descuido, Virginia se dirige al río Ouse y se sumerge en sus aguas. El matrimonio de Virginia y Leonard Woolf no fue sexualmente satisfactorio, aunque, intelectualmente, se complementaban. Quizá los abusos que sufrió por parte de dos hermanastros complicaron su vida; la propia Virginia reconoció que sólo había conocido la pasión física con su amiga Vita Stackville-West. Anais Nin (1903-1977) visita, por vez primera, a un psicoanalista. Atrapada por la convulsa atracción erótica hacia June –la mujer de Henry Miller– y su pasión por el escritor (a lo que se añade la nunca resuelta obsesión por su padre), la vida de Anais es un caos, y más si tenemos en cuenta que fue alguien que llevó sus amoríos al límite. Popular por sus diarios, su mayor reconocimiento lo obtuvo gracias a sus páginas eróticas: en esos textos exploró la mente y la sexualidad femenina con una explicitud jamás conocida. A «la Virginia Woolf española», Mercé Rododera (1908-1983), le gustaba era comer en La perle du lac de Ginebra, un restaurante que daría nombre a una novela suya. Fue la gran novelista de Barcelona una niña fantasiosa que de adolescente anduvo enamoriscada de su tío, aunque acabó siendo una de esas burguesas que se casan y pronto se desencantan de su aburrido marido. Como madre no fue muy atenta; prefirió desplazar la pasión a su romance con Andreu Nin. Obligada a trabajar de modista, acabó convirtiéndose en incansable narradora. Seria y nostálgica, creó el personaje femenino más importante (con permiso de Andrea) de la narrativa española del siglo XX: la Colometa.

En el grupo de las estrellas tenemos en primer lugar a Raquel Meller (1888-1962). La cupletista, instalada en su residencia parisina, escucha a un empresario que logra convencerla para que haga su primera gira por Estados Unidos. Tras decirle que no al mismísimo Chaplin (le había ofrecido el papel de Josefina para el biopic que preparaba sobre Napoleón), la Meller regresó a Europa donde seguiría cosechando éxitos. En 1911 actúa ya en el teatro y graba sus primeros discos: «La violetera» y «El relicario». El éxito a nivel internacional lo obtiene en el Olympia de París. Su mayor triunfo en el cine fue «Carmen». En su segunda gira norteamericana se reencontró con Chaplin y otra vez volvió a negársele. Erró: el papel de la ciega en «Luces de la ciudad» estaba escrito para ella. Hedy Lamarr (1914-2000), recién llegada a Hollywood, disfruta con su hijo mientras espera a su amigo George Antheil, un músico con quien prepara un proyecto que busca dar forma a la técnica de conmutación de frecuencias, algo que, décadas después, permitió implantar la comunicación de datos Wi-Fi. Actriz bastante limitada, trabajó con grandes de su época como James Stewart, Clark Gable o Spencer Tracy. Tampoco anduvo fina a la hora de descartar papeles: no quiso aparecer en películas de éxito mundial como «Casablanca» y «Luz de gas». María Callas (1923-1977) vivió su mayor crisis profesional y sentimental al ser abandonada por Aristóteles Onassis, que la dejó en París para iniciar su relación con Jacquline Kennedy. Incapaz de superar años de pasión con el naviero, la gran diva intentó suicidarse. María Callas se dejó la piel por llegar a ser la mejor cantante de ópera: perdió 36 kilos en un año y hasta se convirtió en una mujer atractiva. Pero pronto empezó a perder facultades vocales y a consumir somníferos y barbitúricos. Con toda su inteligencia y capacidad, se dejó morir a los 54 años.

El tercer, y variopinto, grupo lo inicia Teresa de Ávila (1515-1582). Fundadora de la orden de las carmelitas descalzas, toda su obra es autobiográfica. Con un lenguaje fresco sus vivencias personales se adivinan en géneros tan variados como el didáctico, el tratado espiritual o la crónica. No siendo una mujer culta esos textos aclaran sus éxtasis y la relación con Dios, su esposo. Esa felicidad en el sufrimiento se define hoy como «epilepsia extática», y es la misma que aquejó a Dostoyevski. A Eleanor Roosevelt (1884-1962) la encontramos exhausta. Franklin Roosevelt acaba de contraer el virus de la poliomielitis y necesita moverse en silla de ruedas. El matrimonio ya había sufrido su primera gran prueba de fuego al descubrir ella cartas de amor dirigidas a su marido. A pesar de todo, lo animó a seguir con su carrera política. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos y permaneció en ella hasta 1945. Eleanor llegó a participar en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y escribió 17 libros. Hannah Arendt (1906-1975) acudió al juicio de Adolf Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro «Eichmann en Jerusalén» cuya tesis general es que el transportista del III Reich, aun consciente de lo que hacía, cumplía órdenes «por pura inercia». Comprender a Eichmann la condujo al rechazo de muchos judíos. Alumna de Heidegger, doctorada por Jaspers, se casó sin embargo con un joven sin preparación. Retirada su nacionalidad alemana Arendt consiguió el pasaporte norteamericano, lo que le permitió publicar allí libros esenciales como «Los orígenes del totalitarismo». Ninguneada en España, donde casi nadie conoce su obra, Remedios Varo (1908-1963) ha conseguido ser una reconocidísima pintora en su país de adopción, Méjico. En Madrid, se hizo amiga de Dalí y empezó a pintar sus primeros cuadros. Escapada a París ante la llegada de la guerra civil, conoció a los surrealistas acaudillados por André Breton y se casó con el poeta Péret. Ante la entrada de los nazis huyó a Méjico. Frida Kahlo y Diego Rivera impedían que los cuadros de los artistas exiliados colgaran en las galerías, pero Varo consiguió que Rivera se fascinara por su surrealismo místico
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo

Reseña de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo
por Ana G. Aranda
¿Qué lleva a un librero de clase alta a quitarse la vida? Eso es lo que se pregunta Carmen Sotés mientras prepara su primera crónica de sucesos para «El Imparcial». ¿Mal de amores? ¿Soledad?

El empeño de la policía en que no publique nada sobre su suicidio y un nombre susurrado en el tranvía que la lleva de vuelta a la oficina, pondrán a la joven periodista tras la pista de una sociedad secreta que lleva oculta dos siglos.

La muerte del librero está relacionada con otro acontecimiento; uno que comenzó en las costas de la Habana en 1702, cuando el capitán Íñigo Galarza zarpó del puerto de la Habana llevando en la bodega de su barco un cofre destinado al rey. La misión no salió como se esperaba y dio origen a la Orden de la Mano Negra.

El cementerio de los suicidas, de Manuel Hurtado Marjalizo, es un libro de misterio con mimbres históricos en el que el autor nos narra dos historias. La primera comienza con la última línea que Carmen Sotés decide añadir a su crónica tras el misterioso encontronazo en el tranvía. La joven no imagina que esas palabras pondrán en peligro su vida y la de su amado.

La segunda se desarrolla a bordo del barco capitaneado por Íñigo de Galarza. Su travesía se prevé segura: la enorme escolta que flanquea su navío ha de cerciorarse de que el misterioso cofre llegue a manos del rey Felipe V. Ese cofre obligará al leal marino a recorrer Galicia, Madrid, Toledo y Sevilla.

Las dos tramas nos muestran épocas diferentes de la historia de España: la Guerra de Secesión tras la muerte de Carlos II, que puso en jaque a toda Europa, y los últimos días del siglo XIX de aquel Madrid donde los primeros automóviles convivían con simones, y en el que algunas mujeres como Emilia Pardo Bazán o la propia Carmen abrían camino a otras féminas que aspiraban a acceder a un mundo laboral cerrado para ellas.

Su pundonor periodístico obliga a Carmen a resolver el misterio que rodea la muerte del librero. Quiere demostrar su valía y para ello se enfrentará a una sociedad secreta que custodia un secreto que muchos ansían poseer. Y lo hará en soledad, pertrechada únicamente con su inteligencia y el gran valor que le inculcó su padre.

Destacaría de El cementerio de los suicidas el gran trabajo de documentación que ha realizado el autor, el uso de muchas expresiones en castellano antiguo que dan un toque especial a las desventuras de Galarza y la nobleza de los dos protagonistas, que renunciarán a todo por salvar lo que más aman.

Una gran novela en la que el honor, la traición, el amor y el dolor viajan de la mano y sumergen al lector en una historia de la que es imposible salir indemne
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Novela de Manuel Hurtado Marjalizo
 
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.


Ana G. Aranda, lectora empedernida, colabora con las webs Anika Entre Libros y Quelibroleo.com y la revista La Gatera de la Villa.



Manuel Hurtado Marjalizo es ingeniero de minas por la Universidad Politécnica de Madrid y trabaja desde hace veintiocho años en la multinacional francesa Saint-Gobain, donde ha ejercido puestos directivos en Segovia, Mendoza (Argentina), Barcelona, París, Milán y Madrid. Se estrenó en la ficción en 2010 con La hora del Lobo Gris, novela que fue finalista en el XIV Premio Fernando Lara. En 2016 publicó en La Esfera de los Libros La librería del callejón, con la que ha cosechado un gran éxito y que ha alcanzado las cinco ediciones.
 

 
 
 
Fragmentos de «El cementerio de los suicidas», de Manuel Hurtado Marjalizo
"¿Quién soy yo para torcer el destino?
   Lo que más recuerdo de aquel día es la expresión helada del cadáver de Saturnino de la Vega, el librero que habían encontrado ahorcado en la trastienda de su pequeño negocio de la glorieta de Quevedo. Era una tarde tormentosa, una de esas tardes en las que el cuerpo te pide quedarte junto a la lumbre de una chimenea o al calor de una estufa de carbón. Ese fue el día que todo empezó, el primero de los días de furia que me tocó vivir en un diciembre que se deshojaba como una margarita rubricando el fin irremediable de siglo.”
***
   “En esto apareció por la plazuela el almirante don Manuel de Velasco y Tejada. Venía en un carro de manos tirado por esclavos arahuacos, no porque su hostería estuviese lejos, que estaba al lado, sino para mostrar a todos quien mandaba.
   Vestía un jubón de gamuza, polainas hasta las rodillas y un pistolón al cincho cebado de hierros para espantar malas ideas. De su cintura colgaba una daga de acero vizcaíno de vieja raigambre con la que decía que sus antepasados habían dado muerte a más de un ciento de enemigos.”
***
 “Quise echar un último vistazo a mi alrededor. El aire estaba embadurnado de tristeza, de esa tristeza fúnebre que supuran los cementerios. Montones de lápidas silentes, muchas de ellas medio abandonadas por quienes un día llevaron allí a sus seres queridos, con ese aspecto indolente que adquieren los ancianos cuando ya nada les importa.
   No era yo de limpiar tumbas propias, y en mi agnosticismo, tampoco pensaba que ningún muerto podría reprocharnos algún día que no hubiésemos cuidado la suya, pero no por eso dejaba de impresionarme aquel paisaje de desidia, esa especie de condena al repudio y al desamparo a la que parecían estar sometidos los habitantes de aquel cementerio.”
*** 
“—El Guardián del Cielo es el arcángel San Miguel, el jefe de los ejércitos de Dios —aclaró mi viejo profesor—, una de las pocas figuras que es venerada tanto por cristianos, ya sean católicos, ortodoxos o anglicanos, como por judíos y musulmanes. Nadie discute su importancia.
Eso me complicaba las cosas. Si la Mano Negra tenía un sesgo religioso, podía ser de cualquier credo, incluidos los que casi nadie practicaba en Madrid.
  —¿Y cuál es su singularidad para que religiones tan distintas lo veneren?
  —Por su naturaleza de arcángel es uno de los jefes del reino celestial. San Miguel precisamente recibió de Dios una de las tareas más importantes, la custodia del cielo. Fue él quien expulsó a Lucifer cuando quiso revelarse contra Dios convirtiéndolo en el Ángel Caído. Si hay alguien a quien odie el diablo es a San Miguel. Por eso creo que estos de quienes me hablas podrían pertenecer a una secta antisatánica.”
***
 “La Orden de la Mano Negra era una organización milenaria y clandestina, dirigida por un Prior, que mantenía reuniones secretas en un lugar oculto de Madrid. La nota de Genaro hablaba de una vieja ermita donde, al parecer, se encontraban las noches de solsticio y equinoccio.”


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