Mostrando las entradas para la consulta Unión Liberal ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta Unión Liberal ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

El Pacto de Ostende, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

***

El Pacto de Ostende
por Eduardo Montagut
En la Historia contemporánea de España, tan pródiga en enfrentamientos y falta de entendimientos, también se han producido pactos y acercamientos entre distintas formaciones y tendencias políticas. En este artículo abordamos el conocido como Pacto de Ostende, fundamental para que se produjera un importante cambio político en España en la segunda mitad de la década de los años sesenta.

El Pacto de Ostende -firmado el 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga en el Flandes Occidental del mismo nombre- supone, como avanzábamos, un hecho fundamental en el proceso de crisis final del régimen isabelino en España, al unir a los progresistas y demócratas en el empeño de derribar dicho régimen, y al que se incorporaría la Unión Liberal, una vez fallecido el general O’Donnell.

El Pacto nació a raíz del fracaso de la sublevación del Cuartel de San Gil en el mes de junio de 1866. La reina destituyó a O’Donnell al considerar que había sido demasiado condescendiente con los sublevados, aunque no debemos olvidar que se fusiló a 66 de ellos. El Cuartel de San Gil era de Artillería y fueron los sargentos los protagonistas de la insurrección, y padecieron la represión, junto con algunos soldados. En efecto,
O’Donnell intentó hacer ver a Isabel II la necesidad de no derramar tanta sangre.Isabel II optó por la solución más conservadora, recurriendo, una vez más a Narváez y los moderados. Esa opción autoritaria generó una profunda crisis en el régimen político, ya que la Unión Liberal, recién apeada del poder, consideró que no podía seguir siendo alternativa de poder, por lo que el partido optó por hacer lo que se denominó el “vacío en Palacio”. El propio O’Donnell, desengañado con la reina, decidió un exilio en Biarritz, pero, en realidad, no quería ir más allá. Por un lado, deseaba manifestar a la Corona su disgusto, pero no quería acercarse a los progresistas de Prim, precisamente por la sublevación, organizada por ellos.

Los progresistas y demócratas consideraron que era conveniente aunar fuerzas si se quería terminar con la Monarquía de
Isabel II, a pesar de las diferencias ideológicas que existían entre ambas formaciones. No olvidemos que el Partido Demócrata nació en 1849 de una escisión del Progresista, al defender un programa basado en el reconocimiento del sufragio universal, el desarrollo de los derechos, y el inicio de políticas de cierto calado social a favor de los más desfavorecidos, especialmente en relación con la educación. El acercamiento ya había comenzado antes de la sublevación de San Gil, en el año anterior pero no había avanzado. Pero la situación precipitó la necesidad de limar asperezas sobre unos mínimos. Efectivamente, el Pacto se consiguió sobre dos puntos. En primer lugar, “destruir lo existente en las altas esferas del poder”, y, en segundo lugar, la creación de un gobierno provisional y la elección de una cámara constituyente por sufragio universal directo para definir el nuevo régimen político. La virtud del acuerdo residía en la ambigüedad del primer punto, ya que permitía que se pudieran sumar otras fuerzas políticas o personalidades destacadas descontentas con el estado de cosas en España. Ese fue el caso de la propia Unión Liberal después de la desaparición de O’Donnell a principios de noviembre de 1867, el principal obstáculo para incorporar a la formación centrista a la oposición real. En marzo de 1868 Prim firmó con Serrano, que había sustituido al fallecido en la dirección del partido, un acuerdo por el que se sumaba al Pacto de Ostende. La Unión Liberal aceptaba terminar con el reinado, buscar otra dinastía, y entrar en un proceso constituyente. La figura de Serrano es un tanto peculiar en este asunto. Había sido protagonista indiscutible en la represión de la sublevación de San Gil, lo que le valió altos honores, pero se enemistó con el gobierno porque había sido arrestado al encabezar una petición a la reina para la reapertura de las Cortes, además de que, al parecer, y siguiendo a Josep Fontana, veía con preocupación sus intereses económicos en la empresa de Ferrocarriles del Norte, en plena crisis de estas compañías y que arrastraron a bancos y sociedades financieras. Esta crisis financiera había comenzado en el otoño de 1864. Fue una crisis con novedades propias del capitalismo, derivadas de la especulación, pero con otra faceta de crisis de subsistencias, más vinculada a la persistencia de una economía muy atrasada, y aún agrícola. Como no podía de ser de otra manera, los problemas económicos serían un factor fundamental a la hora de explicar el final del régimen liberal isabelino.

El Pacto de Ostende generó una estructura para su desarrollo. Se crearía una especie de comité con
Prim, Cristino Martos y Salustiano Olózaga como principales protagonistas.
 

Juan Prim en 1869

El Pacto de Ostende, después de diversos ensayos de pronunciamientos, todos fallidos, terminaría cuajando en la práctica con la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868, y que abriría una nueva e intensa etapa, conocida como el Sexenio Democrático.

Si quieres recibir un aviso cada vez que publiquemos un artículo de Historia del siglo XIX en CITA EN LA GLORIETA, mándanos un mensaje a través del formulario de CONTACTO, indicando "Siglo XIX".

Muchas gracias por visitar La Glorieta. 

Javier Alonso García-Pozuelo 
 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

La “non nata”, por Eduardo Montagut

En solo unas horas se abrirán las Cortes y, pese al batallón de diputados unionistas llegado esta semana de provincias y a que los rumores de un intento de atentado por agentes socialistas han surtido efecto entre los diputados que ayer mismo se planteaban retirar su apoyo al gabinete del general O’Donnell,nadie puede estar seguro esta mañana de que las oposiciones coaligadas no le vayan a hacer la pascua al Gobierno, arrebatándole la presidencia de la mesa del Congreso.
Ningún prócer de la Unión Liberal debe de estar tranquilo esta mañana. Desde luego, no lo parece el marqués de la Vega de Armijo, gobernador civil de Madrid y uno de los hombres que más parte tuvo, junto con el general O’Donnell y el actual subsecretario de Gobernación, el señor Cánovas del Castillo, en la revolución de 1854.
–Entiendo que quiera hablar con el amigo de su sobrino y hasta entiendo que mi negativa le haya contrariado –concede el marqués de la Vega de Armijo–, pero ¿por qué tanto interés en interrogar a Vilanova?
Ha formulado la pregunta con extrema cortesía y en un tono asaz amable. Sin embargo, algo en su rostro de ojos claros, entrecejo ceñudo, nariz puntiaguda e inmensas patillas, augura que, en cualquier momento, el marqués puede ser presa de uno de sus célebres arrebatos de cólera.
La cajita de rapé (Ediciones MAEVA)
Javier Alonso García-Pozuelo

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX en España  escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut.
 

La “non nata”, por Eduardo Montagut
La Década moderada entró en crisis en 1854, a causa de la profusión de casos de corrupción, especialmente relacionados con la construcción del ferrocarril. Además, la situación de crisis económica alentó la tensión social. Bravo Murillo reaccionó gobernando con más dureza, por lo que la presión de la oposición se radicalizó. Como el sufragio era censitario y el sistema electoral estaba manipulado, los progresistas utilizaron el procedimiento del pronunciamiento para acceder al poder. El 28 de junio de 1854 se produjo la Vicalvarada, con los generales Dulce, O’Donnell y Ros de Olano como protagonistas. La situación se mantuvo incierta hasta que los sublevados publicaron el Manifiesto de Manzanares, que recogía algunas de las propuestas progresistas. Se dieron varios levantamientos en algunas ciudades que terminaron por forzar a Isabel II a recurrir a Espartero, quien se autoproclamó presidente del Consejo de ministros. O’Donnell ocuparía la cartera de la Guerra. El nuevo gobierno restauró provisionalmente la Constitución de 1837. Se aprobó una nueva ley municipal en línea progresista: ampliación del derecho de sufragio y no intervención del gobierno en la elección de los alcaldes. En el Bienio se emprendió una nueva desamortización (1855), la impulsada por Pascual Madoz, de mayor envergadura que la de Mendizábal, ya que puso en venta el doble de bienes. Además, no sólo se ocupó de propiedades eclesiásticas, sino, sobre todo, de las de uso y propiedad común. Fue importante también la Ley de los ferrocarriles de 1855.


Leopoldo O'Donnell
- litografía de 1889 -

El Gobierno convocó elecciones a Cortes Constituyentes, una promesa de la Vicalvarada. Ganaron los candidatos gubernamentales, en una especie de coalición formada por los puritanos, es decir, los moderados menos conservadores, y los progresistas más moderados, entre los que destacaría Manuel Cortina. Estaríamos en los orígenes de la futura Unión Liberal. En este sentido, un joven Antonio Cánovas del Castillo, autor del Manifiesto de Manzanares, pronunció un discurso en diciembre en el Congreso donde manifestaba la voluntad de crear un tercer partido, la Unión Liberal. A la derecha había un pequeño grupo de moderados y a la izquierda los demócratas, aunque hay que destacar un grupo, que podríamos denominar de “centro-izquierda”, formado por liberales progresistas que no deseaban ingresar en la coalición, como serían Salustiano Olózaga o el joven Sagasta.

El debate constitucional comenzó pronto, y fue intenso en relación con la cuestión religiosa, especialmente por la postura intransigente de la Iglesia Católica, a pesar de que se establecía una propuesta muy tímida, ya que la idea de los demócratas de que se aprobase la plena libertad de cultos fue rechazada por la mayoría gubernamental. Se pretendía que no se podría perseguir a nadie por sus creencias religiosas, siempre y cuando no se manifestasen en actos públicos contrarios a la religión católica, y partiendo de la reafirmación de que el Estado tendría obligación de sostener a la Iglesia y el culto, como se había establecido en la década moderada. La nueva desamortización provocó más tensiones, y se llegaron a romper relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Por otro lado, hubo un resurgimiento de partidas carlistas.

También es interesante relatar el debate sobre la necesidad de que la educación primaria fuera verdaderamente gratuita y sobre el sufragio universal, propuestas de los demócratas que no prosperaron. El liberalismo progresista o algo más templado de la coalición, aunque deseaba superar el excesivo conservadurismo de los moderados, no pretendía, realmente democratizar el régimen político.

La Constitución partía del reconocimiento de la soberanía nacional, sin alusiones a que se compartiera con la Corona, pilar ideológico del liberalismo conservador o doctrinario español. Se establecía un más amplio reconocimiento de derechos individuales, frente al modelo de la Constitución moderada de 1845. En algunos aspectos, constituyó la base de la futura Constitución de 1869, después de la Revolución Gloriosa de 1868.

En 1855, el estallido de una huelga en Barcelona y la propagación de una epidemia de cólera contribuyeron a enrarecer la situación política, marcada, desde 1854, por los sucesivos cambios de gobierno, a causa de la difícil convivencia en el poder de progresistas y unionistas.

En el verano de 1856, aprovechando el desconcierto provocado por unas revueltas populares en Madrid, O’Donnell abolió la Milicia Nacional y volvió a proclamar la Constitución de 1845, al tiempo que apartaba a Espartero del poder. Pero tres meses después, la reina optó por Narváez, más afín a sus planteamientos, apartando a O’Donnell del poder. Así pues, la Constitución de 1856 nunca sería promulgada, y no entró en vigor, de ahí su apelativo de “non nata”.

Si quieres recibir un aviso cada vez que publiquemos un artículo de Historia del siglo XIX en CITA EN LA GLORIETA, mándanos un mensaje a través del mail de CONTACTO, indicando "Siglo XIX".

Muchas gracias por visitar La Glorieta. 

Javier Alonso García-Pozuelo 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

España en 1861

Esta entrada forma parte de un artículo que lleva por título "Isabel II, Sant Joan d'Alacant y la República Dominicana" y que trata sobre el período histórico en el que está ambientada «La cajita de rapé»(años finales del reinado de Isabel II). 

He dividido el artículo en 6 apartados. Puedes acceder al resto de entradas pinchando AQUÍ.

Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo


¿Y POR QUÉ 1861?
Javier Alonso García-Pozuelo
En la primavera de 2010 me trasladé a vivir a Sant Joan d'Alacant. Creo que fue allí, en alguna de las largas mañanas de estudio en la biblioteca pública (¡Gracias Bernat!), donde comencé a darle forma en mi cabeza a la historia que se narra en La cajita de rapé. Quería hablar sobre el abuso de poder a muy distintos niveles –el abuso de poder de una clase política con los empleados públicos, de un patrón con sus trabajadores, de unos padres con sus hijos– y el reinado de Isabel II me parecía una época idónea para hacerlo. Sólo quedaba escoger un año, pero la trama iba creciendo en mi cabeza y a comienzos de 2011, ya estaba convencido de que José María Benítez, inspector jefe del madrileño distrito de La Latina, iba a investigar el robo en la casa de un almacenista de vinos de origen gerundense, un robo en el que habían asesinado a Lorenza Calvo Olmeda, una criada alcarreña de la familia de quien se sospechaba que podía haber sido cómplice de los ladrones. El esquema argumental de la novela y los personajes estaban listos, pero aún me faltaba definir el momento exacto en que transcurría la historia. De algún modo, sabía que la elección del año era lo único que me faltaba para sentarme a emborronar cuartillas.

Y entonces una tarde, después de un par de horas a la deriva por el proceloso océano de Internet, me topé con una entrevista a Julia Álvarez, una encantadora escritora estadounidense de ascendencia dominicana, a quien yo había conocido en la República Dominicana el año 96, cuando nada más licenciarme me fui a un pueblecito en las montañas de Jarabacoa a trabajar como médico. En fechas recientes Julia Álvarez había publicado In the Name of Salomé, una novela en la que a través de su hija se narra la vida de Salomé Ureña, poetisa y educadora dominicana nacida en 1850. Leí con gran interés la entrevista y al terminar recordé un episodio histórico poco conocido: la Reincorporación voluntaria de la República Dominicana a España en el año 1861. Apenas un rato después, nada más recordar que entre los primeros españoles en trasladarse a Santo Domingo aquel año había muchos presos condenados a trabajos forzados, por una revuelta campesina que había tenido lugar en Andalucía ese verano (la Sublevación de Loja o Revolución del pan y el queso), comprendí que había dado con el año, un año a medio camino entre la Vicalvarada del 54 y la Gloriosa del 68. Un año en el que la bonanza económica empieza a dar síntomas de agotamiento. Un año en que se empieza a desmoronar la Unión Liberal de Leopoldo O’ Donnell, Cánovas del Castillo y el marqués de la Vega de Armijo, el partido de centro que había intentado aglutinar a los más avanzados de entre las filas del Partido Moderado y a los más templados de entre los diputados del Partido Progresista. Un año en el que muchos de los que habían apoyado hasta entonces al general O’Donnell se dieron cuenta de que la cúpula de la Unión Liberal haría lo que fuera necesario por perpetuarse en el poder: no solo incumplir sus promesas de reforma o dar un giro reaccionario a su política, sino incluso emplear métodos de dudosa moralidad. Un año perfecto para ubicar mi novela.

El inspector Benítez debía entrar en acción. Había encontrado el año en que transcurría el caso más importante de su carrera: el caso de las Alcarreñas
.

Leopoldo O'Donnell
- litografía de 1889 -

«Francisco Javier de Istúriz, en el primer liberalismo moderado», por Eduardo Montagut

Para ver gente buena, de esa que con un codo toca al pueblo, y con otro a la aristocracia, ningún sitio como el Estamento de Procuradores, que en aquellos días inauguraba la nueva legislatura, con Real discurso y todo el ceremonial de rúbrica. Según el famoso dicho de Larra, no se abría el Estamento; quien se abría era el Sr. D. Juan Álvarez Mendizábal, elegido por diez provincias... La política entraba en honda crisis, resuelto Palacio a cambiar de Gobierno, y siendo el Parlamento, como era, no más que una sombra de régimen, tapadera de la arbitrariedad, del capricho y de las veleidades cortesanas. Bastó, pues, que tres hombres de fama, un gran orador, un político hábil y un eximio poeta, marcasen un magistral cambiazo, y se apartaran de Mendizábal declarándose devotos ardientes del justo medio, que por entonces, como en todo el reinado siguiente, era el barro de que se echaba mano para la fabricación de ministros; bastó, digo, que aquellos tres señores se lanzaran al campo moderado, para que los liberales se vieran mandados a sus casas, y el poder pasase a los otros, a los de la suprema inteligencia y finas artes de gobierno. ¿Quiénes eran los tres? Alcalá Galiano, Istúriz, el Duque de Rivas.
Episodios nacionales III
De Oñate a la Granja (Capítulo IX
)

Benito Pérez Galdós

«De Oñate a La Granja», título de la novela de Benito Pérez Galdós de la que hemos extraído esta cita, nos viene como anillo al dedo para situar el contexto político en el que tuvo gran protagonismo Francisco Javier de Istúriz, el político español del que hoy publicamos una breve semblanza biográfica escrita para CITA EN LA GLORIETA por el profesor Eduardo Montagut.
 

En el citado episodio nacional viajamos de la mano de Galdós hasta Oñate, donde está instalada la Corte del Pretendiente Don Carlos, para acabar la novela en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, donde en agosto de 1836 tuvo lugar el Motín de los Sargentos, que obligó a la Reina Gobernadora María Cristina a restaurar fugazmente  la Constitución de 1812.

Nos trasladamos pues, en esta novela galdosiana, a los años de la Regencia de Cristina de Borbón-Dos Sicilias y de la Primera Guerra Carlista, concretamente a un momento en el que, además del enfrentamiento armado entre liberales y carlistas, tiene gran importancia para el futuro del país la lucha entre las dos familias del bando liberal.

Los del grupo templado encuentran anárquico cuanto dicen y hacen los de enfrente, y los libres denigran a los otros, echándoles en cara el despotismo, el obscurantismo, las ideas retrógradas y otras cosas muy malas.
Episodios nacionales III.
De Oñate a la Granja (Capítulo IX
)

Benito Pérez Galdós

Mendizábal, presidente del Consejo de Ministros, apoyado por la mayoría liberal del Estamento de Procuradores, trata de afianzar su autoridad sobre el ejército destituyendo a varios altos mandos cuya determinación en la lucha contra el Carlismo había sido puesta en entredicho. La Reina Gobernadora se niega a firmar las destituciones y el enfrentamiento entre ambos acaba con la dimisión de Mendizábal, siendo sustituido por Istúriz, un liberal que ya había atemperado un buen tanto sus radicalismos juveniles, como bien nos cuenta en su artículo el profesor Montagut.

El liberalismo estaba seriamente fracturado y que mejor exponente de esta fractura que el enfrentamiento entre Mendizábal e Istúriz, que de íntimos amigos terminaron no solo como adversarios políticos, sino que llegaron a batirse en un duelo con pistola en abril de 1836, siendo Mendizábal, nada más y nada menos, Presidente del Gobierno de España.

Aquel día hubo disparos, pero, por suerte, la mala puntería, tanto del ofensor como del ofendido, permitió que ninguno de los dos resultase herido y que nuestro biografiado muriera muchos años después.

Con Istúriz y con el profesor
Montagut os dejo

Saludos, Javier Alonso Gª-Pozuelo


FRANCISCO JAVIER DE ISTÚRIZ, EN EL PRIMER LIBERALISMO MODERANO
Eduardo Montagut
Francisco Javier de Istúriz fue un importante liberal moderado español en el reinado de Isabel II. Intentemos acercarnos a su biografía.

Istúriz nació en Cádiz en el año 1790. Siendo muy joven participó activamente en la Guerra de la Independencia. Posteriormente, se implicó en los preparativos del pronunciamiento de Riego de 1820, que llevaría al restablecimiento de la Constitución de 1812 y al período del Trienio Liberal. En las Cortes perteneció al grupo de los exaltados. En las mismas se destacó en el asunto de la supresión de los mayorazgos. En el final del Trienio llegó a presidir las Cortes en Sevilla y Cádiz, en las que se votó la incapacidad del rey.

Al restaurarse el absolutismo nuestro biografiado marchó al exilio inglés, retornando a España en 1833. Mendizábal le propuso para ocupar la presidencia del Estamento de Procuradores de las Cortes, una de las dos cámaras que había creado el Estatuto Real. Pero Istúriz ya se estaba decantando hacia el más pleno moderantismo, olvidando su radicalismo de juventud. Comenzó a encabezar a los moderados en el parlamento, desde donde criticó la desamortización de Mendizábal. Cuando cayeron los progresistas la Reina Gobernadora le hizo presidente del Consejo de Ministros, sin lugar a dudas por su significación política. Estamos en mayo de 1836. Nada más subir al poder disolvió las Cortes. Al parecer, era partidario de una nueva convocatoria para revisar el Estatuto Real, demasiado conservador, pero los progresistas provocaron la sublevación de La Granja en el mes de agosto, que provocó la caída de su gobierno y la reposición de la Constitución de 1812. Istúriz decidió marcharse a Inglaterra.

Cuando entró en vigor la Constitución de 1837 regresó a España. En dos ocasiones presidió las Cortes. Aunque era marcadamente moderado no dudó en enfrentarse a Narváez cuando el general decidió que había que reformar la Constitución de 1837 en un sentido plenamente conservador. En Istúriz pesó el carácter transaccional del texto de 1837 que aunaba aspectos progresistas y moderados, por lo que podía valer para las dos familias liberales, ya que no convenía hacer un nuevo texto que solamente fuera válido para un solo partido, aunque fuera el moderado. En esta postura le apoyaron los moderados conocidos como “puritanos”.

Presidió el Consejo de Ministros en 1846-1847. Durante esta responsabilidad política se decidió el matrimonio de la reina Isabel II, además de promulgarse una amnistía política con el fin de recuperar a los progresistas para el juego político para evitar el riesgo de que el sistema político fuera monopolizado por uno de los dos partidos, algo que está en la misma línea de lo que apuntábamos para el caso de la Constitución de 1837. Istúriz fue un moderado evidente, pero no intransigente y con cierta visión general de los peligros que podían acechar si no se aceptaba a la oposición política. La realidad inglesa le pudo hacer moderado, pero también le enseñó las virtudes de la alternancia política.



Francisco Javier de Istúriz
- Antonio Gisbert -

Entre 1857 y 1858 presidió el Senado, y tuvo responsabilidades de gobierno en 1858. Su caída marcó el inicio de la etapa de la Unión Liberal de O’Donnell. Istúriz fue retirándose de la política, siendo enviado como ministro plenipotenciario a varios países. Murió en 1871
.

«Francisco Javier de Istúriz, en el primer liberalismo moderado» ha sido escrito por Eduardo Montagut para el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite la fuente original.

es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Policías, jueces y verdugos en el Madrid de Isabel II

El siguiente artículo, escrito por Javier Alonso García-Pozuelo, fue originariamente publicado en Elemental, blog de novela negra del diario El País que administra Juan Carlos Galindo.

Policías, jueces y verdugos en el Madrid de Isabel II
Javier Alonso García-Pozuelo
La noche del domingo 3 de noviembre de 1861, mientras en la calle de Atocha, José Antonio Ribalter inauguraba un gran almacén de vinos y licores, en su domicilio, situado en la carrera de San Francisco, una joven alcarreña que trabajaba como criada para la familia Ribalter fue asesinada. El navajazo asestado en el cuello por un agresor zurdo fue la causa de su muerte, aunque desde un principio el policía al frente de la investigación, José María Benítez, inspector jefe del distrito de La Latina, sospechó que cuando la criada fue asesinada se hallaba bajo los efectos de algún narcótico. Os propongo un paseo "criminal" por ese Madrid de mediados del siglo XIX en el que tuvo lugar el crimen que la prensa de la época bautizó como “El caso de las alcarreñas”. Pero antes, veamos cómo era y dónde trabajaba la policía de entonces.

VIDOCQ
 

Si hay un personaje decisivo en la historia de la policía del siglo XIX, ese es, sin duda, el francés Eugéne-Francois Vidocq, ladrón, contrabandista y estafador, que de informador de la policía llegó a ser director de la Sûreté Nationale de Francia. Son incontables los avances en investigación policial que se asocian a su nombre y –por si eso no fuera ya suficiente motivo para comenzar recordando su figura en un artículo que habla, entre otras cosas, sobre la policía en 1861, tan solo unos años después de su muerte–, él fue el policía de carne y hueso que sirvió de inspiración para el nacimiento del género policíaco. Además, la presencia de todo lo francés en la sociedad española de mediados del XIX era apabullante y, aunque las memorias de Vidocq aún no habían sido traducidas al castellano en aquella época, su nombre era citado con frecuencia en artículos de prensa, revistas jurídicas y novelas.

Eugène-François Vidocq
 
Pero, ¿cómo eran los policías españoles en el Madrid descrito en «La cajita de rapé»? ¿Se parecían a aquel famoso delincuente francés que en 1809 decidió cambiar de bando y ofrecer sus servicios como informador a la policía?

LA POLICIA EN EL MADRID DE 1861
 

En 1861 gobierna en España la Unión Liberal, una coalición de conservadores avanzados y progresistas templados, liderada por el general Leopoldo O’Donnell. Apenas han pasado 7 años desde que la Revolución de 1854 pusiera fin a los últimos desmanes y corruptelas de la Década Moderada y ese cambio de aires se ha dejado sentir en muchos ámbitos, incluido la policía. En la Década Moderada era muy frecuente encontrar a exconvictos en los cuerpos policiales –como el célebre Jeroni Tarrés en Barcelona– y los altos mandos de la policía recaían habitualmente en personas cercanas a la órbita del poder –como Francisco García Chico, jefe de la policía de Madrid–, tuviesen o no la experiencia y titulación aconsejada. Algo ha cambiado la policía en 1861. La policía de Madrid, por ejemplo, se rige por un reglamento publicado tres años antes según el cual el inspector jefe de vigilancia de cada distrito ha de ser abogado, salvo por ascenso. Quedan, como es natural, entre los policías madrileños, algunos de los matones que trabajaron a las ordenes de Francisco García Chico –quien fue asesinado en la Revolución de 1854 por un grupo de exaltados que se tomaron la justicia por su mano–, pero cada vez son menos y entre los altos mandos de la policía, inspectores y secretarios, lo normal es que o tengan una larga carrera como empleados públicos, como es el caso de el inspector Benítez, o sean licenciados en Leyes. La Unión Liberal del general O’Donnell  intenta abolir la imagen de un policía zafio, sin escrúpulos y con un pasado carcelario, aunque entre los “nuevos policías” también los hay tan corruptos y vendidos al poder como los de la policía de la Década Moderada.


INSPECCIÓN DE VIGILANCIA Y GUARDIA CIVIL VETERANA

La policía en la época que nos ocupa estaba a las órdenes directas del Gobierno Civil de la provincia de Madrid, con sede en el Palacio de Cañete, en la calle Mayor, y el gobernador a su vez dependía del Ministerio de Gobernación, situado en la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol. 

Ministerio de Gobernación
(BNE)

En cada distrito de Madrid había una oficina de inspección y vigilancia, en la que, entre otras muchas tareas, se expedían las cédulas de vecindad a las personas empadronadas en ese distrito. En esta oficina tenía su despacho el inspector jefe de vigilancia del distrito, cargo que tan solo unos años atrás era designado con el nombre de comisario.

Además de una oficina de inspección y vigilancia, todos los distritos contaban con uno o dos puestos de la Guardia Civil Veterana, que cumplía las funciones de guardia urbana de Madrid en esa época, y una prevención civil, local destinado a detener provisionalmente a los delincuentes hasta su traslado a la cárcel del Saladero.

LA JUSTICIA

El Palacio de Santa Cruz, actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, en la plaza de la Provincia, fue construido en el siglo XVII como cárcel de Corte. En el último tercio del siglo XVIII los presos fueron trasladados al Oratorio y Convento de la Congregación de Sacerdotes Misioneros del Salvador del Mundo. Aquel edificio, situado a espaldas del Palacio de Santa Cruz, fue utilizado como cárcel de Corte hasta el año 1850, cuando los últimos reclusos fueron llevados al Saladero y el edificio sacado a pública subasta.

En 1861 la planta superior del Palacio de Santa Cruz estaba ocupada por la Audiencia Territorial de Madrid y en torno a las galerías que rodean los dos grandes patios de la planta baja se distribuían los juzgados de primera instancia y los despachos de jueces de instrucción. El titular de uno de esos despachos, Ricardo Pérez Elgueta, juez de primera instancia del distrito de las Vistillas, fue quien instruyó la causa del crimen cometido en casa de los Ribalter.

Palacio de Santa Cruz
(Litografía del siglo XIX)

CÁRCEL DEL SALADERO
 

El Saladero fue la principal cárcel madrileña en el reinado de Isabel II. Se encontraba en el extremo norte de la población, junto a la puerta de Santa Bárbara, en el ala oriental de la plazuela del mismo nombre, y era así conocida porque el edificio en que se instaló –construido en el último tercio del siglo XVIII– fue en su origen un matadero de cerdos y saladero de tocino. Esta cárcel estuvo en funcionamiento desde 1833, fecha en la que se trasladaron a ella los presos de la Cárcel de Villa (situada en la parte posterior del Ayuntamiento), hasta 1884, año en que fue inaugurada la Cárcel Modelo de Madrid (hoy Cuartel General del Ejército del Aire).

El Saladero
(Grabado del siglo XIX)

EL CAMPO DE GUARDIAS

En la cárcel del Saladero pasaban sus últimos días los reos condenados a pena de muerte, la cual se ejecutaba entonces en el Campo de Guardias, una explanada situada al norte de la ciudad, extramuros a la puerta de Fuencarral.


Del Saladero –al mediodía del 7 de febrero de 1852, a lomos de un burro y vestido con hopa y birrete amarillos manchados de rojo sangre–, salió el cura Merino, el sacerdote liberal que había atentado contra la reina Isabel II apenas cinco días antes. En el Campo de Guardias, abarrotado de público aquella tarde, le esperaba el garrote, método de ejecución de la pena capital desde que en abril de 1832, al final del reinado de Fernando VII, fuese abolida la pena de muerte en la horca.

Ejecución del cura Merino
The Illustrated London News
21-II-1852
 
El Campo de Guardias era el lugar donde se celebraban las ejecuciones públicas en la época descrita en La cajita de rapé y lo siguió siendo durante años. El 24 de noviembre de 1894, después de siglos en los que la ejecución de los condenados a la pena capital constituía un espectáculo al que asistían centenares de personas,  se promulgó una Real Orden que suprimía esta macabra costumbre, indicándose que dichas ejecuciones debían llevarse a cabo en el interior de las cárceles.
 
Javier Alonso en Monterrey, México
Fotografía: Víctor Eduardo Hernández
es licenciado en Medicina y Cirugía por la Univ. Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Univ. Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Actualmente compagina su pasión por la literatura con su cargo como director académico para Latinoamérica en la escuela internacional AMIR. En los  últimos años ha impartido varios seminarios de Creación Literaria, Nacimiento de la Novela Policíaca, Historia del Siglo XIX y Lectura Crítica tanto en España como en diversos países de Latinoamérica. En febrero de 2017 publicó, con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II de la que se han escrito decenas de reseñas y que fue nominada a la mejor novela negra de autor novel en el Festival Morella Negra como la Trufa. A raíz de la publicación de su primera novela, ha participado en festivales de novela negra y ha formado parte del jurado de diversos certámenes literarios, entre ellos el I Premio Tristán Solarte a la mejor novela negra publicada en el año 2018 en Panamá. En febrero de 2018 se publicó una edición en bolsillo de La cajita de rapé, (EmBolsillo, 2018) y actualmente se distribuye, además de en España, en varios países de Latinoamérica (Ecuador, Colombia, Guatemala, México, Panamá y Uruguay). El 2021 saldrá a la venta su segunda novela, también protagonizada por el madrileño inspector Benítez.