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Reseña de «Perdición: El asesino de la Polaroid», de Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

Reseña de «Perdición: El asesino de la Polaroid», de Daniel L. Hawk y J.A. Beckett. 
Ediciones P.G. (2019)
por Manu López Marañón
Para quienes siempre hemos sentido curiosidad por la manera en que salen adelante las novelas escritas a cuatro manos, el encuentro entre el filósofo y escritor J.A. Beckett (Granada, 1968) con el disc-jockey, diseñador gráfico y miembro de un gabinete jurídico, Daniel L. Hawk (Sevilla, 1969), añade una buena dosis de asombro: la de saber que previamente –y en solitario– Beckett ha escrito ya dos novelas protagonizadas por David Ábaco, el detective de «Perdición: el asesino de la Polaroid». La primera, «Entre las hojas muertas», está ambientada en el Chile de Pinochet (la trama aúna alta política e intriga) y en «La muerte sabe a Blues» homenajea al cine negro con su detective perspicaz, la femme fatale y el infaltable crimen que sacude a la alta sociedad.

Es decir, que Daniel L. Hawk se ha incorporado a una saga bastante rodada para contribuir a este tercer caso del detective ideado por Beckett, lo que resulta –creo yo– algo insólito en nuestras letras, por no decir único. De cualquier manera, esta colaboración suya, por lo menos en la novela que reseño hoy para Cita en la Glorieta, ha dado un resultado muy estimulante. ¡Ah!, y no puedo olvidar que Daniel y J.A. tienen entre sus manos, desde hace más de un año, otro trabajo en común: el de dirigir una gran revista de referencia para el género: Solo Novela Negra.

No soy entusiasta lector de investigaciones criminales ni menos de thrillers. Creo haber leído ya suficientes obras de este popularísimo remedo literario como para asegurar que, sin duda, con cualquier otra rama del género (así, novela negra de barrio, novela negra histórica o novela negra rural) disfruto muchísimo más. A «Perdición: El asesino de la Polaroid» llego por la recomendación de una amiga lectora de absoluta confianza, algo que me hace abrir este thriller con las más altas expectativas puestas en él.



Daniel_L._Hawk J.A._Beckett

El escritor que junto a Borges mejor ha reflexionado sobre esta clase de literatura, el inmenso Ricardo Piglia (autor de «Plata quemada» obra maestra que muchos harían bien en conocer), dejó dicho cómo «en cualquier novela policial hay una situación que define al género mismo: el lector sabe o imagina qué le espera al leer tal o cual título, y lo sabe antes de comenzar». Ese conocimiento, ese saber previo, funciona como un modo de leer… Y este mismo lector puede legítimamente plantearse si no estará ante una lectura innecesaria, una lectura repetida hasta la saciedad que es justo lo que me pasa tras aquel empacho de novelas policíacas de hace años. ¿Qué hacer entonces ante la sobreabundancia de novelas protagonizadas por investigadores de toda laya? Para resultar original la parodia o la renovación parecen ser las únicas opciones que quedan… hay una tercera: empeñarse en parir la novela policiaca «perfecta». Y esta última opción es a la que se han apuntado Daniel L. Hawk y J.A. Beckett en su inaugural colaboración literaria.



Solo_Novela_Negra
SOLO NOVELA NEGRA, la revista que codirigen
Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

Una vez aparecido el primer crimen las novelas negras que no son excelentes responden al enigma con esquemas previsibles cuando no trilladísimos. Solo los grandes escritores son capaces de darle a la construcción de la intriga un plus que vaya más allá del simple suspense o de la simple resolución de un problema. «Perdición: El asesino de la Polaroid» muestra con contundencia los sanguinarios crímenes de unas jóvenes estudiantes cometidos por un serial killer. Poseído este por las voces que revientan su retorcida mente, voces sobre las que cada vez resulta menor el efecto de los barbitúricos, de ellas deviene que la brutalidad y capacidad mortífera de quien las escucha vayan en progreso.

Tampoco arrinconan los autores el proceso mental seguido por las secuestradas en el zulo al que van destinadas, proceso casi idéntico que va de la ansiedad pasando por el miedo hasta desembocar en el terror, antesala de sus muertes inminentes. La metodología del patológico asesino, construida y descrita con bisturí de forense, proporciona una indudable seña de identidad a esta escalofriante obra. Rememorando la primera muerte, se lee:

«Nunca olvidaría su cara, sus rasgos característicos, su sangre fluyendo fuera de su cuerpo. Tenía algo de arte. No era un simple asesinato. No era matar por matar. Lo suyo era arte y venganza, venganza y locura».
Otras señas de identidad, para mí no menos interesantes, vienen de la decisión de ambientar la trama en un innominado pueblo del Sur de Estados Unidos y de no desvelar la fecha en que se desarrolla. Por una preferencia que a otro pueda resultar fallida, traslado mi lectura a comienzos de los 90 porque para mí esta novela respira aquella atmósfera criminal de una época que me conmovió y que encontraba en películas como «El silencio de los corderos» o en la serie «Twin Peaks».


El silencio de los corderos
Héroes y villanos
«Twin Peaks» y «El silencio de los corderos»

La oficina del sheriff Hurtado con sus ayudantes –los algo casposos Cullen y Mordrake–, las tiendas de donuts, pubs oscuros como el Perdición (donde corre el Bourbon y suenan blues míticos como el «I need your love» de BB King), o esos moteles de carretera en cuyas desangeladas habitaciones se alojan David Ábaco, Líster y Porto, son emplazamientos bien perfilados que colaboran a crear ese ambiente americano.

Soltero por elección o conveniencia, el detective de este tipo de narración no suele participar de ninguna institución social (ni siquiera de la microscópica familia). Esa condición outsider es la que garantiza desde el comienzo del género su libertad y autonomía, por eso es él quien mejor puede ver la perturbación social, detectar el mal y lanzarse a actuar.

En el caso de nuestro protagonista –David Ábaco– se cumple a rajatabla lo que acabo de decir. Es cierto que a raíz de una monumental borrachera que acaba con él en la celda de una comisaría, es «invitado» por el teniente Porto y el sargento Líster a acompañarlos hasta el lugar de los hechos y embarcarse en la resolución de este tremendo caso. Pero, una vez llegados allí, el detective Ábaco pronto se desmarca para investigar por su cuenta (aunque es cierto que en todo momento trabaja en equipo y rinde cuentas a sus jefes).

Una novedad señalo en la personalidad de este inteligente sabueso dado al alcohol y a la desazón existencial, y que sólo encuentra paz para su espíritu en esos tugurios para perdedores a los que acude con asiduidad: es su radical pesimismo, una completa desesperanza, la negativa visión del mundo.

Los capítulos en primera persona (hay varios como el [28] que parecen páginas de una autobiografía a corazón abierto), aquellos que vienen contados por el detective (se alternan con los narrados en tercera persona por los autores), se inician con estremecedoras declaraciones de principios, unas declaraciones que –en no pocas ocasiones– parecen proponerse empequeñecer a Thomas Hobbes:

«El hombre tiene grabada en su alma el estigma del culpable. Nunca alcanzaremos la salvación. La bondad se diluyó en nuestra naturaleza, somos carroñeros abalanzándose sobre un cadáver putrefacto en mitad de la nada. Nos hemos convertido en seres perdidos, seres perdidos para siempre».
«Pero yo era un tipo sin esperanzas, deseando de un momento a otro ocupar una sucia y barata caja de madera para ser incinerado. Mis cenizas no tendrían el glamour para ser esparcidas por un bello paisaje o por un mar azul, posiblemente ocupasen el espacio de una caja de cartón para perderse finalmente en un cubo de basura».
La extravagancia, la diferencia que define a estos sujetos extraordinarios que investigan, se asocia en el caso del raro y algo bohemio David Ábaco a la soledad, el humo y el alcohol. Hay –durante toda la novela– referencias a un pasado no muy lejano de profesor universitario, a una vida en pareja, dramáticamente truncada pero que no se aclara. Es posible que estos trágicos acontecimientos hayan sido ya narrados en alguna de las anteriores novelas de Beckett, o, también, que los autores hayan querido dejarlos en el aire para desarrollarlos en una próxima obra.

Decía Jorge Luis Borges que «este tipo de relatos acaban por convertirse, en definitiva, en una suerte de calidoscopio o de breve clasificación de la trama múltiple de crímenes, siempre extraordinaria y siempre repetida, que señala y define la lógica secreta del mundo en el que, resignados, vivimos».


La ambientación de «Perdición: el asesino de la Polaroid» favorece su rápida identificación de personajes y escenarios, mamados gracias a las películas norteamericanas. La verdad es que si Hawk y Beckett hubieran elegido Utrera y en vez de policías federales los que investigasen fuesen guardias civiles quizá el resultado hubiera sido igual de intenso…Pero hoy día captar a un lector, y más para un género tan sin criba, con sobreabundancia de títulos (en su mayoría nefastos pese a lo que venden), está muy complicado y cualquier argucia comercial que lo haga más interesante es legítimamente válida.

Un género con convenciones, fórmulas y líneas temáticas tan estereotipadas como las de la novela policiaca debe «romperse» en algún momento con la historia de la obsesión de un personaje. En «Perdición: el asesino de la Polaroid» lo novelístico se sostiene bien gracias a su asesino múltiple, un serial killer cuya conciencia, centrada en una alambicada venganza, trata de conformar el mundo a través de una cosmogonía que, sin que lo sepa, no está fuera de él, sino que nace de su propia y enferma mente.

Con modalidades múltiples y visiones personales, las ya pocas novelas policíacas inolvidables reconstruyen distintas perspectivas del criminal como un autómata extraño, casi una «máquina de matar», que no controla sus impulsos y actúa con eficacia a la vez desesperada y brutal. Así lo han pretendido, –y logrado con creces–, Daniel L. Hawk y J.A. Beckett en «Perdición: el asesino de la Polaroid». Desde esta revista damos la enhorabuena a ambos y esperamos el nuevo título de una saga merecedora de tener una entusiasta legión de seguidores…

Manu López Marañón participará en nuestra VII Semana Negra en la Glorieta. Puedes consultar el programa pinchando AQUÍ.

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ENTREVISTA CON DANIEL L. HAWK Y J.A. BECKETT
por Manu López Marañón
No pocos hemos sentido la tentación de escribir con otra persona a la que admiramos. Algunos, como vosotros, habéis caído de lleno en ella y ningún lector de «Perdición: el asesino de la Polaroid» va a lamentarlo. Con vuestro permiso, trato de sacaros algo sobre esta peculiarísima forma de afrontar una obra artística, en este caso una novela noir.

¿Cómo os planteáis escribir al alimón «Perdición: el asesino de la Polaroid»?

Daniel L. Hawk (DLH):


Durante toda mi vida he estado escribiendo, tengo innumerables proyectos inacabados. Empiezo muy bien, pero a medio trabajo se me atragantan y los aparco para empezar unos nuevos. Esto acabó cuando supe de la faceta de escritor de J. A. (trabajamos juntos) y le expliqué mis problemas con la escritura y Perdición era uno de esos proyectos inacabados. Así que le pedí ayuda y esa ayuda se convirtió sin darnos cuenta en escritura a cuatro manos y vimos que la cosa funcionaba, así que acabo en la obra que hoy reseñáis y de la cual solo podemos dar las gracias.

J.A. Beckett (JAB):

La verdad es que me lo planteé como un juego, como una nueva experiencia literaria, como algo novedoso y distinto. Yo tenía tres libros y Dani la ilusión por escribir uno. No me lo pensé. La vida del escritor frente a la hoja en blanco es muy solitaria y a veces muy desagradecida. Por eso, poder compartir ideas, ilusiones, proyectos y trabajo, mucho trabajo, me pareció enriquecedor y apasionante. Era como tener dos mirillas en la misma puerta, los dos vemos la misma realidad, pero desde perspectivas diferentes, y eso me pareció fantástico. Sin duda enriquece cualquier producto literario. Como así ha sido.

El hecho de que J.A. Beckett hubiera publicado dos novelas con el detective de «Perdición: el asesino de la Polaroid» como protagonista, ¿no resultó un incordio a la hora de establecer las competencias de cada uno para este tercer caso de David Ábaco?

DLH: Ni mucho menos, fue una «imposición» de J.A. seguir con sus personajes en nuestra novela, para mí en realidad fue un regalo, ya tenían andadura, sabía cómo eran por su anterior novela que ya había leído, te ahorrabas crear el perfil de tres personajes nuevos.

JAB: Al contrario, creo que mi personaje salió reforzado. Aportar nuevas ideas y nuevas maneras de ver la historia hizo que nuestro detective adquiriese nuevas facetas que yo no le había dado. Los personajes son algo curioso, son como seres vivos que acaban viviendo independientemente de ti y que como personas van creciendo y van adquiriendo su propia personalidad a raíz de lo que le aportamos. Y nuestros personajes nos sobrevivieron a los dos. Y con éxito y sin complejos.


Pasamos al proceso de redacción… ¿Un autor escribió los 48 capítulos y el otro iba corrigiéndolos? Se me ocurre que uno pudo escribir los capítulos en primera persona y el otro los que vienen en tercera… ¿Se dio algo así? Y ahora, sinceramente: ¿habéis discutido mucho para sacar adelante este proyecto? ¿Escribiréis otro caso de David Ábaco?
 

DLH: Pues la verdad es que uno escribió en primera persona y el otro en tercera hasta que por diversión nos intercambiamos los papeles, así que ambos estamos repartidos por toda la historia y se puede decir que casi hemos escrito un 50% del libro cada uno.

JAB: Como he dicho antes para mí era un juego, una experiencia diferente. Yo escribía en primera persona y Dani en tercera, hasta que decidimos cambiar. Y fue muy divertido y apasionante, porque al final ya no reconocíamos ni nuestras propias frases. Había surgido un todo sin fisuras. Un río donde no había partes, todo era una corriente de agua buscando el mar.

Aparte de esta primera colaboración literaria, codirigís la revista Solo Novela Negra… ¿Qué tal os va con ella? ¿Compartís alguna cosa más?

DLH: La revista es un proyecto que nos ofreció la editorial de manos de Anxo do Rego y que da muchísimo trabajo, pero también muchas alegrías. Nos permite estar ligados al género que nos apasiona de manera directa. Así como relacionarte con gente del mundillo y estar al día de todo lo que se cuece. La revista no deja de crecer y eso es el premio que nos llevamos. Sobre la última pregunta, trabajamos juntos, así que compartimos más tiempo que con nuestras propias familias.

JAB: Como dice Dani, dirigir una revista como Solo Novela Negra es un premio para alguien que ama este género, como es nuestro caso. Es una forma de ayudar a que la novela negra sea considerada como algo importante dentro del mundo de la literatura. También nos ayuda a que otros autores puedan crecer y dar a conocer sus obras, como también nos ayuda a participar del mundo cultural que nos rodea. Pero en este caso he de agradecer todo el trabajo de Dani en la dirección, yo como filósofo soy muy disperso y él siempre sabe marcar el camino y las directrices. He de decir que Solo Novela Negra es sin duda la revista referencia de este género y no paramos de crecer. Dani y yo somos dos personas totalmente distintas, pero sin embargo coincidimos en muchas cosas. Nos encanta tener ilusiones y sueños, no tenemos alas, pero no las necesitamos, porque tenemos todo un cielo encima nuestro.

Pensando en el lector de este trabajo cuya curiosidad se despierte por «Perdición: el asesino de la Polaroid» (¡ojalá sean muchos!), y sabiendo de la abundancia de este tipo de novelas de investigación, ¿cuál sería el hecho diferenciador que pueda llevarle a comprar la vuestra? ¿Quizá la compleja personalidad del detective, la bestialidad del asesino, la impecable ambientación, o algo diferente que se me haya podido escapar como entregado lector?


DLH: O la suma de todo lo que propones. Fue un reto intentar juntar la novela negra, la policiaca, el hard-boiled en un thriller. Porque no nos equivoquemos, la novela es un thriller en los que vamos dejando pinceladas de otros estilos literarios. También hemos intentado recrear los ambientes que encontraríamos en un guion, donde hay más dibujos en un story-board que en el propio guion. Para nosotros ese story-board es tu imaginación, nosotros te damos un par de inputs, tu cabeza hace el resto.

JAB: No pretendemos que nuestra novela sea «Ulises» de Joyce, nosotros pensamos en el lector, queremos que se lo pase bien, que rompa con su monotonía, que por un tiempo se deje llevar a otra realidad, a otra historia distinta de la suya y de la mano de otros personajes. Que tenga derecho al olvido, que cada palabra y cada hoja lo aleje un poco más del mundanal ruido y lo acerque un poco más al silencio de su yo. Por eso lo teníamos muy claro y nos comprometimos en pisar el acelerador desde el minuto 1. Pero eso también nos diferencia del resto, utilizamos dos estilos narrativos diferentes, una historia contada en primera y en tercera persona, un análisis psicológico de los personajes, una manera de escribir, una manera de contar la historia, una manera de entender aspectos tan importantes como la vida, la muerte, como la soledad, como la ley, como la justicia... y todo enfocado a un lector que se deje llevar como un trozo de madera por el río del que hemos hablado antes. Pero todo eso también ayuda si tienes un antihéroe como el nuestro y un paisaje que como en las novelas de Comac McCarthy es un personaje más dentro del libro.

Estamos ante un serial killer ambientado en un pueblo del sur de Estados Unidos. ¿Habéis tenido en cuenta, consciente o inconscientemente, a algún escritor a la hora de plantear la trama de «Perdición: el asesino de la Polaroid»? Decirnos, ya de paso, algunos escritores de referencia para vosotros, tanto de género negro como de literatura de otro tipo.

DLH: De esto J.A. puede hablar largo y tendido, las referencias son muchas, por decir una, el sheriff Hurtado es un homenaje al sheriff de «No es país para viejos» y así muchísimas más. Ahora te hago una pregunta yo, ¿Dónde pone que es Estados Unidos? Aunque para tu tranquilidad te diré que sí, evidentemente.

JAB: Dani y yo somos unos amantes de la novela negra, por lo que sin duda se han colado la influencia de algunos autores. Nosotros amamos la novela negra clásica, y nuestro detective tiene algo de Marlowe, de Spade, de Archer, así como nuestro asesino tiene tics de personajes de Ellroy, Thompson, Harris... Me gusta la novela negra clásica y su forma de contarnos las historias por eso tengo que nombrar a Chandler, a Hammett, a MacDonald, a Cain, a Burnett, a Thompson... pero también a M. Connelly, a John Connolly, a Ian Rankin, a Mankell, a Winslow, a Ellroy, a Nesbo, a Kerr (me tengo que parar). Y de otros géneros, yo aprendí a escribir con Cormac MaCarthy, Dostoyevski, Hess, Kafka, Faulkner, Balzac, Dickens, Orwell... (me tengo que parar).

Como buenos conocedores del género, ¿qué opinión os merece actualmente el noir y cómo veis su desarrollo no solo en España, también en el mundo?


DLH: Hay de todo, bueno y malo, lo que no nos gusta es que hoy todo el mundo escribe, no hay un solo lector que no se anime y publique un libro, tienes millones de libros editados de manera independiente en decenas de plataformas, de estos, ¿cuántos son buenos?, ¿cuántos tienen un mínimo de calidad?, a la revista nos han llegado auténticos «fiascos» que te hacían preguntarte, ¿Cómo tienes el valor de enviarme esto sabiendo que somos unos «haters»? Al final hacemos como que no nos los hemos leído, no somos nadie para hacer sangre con la ilusión del que empieza.

JAB: Creo que hay grandes escritores como los que he nombrado anteriormente y con algunos más, que me he dejado en el tintero, que mantienen el nivel de la novela negra. Pero el problema se encuentra en que actualmente las políticas editoriales nos venden como novela negra productos que no lo son en absoluto y de una calidad media baja. Ese es el gran error. No todo vale. Llevo leyendo novela negra muchísimos años, cuando ésta era un subgénero denostado y de segunda clase. Tengo la suficiente experiencia como para saber diferenciar y para tener criterio. Por eso la mayoría de lo que nos venden como novela negra, ni se le parece, y en la mayoría de los casos ni se lo merecen. Es como la novela negra nórdica, hay grandes escritores, pero la mayoría que me han llegado son una auténtica basura. De la novela negra en nuestro país prefiero no opinar. Tengo amigos entre los escritores y no quiero hacer excepciones.

Hoy en día, y gracias a Internet, resulta más cómodo ambientar una novela en cualquier país y época histórica. No obstante, y para hacerlo profesionalmente, resulta muy trabajoso atar con corrección los cabos. En este sentido «Perdición: el asesino de la Polaroid» me ha parecido modélica.

¿Qué os llevó a elegir para este nuevo caso de David Ábaco un pueblo del sur estadounidense? ¿Ha igualado, o superado, el trabajo de documentarse al de la redacción propiamente dicha?


DLH: Los escenarios son reales, existen, encontramos el pueblo, la ciudad, el desierto, las montañas y el lago, y como en «Twin Peaks» al que haces referencia nos pareció la ambientación ideal para este tipo de historia. Tienes sol, lluvia, agua, arena, pueblo, ciudad, no te falta de nada en un lugar así. La verdad es que, comparado con la redacción, esta parte del trabajo se puede catalogar de lo más fácil de la obra en sí.

JAB: Como he dicho antes, queríamos que el paisaje fuera un personaje más de la novela, algo con carácter, con personalidad propia, algo que transmitiera al lector la sensación de vivir en un pueblo como aquel, de recorrer sus bosques, de sentir el calor del sol, la humedad de la lluvia. En el fondo, el paisaje es un reflejo de los personajes y tiene mucha importancia en nuestro libro


El pueblo donde se cometen los crímenes carece de nombre y tampoco se da, en ningún momento, fecha alguna. Reconozco que estas indeterminaciones sientan bien a «Perdición: el asesino de la Polaroid». Averiguar qué pueblo es lo dejé por imposible pronto, pero como lector que aspira a saberlo todo supuse que la trama se desarrolla a principios de la década de los 90. ¿Habré acertado? ¿Qué habéis pretendido ocultando esos datos espacio-temporales?
 

DLH: Esta es justo la clave que diferencia nuestra novela de la gran mayoría, aunque me consta que hay otros escritores quizás no tan conocidos que usan también este tipo de narración «anónima». Nuestro objetivo es que tú pongas los elementos de tu imaginario sobre la escena. Nosotros te damos dos o tres pinceladas al lugar, pero tú le pones fecha, decoración y vestimentas, buscamos esa complicidad de que parte de la obra sea también tuya, ayudándonos en tu cabeza a ambientar la propia novela.

JAB: No queríamos dar fechas, ni nombres, ni etiquetas. Queríamos que el lector se implicara en la historia, que nos ayudara a crear, a imaginar, a soñar con sitios distintos, con tiempos distintos, con lugares distintos. Escribimos para el lector y nos encanta que participe en la novela, nos encanta que se creen mundos paralelos al nuestro. Porque de una cosa estoy seguro, cuando terminamos el libro comprendí que éste ya no nos pertenecía, que ahora era parte del lector y que ya no sería nuestro nunca más. ¿Y sabes qué? Me encantó la idea.

Publicar en una editorial pequeña, «independiente» si lo preferís, por desgracia suele ser sinónimo de mala distribución y escasa visibilidad autoral. Por no salirnos del género negro, hay que recordar que los grandes grupos editoriales logran colocar –año tras año– auténtica basura entre lo más vendido. El lector español hoy –y en esto no se diferencia mucho del resto– aborregado hasta límites inconcebibles, carece de curiosidad a la hora de catar obras de autores insuperablemente mejores de a los que están acostumbrados por una mezcla de rutina y desidia… Ir a una librería para ellos es igual que bajar a su panadería a por la misma barra de pan. En España quedan lectores… pero de uno o dos escritores exclusivamente, de esos que, por supuesto, producen cada año un nuevo título para seguir subidos en la ola. ¿Y la calidad literaria? ¡Vamos, por favor, no sean ustedes rancios! ¿A quién diablos importa ya eso?

J.A. Beckett con tres novelas publicadas quizá tenga más experiencia en esto de ir de autor «independiente» por la vida, pero también me interesa lo que pueda contarnos Daniel L. Hawk como recién llegado a esta jungla en armas que es la distribución española. Por favor, contarnos vuestras tribulaciones, en concreto las que estéis pasando a un año de que «Perdición: el asesino de la Polaroid» viera la luz en Ediciones P.G. Y para terminar: ante esta situación de emergencia creada por el covid 19 con el masivo cierre de editoriales y librerías, ¿qué se os ocurre que podríamos hacer, entre todos, para intentar salvar el negro futuro del libro?

DLH: Muy de acuerdo con tu texto, encontrar una rendija, para que una obra como la nuestra, que nos consta que gusta, que tiene la calidad suficiente para codearse con muchas otras que están vendiendo gracias a la maquinaria que tienen detrás, es muy difícil. Se ha dicho de todo de nuestra novela, que si estuviera firmada por Stephen King ya estaría en el cine, que si recuerda a «True Detective», a «Twin Peaks» en varias ocasiones o a «El silencio de los corderos», muchas referencias al cine, porque ese era el objetivo, escribir con imágenes. Como salvaríamos el género, solo si se deja de manosear. Con el género se puede jugar, llevarlo en todas direcciones y mezclarlos con todos los estilos que quieras, pero hay un mínimo que se ha de cumplir, ha de ser negro en su máxima expresión. Una investigación y un cadáver no son suficientes para que te coloquen en una estantería de novela negra, se ha de pedir un poco más. La perversión de las editoriales se refleja en esa maniobra maldita con la intención de vender libros a costa del lector. Un lector engañado que compra una novela negra y se lleva un sucedáneo maquillado.

JAB: Estoy de acuerdo con Dani, Y Estamos muy agradecidos a nuestro editor Anxo Do Rego, pero sin duda, publicar en una pequeña editorial hace que tu obra tenga menos repercusión y menos luz. Todo cuesta un poco más. Todo es más lento y desesperante. Y lo que es más doloroso, te lee menos gente. Pero estamos moderadamente contentos y seguiremos luchando. Estamos convencidos que no tenemos nada que envidiar a muchas de las novelas de cabecera de algunas editoriales. Pero este mundo es muy difícil y competitivo, y cada año salen nuevos escritores y nuevas propuestas y muy pocas oportunidades para publicar decentemente. Pero nosotros creemos en lo que hacemos, y consideramos que PERDICIÓN es un buen libro. Por lo menos un libro para pasárselo bien y poder disfrutar de un buen rato de emoción, intriga, y de todas aquellas emociones que siempre despierta una buena lectura. Para salvar el negro futuro del libro hay que leer, que aparezcan de la nada nuevos lectores. Yo soy un usuario diario del tren. Los móviles han ocupado el lugar de los libros, tal es así que cuando veo a alguien con un libro tengo tendencia a pensar bien de él. Como yo siempre digo, leed, leed porque ya sabéis que estáis malditos. Quisiera felicitar a nuestro querido entrevistador por las reflexiones vertidas sobre los libros. Me han parecido certeras y adecuadas, tal es así que por un momento creía que lo estaba pensando yo. Muchas Gracias por las preguntas nos has hecho reflexionar, y eso es siempre de agradecer
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Daniel L. Hawk y J.A. Beckett

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


Reseña de «Historias de la chusma», de Oskar Bilbao

RESEÑA DE «HISTORIAS DE LA CHUSMA», DE OSKAR BILBAO. Kuletxov Factory (2018)
por Manu López Marañón
Para comenzar año –y década– en Cita en la Glorieta, elijo un género que siempre da satisfacciones. En esta misma revista me he ocupado con anterioridad de libros de relatos como los de Marcos Ordoñez, Hipólito G. Navarro, Alberto Marcos, Amalia Álvarez San Pedro o Xenia García entre otros grandes. Y al cerrar cualquiera de esas obras siempre llego a la conclusión de cómo, en España, vive el cuento una edad de oro; de cómo es una auténtica lástima que estos autores carezcan aún del reconocimiento crítico que merecen y del favor de un público mayoritario al que, a todas luces, está llamado su talento.

Cuando viví en Buenos Aires comprobaba asombrado cómo los cuentistas gozan del fervor popular, cómo allí venden incluso más que los novelistas. No hay un solo autor de novela que descuide su producción de relatos. Aquellos procedentes de los maestros indiscutibles de la primera mitad del siglo XX (Borges, Cortázar, Arlt, Quiroga) tenían ya relevo en autores que no se quedaban atrás: 1993 me descubrió a Ricardo Piglia, Rodrigo Fresán, Roberto Fontanerrosa… Todos alternando novela y cuento con idéntica pasión, la misma de la que no carecen hoy talentosos creadores del género breve como son Ariana Harwicz, Samantha Schwebling o Félix Bruzzone, quienes gozan en Argentina de una parroquia fiel que aguarda la aparición de sus nuevos títulos y que muchos autores de aquí ya querrían tener.

En España la situación dista mucho de la que hace gala el entendido porteño.

Excepcionales libros de relatos, a la altura de cualquiera de los escritores citados, como este «Historias de la chusma» (Oskar Bilbao; Bilbao, 1967) pasan desapercibidos incluso en la ciudad natal de su autor. A las pocas ganas del no menos escaso lector a la hora de catar este tipo de narraciones colabora que el poder establecido y la prensa estén aliados para el ninguneo de cualquier novedad cultural, y no digamos si encima es de valía. Lo habitual en esta provincia –y no creo que en otras la cosa cambie– es fomentar año tras año a la triunfante mediocridad, en el caso que me ocupa literaria, poniendo a sus pies mesas principales de librerías, espacios preferentes en secciones de cultura o suplementos literarios.

Ferias del libro para los dos idiomas, pomposos anfiteatros de biblioteca municipal con alfombra roja y aparatosos centros culturales de abundantes salas vacías (que resultan imposible de prestar para, por ejemplo, presentar la novela de un bilbaíno); unas instalaciones estas –a cuya edificación y mantenimiento, hay que apuntar, también contribuimos los no fomentados– que escenifican cada temporada tanto inane boato… ¿Tan adocenado está el lector como para tragarse el mismo menú sin tan siquiera torcer el gesto? Y si faltaran, si no hubiera suficientes celebridades para alimentar este circo, pues los traemos de fuera, que candidatos siempre sobran y suelen venir encantados a la llamada de esta polis del Cantábrico, tan culta y hospitalaria...

Sin presencia en las librerías bilbaínas, me entero de la existencia de «Historias de la chusma» por coincidir, –un año después de su edición–, con su autor en una fiesta de cumpleaños. Muy penoso. Por eso resulta vital que en revistas como Cita en la Glorieta prestemos generoso espacio a este tipo de obras, minoritarias a su pesar; que junto a autores distribuidos y que –también es cierto– se ganaron a pulso su presencia en librerías y medios, nos ocupemos de visibilizar a narradores como Oskar Bilbao. Desde el convencimiento de que la gran literatura anida hoy mayoritariamente en estos libros, por lo menos desde estas páginas, y gracias al apoyo de nuestros fieles lectores (ávidos de novedades con sustancia), buscamos que sus «invisibles» artífices consigan una parte del reconocimiento que merecen.

La principal cualidad que hallo en los 18 relatos que componen «Historias de la chusma» es que en todos, del más breve al más extenso, el autor sabe mantener la tensión continuamente exacerbada que define al cuento bien parido. En ningún momento parece que estemos ante una obra literaria primeriza; desconozco el tiempo que
Oskar Bilbao haya invertido en estas 187 páginas de debut, pero por el acabado que presentan sus piezas no me cabe duda de que han sido pulidas hasta la extenuación. Su brillantez, y en no pocas ocasiones, la perfección literaria, así lo atestiguan. De cada relato uno sale noqueado, como decía Julio Cortázar que tenía que terminar el lector de un cuento inolvidable. Es necesario pasarse la esponja por frente y cogote para pasar al siguiente… Dos o tres cuentos por día son los que he podido encarar para su reseña, más hubiese resultado temerario.

Otro rasgo sustancial de esta colección es la aparente facilidad con la que el autor, en pleno relato imaginario, introduce momentos, episodios, situaciones y personajes que al lector poco cuesta suponer procedentes de una experiencia directamente vivida, y que permean la narración con naturalidad. He dicho facilidad aparente porque nada más complicado para un escritor que verter en su obra de ficción –del tipo que sea– significativos acontecimientos disfrutados o padecidos por él mismo y que él considera inevitablemente narrables. ¡Cuántos cuentos y novelas naufragan por esta resbaladiza apuesta personal! Podría citar bastantes relatos en los que vivencias apenas camufladas no traspasan al texto con llaneza, al contrario, en las que su ubicación está tan de más como un político en una biblioteca. Oskar Bilbao no ve razón para semejante rechazo e incorpora pasajes significativos de su biografía a lo que está inventando (en varios cuentos aparece como Oskar u Óscar, para que nadie albergue dudas al respecto). Como lector la impresión que me produce su apuesta, en todos los casos, es que lo imaginado y lo no imaginado se amalgaman en la ficción total del relato. ¿Talento, técnica? Da lo mismo: los cuentos así armados acaban por resultar modélicos.

El tono general de los 18 cuentos es duro, amargo, a veces acongojante. No es la primera vez que me pasa que no me río nada leyendo un relato humorístico o viendo una comedia y, sin embargo, en narraciones dramáticas la carcajada se me desata en momentos inconvenientes para el resto de lectores y espectadores. En varios relatos de Oskar Bilbao, realmente peliagudos y que reflejan situaciones límite, me ha pasado esto. Luego le preguntaré si lo encuentra excusable.

Los cuentos no siguen agrupamientos, pero trato de reunirlos para resaltar mejor algo de cada uno.


En el grupo más numeroso, ese que podemos denominar «cuentos de farras y rock ‘n’ roll» tenemos a Los Falsificadores [6], donde a través de la semblanza que el autor presenta de Santi, líder de un grupo musical, se hace un recorrido por aquella juventud glamurosa del Bilbao de los 80-90, recordada con nostalgia y escarmiento. En Me confundían con Alaska [7] dos vecinos ofrecen una cínica semblanza de una joven que vivió a tope la Movida Madrileña. Convertida en una mujer contradictoria y decadente la conclusión del cuento es de recibo. En Espíritu Santo [8] un yonqui madrileño se explaya rememorando ambientes del submundo de la droga a finales de los 90. Este relato sin sombra de piedad incluye el hallazgo de un famoso rockero reventado por la heroína. En busca de la marcha [11] es el inmisericorde trayecto de una noche de juerga que desemboca en un after donde Iñaki y Jorge ligan con Sofía y una morena con coleta. Sus afanes radiografían el desfase al que se llega en esas noches. En Un artista romántico [15] encontramos retratos de diferentes músicos vascos que bipolarmente pasan de entusiasmos contagiosos a los más tremendos bajones. Así Edu, virtuoso baterista, prueba con varios grupos punteros hasta terminar en bandas anodinas. No mejor acaban Asier Fuentes, anárquico guitarrista, o el mítico cantante Juantxu Ispizua. La atmósfera de este cuento me lleva a «Mensaka», la novela de Mañas llevada al cine por Salvador García. En el festival de blues [16] tras ver tocar a unos meritorios octogenarios, 4 amigos se dirigen a un pub para oír a los Mustang. Con una buena dosis de rock en su cuerpo Oskar liga con una espectacular cincuentona, pero su asedio es interrumpido por la inevitable amiga plasta que ni come ni deja comer.


Ídolos del rock caídos

Tres cuentos dan constancia del cosmopolitismo de Oskar Bilbao, de su dominio de varios idiomas.


Txabi Zeruko, Ana Frank y El Pantera [13] nos lleva al Amsterdam de los ocupas, los coffee-shops y los conciertos de rock, donde destaca Txabi Zeruko, gloria del rock vasco. 

Un coffe-shop en Amsterdam
En Zombie [14] viajamos al ambiente un tanto naif de un festival de cine fantástico en Bucarest. Unos aficionados versionan «Zombie» de los irlandeses Cranberries, lo que lleva al autor a establecer comparaciones con la música vasca. Hay un cuento, el [12], que si bien se desarrolla en Bilbao supone un viaje de no menores consecuencias para el espíritu.
 

La calle Covaci de Bucarest

El Cirrosis es el típico bar de las afueras presentado con la dosis de desolación y derrota consustanciales a estos locales. Esa inmanencia es rota por la inopinada aparición de una guapa cuarentona a la que solo un vivaz parroquiano tratará de ligar.

Dos cuentos «on the road» presentan sendos e inolvidables trayectos. Bilbao-Miranda [5] cuenta el viaje de 4 yonquis a Madrid para llevar 50 kg de cocaína en el maletero de un coche con una furgoneta de lanzadera en la que viaja el narrador. La sucesión de chapuzas que consiguen acumular estos figuras no conoce límite. El desenlace del relato, repartido entre un asador de cordero y un puticlub, por su patetismo, nos lleva, por si antes alguien no se había dado cuenta ya, a las mejores pelis de los Coen. El cuento hace llorar. Pero a mí, de risa. En Bla bla bla [10] Oskar Bilbao pone en solfa la moda de los coches compartidos –los «blablacar»–. El grupo aquí reunido es de treintañeros y la sucesión de temas (el medio ambiente, la universidad, el trabajo o las religiones) podrían haber generado algún debate, pero la realidad es distinta.

Venganzas sutiles y descaradas vertebran los primeros relatos del libro. En El Modigliani [1] Koldo Hurtado aguarda 23 años para vengarse de un compañero de carrera que compró un cuadro que él tenía apalabrado y que luego resultó tener gran valor. A Toumani [2], un geriátrico que alberga personalidades curiosas, va a trabajar el enfermero Óscar, quien se fija obsesivamente en el octogenario Julio. Solo teatro [3] cuenta cómo el dogmatismo docente de Carmela Expósito se ve arrinconado ante las socráticas preguntas de una alumna que no se amilana hasta lograr su propósito.

Habiendo para elegir, hay 2 relatos que me llegan muy adentro y que por eso considero mis preferidos. En Segundo de ikurriñas [4] acaba de morir Franco y los alumnos de un colegio de curas viven momentos convulsos. Junto a las primeras palabras en euskera y las pegatinas de tipo político conviven en el centro otros alumnos con símbolos de Falange en sus carpetas y profesores como el cerril don José María, agresivo en su dogmatismo imperial. La figura de Txabi Etxebarrieta, primer etarra muerto en un enfrentamiento armado con la Guardia Civil –desde entonces un icono para la izquierda abertzale–, contrasta eficazmente con ese alumno amigo del narrador –Aurre– cuya familia debe dejar Bilbao y emigrar a Albacete solo porque el padre trabaja en Iberduero. A Oskar Bilbao le bastan 15 hojas para precisar ese significativo momento de la realidad vasca. La primera vez [9] cuenta la historia de amor entre un patinador y la fotógrafa que lo graba de forma obsesiva mientras entrena. El romance peligra por la aparición de Kerman Pradera, vanidoso skater que compite con Jon en un campeonato local. La indecisa pero práctica fotógrafa Sara esperará a los premios para decidirse.



Jon demostrando a Sara lo bueno que es

Para el final deja el autor dos rarezas, dos cuentos que nada tienen que ver con el resto, y que posan sobre el libro un atractivo aroma misceláneo. En La prisión [17] un recluso aficionado a las plantas y la jardinería oculta en esos trabajos sus obstinados deseos de fuga. Cuento de inspiración borgeana, donde nadie es quien parece ser, exige una atenta lectura para no desconcertarse del todo ante su desenlace. Planeta Einstein [18] describe la vida cotidiana en esta colonia planetaria con más de 300 humanos. La llegada de una nueva tanda de pobladores, en la que está incluido un joven rubio y de ojos azules llamado Abdul García, cambiará las cosas allí.

El debut de Oskar Bilbao en el mundo de las letras se salda con altísima nota. Personas bienintencionadas de su entorno le insistirán en que ya está maduro para dar el salto y afrontar su primera novela… No vamos a ser nosotros quienes nos opongamos a semejante reto, pero eso sí, siempre que Oskar no abandone su faceta de cuentista y nos regale pronto otra joya como «Historias de la chusma». 

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ENTREVISTA CON OSKAR BILBAO
por Manu López Marañón
1. La noche y el rock ‘n’ roll temas preferentes en «Historias de la chusma».

Hasta en 8 cuentos de tu libro la noche y la música tienen papel destacado. Los protagonistas, lo mismo en Bilbao que en Madrid, como en Holanda o Rumanía, apuran sus salidas hasta el límite. Alcohol y drogas dejan su inexorable marca sobre ellos.

Oskar, ¿eres consciente de haber dado una imagen poco complaciente de la vida nocturna en las ciudades?

La verdad es que no lo había pensado, pero, ahora que lo dices, probablemente así sea. Sin embargo, creo que a lo largo de todo el libro se percibe una simpatía hacia ese tipo de personajes. Hace ya bastante tiempo que descubrí que por la noche se conoce a la gente más loca.

Centras estos relatos en épocas ya lejanas como los primeros 80 o los 90, que, sin duda, conociste en profundidad.


¿Piensas que hoy en día la juventud se divierte de otras maneras cuando sale de marcha? ¿Es posible que, vista la experiencia de sus mayores, estos chicos le hayan visto las orejas al lobo y sean más responsables, por ejemplo, a la hora de sopesar lo que se meten en el cuerpo?
 

No conozco bien lo que hace la juventud actual cuando sale de marcha. Respecto a si han visto las orejas al lobo, evidentemente, las cosas han cambiado mucho, y de todo se aprende. Además, los nuevos modelos de familia, la tecnología y las leyes también han influido y alterado todo eso. De todas formas, intuyo que, básicamente, la gente que sale por las noches se dedicará a lo mismo que nos dedicábamos nosotros.

De todas maneras, quiero matizar que en «Historias de la chusma» no faltan relatos enclavados en la primera década de siglo, o en esta misma que acaba de terminar.

 

En tus cuentos las mujeres, objeto del deseo de tanto nocherniego desfasado, aparecen como aspiraciones casi fantasmales, para quienes las buscan. Estas persecuciones, muchas veces tratadas por ti de forma sarcástica, me crean bastante angustia cuando he recordado lo que nos solía pasar a nosotros…

¿Seguirá siendo tan complicado ligar en la noche como en nuestros tiempos? ¿Es posible que el uso indiscriminado de móviles y las redes sociales, algo que, por pura lógica, no aparece reflejado en tu libro, haya facilitado estos acercamientos en la juventud actual?

El ser que más aprecio en este mundo es una mujer interesante, y, si es bella, aún mejor; pero no creo que eso esté relacionado con ligar y, mucho menos, durante la noche.

No creo que sea especialmente complicado ligar por la noche, sobre todo, porque la mayoría de la gente sale a eso. Me imagino que será un mito.

Los móviles y las redes sociales aparecen en el libro, como no podía ser de otra manera, en los relatos más actuales. Es evidente que toda esta interconectividad entre personas hace aún más fácil el contacto entre ellas. «Ligar», por múltiples razones, tiene que ser mucho más fácil que hace 25 años. Otra cosa es que ese contacto funcione.


Disfrutando cuentos tuyos como «Los falsificadores» «Espíritu Santo» o «Un artista romántico» no cuesta deducir que dedicarse al rock es una profesión de riesgo. Músicos suicidas o reventados por la heroína en plena madurez, o también en una situación de desfase personal, casi muertos en vida, abundan en estas desoladas páginas de «Historias de la chusma».

¿Por qué te parece que esta disciplina artística, y no la literaria o pictórica, sea la que más jóvenes cadáveres atesora? Me ha quedado la duda de si varios de los grupos de rock que aparecen en tus cuentos sean reales… En el caso de que los hayas cambiado de nombre, ¿puedes citar formaciones y músicos que inspiren tus historias de ficción?

Un músico puede ser el amo con sólo 12, 15 o 20 años. Evidentemente eso no es nada fácil de gestionar. En cambio, es algo que difícilmente ocurre en la literatura o en la pintura. Por otra parte, aquello que sube rápido tiene grandes posibilidades de caer de igual manera, y eso también es muy duro de digerir. De todas formas, la mala vida no va solo asociada a la música sino a la creación en general. Son pocos los padres y madres que deseen un hijo artista. Por algo será.

Respecto a los grupos y músicos que me han inspirado para escribir algunos de los relatos de «Historias de la chusma» creo que, para el que lo quiera ver, no son difíciles de adivinar. Podríamos citar a Cancer Moon o a Kortatu, pero también a Alaska y los Pegamoides o a Los Secretos, a Sam Cooke o a Moby, a Nirvana o a Atom Rhumba, sin que necesariamente todos tengan que ser de mi gusto. De todas formas, la música en «Historias de la chusma» no es más que otra referencia de la cultura pop, que, me atrevería a afirmar, está presente en casi todo el libro. Supongo que ser un músico frustrado —como fui en mi adolescencia— también influirá en que me sienta atraído por ese tipo de personajes. Entre los artistas y formaciones que me inspiran a la hora de escribir podría citar cientos, pero algunos de los más sugerentes para mí, hoy en día, podrían ser Patty Smith, Lou Reed, Nick Cave o Lana del Rey.


2. Talento y técnica en «Historias de la chusma».

Tensión mantenida a la hora de desarrollar los relatos y habilidad para dejar noqueados a tus lectores han sido los primeros aspectos que he destacado en mi reseña.

Desconozco el tiempo invertido en terminar estas «Historias de la chusma» que justo ahora cumple su primer año de vida.
Dime, ¿ha sido un libro especialmente complicado de parir?

Muchas gracias por verlo así. Mi vida laboral se ha desarrollado, sobre todo, en el mundo audiovisual. Tuve mi propia productora y, en esas labores, he escrito bastantes guiones de cine y televisión y he dirigido cortometrajes. Comencé a escribir literatura hace unos 3 años como terapia y, mayormente, como deporte. Un año antes había empezado a escribir con cierta regularidad un blog de cine (en euskera) que me hizo constatar que tenía bastante soltura a la hora de juntar palabras, cosa que, por otro lado, ya sabía porque siempre me lo comentaban mis compañeros del mundo audiovisual. Ver publicadas mis entradas con regularidad me animó a escribir también ficción literaria. Sí que hubo un elemento esencial en la decisión del cambio de género: la literatura, respecto al audiovisual, cuenta con la ventaja de que solo gastas teclado. En esas circunstancias, no creo que este libro me haya resultado especialmente complicado de escribir. Quizás sea la osadía del novato.
 

Los relatos son frescos y ágiles algo que, salvo algún «genio» esporádico, pretendidamente barojiano, solo se consigue corrigiendo los textos una y otra vez. ¿Puedes confirmarme que eres un perfeccionista en lo referente a las cuestiones del estilo?

Para mí un cuento es como una canción o, incluso, un poema. Soy muy perfeccionista, así que se puede afirmar que has dado en el clavo. Igual que una canción que empieza aflorar y hay que reescribirla a cada golpe de inspiración; para mí un cuento es algo que escribo y que, por supuesto, reescribo. Bajo mi punto de vista, reescribir es fundamental para que un cuento te penetre, de principio a fin, como un poema o una canción. 
 

Los finales, además de contundentes, son poco dados al optimismo… ¿Encuentras la vida tan dura, inhóspita y salvaje como en tu libro? ¿La literatura es una forma de catarsis para tu supervivencia?

Con el tiempo me di cuenta de que la mayoría de las cosas que le gustaban a la mayoría de la gente, a mí, no me solían gustar. A partir de ahí —de una forma natural y sin ergotizar demasiado— asumí que las cosas que me gustaban eran minoritarias, y eso me tranquilizó porque me dio perspectiva y porque, al mismo tiempo, me hizo consciente de que, aunque mis gustos son y serán minoritarios, existe en este mundo una legión de gente que mataría por ellos.

Respondiendo a tu pregunta, claro que la vida resulta muchas veces inhóspita y dura; pero yo procuro reírme de todo eso. La verdad es que no considero que los finales de los cuentos de «Historias de la chusma» sean poco dados al optimismo. Creo, simplemente, que muchos de sus personajes están bastante chiflados —si no están completamente locos—; y pienso que es la naturaleza de esos personajes desequilibrados lo que trae consigo esas situaciones duras y contundentes. Pero, por supuesto, para mí todos esos desquiciados son una fuente de inspiración única, porque en ellos conviven las pulsiones humanas en estado puro.

Por supuesto que la literatura es para mí —y creo que para todos los que escriben— una forma de catarsis. Se aprende mucho —de uno mismo y de los demás— escribiendo. Tengo que confesar que este libro, a pesar de no haberme traído reconocimiento alguno, me ha procurado grandes satisfacciones porque todo el mundo que lo ha leído y se ha acercado a mí me ha comentado que ha disfrutado con él. Parece una tontería, pero, para mí, eso debe de ser muy importante porque me hace sentir bien. Y eso es lo que queremos todos, ¿no?


Respecto a lo que a mí me han parecido sucesos personales incorporados con talento y éxito a tus relatos, ¿puedes confirmar que en cuentos como «En el festival de blues», o los desarrollados por Europa, ficción y situaciones previamente vividas por ti coexisten?

Todos los relatos de «Historias de la chusma» contienen algo que yo, aunque sea en tercera persona, he vivido, me han contado, he leído o he escuchado. En concreto, ese título que citas es bastante autobiográfico, probablemente el que más. Por supuesto, también he estado en todas las ciudades que aparecen en el libro. De mi época de guionista recuerdo el sabio consejo de Linda Seger: primero escriba usted sobre lo que conoce. De todas formas, no faltan excepciones como «Toumani» o «La prisión»; pero, muy posiblemente, lo que me dio seguridad para escribir este último relato es que la verdadera prisión puede estar dentro de nosotros mismos; absolutamente de todos.

3. El sentido del humor de Oskar Bilbao.

Sabes usar una fina ironía a la hora de presentar situaciones como la que motiva el cuento «Bla, bla, bla», con ese grupo de gente desconocida reunida en un coche. Y el más devastador sarcasmo hace acto de presencia en «En busca de la marcha», donde radiografías sin concesiones ese after superpoblado de muertos en vida.

Sin embargo, creo que puedes no ser consciente de haber provocado mis carcajadas en un relato tan tremendo como es «Bilbao-Miranda». Esos 4 yonquis con el cerebro frito llevando a Madrid 50 kg de cocaína en un maletero me han parecido como salidos de «El gran Lebowsky» o de «A propósito de Llewyn Davis».

¿Te desconcierta que alguien se descojone con ese relato? ¿Puedes confirmarme que las buenas pelis de los Coen estén detrás de varios cuentos tuyos? ¿Puedes decirme alguna otra influencia fílmica y, ya de paso, literaria, en tu quehacer narrativo?
 

No me desconcierta que alguien se descojone leyendo «Bilbao-Miranda». Lo considero un relato absolutamente humorístico. Veo que has conectado con él y eso me agrada. El caso es que mi humor es un humor bastante caustico y corrosivo, y, por ejemplo, también considero relatos humorísticos «El Modigliani» o «Toumani», a pesar de contener, ambos, grandes tragedias. La verdad es que los Coen me gustan mucho, aunque no estén exactamente en primerísimo altar dentro del cine que amo. Si la influencia de su ironía y humor está presente «Historias de la chusma», no he sido consciente en ningún momento, la verdad. De todas formas, ¿a quién no le agradaría una comparación como esa? Muchas gracias. Como fuentes de inspiración humorística citaría a los grandísimos hermanos Marx, sobre todo a Groucho.

4. Dos cuentos largos.

Sin desmerecer a ninguno de los otros, a mí los dos cuentos de mayor extensión de tu libro son los que más me han gustado.

«Segundo de ikurriñas» es un cuento valiente en el que reflejas aquellos momentos tan especiales que se vivieron a la muerte de Franco, unos momentos vistos a través de los ojos de los alumnos de un colegio de curas en Bilbao.

Pocas páginas te sobran para situar de forma certera los comienzos de la Transición en Euskadi. Dado el éxito que logran algunos autores rememorando esos años, ¿no te tienta tratar el tema usando un formato de mayor extensión como es la novela? ¿Consideras que es adecuado el momento actual para inspirarse en aquellos años de plomo como asunto narrativo, o, por el contrario, crees que no ha pasado tiempo suficiente como para tratar los diversos terrorismos que se vivieron en el Estado con suficiente rigor e imparcialidad?

Soy, por naturaleza, una persona muy poco políticamente correcta, y no comulgo con expresiones como «los años de plomo» que considero propaganda oficial; pero bueno, eso me pasa con muchas más cosas. «Segundo de ikurriñas» es un relato muy querido por mí que, aunque no es autobiográfico, contiene mucho de mí mismo.

Efectivamente, creo que ya empezamos a tener perspectiva para escribir sobre ese tema, y, más de una vez, he sentido la tentación de escribir algo de más extensión sobre ello. De hecho, «Segundo de ikurriñas» contiene una historia (la de Aurre) que formaba parte de un guion de un largo —el cual no llegó a producirse— que escribí hace ya años y que, por supuesto y parafraseando a Iban Zaldua, también abordaba «la cosa».


En «La primera vez» presentas uno de los personajes más odiosos de la literatura con que yo me haya topado en tiempo. Me refiero, obviamente, a la fotógrafa.

¿Cómo llegas al mundo de los skaters? ¿Has practicado este deporte o tuviste que documentarte?

El talento de los dos competidores del campeonato tiene diferente cara. El de Jon, aun siendo más dado a la genialidad, parece más irregular que el de Kerman, no tan artista pero de gran seguridad a la hora de ejecutar fastslides y royals.

Dos maneras universales de aplicar el talento al deporte… Extrapolándolas al mundo literario, ¿de quién te sentirías más cerca como creador, de Jon o de Kerman? 

Empezando por el final, sin duda alguna, me siento más cerca de Jon que del superhéroe altanero que es Kerman. Respecto a lo de los skaters, he de aclarar que el relato versa sobre rollers. Llámale a un skater roller y es posible que te acaben partiendo la cara. Ya se sabe cómo pueden llegar a ser las relaciones de fratricidas.

La verdad es que no tengo ni idea de patinar, razón por la que, efectivamente, algo sí que me documenté. Sin embargo, tengo algún amigo roller y conocerle fue la mejor documentación.

«La primera vez» es, por otra parte, un relato cuasi iniciático, como el mismo título sugiere. Respecto a la descripción que haces de Sara, no era mi intención mostrar a un personaje tan odioso, ni mucho menos (y para mí no lo es); pero me satisface oír decir eso porque veo que ha dejado huella en ti como lector.

Oskar Bilbao

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


Presentación de «Habitación 226» en Camarma de Esteruelas

PRESENTACIÓN DE «HABITACIÓN 226», DE PEDRO DÍAZ CHAVERO, EN CAMARMA DE ESTERUELAS
por Equipo de Redacción de Cita en la Glorieta
El viernes 14 de junio Lettere presentó en el Café Galos de Camarma de Esteruelas (Madrid) la novela de Pedro Díaz Chavero «Habitación 226». De maestro de ceremonias ejerció Guillermo Polanco, director de la Asociación Cultural de Camarma. Desde Bilbao vino Manu López Marañón –reseñador de Cita en la Glorieta– que, en febrero de este año, publicó en nuestra revista una crítica de «Habitación 226» que satisfizo a la editorial. Entre el nutrido público que asistió estaba Ignacio Rodríguez, editor de Lettere. Cita en la Glorieta estuvo en Camarma para esta presentación. Damos así inicio a una serie de reportajes con autores bien conocidos y estimados por la revista.

EL AUTOR

Tras una ajustada introducción a los miembros de la mesa, Guillermo Polanco cedió la palabra a Manu López Marañón quien –para aquellos que aún no conocen a Pedro Díaz Chavero– los introdujo en la arrolladora personalidad del autor. Destacó, como no podía ser de otra manera, el paso de Díaz Chavero por la Secretaría de Acción Institucional de la UGT, su perfil concienzudo en aquellas negociaciones para la reforma de las pensiones que llevó él en persona. Recordó López Marañón sus actuales trabajos para el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, y cómo es también fundador –y presidente honorífico– de la Asociación para la Difusión del Español y la Cultura Hispánica.

Antes de centrarse en el argumento de la novela, nuestro reseñador no quiso dejar de citar una inolvidable frase del autor (aparece en la solapa de la portada de «Habitación 226»): «He sobrevivido al franquismo, a la democracia y a la posverdad. Ya solo leo y escribo».



Pedro Díaz Chavero, Manu López Marañón y Guillermo Polanco

SINOPSIS DE HABITACIÓN 226

El Pozo del Huevo es el barrio de chabolas de Vallecas donde nace Toñín. En los primeros capítulos de «Habitación 226» abundan episodios de supervivencia, de lucha por la vida al modo de los de «La forja de un rebelde», de Arturo Barea. La primera galería de secundarios creada por Pedro (el padre ausente, la madre prostituta, el tío Simón, el tío Juan, Tomatito) forma un ajustado elenco que da cuerpo a esa corte de la miseria, siempre entre la pillería y el esperpento. Toñín, como el chico de «La mirada inocente» pierde también pronto la inocencia. –En la mejor novela de Simenon también hay un chaval sensible cuya madre recibe a sus amantes en un pisito del arrabal parisino–. Las duras circunstancias en las que se ve envuelto Toñín lo arrastran prematuramente a la edad adulta, una edad cínica y encallecida en su caso, que marca el desarrollo de «Habitación 226». Mientras al chico de la novela de Simenon lo salvaba la calle, el mercado de abastos y la pintura, a nuestro Toñín del infierno vallecano lo libra un pueblo de Extremadura y la literatura.

En efecto, bajo los cielos extremeños, en compañía de su amigo Sandalio o en el amor por Lucita, Toñín renace. Pero como reverso, el imprevisto horror: las violaciones infantiles que azotan el pueblo. Un cura pederasta y el hijo del rico comparten gusto por tales desmanes. Y aquí «Habitación 226» entra sin duda en los terrenos de la ficción porque ambos violadores son ejecutados a través de sangrientas venganzas en unas páginas truculentas que poco tienen que envidiar al Camilo José Cela de «La familia de Pascual Duarte». El apoyo de un profesor del colegio –que cree que Toñín tiene madera de universitario–, oxigena tanta desdicha y abre al futuro una puerta de esperanza.

OPINIÓN DEL RESEÑADOR

Dijo Kafka: «Si el libro que leemos no nos despierta como un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?». El acierto de una novela como «Habitación 226» se basa en que lo que se cuenta está atado al autor, en destilar eso que se llama «verdad literaria»; en que el autor ha sabido colocarse a la altura de sus propios personajes, incluso de los que puedan parecernos más abyectos. Una novela es una maquinaria que funciona en conjunto y no admite que se desmiembren las piezas. Pedro consigue darnos esa potente impresión convirtiendo a su memoria en una rebelde desazón. «Habitación 226» no es una guarida en la que el autor se agazapa temeroso ni, mucho menos, la complacencia de una legitimidad: a la memoria de Pedro la azota una desagradable intemperie de la que solo se sale luchando duro en la vida.

Llegado este momento, Manu López Marañón dejó paso al autor, Pedro Díaz Chavero, que leyó unas páginas sobre lo que para él, como autor es «Habitación 226».

EL AUTOR NOS HABLA SOBRE SU OBRA

«Habitación 226» es el relato de las aventuras de un niño de alrededor de 14 años en un mundo mísero, sórdido, cruel… La España de los 60. El niño se enfrenta a hechos horribles con la mirada inocente pero con la actitud de un héroe, de un líder que imparte, de manera inconsciente, justicia, provocando en el lector la aceptación y a veces el requerimiento de respuestas a estos hechos cuanto menos controvertidos.

Es una novela escrita consecuentemente, repleta de dilemas morales, de trampas, que no deja a nadie indiferente y que según algunos lectores provoca un torrente de emociones, un mar de sentimientos, curiosamente muy diferentes en cada uno de ellos, dejando al desnudo sus principios morales, sus prejuicios, sus miedos y sus convicciones. He recibido desde las más fervorosas felicitaciones hasta amenazas, desde «este libro ha cambiado mi vida» hasta «este es el primer libro que me planteo no tener en mi biblioteca».

«Habitación 226» no es, por tanto, un libro de entretenimiento, no es un relato para gustar: es una novela, parafraseando a Kafka, que muerde.

Atiborrados de historia novelada, de novela barata, de novela negra y cine barato, con este relato he pretendido, además de curar mis heridas como escribo en el mismo, abrir las tuyas, las del lector, ignorante de lo que pasó u olvidadizo con aquellos hechos.

En palabras de Paul Auster, «la escritura es una actividad para seres heridos, por eso los escritores crean otra realidad». No es mi caso, en «Habitación 226» no he creado ninguna realidad, he contado una verdad incontrovertible, unos hechos verídicos con escasas concesiones, las justas, a la ficción, a la imaginación. Tengo que confesar que lo escribí para mis hijos, para enseñarles a aceptar la vida sin dejar de luchar y para que los principios que la rijan sean la amistad, el espíritu de supervivencia, el compromiso, la ambición y la lucha por la justicia.

Me queda deciros que no tuve alternativa para elegir el tiempo en el que transcurre la acción, ni el recurso literario para contarla. Solo la autobiografía relatada por un niño podía tener la fuerza necesaria, el impacto suficiente, para provocar al lector, para herir su comodidad, su olvido. El franquismo, esa etapa oscura, mísera, es el lienzo sobre el que he pintado un mundo que aún no ha desaparecido, un mundo del que todo se sabe y nada se habla.

He querido, para terminar, escribir mis propias experiencias, sin temor a ser criticado, sin el crisol de la experiencia y sin ningún deseo de ser halagado o compadecido. Por eso he elegido el yo como protagonista, el niño valiente, ambicioso, como relator de un mundo cruel, inmisericorde. He intentado también dejar constancia de quienes realmente han curtido mi carácter, despedazado mi timidez y abierto mi mente para sobrevivir sin miedo ni prejuicios en este mundo cruel en el que ni el Estado del bienestar ni las redes sociales, por mucho que influyan, podrán borrar nuestros sentimientos, nuestras esperanzas. Me refiero a Kafka,
Cela, Dostoievski, Salinger, Delibes, Sábato y otros, de los que encontraréis notas casi imperceptibles en este relato al que yo prefiero llamar testimonio. Como he dicho anteriormente, fue escrito para mis hijos; no se sale de un mundo así sin grandes convicciones morales, las mismas que he inculcado a mis hijos y que me han permitido llegar hasta aquí casi intacto. Y para explicar la génesis de esta gran construcción moral que ha sido mi vida tenía dos alternativas: o contar que dos voces, una del cielo y otra del infierno, me habían susurrado la novela, o escribir mis recuerdos, como he hecho en «Habitación 226».

Pedro Díaz Chavero y Manu López Marañón



ENTREVISTA A PEDRO DÍAZ CHAVERO
por Manu López Marañón
Terminada la lectura de este sobrecogedor testimonio del autor sobre su novela, retomó la palabra Manu López Marañón, reseñador de Cita en la Glorieta, quien sometió a un minucioso «tercer grado» a Pedro Díaz Chavero:

1. Realidad y ficción en «Habitación 226».

Los límites entre novela, biografía e historia, sus radicales diferencias y sus puntos de encuentro, resultan siempre arduos de fijar. «Habitación 226» es muy especial en esto por tratarse de un libro que resulta imposible de entender dejando al margen los avatares que determinan su nacimiento.

Pedro, querríamos que nos lo confirmaras: ¿hasta qué punto «Habitación 226» bebe de tu biografía, de tus propias experiencias personales?

Para mí cualquier cosa de ficción que escriba un autor bebe de su propia autobiografía. En mayor o menor medida, pero siempre detrás de la escritura está su propia vida, sus experiencias personales. En esta novela cuento mi dura infancia y apenas he cambiado cosas como los nombres y algún lugar.


En tu novela tu alter ego Toñín interviene en dos venganzas que terminan en crímenes. Obviamente, aquí entramos en el terreno de la ficción…

¿En qué otros pasajes significativos de «Habitación 226» tuviste que echar mano de tu imaginación de novelista?

Lógicamente no he matado a nadie, pero sí debo confesarte que todo, absolutamente todo, lo que está escrito en mi novela parte de hechos reales, y, si no, de comentarios escuchados a personas muy diversas y en distintas épocas. Con esa suma he configurado las historias de mi libro: adonde no llega mi memoria ha llegado mi curiosidad y el esfuerzo por enterarme de cómo sucedieron las cosas durante el franquismo, esa etapa oscura y mísera, como acabo de leer.

2. Estilo de «Habitación 226».

Muchos de los más jóvenes novelistas, los nuevos contadores de historias, han perdido el interés por la tradición literaria, desprecian el pasado de su lengua, y su deseo de contar parece proceder más de la ortografía y sintaxis del cine o de los videoclips de la televisión. Tú estilo, basado en la precisión de unas frases cortas como hachazos y de una pureza que a mí me ha recordado, en no pocos momentos, a «El extranjero» de Camus llama hoy, muy favorablemente, la atención de cualquier lector.

Dinos, ¿cómo llegas a este estilo? ¿Te brota del alma espontáneamente o es fruto de innumerables correcciones y depuraciones? ¿O habría que decir que nace como una feliz combinación de espontaneidad y trabajo?

He leído poco a Camus y de él me interesa más su forma de plasmar el nihilismo que el estilo propiamente dicho. Cada escritor tiene su estilo, no sé, es como su forma de respirar, ¿no te parece? Lo que yo puedo decirte es que no me gusta nada la prosa abigarrada y retórica: me resulta insufrible y a la segunda página cierro el libro. El autor tiene que tomarse en serio a su lector y darle la información de manera precisa y contundente, no marearlo con filigranas. Todos los escritores que me gustan, luego hablamos de ello, narran sus historias con un estilo directo que yo he tratado de seguir en «Habitación 226»

3. Construcción del personaje Toñín.

En la novela moderna no hay héroes porque el héroe sólo existe hacia fuera y los personajes de la novela moderna sólo actúan hacia dentro, son torbellinos de su propio malestar, de sus insatisfacciones. Toñín como buen adolescente que es, actúa y no para de intervenir en importantes asuntos y podemos considerarlo un héroe novelesco «a la antigua usanza». Pero si nos resulta un personaje absolutamente moderno e inolvidable es cuando lo hallamos frente a temores e interrogantes profundos, cuando debe actuar «hacia dentro»: ahí aparece su necesidad de salir adelante con las únicas armas de su saber, los recuerdos y su aún escasa experiencia.

Me gustaría que nos contaras cómo procediste a la construcción de Toñín, este personaje imborrable a través de cuyos ojos leemos «Habitación 226».

Toñín es alguien muy ligado a mí, mi alter ego, como dice el Embajador Ricardo Peidró Conde en su estupendo prólogo. Para construirlo, como he dicho antes en la lectura, lo hago a través de la mirada inocente de un niño que tiene ya hechuras de héroe a la hora de impartir justicia. En efecto sus decisiones, llenas de dilemas morales y de confusión, le nacen desde muy dentro. Ello es algo que he debido conseguir plasmar porque «Habitación 226» y su protagonista no deja a ningún lector indiferente provocando en ellos sentimientos muy diferentes y desnudando también sus convicciones, sus miedos. Siempre se ha dicho que el gran acierto de una buena novela son sus personajes. Yo creo haberlo logrado con Toñín.

4. Genealogía de «Habitación 226».

Voy a citar otras dos novelas que me vinieron a la mente cuando leí y reseñé, hace ya unos meses, «Habitación 226» y, también, una película reciente.

«El primer hombre», novela póstuma de Albert Camus, cuenta el regreso del escritor a su país natal, Argelia, donde evoca sus recuerdos de infancia: la vida en una familia pobre, con su madre viuda y su tío, y el profesor de escuela que le enseña a leer. «El viento de la luna» de Antonio Muñoz Molina viene narrada por un adolescente andaluz que sueña con avances tecnológicos en una casa que carece de agua corriente. La España desarrollista vista bajo la perspectiva de un chaval que admira a la NASA mientras recoge la aceituna en cortijos casi medievales. En «Dolor y gloria», última película de Almodóvar, se cuenta una niñez muy pobre abrigada por una madre que sobresale en inteligencia natural y en sus esfuerzos para que la pobreza salpique a su familia lo menos posible en esa cueva donde viven, un habitáculo excavado en tierra con respiraderos.

Dinos, Pedro, si consideras que «Habitación 226» puede emparentarse con alguna de las obras citadas. Es curioso que los tres chavales de las obras citadas tengan todos 14 años, como tu Toñín.
No he visto la película de Almodóvar pero sí he tenido lectores que me han dicho que cuenta una infancia muy pobre y que les ha recordado a mi novela. No sé igual me ha copiado (ríe). Es curioso que digas que todos los niños de esas novelas y el de la película tienen alrededor de 14 años. Considero que esa es una edad muy especial en la vida de un hombre, cuando se está en ese paso de la infancia a la juventud es cuando tienen lugar los sucesos que más marcan la vida. Desde luego, lo que le sucede a Toñín en «Habitación 226» es absoluta y totalmente determinante en su vida. Ahora estoy escribiendo la segunda parte y en ella Toñín, que ya es un joven, toma la determinación de emigrar a los Estados Unidos, concretamente a la Costa Oeste. Veremos qué le sucede allí, pero sin duda lo que le ha acontecido durante «Habitación 226» lo va a llevar consigo siempre arrastras, como una mochila.


5. El amor por la Literatura.

Gracias a la literatura Toñín, en su querer salir del túnel que ha sido su infancia, encuentra algo de claridad. Ricardo Piglia dejó dicho que «la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal». En el penúltimo capítulo («Justicia y venganza») de «Habitación 226» Toñín da los títulos de nueve libros para él fundamentales. Son: «Las noches blancas», «Memorias del subsuelo», «Crimen y castigo», «Rojo y negro» (siglo XIX). «Carta al padre», «El árbol de la ciencia», «El lobo estepario», «La familia de Pascual Duarte» y «El guardián entre el centeno» (siglo XX). Con tres títulos a su favor, queda claro que Dostoyevski es el escritor favorito de Toñín.

Querríamos saber: en el caso de poderse llevar sólo un título a una isla desierta, ¿cuál de los nueve libros elegiría Pedro Chavero?

Hoy igual cambiaría «El lobo estepario» por «Los Miserables» y metería también algo de Miguel Delibes. Pero no tengo la menor duda: a una isla desierta me llevaría a
Dostoyevski.

Presentación de Habitación 226 en Camarma de Esteruelas
-14 de junio de 2019-

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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo