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«La Novela Procedimental», por Julio César Cano

«La Novela Procedimental», por Julio César Cano
La Semana Negra en la Glorieta es el punto de reunión al que llego cada año entusiasmado por las actividades que se realizan. Ahora celebramos la séptima edición y es especial por motivos de sobra conocidos. La Semana Negra en la Glorieta no se detiene, continúa, perpetúa su existencia. Tengo el honor de participar año tras año y me siento muy orgulloso de ello.

Para esta ocasión, mi querido amigo y colega Javier Alonso García-Pozuelo me escribió uno de sus optimistas mensajes desde el otro lado del Océano; una de esas misivas en las que suele despedirse con su habitual: «Abrazos desde este lado del charco»; y yo me lo imagino saltando de avión en avión, de taxi en taxi, en Colombia, en la República Dominicana o en Panamá. El caso es que se puso en contacto para pedirme que escribiera un artículo sobre Novela Procedimental. Sí, había leído bien, novela procedimental, tal cosa me solicitaba el autor de La cajita de rapé. Confieso que al principio pensé que se estaba cachondeando de mí –como escritor me refiero-; que había llegado a la conclusión de que mi procedimiento procedimental –disculpen la redundancia- puede resultar caprichoso en ocasiones. Que había descubierto que me permito licencias que otros escritores, también amigos y colegas admirados, cumplen a rajatabla como si de un manual de instrucciones se tratara.

Inmerso en las correcciones de la que será la quinta novela del inspector Monfort, el texto sobre novela negra procedimental hervía en mi cabeza desde el momento en el que, como no podía ser de otra forma, accedí a los deseos de Javier. ¿Quién soy yo para declinar la oferta de un tipo capaz de crear una novela sobre un inspector de Policía en el Madrid del siglo XIX? «Él sí que debe saber del asunto procedimental», pensé.

La cuestión es que yo crecí con Hércules Poirot, con Sherlock Holmes, con C. Auguste Dupin, con Philip Marlowe o con Jules Maigret de George Simenon que introdujo la gastronomía en el género y fue el gran inspirador de Andrea Camilleri, Leonardo Padura, Petros Márkaris o Manuel Vázquez Montalbán entre muchos otros.

El caso es que cuando me puse los pantalones largos todavía no era capaz de discernir si era novela procedimental o qué demonios era aquello que escribían; aunque tampoco creo que conociera tal concepto cuando se me pelaban las rodillas.

Yo leía las aventuras de esos personajes porque acababan bien; tenían un, digámoslo así, final feliz. Como lectura de entretenimiento también –ese concepto que tanto incomoda a los puristas de la novela negra y que me recuerda a los del flamenco, con sus estilos cortados a patrón y donde nadie puede salirse de los cánones establecidos.

Con la llamada novela procedimental aparece en escena un universo en el que las personas que deben resolver un caso, ya sean policías o detectives, ejecutan su trabajo a la perfección. Los medios científicos para descubrir al asesino adquieren relevancia en el texto; se trabaja en equipo dejando de lado al policía solitario que investiga por su cuenta. En la novela procedimental se trabaja por y para el crimen y cada personaje ocupa su posición: policías, detectives, fiscales, médicos forenses –cada vez más resolutivos- y agentes que acatan las órdenes de un superior. En definitiva, que los protagonistas deberán ponerse manos a la obra en busca de pistas, huellas, detalles, resquicios que no deberían escapar a ojos de un buen investigador que se precie para, entre todos, resolver el caso que les atañe.

Desde la novela de misterio, que a mi modo de ver fue el desencadenante de todo lo demás, pasando por la novela policíaca, la novela negra, el Hard-Boiled o la novela enigma, hasta llegar a los Domestic Noir o Rural Noir tan en boga en la actualidad, absolutamente todos los escritores utilizan un procedimiento, sea el que sea. Un tratamiento procedimental que el propio autor lleva a cabo a través de sus personajes, ya sea completamente fiel a los estándares o aunque decida permitirse ciertas licencias para que la obra lleve al lector al punto culminante en el que tras cerrar el libro quede satisfecho con lo que ha leído.

El procedimiento, para aquellos que nos importan poco las normas preestablecidas y los estereotipos recalcitrantes, no es otro que el trabajo bien hecho.


Poco más puedo contarles, salvo recomendarles que lean y sean felices de una forma que no necesariamente deba ser estrictamente procedimental.


¡Larga vida a la Semana Negra en la Glorieta!.




© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva, 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva, 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva, 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).

Flores muertas (Maeva, 2019).


Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Flores muertas es la cuarta investigación del inspector Monfort, que sigue a Ojalá estuvieras aquíMañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.

«Falso culpable», por Julio César Cano

«Falso culpable», por Julio César Cano
Deslizo el ratón sobre la superficie de la mesa y la pantalla del ordenador se ilumina. Vuelvo a empezar. Reanudo, mejor dicho. Llevo meses escribiendo mi próxima novela. Será la quinta protagonizada por el inspector Monfort y sus colegas. Trato de situar debidamente a los personajes en el supuesto tapete que es el guión dispuesto a priori. Los recoloco una y otra vez, reviso sus nombres, sus apellidos, sus procedencias, gustos, aspectos y formas de ser. En definitiva, los doto de vida, y a veces se la quito. La ficción es así. Intento una y otra vez cuadrar a los falsos culpables, esos personajes por los que siento predilección y con los que me propongo confundir al lector. Reviso una vez más; vuelvo a la página 73, reescribo y corrijo la 35, la 53 y la 12. Aquello que dije debo modificarlo, el lector me puede pillar y no quiero eso. No quiero eso como autor, tampoco como espectador de otros autores. En mis novelas siempre habitan falsos culpables. Sí, lo hago a propósito, me esfuerzo en ello. Me gusta. «¿Quién será el culpable?» Me preguntan algunos lectores cuando todavía no han terminado el libro. «¡Ya sé quién es!» Se aventuran otros; pero yo sé que no lo saben cuando pregunto por qué capítulo van. Me encanta escuchar: «No me lo esperaba, no lo hubiera dicho nunca» Me divierte. Soy así. Forma parte de mi bagaje como lector, y ahora también como autor. No solo trato de despistar a los lectores, también quiero confundir al inspector Monfort y a sus compañeros de trabajo. Les hago dar vueltas y vueltas, tirar de hilos que no conducen a ningún lugar, encontrar pistas que luego serán falsas, contradecirlos, hacer que tomen caminos equivocados y que no tengan más remedio que volver a empezar desde el principio.

Agatha Christie, Conan Doyle, Chandler, Simenon… siguen proporcionándome enseñanzas con cada relectura de sus obras.

«Falso culpable». Me encantó cuando Javier Alonso me invitó a escribir sobre ello. En el momento en el que leí su correo daba vida a un par de esos falsos culpables. Qué estupenda casualidad. Abrí un archivo nuevo y me puse a escribir un pensamiento sencillo sobre esos personajes imprescindibles de toda novela de intriga o suspense.

La Semana Negra en la Glorieta forma parte de mi trayectoria como escritor, también como lector de otros autores compañeros a los que admiro. «Larga vida a La Semana Negra en la Glorieta» proclamé a los cuatro vientos, y el término casi se acuñó. También larga vida a los falsos culpables de nuestras novelas, porque vivirán eternamente en nuestra memoria y en la de muchos lectores, ya sea como héroes, o como villanos.

Y ahora, si me lo permiten, continuaré con el trabajo de crear nuevos personajes para convertirlos en falsos o verdaderos, culpables o inocentes.

Vívidos en cualquier caso.

Y eternos.




© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva, 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva, 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva, 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).

Flores muertas (Maeva, 2019).


Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Flores muertas es la cuarta investigación del inspector Monfort, que sigue a Ojalá estuvieras aquíMañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.

Negra como la Guinness, por Julio César Cano

NEGRA COMO LA GUINNESS, por Julio César Cano
Llueve. No es aquí ninguna novedad. A través de las ventanas del Bed & Breakfast veo la calle mojada, algunas casas y al fondo montañas verdes, muy verdes. Dudo entre tumbarme cómodamente en la cama y leer un rato o salir a la calle en busca de aventuras trepidantes. Bueno, quizá no sea para tanto lo que vaya a encontrarme en un apacible pueblo del suroeste de Irlanda.

Decido salir. Arrecia la lluvia. De repente las nubes están tan bajas que apenas se vislumbran los tejados de las humildes viviendas adosadas. Desde la ventana veía las montañas a lo lejos, ahora prácticamente no veo nada, lo impide una densa niebla que lo cala todo.

Me apresuro, sin paraguas, hasta la cercana High Street, una sucesión de fachadas de alegres colores con tiendas de recuerdos de dudoso gusto y tabernas de madera oscura y latón pulido. Empujo la puerta de la que me queda más cerca. Huele a cerveza y a otros efluvios provocados por una humanidad encerrada con la benevolente excusa de la lluvia. Hay allí todo tipo de rostros sonrientes y mejillas sonrosadas. Algunos dan palmas al son de la música y siguen el ritmo dando taconazos contra el suelo de listones de madera centenaria. La barra está presidida por una larga fila de grifos de cerveza de nombres llamativos, aunque frente a los parroquianos lo que más abunda son las pintas de cerveza negra, y no solo la omnipresente Guinness, sino también otras marcas que por lo visto hacen las delicias de los clientes del lugar: Beamish, Murphy’s o Kilkenny. Es todo un espectáculo observar a los camareros servir la cerveza, vertiendo primero una parte y tras un largo reposo rellenar su contenido hasta el final. De reojo veo a un hombre relamerse mientras la espuma se sitúa en el lugar justo y necesario para acabar de realizar el llenado del clásico vaso de cristal.

Cuatro hombres tocan sus instrumentos al final del local. No hay escenario, ni siquiera una mínima tarima alzada un palmo del suelo. Los músicos interpretan sus canciones sentados en un banco, compartiendo mesa con los clientes que corean, bebida en mano, los estribillos de conocidas canciones de desamor, guerra o desolación. Porque de eso van las canciones irlandesas que se tocan en las tabernas: del dolor y el desgarro. Creo que si no les hubieran ocurrido tantas desgracias en el pasado, los irlandeses dedicarían igualmente sus canciones a los mismos temas; pero no es ese el caso, cantan lo que realmente les sucedió, como recordatorio, para que no se olvide jamás y el mundo entero sepa lo que allí ocurrió desde que San Patricio expulsó a todas las serpientes de la isla.
 

Los músicos hacen un breve descanso al finalizar una de sus piezas emblemáticas mientras el público aplaude sin escatimar en silbidos, aullidos y otras onomatopeyas propiciadas por la ingesta de cualquier tipo de brebaje alcohólico. Entrechocan sus vasos e intercambian los instrumentos. El que antes tocaba el violín tocará el banjo en la siguiente canción. Lo mismo con el de la guitarra, que ahora se prepara con una especie de gaita. Y es que en Irlanda los músicos dominan varios instrumentos; es lógico, las tardes de invierno son largas en el Pub y algunas canciones necesitan de unos u otros instrumentos. No hay problema, el músico irlandés se atreve con casi todo.
 

Les sucede igual a los escritores. Escriben sobre temas dispares a lo largo de sus carreras sin que nadie se rasgue por ello las vestiduras. Pasan del drama a la comedia o de la novela negra a la literatura de viajes y no ocurre nada, que es lo que debería suceder en otros países como España, donde sí ocurre. En nuestro país es harto complicado cambiar de registro. El escritor español es encasillado por el género literario con el que ha conseguido, digámoslo así, cierta notoriedad entre el público y la crítica. Y ya que cito a la crítica, quizá sea por eso por lo que los escritores irlandeses se atreven con todo tipo de géneros; allí los críticos literarios tienen menos reparos a la hora de aceptar que los autores cambien de estilo sin el menor tapujo.

De sobras es conocida la aportación irlandesa a la literatura mundial: Oscar Wilde, James Joyce, Yates, Bram Stoker, Jonathan Swiftt, George Bernard Shaw, Seamus Heaney o Samuel Beckett entre otros avalan con creces dicha afirmación. Ellos fueron un claro ejemplo de que cambiar de registro literario era algo de lo más común y natural e incluso beneficioso para los lectores.

Acodado en la barra, frente a mi Guinnes, pienso en los autores de novela negra de la isla esmeralda. Suena de fondo The Wild River y el público acompaña con la voz a los músicos cada vez que llega el estribillo, dan tres golpes con la palma de la mano sobre la mesa cada vez que la canción lo requiere y, pese a todo, la espuma de la espesa cerveza negra ni se inmuta.

Quizá no sea Irlanda uno de los mejores exponentes de la novela negra contemporánea o, mejor dicho, quizá los autores de novela negra irlandesa cambian de género cada vez que les apetece y por eso no conocemos en otras latitudes un marcado sello de lo negro como han sabido hacer sus vecinos (y no por ello siempre amigos) ingleses, escoceses, franceses o escandinavos en general.

Bebo el penúltimo trago que queda en el vaso. El camarero me mira por detrás de la fila de grifos. Levanta las cejas y me pregunta con un gesto de la barbilla si me apetece otra. Le digo que sí al caer en la cuenta de que para cuando la nueva Guinness haya reposado ya habré terminado con la que ahora tengo en la mano.

Aletargado y reconfortado por la música y la bebida pienso que, entre otras muchas cosas, escribo por el impacto que me causó la novela Drácula de
Bram Stoker, pero también por la influencia al leer a Benjamin Black, Joseph O’Connor, John Connolly o el reciente descubrimiento de Lisa McInerney.
 
El camarero deposita la nueva cerveza delante de mí y me lanza una pregunta, ahora sí a viva voz, haciendo añicos mis ensoñaciones literarias.
Have you come to play golf?

Le contesto con una negativa, pero mi nefasto conocimiento del idioma y las consecuencias del momento me impiden dar con las palabras justas para explicarle que jamás he jugado al golf y que tampoco me interesa lo más mínimo. Intentó rearmarme y ordenar en mi cerebro las palabras que le voy a decir, pero es él quien toma la palabra de nuevo:
American tourists come here to play golf and to fish salmon –afirma con rotundidad, y luego me pregunta: Where do you come from?

Le intento decir que no he estado nunca en América y que el salmón ahumado me encanta pero construyo mal la frase y él no me comprende. En cambio entiende perfectamente que soy español y entonces sonríe. Sé de buena tinta que los españoles somos bien recibidos; que la llamada Armada Invencible les echó una mano para expulsar a los ingleses aunque luego todo saliera mal. Y también sé que los irlandeses no se olvidan de ese gesto.
 

Sin apear su sonrisa toma media pinta de rubia que esconde debajo de los grifos la levanta hacia mí y exclama: «Sláinte», y yo digo lo mismo, «Sláinte», la única palabra gaélico irlandesa que he conseguido memorizar.

Me gustaría decirle que estoy aquí porque adoro la música, los paisajes, sus pueblos y las gentes que los habitan y también por sus escritores, escriban novela negra o lo que les dé la gana escribir, pero se me traba la lengua y lo único que atino a decir cuando reconozco la letra de Brown Eyed Girl que ahora tocan los músicos es:
I like Van Morrison.Mí también gustar –pronuncia el camarero con un más que precario acento español.

Y ahora que compruebo que la capacidad lingüística de ambos está más equilibrada, doy un trago y envalentonado me atrevo a contarle que cabe la posibilidad de que los ojos marrones a los que se refiere la canción de Morrison puedan pertenecer a alguna descendiente de aquellos compatriotas que naufragaron junto a las costas de Kerry, cuando pretendían luchar contra sus acérrimos enemigos.

Y eso me da una idea para una novela, negra seguramente, porque como soy un escritor español estoy encasillado en dicho género y difícilmente podré moverme de él. Quizá tampoco quiera hacerlo.

De momento terminaré mi Guinness, luego ya se verá.




© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).


Este artículo ha sido expresamente escrita por Julio César Cano para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de mayo de 2018 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo el que quiera reproducirla total o parcialmente, cite su fuente original.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Ojalá estuvieras aquí es la tercera investigación del inspector Monfort, que sigue a  Mañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.


Tartan Noir, por Julio César Cano

TARTAN NOIR, por Julio César Cano
Hace ahora veinte años viajé por primera vez a la ciudad de Edimburgo. Es justo decir que suelo elegir el destino por la literatura que allí se practica.
 

No conocía entonces a uno de los autores con mayor relevancia dentro de la denominada novela negra, a la que en Escocia se conoce con el sobrenombre (otro más) de: Tartan Noir.

En Edimburgo se sienten especialmente orgullosos de sus escritores. Robert Louis Stevenson, Arthur Conan Doyle, Walter Scott, Robert Burns… Por citar algunos sin llegar a los contemporáneos.

En ninguna otra ciudad del mundo se les ocurriría ponerle a la principal estación ferroviaria el nombre de una novela: Waverley, de Walter Scott, escrita en el año 1.814.

Scott está considerado el padre de la novela histórica y romántica, y los escoceses sienten tal veneración por su obra que erigieron el monumento de mayor altura dedicado a un escritor. Nada más y nada menos que sesenta y un metros de escultura gótica en el centro de la ciudad.

El turismo de librería es algo que practico en los viajes. Deambular por los pasillos de antiguas o modernas librerías, curiosear, hojear, oler las páginas, aprender… Y fue así como encontré a unos de mis, ahora, autores de cabecera (negra). Un hombre nacido en 1.960 en el condado de Fife, que antes de dedicarse plenamente a la escritura desempeñó ocupaciones tan dispares como la de vendimiador, porquero o bajista en un grupo punk. Me refiero a Ian Rankin, alguien a quien los lectores de Edimburgo, de Escocia, del Reino Unido en general y del resto del mundo coincidimos en que su obra perdurará en el imaginario, o no, mundo de la novela negra como lectura imprescindible para conocer de primera mano este tipo de género novelesco.



Julio César Cano en Edimburgo
(Julio de 2017)
No me extenderé en elogios acerca del personaje protagonista de sus numerosas obras, prefiero que los lectores que todavía no tengan el placer de conocerlo lo descubran por sí mismos.

Pero a grandes rasgos diré que John Rebus es un policía de los de antes, un tipo peculiar y distinto pese a contener la mayoría de los clichés que se suelen atribuir a la novela negra, sin que ello desmerezca ni un ápice para que nos enganchemos a él nada más cruzar las primeras páginas de cualquiera de sus veintiuna novelas publicadas en castellano.

Yo lo descubrí hace veinte años, en una librería de un Edimburgo invernal de calles mojadas, escenario ideal para sus libros. Lo encontré cuando Rankin solo tenía una de sus novelas traducida a nuestro idioma. Desde entonces, la editorial encargada de publicar su obra en España ha conseguido que podamos leer al menos una de sus novelas cada año. Cosa que agradezco.

Los seguidores de Ian Rankin somos como los hinchas de los dos equipos de fútbol de su ciudad, los Heart of Midlothian y los Hibernian, sufridores que esperamos cada nueva entrega con gran expectación, porque hemos visto crecer al personaje desde que ingresó en la Policía hasta su jubilación, con todo lo que comporta el paso de los años para lo bueno y para lo malo; porque quizá sea esa una de las mayores virtudes del personaje en cuestión: que el devenir de sus días son reales y podemos vivir junto a él sus achaques, sus alegrías, sus excesos, sus tristezas y también sus miserias.

La cotidianeidad, aquello tan elemental que por desgracia algunos autores olvidan en el papel (sean del género negro o no). Porque, desengañémonos, los personajes de las novelas creíbles soportan calamidades, cumplen años, se enamoran y se desenamoran, compran pan y a veces flores, beben cerveza o whisky, fuman o no, duermen o velan, sufren y en ocasiones incluso gozan.

Y John Rebus, el personaje creado por Ian Rankin, lo hace a pesar de que, en demasiadas ocasiones, los que estamos detrás de los libros: autores, editores, agentes literarios, libreros y lectores nos empeñemos en endilgar etiquetas por doquier: de novela negra, de novela policíaca, de Hard Boiled, de intriga, de misterio, de suspense, Thriller

Al menos, en Escocia, donde aman a sus escritores, para denominar a este tipo de literatura han elegido un apelativo entrañable que nos transporta a las mantas de lana de las Tierras Altas, mullidas y calentitas, confortables, ideales para leer en el sofá frente a un fuego chisporroteante.
 

Tartan Noir. No me digan que no suena bien.

Créanme, el personaje que perdurará en el tiempo se llama John Rebus, y a Ian Rankin, su autor, se la trae al pairo si lo que escribe es factible de llevar una u otra etiqueta, porque quizá sean todos esos estigmas los que se esconden en sus páginas.


© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).


Este artículo ha sido expresamente escrita por Julio César Cano para la IV SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de mayo de 2018 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo el que quiera reproducirla total o parcialmente, cite su fuente original.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Ojalá estuvieras aquí es la tercera investigación del inspector Monfort, que sigue a  Mañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.


Reseña de «La soledad del manager», de Manuel Vázquez Montalbán

RESEÑA DE «LA SOLEDAD DEL MANAGER»,  DE MANUEL VÁQUEZ MONTALBÁN
por Julio César Cano
Accedo a una librería con la intención de comprobar si los casos del inspector Monfort están bien situados en las estanterías de novela negra o, en el mejor de los casos, en las de novedades. Sin embargo, lo que me llama la atención es la nueva colección de Booket, que ha relanzado las novelas del carismático detective Carvalho a un precio realmente asequible. Las hojeo, leo de nuevo las sinopsis que casi podría citar de memoria, sonrío, me embarga el aroma de las Ramblas y puedo ver a la gente pasear curioseando entre las flores, los quioscos de prensa, las estatuas vivientes, la entrada del mercado de la Boquería repleta de curiosos y turistas, la puerta del Liceo a donde llegan taxis de los que se bajan personajes engalanados para presenciar una ópera internacional. Imagino, entre los miles de personas que a diario deambulan por la calle más alegre del mundo, a Pepe Carvalho, a Charo, a Biscuter… Me llegan entonces también las fragancias culinarias que el autor nos hace vivir, sentir y salivar a lo largo de las páginas de sus novelas.
 

Compro La soledad del manager y me lo llevo a casa como quien ha encontrado un tesoro. La leí por primera vez hace muchos años, la releí tiempo después y la he vuelto a leer una vez más en esta nueva y cuidada edición.

Manuel Vázquez Montalbán describe en La soledad del manager, una Barcelona tan directa que podría tratarse de la Barcelona actual. Redescubro situaciones políticas y sociales que parece que las haya escuchado hoy mismo en las noticias de las tres de la tarde. Pero no, esta novela se publicó en 1977, nada más y nada menos que cuarenta años atrás.

Con su inigualable pericia, describe los lugares de la mano de personajes que parecen formar parte de un decorado, a través de suculentas comilonas típicas de una ciudad que siempre tuvo los brazos abiertos a los emigrantes, y amalgamó lo que trajeron de sus lugares de origen para transformar sus condumios en un imaginario recetario charnego. Porque de eso van en realidad las novelas del ilustre detective gallego afincado en Barcelona, de la supervivencia de lo charnego, de la exaltación de todo lo que vino de otra parte y que llegó para quedarse, como Pepe Carvalho, que supo cocinar lo mejor de Cataluña pensando cómo lo harían sus antepasados gallegos.

Un hombre aparece muerto con unas bragas de mujer en el bolsillo. La viuda encarga la investigación a nuestro querido detective. Pronto empieza a sospechar que, lejos de ser un crimen sexual (que es lo que todos quieren que parezca), se trata de un ajuste de cuentas de tintes políticos. En su afán por descubrir la verdad entre tanta mediocridad circundante, a Carvalho empiezan a llegarle avisos para que deje de meterse donde no le llaman.


Manuel Vázquez Montalbán nos hará sonreír, tanto si lo leímos en su día como si es la primera vez que lo hacemos, con sus devaneos por Barcelona, desde los barrios más negros hasta la ciudad de altos vuelos. Y disfrutaremos, gastronómicamente hablando, con los maravillosos platos que nos prepararán, a través de sus páginas, unos personajes histriónicos de los que llegaremos a enamorarnos irremediablemente.

Así es La soledad del manager, una novela publicada hace cuarenta años que, sin embargo, nos llevará a conocer una ciudad, una región, un pueblo, como si se tratara de la mismísima actualidad.

Quizá fuera esa la verdadera magia que poseía el autor, adelantarse en el tiempo, vaticinar un futuro que, a través de las páginas de este libro, nos hará pensar dónde termina la ficción y comienza la realidad.

Prepárense a estar intrigados durante todo el texto, a querer descubrir al culpable o culpables que se esconden desde las primeras páginas, a salivar con los exquisitos condumios que aquí se representan y disfrutan.

En fin, lean y gocen con uno de los autores más grandes del género negro, alguien que retrató con palabras a una sociedad catalana que siempre fue un escenario perfecto para la novela negra. Hoy, quizá, demasiado negro.


© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).


Esta reseña ha sido expresamente escrita por Julio César Cano para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre de 2017 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a todo el que quiera reproducirla total o parcialmente, cite su fuente original.

Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Ojalá estuvieras aquí es la tercera investigación del inspector Monfort, que sigue a  Mañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.