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El Sexenio democrático, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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El Sexenio democrático, por Eduardo Montagut
En este trabajo abordamos un acercamiento a la historia de un período corto, el Sexenio democrático, pero muy intenso de la historia española del siglo XIX, cuando se intentó democratizar el sistema político liberal a través de dos fórmulas, la monárquica parlamentaria y la republicana.

El Pacto de Ostende, que unió a progresistas y demócratas contra el sistema isabelino, se firmó en el año 1866.  A la muerte de O’Donnell, los unionistas se unieron al pacto.


El 17 de septiembre de 1868, la Revolución se inició con la sublevación del almirante Topete en la bahía de Cádiz apoyado por Prim (progresista) y Serrano (Unión liberal). El movimiento se extendió por toda la geografía peninsular con levantamientos populares y se organizaron juntas revolucionarias locales. Serrano venció al ejército gubernamental en la Batalla de Alcolea. La reina huyó a Francia. Se constituyó un gobierno provisional presidido por el general Serrano y se convocaron elecciones a Cortes Constituyentes por sufragio universal masculino directo para enero de 1869.

Bajo la aparente unidad de los protagonistas de la Revolución habría dos grandes bloques sociopolíticos. En primer lugar, estarían los progresistas, unionistas y demócratas moderados, cuya base social estaba formada por las clases medias que se identificaban con los planteamientos del gobierno provisional, aspirando a un cambio meramente político con un régimen más abierto y representativo que el isabelino, pero sin planteamientos sociales radicales ni propuestas revolucionarias. Por otro lado, se encontrarían los republicanos, escindidos del Partido Demócrata. Tenían el apoyo popular. Pretendían cambios políticos más radicales, como el establecimiento de la República, y la defensa de un programa de reformas socioeconómicas. Sus propuestas coincidían con las de las juntas revolucionarias, disueltas por el gobierno provisional.

Los electores dieron la mayoría absoluta a las fuerzas gubernamentales: unionistas, progresistas y demócratas monárquicos con 236 escaños. Lejos quedan los republicanos y los carlistas, con 80 y 20 diputados, respectivamente. De estas Cortes resultará la Constitución de 1869, la primera democrática de España. Se reconocía una amplia declaración de derechos individuales: derecho a la participación política, sufragio universal masculino, libertad de imprenta, libertad de culto, aunque la nación estaría obligada a mantener el culto y a los ministros de la religión católica, derecho de reunión y de asociación. La soberanía sería nacional, y todos los poderes emanarían de la nación, es decir, se abandonaba la soberanía compartida. La Constitución establecía una clara división de poderes, y se mantenía el sistema bicameral en el legislativo. España seguiría siendo una Monarquía, aunque bien distinta a la isabelina, ya que las Cortes se convertían en el máximo órgano político y no sólo por su función legislativa sino porque se afianzaba su cometido de control al gobierno. El poder de la Corona quedaba claramente limitado.

Aprobada la Constitución, Serrano fue nombrado regente, en ausencia de un rey; y Prim, jefe del gobierno. El objetivo de ambos era buscar un monarca y frenar la insurrección en Cuba iniciada en 1868, además de las sublevaciones de los republicanos, desengañados por la falta de soluciones para la cuestión social y por la decisión de establecer un régimen monárquico.

El problema de quién debía ocupar el trono de España se convirtió en una cuestión internacional que alargó más el período de provisionalidad, y permitió que, a pesar de los esfuerzos de Prim, creciera la oposición de republicanos y carlistas. El candidato más idóneo era el hijo de Víctor Manuel II rey de Italia, Amadeo de Saboya. En principio, cumplía todos los requisitos: miembro de una casa real con tradición liberal, católico y su elección no inquietaba ni a Francia ni a Prusia. Las Cortes le nombraron rey el 16 de noviembre de 1870 por un escaso margen de votos. El rasgo del reinado de Amadeo fue la inestabilidad social y política por una serie de problemas.

En primer lugar, se produjo el asesinato del general Prim, víctima de un atentado poco antes de que llegara Amadeo a España. Era su principal valedor y su más firme apoyo, y había conseguido mantener unida a la coalición monárquico-democrática.



Grabado del atentado contra el General Prim (27-12-1870)

En segundo lugar, hay que destacar el escaso apoyo de los partidos políticos. El gran problema de la Monarquía no eran tanto la oposición de republicanos y carlistas como la división interna de la coalición, que se escindió en varios grupos y en dos grandes partidos. El Partido Constitucionalista, con Sagasta como principal líder, era el más moderado y partidario de contener los avances democráticos. El Partido Radical de Ruiz Zorrilla, por su parte, defendía posturas más progresistas.
En tercer, lugar hay que señalar el desencadenamiento de la tercera guerra carlista, en mayo de 1872, mientras continuaba el conflicto en Cuba -la guerra de los diez años- que duraría hasta 1878.

Amadeo I, decepcionado del curso que estaba tomando la política, aprovecha un pretexto de poca importancia y abdica el 11 de febrero de 1873, marchándose de España.
 
Ante la abdicación del rey, las Cortes, en reunión conjunta del Congreso y Senado, proclamaron la República por 285 votos contra 32, pero este hecho no consiguió estabilizar el sistema, ya que a los problemas heredados – guerra carlista, guerra de Cuba-, se añadía dentro de las filas republicanas la división entre unitarios y federalistas.

La República tuvo cuatro presidentes: Estanislao Figueras, Francisco Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar.

En el período de Figueras se dieron diversos intentos de golpes de estado, y se recrudeció la presión del movimiento obrero. En mayo, se celebraron elecciones a Cortes Constituyentes en las que triunfaron los republicanos federalistas con aplastante mayoría de 344 diputados sobre 391. Se elaboró una Constitución que recogía una estructura federal del Estado: España se organizaría en 17 estados federales. Se trató de la primera Constitución republicana del país, pero que nunca entró en vigor.
 
Con Pi i Margall el intento de imponer desde arriba una estructura federal de forma ordenada fracasó, frente al intento de hacerlo desde abajo. El cantonalismo se extendió con gran rapidez en gran parte del país. Los cantones debían convertirse en unidades políticas inferiores a partir de las cuales se debería formar la federación española. El cantonalismo tuvo, también, un evidente componente social reivindicativo. Alcoy y Cartagena fueron las principales ciudades que se proclamaron cantones. Fue muy complicado reprimir el cantonalismo, no sólo por su extensión, sino también porque coincidió con la guerra carlista. Estos levantamientos provocaron la dimisión de Pi i Margall.

Tras la derrota parlamentaria del anterior, Salmerón se convierte en julio en presidente. Su objetivo fue restablecer el orden y envió el ejército para sofocar el movimiento cantonalista. Con Salmerón se iniciaba un viraje hacia posiciones más conservadoras. Pero no duró mucho en su cargo porque dimitió por problemas de conciencia al no querer firmar sentencias de muerte impuestas por la autoridad militar.

Castelar alcanzó la presidencia en septiembre y representó el triunfo de la República conservadora. Para restablecer el orden solicitó a las Cortes, y se le conceden, poderes especiales para gobernar por decreto durante tres meses. Al volverse a reunir las Cortes el 2 de enero de 1874, el gobierno se somete a un voto de confianza y lo pierde.

La posibilidad de que el poder recayese de nuevo sobre los federalistas radicales ofrece un pretexto para el golpe de estado de Pavía, capitán general de Madrid, que al día siguiente ocupa el Congreso y disuelve la cámara. De esta manera se puso fin al régimen republicano, aunque oficialmente, España siguió siendo una república hasta finales de año.


Entrada de de Pavía en el Congreso de los Diputados el 3 de enero de 1874

El general Serrano presidió un nuevo gobierno provisional (dictadura) que tuvo como objetivo restablecer el orden público, controlar a los carlistas y continuar la guerra de Cuba. En diciembre de 1874, el general Martínez Campos se sublevaba en Sagunto y proclamaba rey a Alfonso XII, hijo de Isabel II.

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Javier Alonso García-Pozuelo 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

El Pacto de Ostende, por Eduardo Montagut

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El Pacto de Ostende
por Eduardo Montagut
En la Historia contemporánea de España, tan pródiga en enfrentamientos y falta de entendimientos, también se han producido pactos y acercamientos entre distintas formaciones y tendencias políticas. En este artículo abordamos el conocido como Pacto de Ostende, fundamental para que se produjera un importante cambio político en España en la segunda mitad de la década de los años sesenta.

El Pacto de Ostende -firmado el 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga en el Flandes Occidental del mismo nombre- supone, como avanzábamos, un hecho fundamental en el proceso de crisis final del régimen isabelino en España, al unir a los progresistas y demócratas en el empeño de derribar dicho régimen, y al que se incorporaría la Unión Liberal, una vez fallecido el general O’Donnell.

El Pacto nació a raíz del fracaso de la sublevación del Cuartel de San Gil en el mes de junio de 1866. La reina destituyó a O’Donnell al considerar que había sido demasiado condescendiente con los sublevados, aunque no debemos olvidar que se fusiló a 66 de ellos. El Cuartel de San Gil era de Artillería y fueron los sargentos los protagonistas de la insurrección, y padecieron la represión, junto con algunos soldados. En efecto,
O’Donnell intentó hacer ver a Isabel II la necesidad de no derramar tanta sangre.Isabel II optó por la solución más conservadora, recurriendo, una vez más a Narváez y los moderados. Esa opción autoritaria generó una profunda crisis en el régimen político, ya que la Unión Liberal, recién apeada del poder, consideró que no podía seguir siendo alternativa de poder, por lo que el partido optó por hacer lo que se denominó el “vacío en Palacio”. El propio O’Donnell, desengañado con la reina, decidió un exilio en Biarritz, pero, en realidad, no quería ir más allá. Por un lado, deseaba manifestar a la Corona su disgusto, pero no quería acercarse a los progresistas de Prim, precisamente por la sublevación, organizada por ellos.

Los progresistas y demócratas consideraron que era conveniente aunar fuerzas si se quería terminar con la Monarquía de
Isabel II, a pesar de las diferencias ideológicas que existían entre ambas formaciones. No olvidemos que el Partido Demócrata nació en 1849 de una escisión del Progresista, al defender un programa basado en el reconocimiento del sufragio universal, el desarrollo de los derechos, y el inicio de políticas de cierto calado social a favor de los más desfavorecidos, especialmente en relación con la educación. El acercamiento ya había comenzado antes de la sublevación de San Gil, en el año anterior pero no había avanzado. Pero la situación precipitó la necesidad de limar asperezas sobre unos mínimos. Efectivamente, el Pacto se consiguió sobre dos puntos. En primer lugar, “destruir lo existente en las altas esferas del poder”, y, en segundo lugar, la creación de un gobierno provisional y la elección de una cámara constituyente por sufragio universal directo para definir el nuevo régimen político. La virtud del acuerdo residía en la ambigüedad del primer punto, ya que permitía que se pudieran sumar otras fuerzas políticas o personalidades destacadas descontentas con el estado de cosas en España. Ese fue el caso de la propia Unión Liberal después de la desaparición de O’Donnell a principios de noviembre de 1867, el principal obstáculo para incorporar a la formación centrista a la oposición real. En marzo de 1868 Prim firmó con Serrano, que había sustituido al fallecido en la dirección del partido, un acuerdo por el que se sumaba al Pacto de Ostende. La Unión Liberal aceptaba terminar con el reinado, buscar otra dinastía, y entrar en un proceso constituyente. La figura de Serrano es un tanto peculiar en este asunto. Había sido protagonista indiscutible en la represión de la sublevación de San Gil, lo que le valió altos honores, pero se enemistó con el gobierno porque había sido arrestado al encabezar una petición a la reina para la reapertura de las Cortes, además de que, al parecer, y siguiendo a Josep Fontana, veía con preocupación sus intereses económicos en la empresa de Ferrocarriles del Norte, en plena crisis de estas compañías y que arrastraron a bancos y sociedades financieras. Esta crisis financiera había comenzado en el otoño de 1864. Fue una crisis con novedades propias del capitalismo, derivadas de la especulación, pero con otra faceta de crisis de subsistencias, más vinculada a la persistencia de una economía muy atrasada, y aún agrícola. Como no podía de ser de otra manera, los problemas económicos serían un factor fundamental a la hora de explicar el final del régimen liberal isabelino.

El Pacto de Ostende generó una estructura para su desarrollo. Se crearía una especie de comité con
Prim, Cristino Martos y Salustiano Olózaga como principales protagonistas.
 

Juan Prim en 1869

El Pacto de Ostende, después de diversos ensayos de pronunciamientos, todos fallidos, terminaría cuajando en la práctica con la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868, y que abriría una nueva e intensa etapa, conocida como el Sexenio Democrático.

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Javier Alonso García-Pozuelo 
 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

El reinado de Amadeo de Saboya, por Eduardo Montagut

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El reinado de Amadeo de Saboya
por Eduardo Montagut
La cuestión de quién debía ocupar el trono de España se convirtió en una cuestión internacional que retrasó más el período de provisionalidad del gobierno nacido de la Revolución de 1868 y permitió que, a pesar de los esfuerzos de Prim, creciera más la oposición de republicanos y carlistas.

El candidato más idóneo, al parecer, era el hijo de Víctor Manuel II rey de Italia, Amadeo de Saboya. En principio, cumplía todos los requisitos: miembro de una casa real con tradición liberal, católico y su elección no inquietaba ni a Francia ni a Prusia. Las Cortes le nombraron rey el 16 de noviembre de 1870 por un escaso margen de votos. Pero el rasgo del reinado de Amadeo fue la inestabilidad social y política por una serie de problemas.


Amadeo I
-Vicente Palmaroli González-
1872

En primer lugar, estaría el asesinato del general Prim, víctima de un atentado poco antes de que llegara Amadeo a España. Era su principal valedor y su más firme apoyo, y había conseguido mantener unida a la coalición monárquico-democrática.

En segundo lugar, hay que destacar el escaso apoyo de los partidos políticos. El gran problema de la monarquía no era tanto la fuerza de la oposición de republicanos y carlistas como la división interna de la coalición, que se escindió en varios grupos y en dos grandes partidos. El Partido Constitucionalista tenía a Sagasta como principal líder. Era el sector más conservador y partidario de contener los avances democráticos. El Partido Radical de Ruiz Zorrilla defendía posturas más radicales.

En tercer, lugar hay que señalar el desencadenamiento de la tercera guerra carlista, en mayo de 1872. También continuaba el conflicto en Cuba -la Guerra de los Diez años- que duraría hasta 1878.

Por otro lado, en este momento se estaría produciendo un auge del movimiento obrero vinculado a la AIT, y a la llegada de destacados personajes como Fanelli y Lafargue para poner en marcha la Internacional en España. En las clases dirigentes españolas se desarrolló un intenso temor a la revolución social como lo demostrarían los intensos debates parlamentarios y la reacción represora hacia las primeras organizaciones.

La oligarquía española no era partidaria del nuevo régimen por varios motivos. En primer lugar, seguían vinculada a la dinastía borbónica. La cuestión religiosa también tenía su importancia, ya que el padre del rey había protagonizado la unificación italiana y el fin de los Estados Pontificios, provocando un claro divorcio con la Santa Sede que no aceptó el nuevo estado de cosas. Por fin, los industriales catalanes y los latifundistas cerealistas no eran favorables a la política económica del momento que intentó mitigar un tanto el tradicional proteccionismo, siguiendo lo marcado en el Arancel Figuerola.

Amadeo I, decepcionado del curso que estaba tomando la política, aprovechó un pretexto de poca importancia y abdicó el 11 de febrero de 1873, marchándose de España.

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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.