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Los amantes de Isabel II

LA REINA SE DESQUITA
Javier Alonso García-Pozuelo
El matrimonio con Francisco de Asís permitía que Isabel II, una reina con escasísima educación política, siguiese siendo manejada a su antojo por su madre y la camarilla del Partido Moderado. Isabel II es anulada como monarca constitucional, pero no como mujer. La joven y pasional reina no está dispuesta a dejarse arrebatar su vehemente deseo de ser feliz.

Su vida en los meses que siguieron a la boda fue tan desarreglada (su romance con el general progresista Serrano se convirtió en la comidilla de periódicos, cafés y salones) que durante algún tiempo se rumoreó que la reina estaba firmemente decidida a obtener la anulación de su matrimonio, el cual había tenido lugar bajo coacción moral y del que no podría lograr descendencia alguna. Mientras tanto Francisco de Asís, que tan sólo cinco meses después de las bodas reales, movido por la absoluta falta de discreción de la reina con su favorito, ya había abandonado la alcoba conyugal, se consolaba diciendo que 

«si alguna vez lograba algún poder, colgaría del balcón de la reina al General Bonito». 
No fue necesario. En el otoño del 47, los moderados pidieron al general Narváez, la mano de hierro del partido, que tomara cartas en el asunto y la situación se resolvió sin necesidad de que corriera la sangre (González Bravo pensaba retar en duelo a Serrano). Serrano puso fin a su affair con la reina a cambio de ser promovido a capitán general de Granada, y el rey consorte volvió a Palacio. Volvió Francisco de Asís al Palacio de Oriente, se teatralizó la reconciliación y los siguientes favoritos de la Reina, aprendida la lección, trataron de actuar con más cautela. El rey consorte aceptó aparentemente que la reina continuase con sus amoríos, aunque por dentro le consumía el resentimiento y no dejó de conspirar en su contra y de amenazarla con hacer públicos algunos secretos de alcoba. Su rabia llegó a tal punto que cuando supo que la reina estaba embarazada (del futuro Alfonso XII) tuvo intención de acabar con su vida. El general Narváez lo impidió, aunque como resultado de la escaramuza fallecieron el ministro de guerra y el ayudante del general.

Carece de interés dedicarse a hacer inventario de todos los amantes que la reina tuvo y de los parecidos físicos de sus hijos con sus supuestos amantes. Lo cierto es que los asuntos de alcoba de Isabel II se airearon sin el más mínimo pudor y su vida privada se convirtió en motivo de debate público y en arma arrojadiza de unos partidos contra otros y de todos los partidos contra la propia reina. De haber sido varón o de haber reinado en el Antiguo Régimen, otro gallo hubiera cantado
.

El general Francisco Serrano
- Antonio Gisbert -

Esta entrada forma parte de un artículo que lleva por título "Isabel II, Sant Joan d'Alacant y la República Dominicana" y que trata sobre el período histórico en el que está ambientada «La cajita de rapé»(años finales del reinado de Isabel II). 

He dividido el artículo en 6 apartados. Puedes acceder al resto de entradas pinchando AQUÍ.

Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo

El Sexenio democrático, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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El Sexenio democrático, por Eduardo Montagut
En este trabajo abordamos un acercamiento a la historia de un período corto, el Sexenio democrático, pero muy intenso de la historia española del siglo XIX, cuando se intentó democratizar el sistema político liberal a través de dos fórmulas, la monárquica parlamentaria y la republicana.

El Pacto de Ostende, que unió a progresistas y demócratas contra el sistema isabelino, se firmó en el año 1866.  A la muerte de O’Donnell, los unionistas se unieron al pacto.


El 17 de septiembre de 1868, la Revolución se inició con la sublevación del almirante Topete en la bahía de Cádiz apoyado por Prim (progresista) y Serrano (Unión liberal). El movimiento se extendió por toda la geografía peninsular con levantamientos populares y se organizaron juntas revolucionarias locales. Serrano venció al ejército gubernamental en la Batalla de Alcolea. La reina huyó a Francia. Se constituyó un gobierno provisional presidido por el general Serrano y se convocaron elecciones a Cortes Constituyentes por sufragio universal masculino directo para enero de 1869.

Bajo la aparente unidad de los protagonistas de la Revolución habría dos grandes bloques sociopolíticos. En primer lugar, estarían los progresistas, unionistas y demócratas moderados, cuya base social estaba formada por las clases medias que se identificaban con los planteamientos del gobierno provisional, aspirando a un cambio meramente político con un régimen más abierto y representativo que el isabelino, pero sin planteamientos sociales radicales ni propuestas revolucionarias. Por otro lado, se encontrarían los republicanos, escindidos del Partido Demócrata. Tenían el apoyo popular. Pretendían cambios políticos más radicales, como el establecimiento de la República, y la defensa de un programa de reformas socioeconómicas. Sus propuestas coincidían con las de las juntas revolucionarias, disueltas por el gobierno provisional.

Los electores dieron la mayoría absoluta a las fuerzas gubernamentales: unionistas, progresistas y demócratas monárquicos con 236 escaños. Lejos quedan los republicanos y los carlistas, con 80 y 20 diputados, respectivamente. De estas Cortes resultará la Constitución de 1869, la primera democrática de España. Se reconocía una amplia declaración de derechos individuales: derecho a la participación política, sufragio universal masculino, libertad de imprenta, libertad de culto, aunque la nación estaría obligada a mantener el culto y a los ministros de la religión católica, derecho de reunión y de asociación. La soberanía sería nacional, y todos los poderes emanarían de la nación, es decir, se abandonaba la soberanía compartida. La Constitución establecía una clara división de poderes, y se mantenía el sistema bicameral en el legislativo. España seguiría siendo una Monarquía, aunque bien distinta a la isabelina, ya que las Cortes se convertían en el máximo órgano político y no sólo por su función legislativa sino porque se afianzaba su cometido de control al gobierno. El poder de la Corona quedaba claramente limitado.

Aprobada la Constitución, Serrano fue nombrado regente, en ausencia de un rey; y Prim, jefe del gobierno. El objetivo de ambos era buscar un monarca y frenar la insurrección en Cuba iniciada en 1868, además de las sublevaciones de los republicanos, desengañados por la falta de soluciones para la cuestión social y por la decisión de establecer un régimen monárquico.

El problema de quién debía ocupar el trono de España se convirtió en una cuestión internacional que alargó más el período de provisionalidad, y permitió que, a pesar de los esfuerzos de Prim, creciera la oposición de republicanos y carlistas. El candidato más idóneo era el hijo de Víctor Manuel II rey de Italia, Amadeo de Saboya. En principio, cumplía todos los requisitos: miembro de una casa real con tradición liberal, católico y su elección no inquietaba ni a Francia ni a Prusia. Las Cortes le nombraron rey el 16 de noviembre de 1870 por un escaso margen de votos. El rasgo del reinado de Amadeo fue la inestabilidad social y política por una serie de problemas.

En primer lugar, se produjo el asesinato del general Prim, víctima de un atentado poco antes de que llegara Amadeo a España. Era su principal valedor y su más firme apoyo, y había conseguido mantener unida a la coalición monárquico-democrática.



Grabado del atentado contra el General Prim (27-12-1870)

En segundo lugar, hay que destacar el escaso apoyo de los partidos políticos. El gran problema de la Monarquía no eran tanto la oposición de republicanos y carlistas como la división interna de la coalición, que se escindió en varios grupos y en dos grandes partidos. El Partido Constitucionalista, con Sagasta como principal líder, era el más moderado y partidario de contener los avances democráticos. El Partido Radical de Ruiz Zorrilla, por su parte, defendía posturas más progresistas.
En tercer, lugar hay que señalar el desencadenamiento de la tercera guerra carlista, en mayo de 1872, mientras continuaba el conflicto en Cuba -la guerra de los diez años- que duraría hasta 1878.

Amadeo I, decepcionado del curso que estaba tomando la política, aprovecha un pretexto de poca importancia y abdica el 11 de febrero de 1873, marchándose de España.
 
Ante la abdicación del rey, las Cortes, en reunión conjunta del Congreso y Senado, proclamaron la República por 285 votos contra 32, pero este hecho no consiguió estabilizar el sistema, ya que a los problemas heredados – guerra carlista, guerra de Cuba-, se añadía dentro de las filas republicanas la división entre unitarios y federalistas.

La República tuvo cuatro presidentes: Estanislao Figueras, Francisco Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar.

En el período de Figueras se dieron diversos intentos de golpes de estado, y se recrudeció la presión del movimiento obrero. En mayo, se celebraron elecciones a Cortes Constituyentes en las que triunfaron los republicanos federalistas con aplastante mayoría de 344 diputados sobre 391. Se elaboró una Constitución que recogía una estructura federal del Estado: España se organizaría en 17 estados federales. Se trató de la primera Constitución republicana del país, pero que nunca entró en vigor.
 
Con Pi i Margall el intento de imponer desde arriba una estructura federal de forma ordenada fracasó, frente al intento de hacerlo desde abajo. El cantonalismo se extendió con gran rapidez en gran parte del país. Los cantones debían convertirse en unidades políticas inferiores a partir de las cuales se debería formar la federación española. El cantonalismo tuvo, también, un evidente componente social reivindicativo. Alcoy y Cartagena fueron las principales ciudades que se proclamaron cantones. Fue muy complicado reprimir el cantonalismo, no sólo por su extensión, sino también porque coincidió con la guerra carlista. Estos levantamientos provocaron la dimisión de Pi i Margall.

Tras la derrota parlamentaria del anterior, Salmerón se convierte en julio en presidente. Su objetivo fue restablecer el orden y envió el ejército para sofocar el movimiento cantonalista. Con Salmerón se iniciaba un viraje hacia posiciones más conservadoras. Pero no duró mucho en su cargo porque dimitió por problemas de conciencia al no querer firmar sentencias de muerte impuestas por la autoridad militar.

Castelar alcanzó la presidencia en septiembre y representó el triunfo de la República conservadora. Para restablecer el orden solicitó a las Cortes, y se le conceden, poderes especiales para gobernar por decreto durante tres meses. Al volverse a reunir las Cortes el 2 de enero de 1874, el gobierno se somete a un voto de confianza y lo pierde.

La posibilidad de que el poder recayese de nuevo sobre los federalistas radicales ofrece un pretexto para el golpe de estado de Pavía, capitán general de Madrid, que al día siguiente ocupa el Congreso y disuelve la cámara. De esta manera se puso fin al régimen republicano, aunque oficialmente, España siguió siendo una república hasta finales de año.


Entrada de de Pavía en el Congreso de los Diputados el 3 de enero de 1874

El general Serrano presidió un nuevo gobierno provisional (dictadura) que tuvo como objetivo restablecer el orden público, controlar a los carlistas y continuar la guerra de Cuba. En diciembre de 1874, el general Martínez Campos se sublevaba en Sagunto y proclamaba rey a Alfonso XII, hijo de Isabel II.

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Muchas gracias por visitar La Glorieta. 

Javier Alonso García-Pozuelo 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Sí, eran españoles y murieron en Mauthausen

En Cita en la Glorieta hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

SÍ, ERAN ESPAÑOLES Y MURIERON EN MAUTHAUSEN
José María Velasco
En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90 % de los ellos morirían allí.


Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles)
.



Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extra, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio.

Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la II Guerra Mundial, los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero no pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.


Esa verdad incómoda existe. No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En este link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.

Si quieres recibir un correo cada vez que publiquemos uno de estos artículos, escríbenos al mail que encontrarás en la sección de CONTACTO e indica en el mensaje "Exiliados republicanos de la Guerra Civil española".

Gracias por visitar Cita en la Glorieta,

Javier Alonso García-Pozuelo 
 

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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Sí, eran españoles y murieron en Mauthausen, por José María Velasco

A lo largo de los últimos meses hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

SÍ, ERAN ESPAÑOLES Y MURIERON EN MAUTHAUSEN
José María Velasco
En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90 % de los ellos morirían allí.


Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles)
.



Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extra, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio.

Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la II Guerra Mundial, los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero no pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.


Esa verdad incómoda existe. No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En este link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.

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Javier Alonso García-Pozuelo 
 

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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El Pacto de Ostende, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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El Pacto de Ostende
por Eduardo Montagut
En la Historia contemporánea de España, tan pródiga en enfrentamientos y falta de entendimientos, también se han producido pactos y acercamientos entre distintas formaciones y tendencias políticas. En este artículo abordamos el conocido como Pacto de Ostende, fundamental para que se produjera un importante cambio político en España en la segunda mitad de la década de los años sesenta.

El Pacto de Ostende -firmado el 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga en el Flandes Occidental del mismo nombre- supone, como avanzábamos, un hecho fundamental en el proceso de crisis final del régimen isabelino en España, al unir a los progresistas y demócratas en el empeño de derribar dicho régimen, y al que se incorporaría la Unión Liberal, una vez fallecido el general O’Donnell.

El Pacto nació a raíz del fracaso de la sublevación del Cuartel de San Gil en el mes de junio de 1866. La reina destituyó a O’Donnell al considerar que había sido demasiado condescendiente con los sublevados, aunque no debemos olvidar que se fusiló a 66 de ellos. El Cuartel de San Gil era de Artillería y fueron los sargentos los protagonistas de la insurrección, y padecieron la represión, junto con algunos soldados. En efecto,
O’Donnell intentó hacer ver a Isabel II la necesidad de no derramar tanta sangre.Isabel II optó por la solución más conservadora, recurriendo, una vez más a Narváez y los moderados. Esa opción autoritaria generó una profunda crisis en el régimen político, ya que la Unión Liberal, recién apeada del poder, consideró que no podía seguir siendo alternativa de poder, por lo que el partido optó por hacer lo que se denominó el “vacío en Palacio”. El propio O’Donnell, desengañado con la reina, decidió un exilio en Biarritz, pero, en realidad, no quería ir más allá. Por un lado, deseaba manifestar a la Corona su disgusto, pero no quería acercarse a los progresistas de Prim, precisamente por la sublevación, organizada por ellos.

Los progresistas y demócratas consideraron que era conveniente aunar fuerzas si se quería terminar con la Monarquía de
Isabel II, a pesar de las diferencias ideológicas que existían entre ambas formaciones. No olvidemos que el Partido Demócrata nació en 1849 de una escisión del Progresista, al defender un programa basado en el reconocimiento del sufragio universal, el desarrollo de los derechos, y el inicio de políticas de cierto calado social a favor de los más desfavorecidos, especialmente en relación con la educación. El acercamiento ya había comenzado antes de la sublevación de San Gil, en el año anterior pero no había avanzado. Pero la situación precipitó la necesidad de limar asperezas sobre unos mínimos. Efectivamente, el Pacto se consiguió sobre dos puntos. En primer lugar, “destruir lo existente en las altas esferas del poder”, y, en segundo lugar, la creación de un gobierno provisional y la elección de una cámara constituyente por sufragio universal directo para definir el nuevo régimen político. La virtud del acuerdo residía en la ambigüedad del primer punto, ya que permitía que se pudieran sumar otras fuerzas políticas o personalidades destacadas descontentas con el estado de cosas en España. Ese fue el caso de la propia Unión Liberal después de la desaparición de O’Donnell a principios de noviembre de 1867, el principal obstáculo para incorporar a la formación centrista a la oposición real. En marzo de 1868 Prim firmó con Serrano, que había sustituido al fallecido en la dirección del partido, un acuerdo por el que se sumaba al Pacto de Ostende. La Unión Liberal aceptaba terminar con el reinado, buscar otra dinastía, y entrar en un proceso constituyente. La figura de Serrano es un tanto peculiar en este asunto. Había sido protagonista indiscutible en la represión de la sublevación de San Gil, lo que le valió altos honores, pero se enemistó con el gobierno porque había sido arrestado al encabezar una petición a la reina para la reapertura de las Cortes, además de que, al parecer, y siguiendo a Josep Fontana, veía con preocupación sus intereses económicos en la empresa de Ferrocarriles del Norte, en plena crisis de estas compañías y que arrastraron a bancos y sociedades financieras. Esta crisis financiera había comenzado en el otoño de 1864. Fue una crisis con novedades propias del capitalismo, derivadas de la especulación, pero con otra faceta de crisis de subsistencias, más vinculada a la persistencia de una economía muy atrasada, y aún agrícola. Como no podía de ser de otra manera, los problemas económicos serían un factor fundamental a la hora de explicar el final del régimen liberal isabelino.

El Pacto de Ostende generó una estructura para su desarrollo. Se crearía una especie de comité con
Prim, Cristino Martos y Salustiano Olózaga como principales protagonistas.
 

Juan Prim en 1869

El Pacto de Ostende, después de diversos ensayos de pronunciamientos, todos fallidos, terminaría cuajando en la práctica con la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868, y que abriría una nueva e intensa etapa, conocida como el Sexenio Democrático.

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Javier Alonso García-Pozuelo 
 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.