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Reseña de «El juramento de Whitechapel» de José Javier Abasolo

RESEÑA de «EL JURAMENTO DE WHITECHAPEL» de JOSÉ JAVIER ABASOLO, por Miguel Izu
La decimosexta novela del escritor bilbaino José Javier Abasolo, todas ellas del género negro/policíaco/criminal, El juramento de Whitechapel, se encuadra en un subgénero del que me he ocupado en un par de trabajos de próxima publicación: la novela policíaca histórica. Es un subgénero híbrido que se cultiva abundantemente pero que, curiosamente, pasa bastante inadvertido en España, no sucede lo mismo en otros países donde sí se le reserva una etiqueta específica, historical mystery, roman policier historique o polar historique, giallo storico, historischer Kriminalroman. Un subgénero que incluso tiene instituidos premios específicos: el CWA Endeavour Historical Dagger que otorga la British Crime Writers’ Association, el Prix Historia en categoría de roman policier historique que otorga la revista francesa Historia, el Premio Giallo Storico del festival “Garfagnana in Giallo Barga Noir” que se celebra en las localidades toscanas de Lucca y Barga.

La novela policiaca histórica es aquella cuya trama no se desarrolla en la misma época en que escribe el autor, lo que ha sido norma general del género negro/policíaco/criminal, sino en una época anterior, quizás no muy distante pero, en todo caso, en una sociedad ya pretérita que hay que reconstruir literariamente. A menudo en este género (igual que en la novela histórica a secas) se mezclan hechos reales e inventados, personajes históricos y personajes de ficción, o hay saltos en el tiempo, la investigación de un crimen del presente se relaciona de algún modo con otro del pasado. Pese a que se publican muchas novelas de este género (por citar solo algunos de los muchos autores actuales que lo cultivan: Arturo Pérez-Reverte, Luis Zueco, Matilde Asensi, Luis García Jambrina, Félix G. Modroño, Juan Pedro Cosano, Jerónimo Tristante, Ignacio del Valle, Guillermo Galván o Jordi Sierra i Fabra), en nuestro país no se suelen clasificar como novelas policíacas históricas, una categoría que todavía no se ha asumido con normalidad, sino unas veces como novelas históricas (añadiendo que poseen algunos de los rasgos de las novelas policíacas) y otras veces como novelas policíacas (precisando que adoptan alguna de las características de las novelas históricas), dependiendo del capricho de las editoriales, librerías o reseñadores que hacen la clasificación o, muy a menudo, atendiendo a lo que haya escrito anteriormente su autor, al que ya se le ha encasillado como escritor de novela policíaca o escritor de novela histórica.

Me he interesado por esta cuestión, y por El juramento de Whitechapel, porque yo también he cultivado el género (El crimen del sistema métrico decimal, 2017, El rey de Andorra, 2018), y en el mismo interés coincide José Javier Abasolo ya que no es la primera vez que publica una novela policíaca histórica, ya lo hizo con Una decisión peligrosa, de 2014, que además es una ucronía, describe un reino de Navarra que en 1940 sigue siendo independiente, sin que se hubiera consumado la conquista castellana del siglo XVI. El juramento de Whitechapel se desarrolla en una época anterior, en 1888, en el Londres de Jack el Destripador. El siglo XIX es una época sumamente interesante, en mi humilde opinión, y muy frecuentada por los autores de novela policíaca histórica británicos o franceses, probablemente porque es también la del nacimiento de la propia novela policíaca y de los primeros clásicos del género, Wilkie Collins, Émile Gaboriau o Conan Doyle. En España se presta mucha más atención al siglo XX, sobre todo a las épocas de la Guerra Civil y el franquismo, a la hora de ambientar novelas de este género.

Además de una novela policíaca histórica ambientada en el siglo XIX, El juramento de Whitechapel es también una novela decimonónica, una novela victoriana, en cuanto a que de forma bastante deliberada el autor adopta el estilo y sigue las pautas de las novelas clásicas de aquella época, con recursos como el del narrador que cuenta a otro narrador los hechos años después, muy Wilkie Collins, o diálogos que suenan muy formales, los personajes no paran de pedirse permiso y de pedirse disculpas, y muestran intenso pudor ante las palabras malsonantes. Hay también una breve historia de amor completamente puritana, apta para todos los públicos, que hubiera merecido la total aprobación de la reina-emperatriz Victoria. La pareja protagonista, Charles Kingsfield, señorito londinense y detective aficionado, y Sabino Arana (el futuro fundador del Partido Nacionalista Vasco), en el papel de narrador, inevitablemente recuerdan a otros personajes clásicos del género policíaco, al caballero Auguste Dupin y su amigo el anónimo relator de sus andanzas, o a Sherlock Holmes y al doctor Watson. Algunas de las situaciones que se narran en la novela no serían de recibo en una trama ambientada en el presente, pero encajan perfectamente en ese mundo victoriano tal como lo imaginamos gracias a libros y películas, como que los astutos detectives de Scotland Yard acepten la colaboración de dos detectives aficionados en lugar de encerrarlos por obstrucción a la justicia.




Sin duda, una de las originalidades de la novela es la de mezclar a un joven Sabino Arana (ingenuo, mojigato, abstemio y dotado de una notable capacidad de aprender inglés en pocas semanas) con Jack el Destripador, y la de ofrecer una nueva tesis, otra más, sobre quién pudo ser el criminal que se ocultaba bajo ese seudónimo. El aficionado al género policíaco apreciará los muchos guiños u homenajes que hace Abasolo a personajes como Conan Doyle (que hace un cameo en la historia), Wilkie Collins y Oscar Wilde, y la descripción del Londres cubierto por el smog típico de las historias de Sherlock Holmes. Y como en toda novela histórica, la trama permite una doble lectura en la cual el lector hallará algunas reflexiones válidas no solo para épocas pasadas, sino también para el presente.



Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.



es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017), El rey de Andorra (2018). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: https://mizu38.wixsite.com/miguelizu

Reseña de «Ya no quedan junglas adonde regresar», de Carlos Augusto Casas

«CREER EN LOS FINALES FELICES», por
Anamaría Trillo
Hay grandes lectores de género negro, también editores que cuidan con mimo su colección negra, además, en ocasiones también encontramos un escritor de enorme talento.

En Carlos Augusto Casas convergen cada uno de estos tres aspectos. Conoce el género negro, disfruta de él, mima a los autores cuyas obras publica como editor y además, como autor, posee un don. Casas ha creado una buena historia, y además sabe cómo contarla. Lo dicho: un don que no es sencillo encontrar, ni siquiera entre los escritores (con todo lo extraño que pueda sonar eso).

Carlos tiene el don de saber cómo trabajar la historia y destilar su esencia, hasta sacar un brebaje exquisito. Después, cuando ya nos ha mostrado su calle Montera (esa que vemos cada día, pero a menudo hacemos como que no la vemos), cuando nos ha metido en el corazón al Gentleman, le mete presión a la mezcla, agita la botella y, cuando desprende el tapón, la historia alcanza un ritmo que te deja sin aliento. Puede parecer lo contrario, pero esa falta de respiración es un placer lector, un cúmulo de palpitaciones que te deja tal sabor de boca que sabes que tienes que volver a leer la historia de esta venganza. Más pronto que tarde lo vas a hacer. Tienes que volver a buscar esa manera de sentirse vivo, deseas volver a mirar a Herodes a los ojos, a esbozar esa media sonrisa que despierta el humor más irónico... tienes que volver a creer en los finales felices, aunque para cada uno de nosotros —eso es lo bueno que tienen la literatura o el cine...— la felicidad sea una cosa diferente. Ahí lo dejo, y que cada uno decida.

Ya no quedan junglas adonde regresar posee la mezcla perfecta que dan los buenos ingredientes: personajes inolvidables; buen ritmo, lenguaje directo y sentencias de esas que te hacen plantearte muchas cosas... Es una novela que se mantiene fiel al espíritu de denuncia social del género negro; la realidad lo es tanto, que parece que miramos el desarrollo de la historia a través de una ventana de la capital.

Los personajes despiertan sentimientos —cada uno los suyos, por supuesto, que hay para todos los gustos—, y eso es un logro. No siempre es fácil y menos en una obra de apenas 200 páginas.
Casas lo ha conseguido con maestría, sin vueltas innecesarias, con calidad y precisión. Despierta una brutal corriente de sentimientos: ternura, empatía, comprensión, condena, desprecio... sus personajes son imperfectamente humanos, como si de verdad pudiéramos encontrárnoslos, uno a uno, a lo largo de la calle Montera.

A esta primera novela de
Carlos Augusto Casas no le sobra nada y, lo que es aún más importante, tampoco nada le falta. Es una novela redonda; certera, como un disparo en el centro de la diana; contundente y directa de las que te traspasan de parte a parte. El lenguaje, el tono, el humor, los hechos, los giros argumentales... cada una de las elecciones que ha realizado el autor a la hora de «cocinar» la historia del viejo apodado El Gentleman es un acierto.

Sin duda,
Carlos ha entrado con honores en la nómina de autores de novela negra, como bien certifica que haya obtenido con su obra el VI Premio Wilkie Collins, gracias al cual, junto al esfuerzo de M.A.R. Editor, tenemos la oportunidad de conocerle y ponerle en el lugar de la estantería de las novelas con mayúsculas.



Ya no quedan junglas adonde regresar
Carlos Augusto Casas
M.A.R. Editor
(VI Premio Wilkie Collins de Novela Negra)


Esta reseña ha sido escrita por Anamaría Trillo para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original.

es escritora y periodista. Ha colaborado en la gestión de diversos clubs de lectura virtual en el Portal del Lector de la Comunidad de Madrid. Ha colaborado en diversas web de reseñas literarias. Así mismo, colabora activamente en eventos literarios y actividades de fomento de la lectura. En la actualidad, es coordinadora literaria en el festival de novela policiaca de Madrid, Getafe Negro. Ha participado en diversas antologías de relatos y poesía. Es autora del libro de relatos El faro de Umssola y otros cuentos subterráneos y la novela Amaneció de nuevo Madrid (Playa de Ákaba, 2015). Dentro del colectivo Hijos de Mary Shelley ha publicado su relato "El pelotón de los insomnes" dentro del libro Las noches de Clairmont (Imagine Ediciones, 2016).


El arquetipo del detective-dandi, por Inés Mendoza

EL ARQUETIPO DEL DETECTIVE-DANDI 
Inés Mendoza
El dandismo es el último destello del heroísmo de las decadencias. [Charles Baudelaire]

¿Qué lector apasionado no se ha sentido atraído por un personaje de ficción? Quién, al menos una vez, no ha querido abrazar a Swann, charlar con Adriano, Nemo, Bartleby; despertar a la Sophie de Novalis, besar a La Maga en un muelle del Sena. Cuántos de nosotros no habremos experimentado hacia el osado barón rampante o el infeliz Joseph K. un afecto comparable al que se tiene por un amigo. Da igual que guardemos el secreto bajo llave: cualquier amante de los libros reconocerá este singular género de enamoramiento. Y los aficionados a la novela detectivesca o “de misterio” no somos una excepción. De hecho, puede que haya más entusiastas de Lord Wimsey, Hércules Poirot o Sherlock Holmes que adeptos a los autores que les dieron vida. En el fondo es menos sorprendente de lo que parece, pues estos personajes encarnan el arquetipo del detective-dandi, tan seductor en la ficción como improbable en la vida real.

Respecto a la figura genérica del dandi, Lluis María Todó sugiere que en el origen del dandismo arde una protesta romántica, un desdén por las directrices que fundamentan la sociedad industrial. Directrices como el utilitarismo, la productividad, la hiperactividad, el optimismo o la uniformización de la conducta. No por nada Baudelaire declaró que los dandis son “representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad –excesivamente rara entre las gentes actuales- de combatir y destruir la trivialidad. Es de ahí de donde nace esa actitud altanera de casta provocadora, que tanto caracteriza a los dandis incluso en su frialdad”. La herejía principal del dandi, en una palabra, consiste en dedicar su vida a contravenir las costumbres de la vida burguesa. Por eso coquetea con la muerte recurriendo a paraísos artificiales. Por eso se conduce con excentricidad. Por eso cultiva su imagen con esmero y se niega a practicar actividades socialmente útiles como trabajar o tener hijos. Una ofensiva contra el mandato de normalidad que es característica de la cosmovisión romántica.

Si recordamos que uno de los padres del género detectivesco fue el escritor romántico Edgar Allan Poe, no nos extrañará que también el detective clásico se rebele contra la Doxa u opinión común. Y lo hace, explica Fernando Savater, derribando los prejuicios de los lectores; demostrando mediante la resolución del crimen que el culpable no era ninguno de los sospechosos que nos habíamos apresurado a señalar. Hace más: nos previene contra las terribles consecuencias que en la vida real podría tener semejante negligencia acusadora.

Naturalmente, la oposición romántica que ejerce el dandi contra el establishment y contra la doxa que lo refrenda, se extiende al ámbito de su vida individual: a sus emociones, temperamento, preferencias, conducta, etc. En la narrativa detectivesca, el correlato de este fenómeno es lo que el especialista Julian Symons llama el “encanto byroniano trasnochado” del detective clásico. Y es que si hay un rasgo que se repite en bastantes novelas de misterio es la excentricidad del protagonista. De hecho, se podría considerar este rasgo como un tópico del género, al menos durante la Edad Dorada británica (la ficción criminal norteamericana iba por otros derroteros), que podemos situar, aunque con ciertas reservas, en el período de entreguerras.

En realidad, la estirpe de los investigadores extravagantes tiene una raíz anterior al siglo XX: el sargento Cuff de La piedra lunar (1868), uno de los primeros detectives-dandi de la literatura. Para algunos expertos es harto probable que este personaje de Wilkie Collins fuera el modelo de Poirot, Wimsey, Holmes, y otros sabuesos de ficción. En efecto, ahí donde Cuff es lo bastante excéntrico como para conciliar su peligroso y violento oficio con el delicado pasatiempo de cultivar rosas, sus homólogos hacen otro tanto: el afectado Poirot viste con atildamiento, Holmes toca el violín, el agente Philo Vance es erudito, ama la cerámica y juega al ajedrez, y Lord Peter Wimsey, refinado gourmet y catador de vinos, es descrito como un políglota que colecciona libros raros, juega al cricket, y hasta usa monóculo. 

Con todo, la extravagancia no es el único rasgo byroniano del detective clásico. Ya  Umbral situaba al dandi del lado de lo demoníaco, pues no le mueve la humildad, sino “la más soberbia indiferencia”. O para decirlo con Eugenio D’Ors, la denuncia del dandi recurre a la “manera cínica”, en lugar de articularse como una “lírica de la indignación”. Quizá esto explique que tantos detectives-dandi tengan un perfil que oscila entre la ironía y lo melancólico. No son pocos los que atraviesan fases sombrías o arrastran un hastío parecido al Spleen simbolista. Pensemos si no en Adam Dalgliesh, el detective-poeta de P. D. James, atormentado por su pérdida de inspiración literaria. O en Lord Wimsey, que se deprime en varias ocasiones: cuando su prometida de juventud se casa con otro, cuando vuelve del frente tras la Primera Guerra Mundial, e incluso cuando los criminales que atrapa son condenados a la pena de muerte. Hasta el divertido Poirot, un dandi más mundano que rebelde, exhibe un talante casi apesadumbrado en Asesinato en el Orient Express.

Rebeldía, gustos estrafalarios, hastío, propensión a la soledad, indiferencia, melancolía, altanería, compasión, ironía, ingenio: son estas las cualidades que, dentro y fuera de la literatura, han prestado al arquetipo del dandi su irresistible encanto byroniano. También son estos los atributos, románticos en su mayor parte, que han configurado el arquetipo del detective-dandi, capaz de enamorar a generaciones y generaciones de lectores en todo el mundo.

En el prólogo a una novela de Dorothy L. Sayers, la escritora británica P. D. James proclama que “Lord Wimsey vive”. Ciertamente, para los que seguimos prendados de este inolvidable sabueso, la existencia literaria que le dio Sayers puede ser tan contundente como la de una persona real. Algo parecido experimentarán los lectores enamorados del Sherlock de Arthur Conan Doyle, el Poirot de Agatha Christie, y de tantos otros detectives-dandis. Contra lo que se pueda creer, no se trata de una pasión descabellada. Se trata de esa costumbre tan humana que nos hace vivir ideas, ficciones, sueños o deseos como si fueran reales. Porque el hecho es que lo son. Son tan reales como la imaginación, el juego o la invocación al mito. Tan reales y atemporales, en suma, como las prodigiosas estructuras invisibles que nos convierten en seres simbólicos
.

Este artículo ha sido escrito por Inés Mendoza para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite su fuente original.

es escritora y arquitecta. Trabaja como profesora en la Escuela de Escritores. Ha impartido talleres en instituciones como el Museo del Romanticismo y colaborado en medios nacionales e internacionales de prensa y revistas de arquitectura. Sus cuentos han sido premiados en varios concursos y recogidos en antologías, entre las que destaca Mar de pirañas, nuevas voces del microrrelato español. También ha publicado artículos sobre literatura en libros como Diodati. La cuna del monstruo. Su libro de relatos «El Otro Fuego» fue publicado en 2010 en la editorial Páginas de Espuma.

Agradecemos a Elena Martín Barce que nos haya permitido incluir la fotografía de Inés Mendoza para esta ficha biográfica.


Os ofrecemos la intervención de David G. Panadero para clausurar la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017, en la que nos habla sobre el artículo «El arquetipo del detective-dandi», de Inés Mendoza.
 

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Reseña de «Vindicta», por Miguel Izu

Reseña de «Vindicta» (III Antología Negrocriminal Cruce de Caminos). Cruce de Caminos, 2020. 
por Miguel Izu
En España, escribir relatos o cuentos ha tenido tradicionalmente poco predicamento, por alguna razón todo el prestigio del género narrativo se ha acumulado en la novela. Parecería que escribir una narración corta es un entretenimiento de autores poco trabajadores o con facultades limitadas, lo cual está muy alejado de la realidad. Recordemos aquella frase de Blaise Pascal, “disculpe si he escrito esta carta tan larga, no he tenido tiempo de hacerla más corta”. Esta marginalidad del relato es particularmente visible en el género policíaco, negro o criminal, en llamativo contraste con lo que sucede en el mundo anglosajón, donde se creó y donde seguimos encontrando los principales referentes. Escribir relatos en los países de habla inglesa no solo ha sido una actividad reconocida, sino que desde siempre han existido revistas especializadas en publicarlos. A diferencia de lo que sucede en nuestro país, muchos autores clásicos han acostumbrado a publicar en esas revistas buena parte de su obra. Edgar Allan Poe publicó originalmente Los crímenes de la calle Morgue en Graham's Magazine, de Filadelfia; Wilkie Collins publicó relatos en Household Words o All the Year Round, revista que dirigía su amigo Charles Dickens, y en esta también dio a conocer por capítulos sus novelas La dama de blanco y La piedra lunar; Conan Doyle publicó muchos de los casos de Sherlock Holmes en The Strand Magazine; Agatha Christie publicó abundantemente también en The Strand, The Sketch, The Grand Magazine o The Story-Teller; Dashiell Hammett en Black Mask o The American Magazine, Raymond Chandler en Detective Fiction Weekly, The Fortnightly Intruder o Dime Detective. De modo similar, el comisario Maigret de Georges Simenon frecuentó el Paris-Soir-Dimanche o el Police-Film. En nuestro país, que se publiquen revistas como las citadas, o que los diarios o semanarios publiquen narrativa, ha resultado bastante más raro. Cuando se han publicado relatos, usualmente ha sido bajo la forma de recopilación en un libro. Recuerdo que, en una edición de Pamplona Negra, le preguntaron a Alicia Giménez Bartlett cómo sabía si una historia daba para una novela o para un relato y respondió que no tenía ni idea; que ella solo había escrito relatos cuando se los habían encargado, de lo contrario su tendencia natural era escribir novelas. Creo que revelaba bien nuestra cultura literaria al respecto.
   
Sin embargo, en los últimos años el panorama está cambiando y ahora mismo se cultiva mucho el relato. Pienso que un factor decisivo en el cambio ha sido internet. Seguimos sin tener apenas revistas en papel dedicadas a publicar narrativa, pero tenemos cada vez más revistas digitales y blogs literarios, y tenemos muchísimos certámenes y premios de relatos y de microrrelatos que funcionan principalmente a través de la red. La facilidad de publicar a coste muy bajo ha multiplicado la actual presencia del relato en todos sus géneros y, en lo que aquí nos interesa, muy claramente en el género policíaco, negro o criminal. Y aquí vamos a reseñar una publicación que tiene su origen es este fenómeno.

Vindicta, que lleva como subtítulo el de III Antología Negrocriminal Cruce de Caminos, se debe a una iniciativa individual, la de David Gómez Hidalgo, matemático y profesor de secundaria de profesión, y lector voraz, escritor y editor por afición. Mantiene un recomendable blog literario, a través del cual realiza periódicamente una convocatoria abierta de relatos negrocriminales en castellano. La antología de la que aquí nos ocupamos proviene de la tercera de ellas, la de 2019. Todos los relatos seleccionados tienen un tema común, ya sugerido en el título: la venganza.

Como no podía ser de otro modo,  los relatos de la antología son tan variados como sus autores. Sin destripar las historias, diré que las visiones de la venganza que nos ofrecen no son menos heterogéneas. Hay venganzas que se sirven, no solo frías como manda la receta tradicional, sino muy cuidadosamente planeadas, tendiendo una enrevesada trampa a la víctima. Hay venganzas no planeadas, fruto de un arranque de ira, otras que provienen de una obsesión o de un delirio. Venganzas que quedan impunes y otras que reciben su condena. Ejecutadas por manos femeninas o masculinas, con violencia brutal o con medios refinados, con pasión o por dinero. Que castigan una infidelidad, una traición, un abuso, una humillación, un suplicio infligido con intención o de modo involuntario, un crimen. El libro se abre con una cita de Alfred Hitchcock: “La venganza es dulce y no engorda”. Pero, con frecuencia, los relatos le dan un sabor muy amargo. Como se afirma en el prólogo, aunque la venganza sea un fenómeno humano tan corriente como el amor o el odio, no nos devuelve aquello que buscamos, aquello que nos arrebataron.

Ficha:

Vindicta (III Antología Negrocriminal Cruce de Caminos)
VV. AA.
Cruce de Caminos, 2020
ISBN: 979-8630960573
ASIN: B086G2YWNB
205 páginas.

Contenido:

Prólogo, por Pablo Poveda.
Tambores vacíos, de Laura Pérez Caballero  (Mieres, Asturias, 1976).
¿Y qué haremos ahora, Amanda?, de Enrique de la Cruz  (Madrid, 1978).
El Mustang, de Alejandro Moreno Sánchez  (Crevillent, Alicante, 1982).
La Virgen Santísima y yo, de Mario Marín  (Aroche, Huelva, 1971).
Regalos de Navidad, de Manuel J. Linares (Valladolid, 1969).
Un mal día para dejar de fumar, de David Gómez Hidalgo (Begur, Girona, 1973). 
Artículos de jardinería, de Núria Martínez  (Barcelona).
El último caso de Eugenio Agenjo, de Juanma Ramírez  (San Fernando, Cádiz, 1972).
Retiro forzoso, de William C. Rilley  (Sevilla, 1980).
Plan de sábado, de José Javier Navarrete  (Madrid, 1964).
Tinta roja, de Alicia del Rosario (Oviedo, 1982).

Puedes leer uno de los relatos contenidos en esta antología, pinchando AQUÍ.


es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017), El rey de Andorra (2018). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: https://mizu38.wixsite.com/miguelizu

Reseña de «Los establos de Augías», de Agatha Christie

RESEÑA DE «LOS ESTABLOS DE AUGÍAS», DE AGATHA CHRISTIE, por Miguel Izu
1. Introducción.
 

Los establos de Augías es uno de los relatos que componen la colección Los trabajos de Hércules, escrita por Agatha Christie entre 1939 y 1947 y que, como las hazañas del héroe mitológico griego, se componen de doce historias, en este caso doce historias cortas protagonizadas por Hércules Poirot. La propia autora confiesa en una nota inicial que fue el nombre de pila de Poirot el que la indujo “irresistiblemente” a escribirlas.

En la introducción, un personaje llamado doctor Burton bromea con Poirot sobre su nombre de pila y afirma que los padres son gente muy caprichosa al imponer nombres a sus hijos, y extiende la burla a los personajes de Conan Doyle: Me estoy imaginando la conversación que sostendrían su madre de usted y la difunta señora Holmes, mientras cosían sus ropitas o hacían calceta: «Aquiles, Hércules, Sherlock, Mycroft...» (Agatha Christie, en Los cuatro grandes, inventó un falso hermano gemelo de Poirot al que llamó Aquiles). De la conversación, Poirot saca la idea de rememorar los trabajos de Hércules aceptando, antes de su prevista y definitiva jubilación (una idea que acaricia a lo largo del tiempo pero que nunca acaba por ejecutar), doce casos, “ni uno más ni uno menos”, que tengan cierto parecido con los doce trabajos que llevó a cabo Hércules.

He elegido el quinto de esos trabajos, Los establos de Augías, porque en él Agatha Christie trata, si bien superficialmente, el tema de la corrupción en la política, lo que me permitirá hacer algunas reflexiones sobre los límites y la relación existente entre la novela policíaca y la novela negra.


2. Sinopsis.

El relato se abre con la visita que hacen a Poirot el primer ministro, Edward Ferrier, y el ministro del Interior. El primero de ellos es yerno de John Hammett, que fue el anterior primer ministro, un político muy popular al que ahora un periódico sensacionalista amenaza con desacreditar publicando sus turbios manejos de los fondos del partido y denunciando prácticas corruptas y defraudación de dinero público. El mayor problema es que los hechos son ciertos, y de saberse producirán la caída del gobierno y la probable llegada al poder de un político demagogo que establecerá prácticamente una dictadura. Para evitar tal desastre solicitan los servicios de Poirot, que acepta por la similitud del caso con la limpieza de los establos de Augías que llevó a cabo Hércules, además de por la simpatía que siente por Ferrier, al que tiene por un político honrado y cabal.

Poirot sondea al indeseable editor del periódico para saber si estaría dispuesto a no publicar la información que tiene sobre Hammett a cambio de dinero, con resultado negativo. Poco después, el periódico desvela el escándalo, seguido de inmediato por otro que afecta a la hija de Hammett, la señora Ferrier. Se publican fotografías suyas en lugares de dudosa reputación de París divirtiéndose con un gigoló y sugiriendo que es alcohólica, drogadicta y ninfómana. El primer ministro demanda al periódico por difamación en lo que respecta a su esposa.

En el juicio, comparecen varios testigos que aseguran que la señora Ferrier no estuvo ni en los lugares ni en las fechas donde supuestamente le hicieron las fotografías comprometedoras, sino descansando en la residencia de un respetado obispo anglicano. Comparece también una camarera danesa, de gran parecido con la esposa del primer ministro, que explica que la mujer de las fotografías es ella, que fue contratada por un periodista sin que supiese que se iban a utilizar para un montaje infamatorio. El periódico es condenado a una indemnización millonaria y pierde toda su credibilidad, mientras que tanto la señora Ferrier como su padre, el ex primer ministro Hammett, recuperan el favor de la opinión pública. El peligro ha pasado.

Ferrier pregunta a Poirot cómo supo que habían empleado una doble para las fotografías escandalosas. Este le responde que no es una idea nueva, ya fue empleada con Jeanne de la Motte para suplantar a María Antonieta en El collar de la reina, de Dumas. Pero añade que la idea no fue del periódico sino suya. Fue Poirot el que, con la autorización de la señora Ferrier, organizó todo el montaje y remitió las fotografías al periódico, que mordió el anzuelo y las publicó. Después de poner las manos en el cieno, como estaba previsto, procedió a limpiar el nombre de la señora Ferrier y, de rebote, el de su padre.

   
3. Entre la novela policiaca y la novela negra.

La corrupción es un tema recurrente de la novela negra, no tanto de la novela policíaca clásica. Aunque con excesiva frecuencia se tiende a hacer sinónimos ambos términos, creo que es necesario hacer una distinción entre ellos. La novela policíaca, criminal o de detectives, que nace en el siglo XIX con Poe, Wilkie Collins o Conan Doyle y llega hasta nuestros días, se centra en una trama que propone una adivinanza a los lectores, la recurrente Who done it? que acaba por nombrar al género como whodonit. Lo fundamental es la intriga, el misterio, descubrir al autor o autores del crimen y sus motivos. El resto, los personajes, la ambientación, se subordina a la trama criminal. En las primeras décadas del siglo XX surge un subgénero o variante de novela policíaca, principalmente en Estados Unidos con Hammett, Chandler o Cain, que acaba siendo denominada en algunos países como novela negra. También contiene una trama de investigación criminal, pero el ambiente en el que se produce adquiere mucha más importancia y, sobre todo, la visión sobre el entorno social que se refleja en las novelas negras es muy distinta.

En la novela policíaca clásica la sociedad se presenta como un sistema bien ordenado que, momentáneamente, se ve alterado por el crimen. La investigación y el descubrimiento del criminal tienen como última finalidad restaurar el orden. El protagonista, el detective, sea profesional o aficionado, es un héroe a menudo adornado de cualidades extraordinarias que tiene una misión salvadora, es un agente del orden social. Los demás protagonistas reflejan la idea de que la gente es, esencialmente, buena, aunque no sea perfecta, y que solamente en unas pocas personas anida el mal que les convierte en criminales. Al final ha de resplandecer la justicia, el inocente se salva y el culpable es castigado. La lectura tiene un efecto tranquilizante sobre el lector: el bien prevalece sobre el mal. No es casualidad que en una parodia televisiva del subgénero de espías, El superagente 86 (Get Smart es su título original), se enfrentaran dos organizaciones designadas como CONTROL y KAOS.

En la novela negra, la sociedad se contempla desde un punto de vista mucho más pesimista. El orden aparente suele encubrir la injusticia, la corrupción, la hipocresía de una organización social manifiestamente mejorable, la violencia latente. La gente no es necesariamente buena ni mala, pero sí capaz de lo peor cuando las circunstancias le llevan a ello. La acción sale de los salones alfombrados y visita los ambientes más sórdidos. Las conductas suelen ser mucho más ambiguas moralmente y, con frecuencia, no triunfa la justicia. El bien y el mal no resultan siempre claramente perceptibles y no es sencillo elegir entre ellos. El mal no anida solo en decisiones individuales desviadas sino, también, en una determinada estructura social. El protagonista suele ser consciente de vivir en medio de la podredumbre y de que poco va a conseguir contra ella, vive en el escepticismo y se limita a tratar de hacer lo debido y de ser leal a las personas que confían en él, se suele defender de la realidad que le rodea a través de la ironía y el lenguaje cínico. No siempre el criminal recibe su castigo. A veces, incluso, el criminal es el protagonista de la novela negra. A menudo la lectura no tranquiliza sino que inquieta y perturba al lector.

Estos rasgos distintivos de la novela negra aparecen magistralmente descritos en un texto clásico, el manifiesto que publicó Marcel Duhamel en 1948 en la Série Noire de Gallimard, la colección de novelas que daría nombre al género:

Que el lector sin prejuicios tenga cuidado: los volúmenes de la Serie Negra no se puede poner en todas las manos. Los aficionados a los enigmas a lo Sherlock Holmes no les sacarán provecho. El optimista habitual tampoco. La inmoralidad admitida en general en ese género únicamente sirve para destacar la moralidad convencional, tanto como unos buenos sentimientos e incluso la amoralidad misma. Veremos a policías más corruptos que los malhechores que persiguen. El detective no siempre resuelve el misterio, incluso a veces no hay misterio ni detective. Pero, ¿entonces?… Entonces queda la acción, la angustia, la violencia -en todas sus formas y, particularmente, las más deshonrosas- de las palizas y los asesinatos.

Como en las buenas películas, los estados de ánimo se plasman en los gestos y los lectores ávidos de literatura introspectiva deberán realizar una gimnasia inversa. Hay también amor -bajo todas sus formas-, pasión, odio, todos los sentimientos que, en una sociedad refinada, solo son mostrados de modo excepcional, pero que aquí son moneda corriente y que a veces se expresan con un lenguaje fuerte, poco académico, pero donde domina siempre, rosa o negro, el humor.

Parece ser que el negro inicialmente se refería al color de la portada de las novelas de esta colección, pero creo que si la denominación ha triunfado, incluso desbordando sus límites iniciales, es porque describe muy bien el objeto del género. Las novelas negras enseñan la parte más oscura de la realidad y de la naturaleza humana, la menos agradable, la que nos gusta esconder en nuestra vida cotidiana. La violencia, el crimen, la corrupción, el mal, la injusticia. Y por eso, con frecuencia, la novela negra sirve para hacer denuncia social, para llamar la atención sobre lo que no funciona bien, lo que no debiéramos ignorar ni tolerar, lo que habría que combatir.

Como ya he advertido, hoy es usual llamar novela negra a toda novela policíaca o criminal, cuando es obvio que solo una parte de las historias policíacas o criminales merecen esa denominación. En particular, considero que, stricto sensu, Agatha Christie no es autora de novela negra. Sí de novela policíaca o criminal y, obviamente, una de las mejores, por no decir la mejor. Hace pocos años los medios de comunicación españoles aireaban la noticia de que había sido elegida como la mejor escritora del género por los escritores británicos de novela negra; pero si uno leía más allá del titular, resultaba que quienes votaban eran los miembros de la Crime Writers' Association. La prensa británica, más precisa, informaba de que Agatha Christie era la mejor autora de crime novel, que no es lo mismo. Los anglosajones prefieren hablar de crime, murder o detective fiction, y como un género asociado o un subgénero hablan del harboiled, que suele coincidir con lo que en francés se rebautizó como noir.

En un relato como Los establos de Augías se observa que difícilmente se pueden aplicar a Agatha Christie los rasgos distintivos de la novela negra que antes hemos enunciado incluso cuando, como en este caso, se atreve con el tema de la corrupción política. Es obvio que su visión de la sociedad era bastante optimista, vivía muy confortablemente en la aristocrática sociedad británica que refleja en sus novelas. Sus protagonistas suelen proceder de las clases acomodadas y si, alguna vez, se muestra crítica no es para hacer denuncia social sino mera y amable ironía costumbrista. El primer ministro Hammett es un político corrupto, pero constituye una excepción entre los suyos. La corrupción no es sistémica, por eso basta adoptar una medida puntual para restablecer el orden. Igual que hace en algunas de sus aventuras Sherlock Holmes, Hércules Poirot trabaja a favor del gobierno, del orden constituido. La policía a veces es incompetente y necesita la ayuda de un detective privado, pero no es corrupta. Al final, triunfa la justicia, aunque haya que emplear alguna pequeña artimaña, y la vida puede seguir felizmente regresando a sus cauces habituales.

Aunque hay tantas definiciones de los géneros como definidores, y los límites son difusos, creo preferible reservar la denominación de novela negra a aquellas obras que encajan en el manifiesto de Duhamel y llamar a las que encajan más en la tradición de Agatha Christie solo novelas policíacas. Claro está que los géneros y subgéneros son modelos ideales y que cualquier novela encajará solo parcialmente en ellos, o encajará en varios. Pero creo que muchas novelas con crímenes y policías que hoy son calificadas como novelas negras debieran ser descritas solo como grises, a veces de un gris muy clarito.


Esta reseña ha sido escrita por Miguel Izu para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.

 
es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: http://webs.ono.com/mizubel/