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La Constitución de 1845, por Eduardo Montagut

"[...] Narváez seguía fusilando, deseoso de obtener un orden perfecto; pero a medida que disminuía en España el número de los vivos, el orden se alejaba más, cubriéndose el rostro con un velo muy lúgubre. Era una delicia en aquellos días ser español; y ser madrileño, con la añadidura de haber pertenecido a la Milicia Nacional, más delicioso aún. A un pobre sastre de la calle de Toledo, llamado Gil, que al paso de los polizontes calle abajo tiró desde el piso tercero un ladrillo sin descalabrar a nadie, le cogieron, y por primera providencia le fusilaron despiadadamente. ¡Pobre Gil! ¡Quizás pensaría, cuando le llevaban a la muerte, que con su sangre y la de otros escribían los moderados la Constitución despótica llamada del 45, y que toda aquella sangre reviviría en la Historia produciendo al fin la resurrección de los hombres sacrificados!"

Bodas Reales. Episodios nacionales (Tercera serie)
Benito Pérez Galdós


La Constitución de 1845 o el triunfo del liberalismo moderado
por Eduardo Montagut
El 23 de mayo de 1845 se votó y aprobó la Constitución de 1845, texto constitucional fundamental para entender el reinado de Isabel II, y que más tiempo estuvo en vigor, entre ese año y 1869 cuando se promulgó la Constitución de 1869, de signo democrático, después del triunfo de la Revolución Gloriosa. En 1852 hubo un intento de reforma constitucional de signo muy conservador y luego, en el Bienio Progresista (1854-1856) se pretendió aprobar, sin éxito, otro texto constitucional de signo, evidentemente, progresista.

La Constitución de 1845 sustituyó a la anterior de 1837. La Constitución de 1845 supone el triunfo pleno de las tesis del liberalismo moderado o doctrinario, aunque ya había mucho de esta tendencia política en el texto constitucional anterior. En el poder se encontraban los moderados que monopolizaron la escena política española durante una década (1844-1854), emprendiéndose la construcción del Estado liberal en una versión conservadora, partiendo de la Constitución de 1845 y aprobando un conjunto de leyes y reformas que abarcaron casi todos los campos: administración, hacienda, educación, orden público, relaciones con la Iglesia, etc.

Narváez accedió al poder después de la caída de Espartero, el último regente, cerrando el turbulento período de las Regencias. La reina adolescente
Isabel II se convertía en mayor de edad. En ese primer momento los moderados iniciaron un debate interno sobre la necesidad o no de plantear una reforma constitucional. Había tres sectores. El sector más conservador o reaccionario quería acabar completamente con lo establecido en la Constitución de 1837, crear una especie de Carta Otorgada o volver al Estatuto Real de 1834 que, en realidad, era una mera convocatoria de Cortes bicamerales. En esta tendencia destacaban Bravo Murillo, que luego sería el protagonista de la pretendida reforma autoritaria de la Constitución de 1845 en 1852, Egaña y el marqués de Viluma. En el otro extremo estarían los “puritanos” de Pacheco y Río Rosas. Éstos pretendían no tocar la Constitución de 1837 porque valoraban que había sido fruto del consenso entre los moderados y los progresistas, permitiendo que pudieran alternarse en el poder, generando estabilidad. Pero esta opción, que luego podemos rastrear en la creación de la Unión Liberal y en las futuras ideas de Cánovas del Castillo, no dominaba en el seno del Partido Moderado, que pretendía casi monopolizar el poder. Al final, ganaría la propuesta de la reforma constitucional, defendida por Alejandro Mon, un político fundamental en materia económica y fiscal de la época, y José Pidal. Narváez apoyó esta tendencia, y salió adelante el cambio.

Las nuevas Cortes que elaboraron la Constitución no fueron Constituyentes, sino Ordinarias. Los moderados dominaron todo el proceso, al monopolizar la Comisión encargada de preparar el texto constitucional. Se dio el caso de que el propio ejecutivo controló su elaboración. Estas circunstancias explican, junto con la ideología del liberalismo doctrinario, la esencia de la nueva Constitución que abandonó el principio de la soberanía nacional por el de la soberanía compartida.

Efectivamente, la soberanía nacional desaparecía porque el origen del poder pasaba a estar compartido entre las Cortes y el Rey, que eran quienes tendrían la potestad de hacer las leyes. La Corona se convirtió en un poder fundamental en el liberalismo español porque, además, controlaba al gobierno, ya que nombraba y separaba al presidente del consejo de ministros. También tenía la iniciativa legal y podía disolver las Cortes. La idea era convertir a la Corona en un poder moderador ante las disputas políticas de los partidos pero, en realidad, ese objetivo no se cumplió nunca durante el reinado de
Isabel II porque la institución entró claramente en el combate político y siempre a favor de la tendencia moderada o conservadora del liberalismo español.

El Senado se convirtió en una cámara fundamental dentro del legislativo. Sus miembros serían personalidades dotadas de una determinada renta y el nombramiento sería real y vitalicio. Este tipo de Senado debía permitir a la Corona poder frenar el posible mayor radicalismo del Congreso de los Diputados sin tener que intervenir directamente.


Palacio del Senado tras reforma de Álvarez Bouquel
(Grabado de mediados del siglo XIX)

Por su parte, el Congreso de los Diputados sería elegido a través de una ley electoral muy restrictiva.  Solamente una minoría tendría derechos políticos, ya fuera para votar, ya para ser elegido. La ley establecía que podían votar para las elecciones al Congreso de los Diputados unos 100.000 españoles. Para ser elegible se exigían, por lo demás, condiciones económicas muy estrictas. El sufragio censitario fue uno de los pilares del liberalismo español, tanto moderado como progresista, aunque en este caso menos restrictivo, ya que su base electoral estaba en la pequeña burguesía. Solamente el liberalismo democrático batallaría por el sufragio universal. El sufragio censitario se justificaba porque solamente los que tenían dinero y formación podrían dedicarse a la política, ya que, además, eran los únicos que tenían tiempo para hacerlo frente al resto de la población masculina que debía dedicarse a trabajar.


En cuestión de administración territorial se estipulaba la existencia de diputaciones provinciales y ayuntamientos, elegidos los últimos por los vecinos a los que la ley les confería este derecho, es decir, según lo que dispusiera la ley electoral. Otras leyes debían determinar el tipo de intervención del gobierno en estas corporaciones. El liberalismo moderado era partidario del más puro centralismo en la organización del Estado con instituciones fuertes y que defendieran el principio de autoridad frente a cualquier intento revolucionario o de conflicto social. El papel del gobernador civil sería primordial, al ser el representante del poder central, acumulando amplias atribuciones o competencias en asuntos políticos, administrativos, electorales, judiciales y fiscales, y haciendo cumplir las órdenes que establecía el gobierno a través del Ministerio de la Gobernación. El poder municipal, por su parte, debía estar controlado. En este sentido es paradigmática la Ley de Administración Local de 1845. Los alcaldes de las capitales de provincia y principales municipios serían nombrados por el gobierno, y el resto por el gobernador civil correspondiente. En relación con el País Vasco y Navarra se mantuvieron sus fueros, pero sus instituciones vieron recortadas algunas de sus funciones. La uniformidad legal y judicial se consolidó con la promulgación del Código Penal de 1848, así como con la imposición del sistema métrico decimal frente a la diversidad de pesos y medidas del Antiguo Régimen.

El Estado liberal estableció la obligación de todos los ciudadanos de contribuir en proporción a sus ingresos para los gastos del Estado. En este sentido, los moderados hicieron la primera gran reforma fiscal de la época liberal, la reforma Mon-Santillán, que supuso la racionalización de hacienda, centralizando los impuestos en manos del Estado y estableciendo claramente una imposición directa sobre la propiedad pero, sobre todo, indirecta, los famosos consumos, que gravaban los productos de primera necesidad, siendo profundamente injustos y fuente de constantes conflictos sociales. En última instancia, por lo tanto, el esfuerzo fiscal recayó en los más necesitados. Tampoco se hizo un gran esfuerzo para evitar el fraude y la evasión fiscal de los más poderosos.

En materia de derechos se recogían los mismos que en la Constitución de 1837. El liberalismo moderado o doctrinario pretendía conciliar los interés de la alta burguesía con los de la nobleza y alto clero, que terminaron por conformar la oligarquía española dominante durante el resto del siglo XIX menos en la época del Sexenio Democrático. En este sentido, las libertades individuales se supeditaban al mantenimiento del orden público, la seguridad de las personas y, sobre todo, de la propiedad. Por eso siempre tendieron a limitar el reconocimiento y la garantía de los derechos individuales, especialmente la libertad de imprenta o de expresión. En esta misma línea estaría la creación de la Guardia Civil en 1844, cuerpo de seguridad con misiones civiles pero con estructura militar, para mantener el orden, especialmente en el medio rural.


Francisco Javier Girón y Ezpeleta
II duque de Ahumada
Primer Director General de la Guardia Civil

En cuestión religiosa se declaraba que la católica, apostólica y romana era la oficial de la nación española. El Estado adquiría la responsabilidad y obligación de mantener el culto y la Iglesia. En materia religiosa los moderados siempre defendieron el entendimiento con la Iglesia Católica y la Santa Sede, después del evidente deterioro de las relaciones que supuso la desamortización eclesiástica y las políticas de los progresistas. El Concordato de 1851 selló la reconciliación entre el Estado español y la Iglesia Católica. Este Concordato no devolvió los bienes ya desamortizados, pero suspendió las ventas que no se habían realizado y permitió la devolución de lo no vendido. España reconocería al catolicismo como la única religión legal, y se establecía la obligación de financiar y sostener a la Iglesia española. Por fin, esta conseguía un inmenso poder en materia educativa.

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Javier Alonso García-Pozuelo


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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.
Fragmentos de «Mendizábal» (Episodio Nacional), de Benito Pérez Galdós (1843-1920)
Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con sueldos desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados, que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando hacer amistades que en su día valieran para el ascenso, o para la reposición en caso de cesantía.
***
No espantado de la muerte, o echándoselas de valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad, tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos convenido en que seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las distintas vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y puntiagudo ramaje. «Estos pobres huesos -prosiguió Serrano- están pidiendo la mortaja. Le diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar... Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las novelas. Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos... ¡Y que llegue uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin, doblemos la hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino que veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola con candil, persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me dedico a conocer de visu a todo el mundo y a la averiguación de vidas ajenas... Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago también paralelas. Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío, que aquí no hay nadie que no tenga su historia... y las hay de oro. ¡Con decirle a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más inocentes...!»
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«Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar, ni para dar un mero paseo, ni para encender un mero cigarrillo... Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de circulares con las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas. Pues para despachar esto, excelentísimo señor, necesito aumento de personal, necesito catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así, no podríamos concluirlo dentro de las horas reglamentarias, que son de diez a cuatro... Sería justo además que al exceso de ocupación correspondiera doble paga mientras durase este ajetreo. Soy partidario de que a los empleados se les remunere bien, pues de otro modo la buena administración no es más que un mito, un verdadero mito»
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—¿Qué sueldo tiene usted?
¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He pasado por catorce intendencias, he sufrido siete cesantías, y todas las trifulcas que hemos tenido aquí desde el año 14 me han cogido de medio a medio. En una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la cabeza los realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella me despojaron los apostólicos de todo cuanto tenía. Vive uno por casualidad en esta tierra, y, sin embargo, la quiere uno... pues, como se quiere a una mala madre...
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Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá cómo se le abren todos los caminos... Lo mejor es que siempre será lo mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande hombre, que ha venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y el firme propósito de hacer aquí una regeneración... vamos, para que nos envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace nada. ¿Por qué? Porque no le dejan... Ya le están armando la zancadilla. Crea usted que antes que tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le meriendan... Ya empiezan a decir si en Palacio gusta o no gusta. Y es la de siempre: Palacio...


Mendizábal - Benito Pérez Galdós - Cita en la Glorieta


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La crítica socialista a las tiendas-asilo, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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La crítica socialista a las tiendas-asilo
por Eduardo Montagut
El Imparcial publicó una carta de Segismundo Moret el 24 de octubre de 1885 en la que defendía el establecimiento de las tiendas-asilo, justo en un momento en el que, siempre según el político, se estaba intentando combatir el hambre en Madrid. Moret había visto un modelo de tienda-asilo en Havre. En su opinión, era una institución que proporcionaba dos grandes beneficios. En primer lugar, hacer el bien con un “pequeño y único esfuerzo”, y evitar que la limosna denigrara al pobre, o que habituándose a recibirla le separase de la “senda del trabajo y le excite a la holganza, defecto y peligro de muchas instituciones benéficas”, un último argumento muy propio de la burguesía. La carta explicaba pormenorizadamente el funcionamiento de la tienda-asilo de la ciudad portuaria.

La idea cundió gracias al apoyo de la reina Regente, y comenzaron a abrirse tiendas-asilo en distintos lugares de la geografía española. En estas tiendas-asilo se ofrecía comida a unos céntimos el plato, un lugar para asearse en algunos casos, podían ser centros de reunión y hasta se pensó que podían ser bolsas de trabajo. En Madrid se proyectó abrir una en cada distrito municipal. Las tiendas-asilo reflejan un intento intervencionista de las autoridades para paliar de forma paternalista las consecuencias por los graves problemas de pobreza que se sufría en la España del último cuarto del siglo XIX, y que llenaron las ciudades de personas en muy difíciles situaciones, siendo Madrid el principal ejemplo.

Pero estas instituciones también fueron fruto de la crítica por la calidad de la comida, por algunos disturbios que se generaron en algunas tiendas-asilo, obligando a la presencia de la fuerza pública, o porque en las ciudades pequeñas se abrieron en lugares apartados para que los vecinos no vieran quiénes entraban a comer, como ejemplo de la hipocresía social propia de la época de la Restauración, que supuso un renovado auge del conservadurismo.


Óleo_cuadro de 1890_Museo del Prado
Tienda-asilo
Mateo Silvela y Casado
(1890)

Pues bien, El Socialista cargó contra estas tiendas-asilo en un artículo de su número de 9 de julio de 1886. La crítica partía, en primer lugar, de que eran realmente tiendas, y escondían un negocio, calificado de “asqueroso” porque se especulaba con la salud de los que allí acudían que acudían con el reclamo de una alimentación sana y barata.

En El Socialista se hacía una larga y contundente denuncia, basada en un informador, en forma de interrogatorio. Se preguntaba si el creador de la idea no tenía contratistas de las tiendas-asilos que hacían su voluntad sin intervención algunas de los donantes. Si era cierto que esos contratistas tenían el privilegio exclusivo de surtir estas tiendas sin inspección alguna sobre los géneros que se empleaban en la elaboración de las comidas. Si era cierto que las Juntas de Sanidad no realizaban inspecciones y, por lo tanto, no se tenían en cuenta las consecuencias sobre la salud de los que allí acudían. En este sentido, se insistía mucho en la supuesta mala calidad de las comidas que se servían al aludir a sopas de pastas “averiadas y llenas de gusanos negros”. Al parecer, después de un tiempo había habido quejas sobre estas sopas, por lo que fueron empleadas para alimento de cabras, y algunas llegaron a morir. El aceite empleado sería de mala calidad, así como el café, el chocolate y el jamón. El pan que se repartía tenía menos peso y, al parecer, las autoridades municipales del distrito madrileño del Hospicio tuvieron que decomisarlo y poner una multa al contratista, aunque desde entonces no se habían hecho más inspecciones. También se denunciaba que cuando ciertas personas acudían a las tiendas-asilo para ver cómo funcionaban aumentaba la calidad de las comidas servidas.

El periódico socialista se preguntaba que, si lo que se preguntaba tenía respuestas favorables, ¿cuándo iban a actuar las autoridades? Aunque apuntaba que eso no ocurriría, finalizando el artículo con una afirmación demoledora en relación con las autoridades, ya que siendo incapaces para evitar el hambre habrían inventado un método expeditivo para terminar con los pobres.

Referencias:

• El Imparcial, número de 24 de octubre de 1885
• El Socialista, número de 9 de julio de 1886.
• Carmen del Moral, El Madrid de Baroja, en el capítulo de instituciones de beneficencia y centros de sanidad de Madrid, Madrid, (2001)
• Fernando Martínez López (cord.), Masones, republicanos y librepensadores en la Almería contemporánea (1868-1945), Almería (2010), en el capítulo cuarto, parte segunda sobre reformismo social masónico.
• María del Carmen Giménez Muñoz, “Breve historia de los establecimientos benéficos en Sevilla desde su fundación hasta 1900”, en Hispania Nova, nº 6 (2006).

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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
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Anselmo Lorenzo, por Eduardo Montagut

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Anselmo Lorenzo
por Eduardo Montagut
En este trabajo nos acercamos brevemente a la vida y obra de Anselmo Lorenzo (1841-1914), un personaje excepcional en la historia de la izquierda española en el universo anarquista entre la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Su gran contribución al anarquismo reside en que se le puede considerar su máximo teórico en España. 
Anselmo Lorenzo nació en Toledo en el año 1841. Siendo aún niño se trasladó a Madrid donde comenzaría a trabajar de aprendiz de tipógrafo. Anselmo Lorenzo comenzó militando en el federalismo de Pi i Margall. Pero conoció las ideas que traía Fanelli, ya que asistió a las reuniones que se organizaron para conocer el internacionalismo y el pensamiento de Bakunin, y este hecho le cambiaría para siempre. Se afilió a la Alianza Internacional, y fue fundador del grupo madrileño de la AIT, además de miembro de su Consejo Federal. Al prohibirse la Internacional en España tuvo que exiliarse en Portugal. Allí contribuyó a que se crearan los primeros núcleos de la AIT portuguesa.

Viajó como delegado de la Federación Regional Española a la Conferencia de Londres de la AIT en 1871, y allí conoció a Marx y Engels. En el Congreso de Zaragoza de 1872 luchó para intentar que no se ahondase la brecha entre los marxistas y los anarquistas. Dimitiría de su cargo en el Consejo Federal. Se marchó a Francia, aunque regresaría a España en 1874, instalándose en Barcelona.

Durante la Restauración trabajó intensamente en la clandestinidad. Participó en los certámenes socialistas de Reus y Barcelona. A cuenta del Proceso de Montjüich de 1896 se exilió en Francia. Allí mantuvo muchas relaciones con líderes socialistas, radicales y anarquistas. Fruto de su experiencia francesa, al regresar a España difundió las obras de Kropotkin y Rèclus.
Anselmo Lorenzo ayudó a Ferrer i Guardia en su Escuela Moderna, y colaboró en las publicaciones, "La Huelga General", "Tierra y Libertad", con Federico Urales. Fue encarcelado y deportado en varias ocasiones entre 1902 y 1909. Después de la Semana Trágica fue deportado a Alcañiz.

Anselmo Lorenzo estuvo presente en todos los momentos clave del anarcosindicalismo español hasta su muerte, acontecida en 1914 en Barcelona. Le vemos en la fundación de Solidaridad Obrera, en la creación de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña, y en la de la CNT.

Entre sus obras citaremos las siguientes: Fuera Política (1886), Acracia o República (1886), Criterio Libertario (1903), Vía Libre (1905), Solidaridad (1909), La Anarquía Triunfante (1911), Contra la Ignorancia (1913), y su obra más importante, El Proletariado Militante, donde se hace una descripción de la historia de la Internacional en España, desde su fundación hasta 1880.

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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Sí, eran españoles y murieron en Mauthausen

En Cita en la Glorieta hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

SÍ, ERAN ESPAÑOLES Y MURIERON EN MAUTHAUSEN
José María Velasco
En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90 % de los ellos morirían allí.


Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles)
.



Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extra, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio.

Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la II Guerra Mundial, los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero no pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.


Esa verdad incómoda existe. No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En este link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.

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Javier Alonso García-Pozuelo 
 

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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Sixto Cámara en el socialismo utópico español, por Eduardo Montagut

–Mire, jefe –dice Fonseca, mostrando la portada del libro.
La cuestión social de Sixto Cámara –lee Benítez, sin dar demasiada importancia al hallazgo.
–Hay unos cuantos más por el estilo –añade Fonseca.
Benítez, con una mueca de decepción en la cara, acompaña al oficial a la alcoba.
–Hasta donde alcanzan mis conocimientos en leyes, señor Fonseca, no es ningún delito tener libros autorizados por el fiscal de imprenta –dice el inspector mientras hojea Reseña de doctrinas sociales de Narciso Monturiol.
–Ya, inspector, pero puede que a sus amos no les haga mucha gracia que en su casa existan ciertas lecturas. ¿No cree que tal vez eso explique por qué el señor Casimiro parece tan nervioso desde que han aparecido los Ribalter?
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
Os ofrecemos un nuevo artículo de historia escrito por Eduardo Montagut. Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.
 

Sixto Cámara en el socialismo utópico español
Eduardo Montagut
Sixto Sáenz de Cámara (1825-1859) fue un personaje harto interesante en el complejo mundo del socialismo utópico español en el ámbito de las ideas de Fourier, además de militar en el republicanismo y ser partidario del iberismo, la unión entre España y Portugal, en su faceta republicana federal. Además de sus ideas socialistas utópicas, fue, curiosamente, un revolucionario de acción. Cámara vivió intensamente ese mundo socialista y convulso de mediados del siglo XIX que, a pesar de lo heterogéneo que era, unía a sus defensores en un decidido afán de justicia social, muriendo muy joven.


Sixto Cámara fue muy activo en el mundo editorial, en periódicos y revistas, llegando a tener que exiliarse en Francia. En 1849 fundó en la capital madrileña La Reforma Económica, un periódico dedicado a la difusión de las ideas socialistas utópicas. Cámara participó con Fernando Garrido Tortosa y Ferreras y Aguilar en la organización de la sociedad “Los hijos del pueblo”. En 1854 fundó La Soberanía Nacional, que defendía las ideas el Partido Demócrata, costándole ser detenido y preso. Luchó en el final del Bienio Progresista en 1856. Al ser vencida la Milicia Nacional pudo escapar hacia Portugal vía Andalucía.

En Portugal siguió activo y luchando por sus ideas. En Lisboa dirigió una junta revolucionaria. Al año siguiente, apareció su Manifiesto al pueblo español. En 1859 organizó la Legión Ibérica. Cámara había escrito en ese momento una obra titulada A União Iberica, que buscaba la unión de las repúblicas portuguesa y española. La Legión Ibérica pretendía ser un grupo de republicanos de ambos países en apoyo de Garibaldi en su lucha en Nápoles.
 

Cámara entró en España, pero fue delatado cerca de la frontera y tuvo que intentar regresar para no ser detenido. Pero en la huida pereció por el calor y la sed. Pi i Margall relata este trágico suceso en un trabajo titulado “La muerte de Sixto Cámara y la salvación de Francisco Garrido”. En el artículo se puede leer lo siguiente:
“Uno de estos cándidos revolucionarios, hombre, por otra parte, de gran cultura, prestigio y acrisolada honradez, Sixto Cámara, que a la sazón se hallaba en Portugal, pasó la frontera el 8 de Julio de 1859 y, según aseguran, en la noche del 9 al 10 conferenció en Olivenza con los sargentos del batallón provincial de Badajoz con quienes estaba de acuerdo para una sublevación. Había ésta de tener como base el alzamiento de la guarnición de aquella plaza fronteriza; a la que seguirían las de Badajoz, Sevilla, Málaga y demás de Andalucía. Contra la opinión de los que sostenían la poca oportunidad del movimiento intentado y sin apenas recatarse de la policía, permaneció Cámara en Olivenza, mientras el Gobierno, enterado oportunamente de sus proyectos, lo mandaba prender desde Badajoz. Supo a tiempo Cámara la orden de prisión dictada contra él, y en lugar de buscar asilo seguro en la misma, población, se empeñó en salir de Olivenza a las 11 de la mañana en compañía de un joven demócrata llamado Moreno Ruíz. El día era horriblemente caluroso, y ni Cámara, ni Moreno conocían el camino de Portugal, a donde pretendían dirigirse, pues aunque el de la carretera lo sabían, no podían aventurarse a marchar por ella, expuestos como estaban a ser detenidos en el acto. Así caminaron por entre matorrales, rastrojos y trochas con un sol abrasador, y atormentados por la sed. Arrojóse sediento Sixto Cámara a beber agua de una ciénaga que por su malaventura encontró en el camino. En vano quiso su compañero detenerle. A los pocos momentos, se sintió Cámara enfermo y presa de mortales angustias.

Desesperado su joven acompañante al ver en tan mal estado a su amigo y jefe, se dio a buscar un asilo en donde atender y cuidar de él. Por fin, logró divisar una miserable casucha, a la que fue trasladado ya en gravísimo estado el pobre Cámara. A los pocos momentos de llegar a su mísero albergue, expiró Cámara, presa de horribles dolores
.”
Cámara escribió La cuestión social (1849) donde refutaba la obra de Thiers sobre la propiedad, y que había sido mandada traducir por el gobierno moderado español, una Guía de la Juventud, dedicada a la enseñanza, La propiedad, y Espíritu moderno (1848). En esta última obra hizo un estudio de la evolución humana en tres fases: las sociedades antiguas, el orden feudal y el orden democrático. Ese orden en el que viviría el autor seguiría siendo aristocrático. Las diferencias sociales no estarían marcadas por la ley ni el derecho, sino por la organización económica. Por eso debía reformarse. Solamente mediante el “trabajo combinado podrá obtenerse la justicia, repartiendo proporcionadamente los beneficios a los agentes de la producción, capital, trabajo y talento. Fuera de aquí no hay más que explotación y tiranía”.



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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.