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Biografía de Carlos I de España (XXXVII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

Ponga un Túnez en su vida
Víctor Fernández Correas
El patio en el Mediterráneo no estaba para tirar cohetes, con Barbarroja husmeando más de la cuenta —cuando no metiendo las zarpas directamente— en las colonias españolas del norte de África, así como en las islas —llámense Mallorca y Menorca, principalmente— del que los romanos llamaban Mare Nostrum. Hay que decir, a modo de recordatorio, que dicha expansión comenzó siendo rey el abuelo de mi colega, o sea, Fernando, apodado el Católico, a partir de Orán y siguiendo hasta Trípoli. Al palmarla Fernando, el tal Barbarroja —de nombre Khair-ed Din— aprovechó la coyuntura para hacerse con Argel y, desde allí, liarla parda por las costas españolas y sus islas cuando le viniera en gana. Uno tras otro, los intentos por recuperar Argel acabaron en fracaso, y así estaba el percal.

Como mi colega estaba dando tumbos cada dos por tres por esa Europa suya apagando fuegos y visitando a unos y a otros, era su esposa, la emperatriz Isabel, quien le informaba de cómo estaba el patio en lo tocante al Mediterráneo. Y la cosa —como se ha visto en anteriores entregas— estaba chunga no, lo siguiente; al que pidió en más de una y de dos ocasiones que se expulsara a Barbarroja de Argel, dado el daño que hacía desde allí cuando le placía.

Sucedió que Barbarroja fue ganando en importancia y en categoría, pasando de ser poco menos que un pirata de mala muerte a convertirse en almirante de la flota turca del Mediterráneo allá por 1534; y que, con tal atribución y con plenos poderes, se sentía con ganas de liarla parda siempre y cuando quisiera. A modo de ejemplo, por esa época dejó la villa napolitana de Fondi como un solar e hizo cautivos a todos sus habitantes —“lo qual lo habemos sentido mucho, y especialmente los cristianos que llevó cautivos”, llegó a decir al conocer la noticia—; y, lo que es peor, se había apoderado de Túnez, cuyo rey, Muley Hassan, era feudatario de mi colega Carlos.

Así que tocaba pararle los pies. Y cuanto antes, mejor.

Aprovechando que en ese año, 1534, se celebraban Cortes en Madrid, a donde fue para contar cómo le había ido por tierras más allá de los Pirineos y qué había hecho en ellas, y también para informar de la situación organizada por el turco; callándose lo que —como bien afirma el profesor Manuel Fernández Álvarez—  tenía en mente, que no era otra que proseguir con la labor de líder de la Cristiandad que se había asignado antes de lo de Viena, y que le hacía sentirse cual cruzado —el último—en la lucha contra el infiel.

Claro que, para la empresa que había determinado emprender, es decir, darle cera a Barbarroja hasta en el cielo de la boca y recuperar Argel para la causa imperial, hacían falta perras. De ahí lo de las Cortes, pero el éxito no fue el esperado. No obstante, las perras le llegarían por una vía inesperada, como era ese nuevo mundo recién descubierto. Más en concreto, del Perú, donde Pizarro se había apoderado del tesoro de los Incas, del que determinó enviar al emperador la parte que le correspondía por medio de su hermano Hernando. Y a mi colega Carlos, eso de saber que había perras, y en abundancia, le hizo dar palmas con las orejas. En consecuencia, caña al turco, y a acometer lo de Túnez, que se trataba de una empresa de gran envergadura y, sobre todo, costosa.

Y dicho y hecho. Tras meses de preparativos de todo tipo, a mediados de junio de 1535 las tropas del emperador tomaron La Goleta —que se trataba de la plaza marítima más importante de Túnez— como cabeza de puente ante lo que estaba por venir, dado que buena parte de la flota de Barbarroja se encontraba allí; con un alarde de fuerzas y de artillería como si no hubiera un mañana, y a cuya cabeza se situaría él mismo en persona, lo que entristecería a algún que otro Grande de España, deseosos de que, ya que la iban a pringar en la empresa, al menos que obtuvieran algún rédito de la cosa.

Tras la toma de La Goleta llegó, días después, la de Túnez, con un detalle anecdótico que merece la pena destacar: el alzamiento de los miles de cautivos que Barbarroja tenía presos en la ciudad, y que se apoderaron de la fortaleza al salir de ella el turco con el grueso de sus soldados para hacer frente a la amenaza imperial. Total, que el turco logró salvar el pellejo y refugiarse en Argel; y que, si le querían atrapar, que fueran a por él.

Como venganza por lo de Túnez, Barbarroja dejó Menorca meses después hecha unos zorros, utilizando Argel siempre como base. Objetivo que quedaba pendiente en la lista del emperador, pero no de manera inmediata, lo que no sentó bien en tierras españolas tras conocerse el episodio de Menorca; y más cuando, en lugar de hacerlo, mi colega decidiera quedarse en Sicilia una temporada para descansar. Y tal cual se lo dijo la emperatriz por carta: “lo cual se han sentido en el reino mucho, porque como las victorias que Nuestro Señor ha dado a V. M en la empresa de Túnez han gozado más particularmente los reinos de Nápoles y Sicilia y toda Italia, por haberles echado de allí tan mal vecino, así en el daño que se hace en estos por este enemigo que se siente más agora que en otro tiempo. Y de manera que no se habla de otra cosa…”.

Carlos tenía cuentas pendientes con Francia antes que ir a Argel a traer a Barbarroja de la oreja. Y eso que, después de Túnez, ya se sentía más español que otra cosa, viendo cómo habían luchado los españoles en la batalla en la que había recibido su bautismo de fuego, y que le hizo confiar, a partir de ese momento, en ellos como los mejores compañeros de armas posibles.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (XXXIX Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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TÓMALA, QUE TÓMALA, QUE TOMATÁ
Víctor Fernández Correas
Por concretar en las primeras líneas de este nuevo capítulo de la vida de mi colega Carlos, lo que se propuso tomar —lo tenía entre ceja y ceja— era La Goleta. Le dejamos en la anterior entrega más caliente que el palo de un churrero con eso de darle Barbarroja hasta en el cielo de la boca y más allá. Así que durante meses se dedicó a reunir a las mejores tropas de sus dos penínsulas —la Ibérica y la Itálica— con tal de no ceder ante el impulso de las huestes del turco.

El objetivo era Túnez, y desde Cagliari salió el contingente de tropas allí convocado hacia el 14 de junio. Para aburrir aquel contingente. Se me rían con aquello, ahora, de la madre de todas las batallas, tropas aquí y tropas allá, maquíllate, maquíllate. Si desplegamos un mapa del Mediterráneo sobre cualquier mesa, no encontraríamos con las naves vizcaínas y los galeones portugueses, que se juntaron en Gibraltar; que luego se unieron a los navíos surtos en Málaga para subir hasta Barcelona, y el traslado posterior de todas aquellas naves a Cagliari, donde se unirían a las italianas. Lo que Vermeyen inmortalizó en sus cartones para tapices. Un primor.

La Goleta, decía. Y luego ya vendría Túnez, que después de la línea había que seguir para bingo. La cabeza de puente imperial se estableció en Puerto Farina, ante las ruinas de Cartago, donde Barbarroja opuso la misma resistencia que un cordero asado en cualquier mesa junto con una buena botella de vino; pues prefirió concentrar su resistencia en La Goleta. Cartago, ni más ni menos. Que a mi colega le ponía como una moto eso de heredar la gloria del imperio romano. El simbolismo y tal. Después vino lo que Manuel Fernández Álvarez llamó la conversión del emperador Carlos V en el último cruzado. Leña al turco y todo eso.

Una vez afianzada aquella cabeza de puente, y antes de marchar hacia su objetivo, había que procurar mantener abierta la comunicación marítima, vía por la que el emperador esperaba aprovisionar a su ejército. De lo que se encargó Andrea Doria, que logró embotellar a la flota de Barbarroja en el puerto de La Goleta.

Si la cosa por mar parecía sencilla, por tierra era bien distinta. Junio en África es mucho peor que Torremolinos, con un calor que te pasas y la sed causando estragos entre la infantería. En consecuencia, alcanzar los muros de La Goleta se convirtió en un esfuerzo titánico, pero se consiguió. Y, una vez alcanzados, no os creáis que aquello fue subirlos con escalas, sus y a por ellos, no. Para empezar, la artillería imperial estuvo durante seis horas, seis, bombardeándolos con la ayuda de la flota, con las galeras relevándose de ocho en ocho. En total, cerca de 4 000 disparos en poco más de seis horas. Visto desde nuestra época, poco más que los fuegos artificiales de cualquier pueblo, pero algo prodigioso en aquellos tiempos.

Con ello se consiguió el objetivo, que no era otro que abrir una brecha en la muralla de La Goleta y abatir su torreón; batalla en la que los españoles —con muchas ganas de conquistar el favor del emperador— se batieron el cobre como nadie. Y aquello, entonces, se convirtió en un sindiós: escalas por aquí de los imperiales, arcabuzazos por allá de los turcos apostados en lo alto de las murallas —y con lo que se terciara con tal de evitar el asalto—. Hasta que Pedro Gaitán, un soldado español, consiguió coronar el castillo de La Goleta con la bandera imperial. Game over, que dicen los ingleses.

En la toma de La Goleta la palmaron muchos soldados imperiales y no menos fueron heridos. Uno de ellos fue Garcilaso de la Vega, uno de aquellos soldados, que quiso recordar ese momento ya para la historia con estos versos:
¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro
del enemigo? ¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
¿De cuántos queda y quedará perdida
la casa y la mujer y la memoria
y de otros la hacienda despendida?
En definitiva, gloria hubo mucha y para repartir. Así lo manifestó el emperador de su propio puño y letra a sus embajadores, para que la noticia de la victoria sobre Barbarroja la conociera la cristiandad con todo lujo de detalles; a los que anunció que la cosa no quedaría ahí, pues todavía restaba Túnez.
 
Y a por ella se fue con la alegría de la noticia recibida del nacimiento de su hija Juana. En el horizonte, pues, Túnez. Tocaba jugar para bingo.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (XXIV Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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MI QUERIDA ESPAÑA, ESTA ESPAÑA MÍA, ESTA ESPAÑA NUESTRA (y IV)
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en la última entrega de esta que es la vida del emperador Carlos al colega casado y bien casado y ya con un churumbel a cuestas ―el futuro Felipe II―, al que había que criar; con la corona imperial ceñida en la cabeza, corona que le colocó el mismísimo Papa Clemente VII, que ya poco se atrevía a rechistar después del saqueo de Roma ―con huida vergonzosa de su Santidad al Castillo de Sant’Angelo incluida― perpetrado por las tropas imperiales; y con Italia pacificada, y asimismo la cosa tranquila con Francisco I de Francia. Que no era poco.
   
Así que es momento de regresar a España y ver cómo se encontraba el patio, porque él todavía andaba por Italia y con Alemania en la mirada, donde el patio andaba revuelto por culpa de Lutero y otros menesteres. ¿Y aquí? Pues más o menos. Como que no se tiraban cohetes ni había verbenas con eso de la grandeza imperial. Los pecheros castellanos, levantinos o andaluces tenían otras preocupaciones. Para todos ellos, la primera era algo que llevarse a la boca al día siguiente, toda vez que aquella grandeza significaba muchas perras ―que el asunto había que mantenerlo―, y Carlos no cesaba de pedirle más y más a su mujer, la emperatriz Isabel; y los segundos y terceros bastante tenían con rezar para que al argelino y sus corsarios ―Barbarroja y sus aliados seguían haciendo de las suyas― no les dieran por asolar sus costas y, de paso, llevarse a unos cuantos para sus prisiones con los gastos pagados en unos cautiverios emocionantes a más no poder.
   
Perras y más perras reclamaba Carlos para sostener aquel tinglado imperial; pues banqueros como los Grimaldi ― ¿suena de algo el apellido?―, por citar a algunos, le reclamaban el cumplimiento inmediato de los asientos prestados; y a marinos como a Andrea Doria había que pagarle sus galeras, que tampoco era plan de que el hombre las cediera y no viera ni un maravedí por el uso de sus embarcaciones. Todo eso, a comienzos de 1530; dineros que salieron de las cuentas del clero castellano, pero no tanto como quería el emperador ―se le pidieron 700.000 florines y apoquinó 420.000, y ni uno más. Y bastante. Que, de inicio, ofreció 300.000―.

Por otro lado, lo del argelino y sus corsarios que contaba líneas más arriba era el pan nuestro de cada día. Barbarroja mandó a uno de sus lugartenientes, llamado Cachidiablo por los españoles, a ver qué pescaba por el Levante; donde encontró el apoyo de los moriscos de la zona, muchos de ellos deseosos de marcharse para Argel y vivir allí en libertad. El tal Cachidiablo se largó a Formentera con el botín obtenido después de pegarse una vuelta por el literal levantino, que fue grande en población cautiva y en lo que rapiñó, y hacia allá se decidió enviar una pequeña armada compuesta por ocho galeras al mando de Portuondo para darle sopas con ondas al susodicho Cachidiablo; de las cuales cinco encallaron en el viaje y las tres que quedaron le duraron un suspiro al tal Cachidiablo, cuya tropa dio matarile a Portuondo y a muchos de los suyos.
   
En consecuencia, la cosa se ponía fea en el Mediterráneo, con la emperatriz Isabel pidiendo a su marido que pusiera paz en el asunto y que fuera contra Argel. No le hizo ―o no pudo― hacerle caso. Cuando se lo hizo, la emperatriz ya llevaba dos años criando malvas. La culpa la tenía Alemania, con la amenaza del turco por un lado y Lutero por otro.
   
Pero eso, ya como que para otro día.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Biografía de Carlos I de España (XLII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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EL EMPERADOR CARLOS V Y LA ÚLTIMA CRUZADA
Víctor Fernández Correas
Después de fracasar lo de darle de hostias a Francisco I hasta en el cielo de la boca en su propia casa, el emperador Carlos V regresó a España, donde se reencontraría con la emperatriz Isabel en Tordesillas, a donde acudió a recibirlo con sus tres churumbeles a cuestas tres años después de verlo por última vez. Allí, en Tordesillas, le esperaba el calor buscado, el oído cómplice y su amor de los amores. Fue aquélla una de las estancias más largas del emperador en casa, con los suyos, y también en compañía de su madre —las únicas navidades que pasó con ella—; unos meses para descansar y concederse una tregua para lo que estaba por venir. Como siempre, curvas. Y muy peligrosas.

Para empezar, estaba, como siempre, Francisco I, envalentonado con eso de que el emperador no lo pudo derrotar en su país. Con Flandes en un ojo y el Milanesado en el otro, decidiendo por dónde tirar —María, la hermana de mi colega, llegó a pedirle ayuda por miedo de que el francés entrara a sangre y fuego en aquellas primeras tierras; luego, los asuntos de Estado, como la asistencia a Cortes, las de 1537, que se celebraron en Valladolid tres años después de las anteriores de Madrid; y el turco —ole con ole—, de vuelta a las andadas, cuya marina había echado anclas en el puerto de Marsella. Curvas que ni las del puerto de Los Leones.

Que el turco asustaba más que decenas de Franciscos juntos se ve de aquí a Lima, así que lo esencial para hacerle frente era, precisamente, buscar una paz con el francés. De esas negociaciones se encargaron María de Hungría, la hermana pequeña del emperador, y el delfín Enrique de Francia, el futuro Enrique II, que parecían ir por buen camino; y que serían rematadas con una entrevista cara a cara entre Francisco y Carlos a la que se resistió el primero todo lo que pudo hasta encontrar el momento propicio.

Pero quien también estaba preocupado por el asunto del turco era Su Santidad, Paulo III, que no se quedó con los brazos cruzados y decidió montar una alianza —La Santa Liga se llamó aquello— entre el emperador, su hermano Fernando, y Venecia —harta de los desmanes del turco en el Mar Egeo—; y que se empeñó también en juntar a Francisco y a Carlos para que se dijeran de todo menos guapo a la cara, pero que hicieran las paces de una santa vez para guerrear contra el turco, que era el chungo de verdad. Reunión que tuvo lugar, ahora sí que sí, en Aigues-Mortes, en la costa francesa —terreno de Francisco I, bien sûr–, después de no pocas negociaciones, y con Carlos más mosqueado que un pavo en vísperas de Nochebuena por lo que le pudiera pasar al poner pie en tierras francesas tras navegar hacia ellas con su propia flota. Que no pasó nada de nada: todos buenas palabras, mejores intenciones, y algún que otro episodio de galanteo amoroso entre ambos monarcas con la amante del francés, madame D’Étampes —tela de guapa, según las crónicas de la época— como protagonista. Besos, abrazos, la palabra amigo dicha hasta saciar el oído menos insaciable, etcétera.

En consecuencia, el emperador pensó que, ahora sí que sí, había llegado el momento de convertirse en el gran cruzado que siempre soñó; el tipo que liberaría a Europa de la amenaza del turco por los siglos de los siglos, amén. Todo estaba dispuesto para tal fin. Pero no, la cosa no se dio. Que se quedó compuesto y sin ser cruzado, por resumir.

Para empezar, aquello de la cruzada como que no sentó muy allá a las Cortes de Toledo, convocadas a finales de 1538; que, al ver lo que iba a costar lo de la dichosa cruzada, y más sabiendo que los ingresos no llegaban para cubrir los gastos del asunto ni en sueños, le dijeron que se dejara de guerras y que buscara una paz general y definitiva. Menos viajes y más austeridad. Menos boato y más Castilla. Y el emperador, en consecuencia, con un cabreo de tres pares de cojones; que se quedara a vivir una temporada en Castilla y que se dejara de tanta tontería de ir de acá para allá, que no estaban las arcas del reino para tanto dispendio, para rematar. En casita, con su mujer y sus churumbeles, y a reinar. Que vale ya de tanta tontería.

A lo que hay que unir que lo de La Liga Santa, que de nombre muy bonito, pero de hechos, muchos menos de lo que soñó el emperador. De las tropas prometidas para darle hostias al turco como si no hubiera un mañana a las dispuestas para el asunto, media un abismo; y batallas, si acaso reseñar la de Herzeg Novi, y en especial la de Castelnuovo durante el verano de 1539. Carnicería esta última en la que los viejos Tercios aguantaron lo inaguantable y más, resistieron las acometidas de los turcos con una fiereza sin igual cuando Solimán ya soñaba con sentar su culo en la silla del Papa en Roma; y cuyos supervivientes —moriremos en defensa de Dios y de su Rey, contestaron a la propuesta de rendición honrosa de Barbarroja—, al serles preguntados por cuántos quedaron en pie, miraron al frente, orgullosos de lo padecido y luchado, y respondieron que contaran los muertos a sus espaldas. Gutierre de Cetina parió estos versos como recuerdo de la gesta:
 
«Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestran vuestros huesos por el suelo».
 
Y rematando el percal, unas negociaciones secretas con Barbarroja mientras todo aquello ya relatado se estaba desarrollando, y que se alargaron hasta 1540 para intentar que el Mediterráneo fuera lo más parecido a una balsa de aceite y todo y todos shiny happy people, que canta R.E.M.

Cuando en abril de 1539, por fin, abandonó la idea de convertirse en el cruzado que siempre soñó, más de uno y de dos respiraron tranquilos en Castilla.

La que no lo haría fue su esposa, la emperatriz Isabel. En puertas de ponerse a criar malvas.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

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Biografía de Carlos I de España (XL Parte), por Víctor Fernández Correas

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CERCO UN CENTRO DI GRATIVA PERMANENTE (2)
Víctor Fernández Correas
Lo de la toma de la Goleta no fue celebrado por igual en todo el Mediterráneo, no os creáis. Fin a la gran amenaza y todo eso, pues según. En Italia dieron palmas con orejas, en especial Sicilia y Nápoles. Carolus Africanus, llegaron a llamar a mi colega Carlos. Imaginaos. Pero en Francia, la otra gran nación cuyas tierras lame aquel mar… ¡Ay, en Francia!

Francisco I estaba más caliente que el palo de un churrero. Eso de ver cómo el eje Marsella-Argel quedara debilitado a la par que el poder imperial se hiciera más y más grande, le sentó como una patada en la entrepierna. Y más al conocer el emperador algunas cosillas de sus tejemanejes con el infiel. Líneas más adelante os lo contaré.

En consecuencia, guerra en el horizonte.

Entre que Francisco no estaba dispuesto a pasar por alto lo de La Goleta y que todavía le dolía la pérdida del Milanesado, pues eso, leña al manzano —léase Carlos V—, que estaba engordando. Lo primero que hizo el francés fue preparar un ejército nacional a imagen y semejanza de los Tercios del emperador. Gente curtida, afín. Fieros y duros como los españoles, pero en francés. Lo segundo, aliarse con todo bicho viviente para darle cera de la buena a aquel manzano. Es decir, con Enrique VIII —al que le prometió la ayuda de La Sorbona en su divorcio de Catalina de Aragón—; con los príncipes alemanes, apoyando a la Liga de Esmalcalda, la unión de aquellos príncipes para tocarle los cojones al emperador —de ella hablaremos en próximas entregas. Tranquilidad—; y —cómo no— con el mismísimo Papa, Clemente VII, al que prometió que casaría a su hijo Enrique —el futuro Enrique II— con la sobrina de su Santidad, Catalina de Médicis.

¿Y el emperador? Conocía el paño más que de sobra, así que decidió darse una vuelta por las tierras que le esperaban como agua de mayo, esto es Sicilia y Nápoles, que ya habría tiempo de ocuparse del francés; donde le brindaron un recibimiento del copón: arcos triunfales en honor de Carolus Africanus por aquí, vítores y elogios por allá… Y dinero a espuertas para comenzar a preparar la guerra con Francisco I, que tampoco venía mal. El Reino de Nápoles, muchos de cuyos hijos participaron en la toma de La Goleta, le soltó 1 500 000 ducados —una pasta gansa—, mientras que de Sicilia se trajo otros 150 000 por cortesía de sus Estados del Reino.

Dinero que, insisto, le vino de vicio para preparar el enésimo enfrentamiento con el francés, que tenía el hombre el cuerpo jotero. Más si cabe cuando conoció que aquel tipo ya había invadido el ducado de Saboya, cuyos duques eran aliados del emperador. Por lo que no tuvo más remedio que coger la pluma y contarle a su amada Isabel que no regresaría en su compañía tal como le había prometido; y que el rencuentro se tendría que retrasar algo más. Que ganas de estar con ella tenía un rato, pero el francés no hacía más que tocarle los cojones y había que pararlo sí o sí. De la carta que el emperador escribió a Isabel merece la pena rescatar este fragmento: «…Y por eso, señora, no son menester aquí soledades ni requiebros. Ensanche ese corazón para sufrir lo que Dios ordenare…». Chiribitas en los ojos, es poco.

Que mi colega le tenía ganas al francés se ve de aquí a Lima, pero lo que le puso como una moto fue apoderarse en Túnez de cierta correspondencia que constataba la alianza Marsella-Argel entre Francisco I y Barbarroja, y eso sí que no, vamos. Un cristiano aliándose con un infiel con tal de tocarle los cojones. Que no, que no.

Vamos, que iba a ver guerra era tan cierto como que el sol sale por el oriente y se pone por el occidente. Pero sucedió un acontecimiento inesperado, porque la muerte es así. Quien la palmó fue el Papa Clemente VIII, al que sustituyó Paulo III. Y, claro, la pregunta que todos se hicieron fue la misma que te estarás haciendo tú mientras lees estas líneas. Y este, ¿a quién apoyaría? Lo primero que conoció Carlos es que su Santidad quería actuar como árbitro en el nuevo enfrentamiento entre los dos monarcas más importantes de la época con permiso de Enrique VIII.

Y con tal de cumplir con su papel, su Santidad le invitó a Roma, a lo que Carlos respondió que sí, que vale; y de paso, pidió al General de la Orden Franciscana que indagara un poco en el percal para saber qué atenerse. Y lo que aquél le transmitió es que Paulo III había conseguido parar los pies al francés hasta ver en qué quedaba su labor de mediación. Pues vale.

Después de cubrirse la espalda y de asegurar su posición en el Milanesado por si al francés le daba por incumplir su promesa y recuperarlo por sus santas narices, mi colega Carlos acudió a Roma. Como digo, lo hizo cubriéndose la espalda y con la mosca tras la oreja, pues sí conoció que el Papa había ayudado al francés de manera indirecta disponiendo éste de los diezmos eclesiásticos sin protesta del Papa, pero negando a Antonio de Leyva, capitán general de la Liga defensiva, que hiciera levas en tierras pontificias.

Ya en Roma, y tras ser recibido por todo lo alto —que para eso era Roma—, tuvo lugar la esperada entrevista entre Carlos y Paulo III, que mantuvieron en la Basílica de San Pedro después de esperarlo su Santidad en la plaza del mismo nombre. En aquella entrevista Carlos le echó en cara que, mientras él luchaba contra los infieles, al francés no se le caían los anillos por aliarse con Barbarroja, ni tampoco le hacía ascos a invadir el ducado de Saboya, o a amenazar al Milanesado por mucho que hubiera una tregua en vigor.

En fin, que se iba a dar de hostias una vez más con el francés lo tenía tan claro como aprovechar un par de días para darse un garbeo de incógnito por las calles de Roma y así disfrutar de sus maravillas; y también para disfrutar de su Semana Santa. Incluso, hasta se cuenta que lavó los pies a doce pobres de solemnidad en un gesto cristiano a más no poder.

Hostias, decía, para concluir. Unas cuantas hubo. Pero de ellas os hablaré en el siguiente capítulo.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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