LA SOMBRA DE MONTERROSO ES ALARGADA

El siguiente microrrelato ha sido escogido para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


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Edgar Allan García
Augusto Monterroso leyó su cuento, considerado el más pequeño del mundo: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí». La gente del auditorio aplaudió encantada, sorprendida ante un objeto tan frágil y refulgente como una miniatura china. Temblando de envidia, un escritor entre el público, le increpó: «¡Eso no es un cuento!, ¿cómo se le ocurre decir que es un cuento?». Augusto pareció dudar un segundo, pero enseguida respondió con aplomo: «Tiene razón, señor, no es un cuento, es una novela». Bajo el estruendo de las risas, el envidioso despertó; para su sorpresa, Augusto Monterroso todavía estaba allí.

333 Micro-bios

LA SOMBRA DE MONTERROSO ES ALARGADA
@citaenlaglorieta
 
Brillante juego de espejos literarios en torno a El dinosaurio. Hacer metaliteratura con Augusto Monterroso es arriesgado, pero Edgar Allan García resuelve el reto con solvencia, añadiendo profundidad psicológica al mero juego literario. El escritor envidioso desacredita aquello que, en el fondo, reconoce como genial e inalcanzable. Aunque el sujeto envidiado desaparezca en apariencia, el envidioso seguirá sufriendo, porque no ha podido transformarse en él. De algún modo, el envidiado —aunque deje de poseer el objeto o la cualidad envidiada— nunca desaparece del todo: su sombra, como la de Abel, permanece dentro del envidioso, de ahí que, incluso tras el despertar, Monterroso todavía estuviera allí.

Trueque, microrrelato de Elena Casero Viana

El siguiente microrrelato ha sido escogido para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  



Hay cincuenta pasos desde su habitación hasta la puerta que da al jardín. Detrás del seto está esa señora tan amable que le regala los cromos. Manolín ha aprendido a no tropezar, a caminar casi a oscuras. En secreto, como ella le aconseja cuando pone un dedo sobre sus labios. Hoy está emocionado porque le va a traer el último cromo, el más difícil, el que no tiene nadie. El lunes llevará al colegio el álbum con la colección completa para darle envidia a los compañeros.

Ahora solo reza para que el bebé, ese niño rechoncho y bueno por el que sus padres suspiran, no se despierte mientras recorre esos largos cincuenta pasos.




Microrelatos escogidos por Fernando Gómez Lamadrid

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


FATIGA
Jorge F. Hernández

Luego de doce horas de vuelo, el viejo cerró su libro y se bajó de la hamaca.
 
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NUMERACIÓN INCORRECTA
Isabel González

"Un día me compraré un caballo de éstos. Rosa y con alas", dice la niña y señala, en el libro abierto sobre sus muslos, la foto de un flamenco. El hombre, alentado por tanta inocencia, se quita la chaqueta, estrecha su acercanza y escarba los bordes de la hoja sesgada mientras le explica que alguien arrancó una página entre definición e imagen, que después del doce no viene el quince y que imagínate si Genghis Khan hubiera dominado Mongolia sobre un ave de tan frágiles patas. Como si la niña no supiera. Como si no apretara en su puño la hoja extirpada. Como si las cosas no pudieran ser de otra forma.

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CASO CERRADO
Javier Alonso García-Pozuelo

Nunca supe quién mató a la chica del supermercado. Papá se quedó sin trabajo y tuvimos que vender hasta los libros. Unos meses después me enteré de que la novela estaba en una de las bibliotecas municipales de mi ciudad, pero, por consideración a mi padre, decidí no reabrir el caso hasta que él recuperase su trabajo.
 
    Ahora, mientras la tierra se traga su ataúd, sólo puedo pensar en que ya nunca sabré quién mató a la chica del supermercado
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INESPERADA TRAGEDIA TRAS SORPRENDENTE ÉXITO
Jesús Alonso

El éxito logrado por el bombardeo programado y continuo de libros de autoayuda sobre la nausea existencial hizo que, eufóricos, los deprimidos del mundo arrojaran sus píldoras antidepresivas por las tazas de los váteres.

   Al día siguiente millones de cadáveres de peces y de buzos aparecieron flotando panza arriba en océanos y ríos, lo que causó la reaparición revisada y aumentada de la citada nausea y el aumento de la venta de libros de autoayuda y del consumo de antidepresivos; sobre todo entre los seguidores de peces y buzos.

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SE TRASPASA
Xenia García

Mi madre fue, durante más de una década, la librera del barrio. Dicen que desfalleció una noche por vivir tantas historias ajenas. Husmeaba con esmero cada libro que llegaba a sus estantes, manoseando desgracias de muertes y amores como si fueran propias. Palpitando con ellas. Rezumando palabras advenedizas.

   Cuentan en el vecindario que su negocio nunca dio más que para pagar las deudas, pero jamás lanzó un lamento que sirviera de argumento a mi padre para cerrarle el local. Ella leía de día y de noche en la soledad de aquel cuartucho, tal era su desmedida afición por las palabras. Hasta que un día, cansada de descifrar siempre los mismos finales imaginados, comenzó a arrancar las páginas más predecibles y reescribirlas. Descubrió con esta práctica la forma de descuartizar rutinas.

   Desde entonces la recuerdo sobre el taburete de la librería deshojando desenlaces de novelas, mezclando tramas policíacas con surrealistas; confabulaciones románticas con giros de terror. Una noche, mientras destripaba su último ejemplar, desapareció. Desde entonces intenta mi padre traspasar el negocio, pero los libros continúan mezclando sus páginas huérfanas buscando finales imposibles y no conseguimos poner orden para atraer a ningún comprador.

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ENTRADAS RELACIONADAS


Biografía de Carlos I de España (XLIII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

NO SOMOS NADIE
Víctor Fernández Correas
Hay un momento para el que ninguno de nosotros está preparado, y es el de la muerte. Porque llega repentina, maleducada como es ella, por mucho que despida señales de lo que tarde o temprano ocurrirá. Nadie está preparado para la suya —como es lógico, salvo Leonard Cohen. Incluso le dedicó un disco al asunto. Para eso era Leonard Cohen—, ni tampoco para la de un ser querido. Así que, ¿cómo iba a estar preparado el emperador Carlos V para que se le marchara su gran amor? Tan bella, tan guapa. Tan todo, pero con un carácter recio como un chopo.

Bien es cierto, como acabo de decir, que a la parca le pirra eso de dejar señales; evidencias, vamos, de que se va a presentar el día que menos se la espere para llevarse a quien tenga enfilado/a. Y a Isabel, la bella y guapa Isabel, la tenía enfilada desde su último aborto, el primer día de mayo de 1539. Tanto, que la puso a criar malvas.

Que tenía peor cara que los yogures caducados a consecuencia del susodicho aborto lo prueba hasta un testimonio que mi colega recogió años después en sus Memorias, llegando a decir a raíz del mencionado parto que «quedó tan mal que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud».

En eso tuvo algo de culpa mi colega, que la dejaba preñada cada vez que volvía a casa. ¡Y con qué ganas volvía, el amigo! Siendo la consecuencia de cada ansiado regreso —recordemos que Carlos le fue fiel a Isabel hasta el momento de su muerte— parto va parto viene y cuando no, aborto va aborto viene.

Echemos cuentas: de la luna de miel en Granada, el resultado fue Felipe, que nació en 1527. Es decir, 14 meses después de la boda; 13 meses después llegó María; a la que siguió, 17 meses después, Fernando, el que tanto deseó Margarita de Austria para que lo acompañara en sus últimos años de vida. Lástima que la palmara a los pocos meses de nacer.

No es hasta 1529 cuando se produjo la primera ausencia del emperador, que se prolongó hasta 1533, siendo el resultado del regreso un aborto de la emperatriz al año siguiente, en 1534. A continuación vino el nacimiento de su hija Juana, en 1535; y el del del infante Juan, en octubre de 1537, que se marchó para el otro barrio a los pocos días. En consecuencia, el último embarazo, el que acabó con su salud —frágil ya—, terminó en aborto y fallecimiento de la emperatriz el 1 de mayo de 1539 a los 36 años. Cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron tres, y dos abortos. Siete embarazos en total. Pues eso, cada vuelta del emperador a casa significaba un bombo para la emperatriz, unos más completos que otros, como hemos podido ver. La tranquilidad para su vientre le duró el espacio de tiempo que media entre 1529 y abril de 1533.

Se cuenta que, al desgaste del cuerpo con tanto embarazo hay que sumarle un estado de ánimo muy próximo a una sempiterna melancolía, lo que se traducía no pocas veces en llantinas de muy padre y señor mío. Valga como ejemplo la que se agarró por que su amado esposo siguió adelante con su plan de verse con Francisco I en Aigues-Mortes. Eso, en vísperas de Navidad, que también los tenía cuadrados mi colega; y asimismo que, en ausencia del emperador, la que se encargaba del redil en Castilla era ella. Y por muy buenos consejeros que tuviera —que los tuvo. El cardenal Tavera es el ejemplo—, aquello era un vodevil continuo, con Barbarroja con cuerpo jotero cada dos por tres, la incertidumbre por la integridad de su esposo, y la falta de perras —tan sempiterna o más que su melancolía— que la asfixiaba e impedía servir a su marido y señor como ella deseaba.  

En fin, que entre todos la mataron y ella sola la palmó. Y eso que los médicos aseguraban que la veían con buena cara tras el aborto. Todos menos uno, un doctor de origen converso apellidado Villalobos, toda una eminencia de la época, que por no contrariar a sus colegas —cristianos viejos todos ellos—, sólo se confesó por carta con el secretario del emperador, Francisco de los Cobos; al que vino a decir que las fiebres resultantes del aborto tenían más peligro para la salud de la emperatriz que una piraña en un bidé. Bingo para el caballero.

El golpe y consecuente dolor para el emperador fue brutal. Mientras él se refugiaba en el Monasterio de Sisla, en Toledo —algunos sostienen que, de esa estancia, le vino su deseo años después de dejarlo todo y liarse el petate para acabar sus días en la tranquilidad de Yuste—, un cortejo fúnebre de los de época con el cuerpo de Isabel recorría los caminos de España camino de Granada, para ser enterrada en la capilla real donde yacían los abuelos del marido de la finada, es decir, los Reyes Católicos.

Una vez de vuelta a la Corte pidió —casi imploró— un retrato de su amada para recordarla en todo momento, y ahí estuvo al quite su hermana María, que recordaba un retrato suyo en la pinacoteca que su tía Margarita de Austria poseía en Malinas. Malo no, lo siguiente. Se le parecía lo que un alpargata a un Manolo —de Blahnik, por supuesto—; entuerto que resolvería Tiziano unos cuantos años después pintando un retrato como Dios manda, y con una curiosa historia al respecto. Pero esa me la guardo para más adelante.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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Vicente Aleixandre

Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo (Sevilla, 26 de abril de 1898 - Madrid, 13 de diciembre de 1984) fue un poeta español de la llamada Generación del 27. Elegido académico en sesión del día 30 de junio de 1949, ingresó en la Real Academia Española el 22 de enero de 1950. Ocupó el sillón de la letra O.

Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1933 por La destrucción o el amor, el Premio de la Crítica en 1963 por En un vasto dominio, y en 1969, por Poemas de la consumación, y el Premio Nobel de Literatura en 1977.

 

Vicente Aleixandre y Málaga

SOY EL DESTINO
Vicente Aleixandre
Sí, te he querido como nunca.
 

¿Por qué besar tus labios, si se sabe que la muerte está próxima,
si se sabe que amar es sólo olvidar la vida,
cerrar los ojos a lo oscuro presente
para abrirlos a los radiantes límites de un cuerpo?

Yo no quiero leer en los libros una verdad que poco a poco 

     sube como un agua,
renuncio a ese espejo que dondequiera las montañas ofrecen,
pelada roca donde se refleja mi frente
cruzada por unos pájaros cuyo sentido ignoro.

No quiero asomarme a los ríos donde los peces colorados 

     con el rubor de vivir,
embisten a las orillas límites de su anhelo,
ríos de los que unas voces inefables se alzan,
signos que no comprendo echado entre los juncos.
 

No quiero, no; renuncio a tragar ese polvo, esa tierra dolorosa, 
     esa arena mordida,
esa seguridad de vivir con que la carne comulga
cuando comprende que el mundo y este cuerpo
ruedan como ese signo que el celeste ojo no entiende.

No quiero no, clamar, alzar la lengua,
proyectarla como esa piedra que se estrella en la frente,
que quiebra los cristales de esos inmensos cielos
tras los que nadie escucha el rumor de la vida.

Quiero vivir, vivir como la hierba dura,
como el cierzo o la nieve, como el carbón vigilante,
como el futuro de un niño que todavía no nace,
como el contacto de los amantes cuando la luna los ignora.

Soy la música que bajo tantos cabellos
hace el mundo en su vuelo misterioso,
pájaro de inocencia que con sangre en las alas
va a morir en un pecho oprimido.

Soy el destino que convoca a todos los que aman,
mar único al que vendrán todos los radios amantes
que buscan a su centro, rizados por el círculo
que gira como la rosa rumorosa y total.

Soy el caballo que enciende su crin contra el pelado viento,
soy el león torturado por su propia melena,
la gacela que teme al río indiferente,
el avasallador tigre que despuebla la selva,
el diminuto escarabajo que también brilla en el día.

Nadie puede ignorar la presencia del que vive,
del que en pie en medio de las flechas gritadas,
muestra su pecho transparente que no impide mirar,
que nunca será cristal a pesar de su claridad,
porque si acercáis vuestras manos, podréis sentir la sangre


«La destrucción o el amor»

***

CIUDAD DEL PARAÍSO
Vicente Aleixandre
A mi ciudad de Málaga
Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
mecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí, donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores, en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la luna eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles inerávidas. Pie desnudo en el día.
Píe desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas


«Sombra del paraíso»

*** 
 
El primer traductor de Edgar Allan Poe al castellano 
El primer relato de Edgar Allan Poe traducido al castellano fue «A Tale of the Ragged Mountains».  Apareció, a comienzos de 1853, con el título de «Una aventura en las montañas Rocheusesen» en la publicación parisina El Correo de Ultramar.   
El primer cuento del bostoniano publicado en el ámbito hispánico es «
Three Sundays in a Week». Se incluyó en el periódico madrileño El Museo Universal a principios de 1857 con el título de «La semana de los tres domingos», sin mencionar al traductor y con los nombres de los personajes cambiados.
 
Sin embargo, la primera obra de
Edgar Allan Poe publicada en castellano no fue un relato sino su poema «The City in the Sea». Se publicó en una edición especial de El Avisador Malagueño en la primavera de 1852, con el título de «La ciudad en el mar». Su traductor fue un malagueño de madre española y padre estadounidense, y su traducción fue publicada de manera póstuma después de que hubiera sido rechazada por varios periódicos locales, entre ellos La Joven Málaga, periódico fundado por Antonio Cánovas del Castillo con apenas 17 años.    
 
Pronto publicaremos en Cita en la Glorieta un artículo sobre la vida del primer traductor de Edgar Allan Poe al español, pero mientras tanto os ofrecemos el poema original del escritor de Boston. Esta versión es la que se incluyó en la 10ª edición de The Poets and Poetry of America (1850) bajo el título de «The City in the Sea»
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 Semana Negra en la Glorieta
 
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