La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida por el escritor madrileño Javier Alonso García-Pozuelo, director de Cita en la Glorieta y de la Semana negra en la Glorieta, co-administrador de TOPmicrorrelatos y autor de La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.
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| @JavierAlonsoGP en Onda Madrid (pincha en la imagen para oír la entrevista) |
CÓMO EXTRAÑAR. A qué tanta brújula, tanto bosque, si nada va a salvarse, ni siquiera él. El silencio que acarrean las sombras, el soplo del frío, la respiración que al fin logra contener, ¿acaso podrían agotar lo frágil, lo inútil, lo súbito?
Cruza las manos.
Me pide que le vea dormir.
Explorando las frondas del sueño, siempre de puntillas, se ha perdido en la región irrevocable donde todo se funde.
Cruza las manos.
Me pide que le vea dormir.
Explorando las frondas del sueño, siempre de puntillas, se ha perdido en la región irrevocable donde todo se funde.
Él y la luna discuten. Enfurecido, hiere con su puño ese cuerpo redondo que de pronto detesta.
Durante días la ve sangrar blancura, reducirse.
—Va a morir —piensa complacido
—Va a morir —piensa la luna, que ahora es una garra.
Durante días la ve sangrar blancura, reducirse.
—Va a morir —piensa complacido
—Va a morir —piensa la luna, que ahora es una garra.
Esteban se ha levantado con mala cara. Mientras desayunan, Verónica le nota raro, distante. En el trabajo le cuesta concentrarse, preso de una turbación que no remite. Apenas pronuncia palabra cuando, por la noche, Verónica le ofrece una copa de vino mientras él prepara la cena.
—¿Te pasa algo?
Esteban rehuye su mirada preocupada.
—No, nada.
Cómo decirle a Verónica que anoche soñó con Alicia.
—¿Te pasa algo?
Esteban rehuye su mirada preocupada.
—No, nada.
Cómo decirle a Verónica que anoche soñó con Alicia.
ERA UN DÍA DE ESOS
Elena Casero Viana
Elena Casero Viana
La luz apacible. Tímida. El aroma del primer café de la mañana. La contemplación del inicio de la vida en las calles del barrio.
Los sonidos familiares: la salida apresurada de la vecina con los niños. El ladrido afónico del perrillo de Carmen. El chirrido de los hilos del tendedero de la del quinto. La primera llamada para entrar al colegio de la esquina. “Do-mi-sol-do. Do-sol-mi-do”. El mismo acorde que suena en el teatro antes de comenzar un concierto. Esos momentos de soledad calmada.
Era, sí, un día de esos que apenas duraban, que se repetían escasamente. Uno de esos en los que ella no salía de casa, que gustaba de permanecer envuelta en el silencio, sin escuchar la radio, ni ver la televisión, hasta la tarde.
Un día de esos en los que la luz va dando paso a una penumbra angustiosa, lentamente, como un collar frío de perlas que ahoga el cuello, hasta que el silencio se rompe de manera abrupta con el ruido de una llave en la cerradura.
Los sonidos familiares: la salida apresurada de la vecina con los niños. El ladrido afónico del perrillo de Carmen. El chirrido de los hilos del tendedero de la del quinto. La primera llamada para entrar al colegio de la esquina. “Do-mi-sol-do. Do-sol-mi-do”. El mismo acorde que suena en el teatro antes de comenzar un concierto. Esos momentos de soledad calmada.
Era, sí, un día de esos que apenas duraban, que se repetían escasamente. Uno de esos en los que ella no salía de casa, que gustaba de permanecer envuelta en el silencio, sin escuchar la radio, ni ver la televisión, hasta la tarde.
Un día de esos en los que la luz va dando paso a una penumbra angustiosa, lentamente, como un collar frío de perlas que ahoga el cuello, hasta que el silencio se rompe de manera abrupta con el ruido de una llave en la cerradura.
En el pueblo siempre decían que no hay novio bueno. Todos lo pensaban salvo la prima Adelaida. Ella, cuando se ponían rancios, los secaba al sol, los pelaba y recogía sus semillas en una palangana de alpaca que había heredado de su madre. Los colocaba entre algodones hasta que salían los primeros brotes y después a la tierra. Y las malas lenguas se tenían que callar la boca, porque había que ver qué buena planta tenían sus cosechas.
Doña
Eulalia entra en la consulta como un elefante en una cacharrería,
quiere saber cuánto le queda para salir del hospital, ¿y qué puedo
decirle yo si no sé? Suspiro. Me armo de paciencia. No puedo darle nada,
aparte de conversación, pero hago como que la ausculto y se tranquiliza
por fin.
Detrás llega Olga, sin llamar, me enseña sus heridas y me pregunta cuánto falta para irse. Menos, le respondo —por decir algo— y le pongo vendajes nuevos, a sabiendas de que es inútil.
Unos minutos después aparece Manuel —por tercera vez hoy— con la misma dolencia de siempre. Se queja de que su situación no ha mejorado nada aquí. Tiene razón, de hecho ha empeorado. Le digo que no se preocupe, que solo está desorientado y confuso, como todos, pero que pronto verá la luz.
Así pasan los días. Unos se van y otros llegan. En realidad no puedo ayudarles, pero no me cuesta nada atenderlos, aunque sea así, intercalados entre los pacientes de verdad, por lo menos hasta que sus almas salgan de Urgencias.
Detrás llega Olga, sin llamar, me enseña sus heridas y me pregunta cuánto falta para irse. Menos, le respondo —por decir algo— y le pongo vendajes nuevos, a sabiendas de que es inútil.
Unos minutos después aparece Manuel —por tercera vez hoy— con la misma dolencia de siempre. Se queja de que su situación no ha mejorado nada aquí. Tiene razón, de hecho ha empeorado. Le digo que no se preocupe, que solo está desorientado y confuso, como todos, pero que pronto verá la luz.
Así pasan los días. Unos se van y otros llegan. En realidad no puedo ayudarles, pero no me cuesta nada atenderlos, aunque sea así, intercalados entre los pacientes de verdad, por lo menos hasta que sus almas salgan de Urgencias.
Hay
una sirena diminuta fosilizada en la piedra que adorna la chimenea, y
dos amantes se encuentran y se dejan devorar por las llamas mientras se
besan apasionados en la puerta del armario. Osos de peluche surcan el
cielo y tú dices que me amas solo con mirarme. Quiero creer que lo que
de verdad existe son las sirenas, los amantes ardientes, los osos
voladores y tu amor, y no la cotidiana realidad de la piedra, la madera,
el cielo y tu indiferencia.
* Fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio es percibido erróneamente como una forma reconocible.
* Fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio es percibido erróneamente como una forma reconocible.
***
Javier Alonso García-Pozuelo (Madrid, 1972)
| Javier Alonso en Monterrey, México Fotografía: Víctor Eduardo Hernández |


