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«Novela negra histórica», por Miguel Izu

«Novela negrocriminalpoliciaca histórica.» 
por Miguel Izu
Una vez más, al escribir sobre este género o subgénero narrativo, he de hacer algunas observaciones previas, reiterando lo que ya tengo explicado en “La historia de España en la novela policíaca” (V Semana Negra en la Glorieta, 2018) y en “Novela policíaca histórica” (Revista Imán, noviembre 2019). Hoy se publican muchas novelas que se pueden clasificar en esta especie híbrida, aunque es usual en España que se les coloque, en unos casos, la etiqueta de novela histórica y, en otros, la de novela negra o policíaca. Identificarlas como novela negra histórica todavía es una costumbre que se practica poco. Por otro lado, resulta complicado decidir si la denominación correcta debiera ser novela negra histórica, novela policíaca histórica o novela de crimen y misterio histórica. En otros países, y en otras lenguas, disponen de expresiones mejor asentadas. Los anglosajones suelen preferir hablar de crime and mistery fiction y de historical mystery; los franceses dicen roman policier, o “polar” de forma abreviada, y roman policier historique o polar historique; los italianos llaman giallo a todo lo que nosotros decimos policiaco o negro y giallo storico a las historias amarillas que se desarrollan en el pasado; los alemanes lo denominan historischer Kriminalroman. Como explican Martín Escribà y Canal i Artigas (A quemarropa. La época clásica de la novela negra y policiaca, 2019), sería más riguroso hablar de un “metagénero criminal” que abarca tanto a la novela policíaca (la de Agatha Christie) como a la novela negra (la de Dashiell Hammett). No obstante, en España ha cundido la moda de llamar negro a todo lo que tenga que ver con crímenes, policías y delincuentes, incluyendo géneros colindantes como el de aventuras, el thriller y el espionaje. El propio Martín Escribà es uno de los promotores del Congreso de Novela y Cine Negro de la Universidad de Salamanca (desgraciadamente suspendido este pandémico año, aunque el que esto firma guarda el pasaje para acudir el que viene), que no ha tenido más remedio que rendirse al uso generalizado del término negro, más sonoro y comercial, aunque su ámbito de atención sea muy extenso, crimen, misterio, policías, espionaje, suspense y toda la negritud en sentido amplio.

En fin, como novela histórica de crimen y misterio resulta largo y desusado, es más práctico y breve que hablemos de novela negra histórica. Y vamos a ello con tres autores que han cultivado el género y que algo pueden decirnos al respecto en esta Semana Negra en la Glorieta (semana que también es de crimen, misterio, policías y todo lo ya explicado, etcétera).

Javier Abasolo (Bilbao, 1957), funcionario jubilado, no solo es un veterano escritor de novela negra, sino también el autor de un muy meritorio trabajo que, no solo actualiza periódicamente, sino que permite descargar gratis a todos los interesados: Txapela Noir, Diccionario del Género Criminal Vasco (incluye a autores navarros, lo que enfurecerá a algunos navarros y hará felices a otros, no nos ponemos de acuerdo en si somos o no somos vascos; a mí me parece bien que los navarros tengamos la opción de ser o no ser vascos según para qué, si bien soy más de sombrero Panamá que de txapela).

Entre sus muchas novelas, Javier tiene algunas que encajan en el género que nos ocupa aquí: Una decisión peligrosa (2014), que se desarrolla en 1940 en un ucrónico reino de Navarra que logró mantenerse independiente y que duda sobre si intervenir o no en la Segunda Guerra Mundial; El juramento de Whitechapel (2019), ambientada en el Londres de 1888 y donde mezcla a un joven Sabino Arana con Jack el Destripador; o Una tumba en Jerusalén (2020), que da saltos desde la Segunda Guerra Mundial y los intentos nazis de atraerse la colaboración del nacionalismo vasco hasta 1973, cuando Carrero Blanco acaba de ser nombrado presidente del Gobierno de España.

Para esta Semana Negra, Javier nos hace una triple reseña de tres novelas histórico-criminales con una característica en común, el salto en el tiempo dentro de la trama. Las tres cuentan una investigación policial del presente pero, al mismo tiempo, el relato de otra investigación que nos remite al pasado, a otra época histórica, un recurso muy habitual en el género (yo mismo lo he utilizado en una de esas tres novelas).

Carlos Aitor Yuste es historiador, bombero forestal y escritor, nacido en Madrid en 1974 pero asentado en Navarra. Ha publicado Eso no estaba en mi libro de historia de la medicina (2019), con Jon Arrizabalaga, y una novela, La conjura de los libros (2019), que encaja plenamente en el género que aquí nos ocupa. Una trama de asesinatos, intrigas y traiciones en la España de 1792, cuando el conde de Floridablanca, para evitar el contagio del virus revolucionario de Francia, ha decidido cerrar las fronteras y prohibir la llegada de noticias, periódicos y libros. Invitado a participar en esta Semana Negra, ha decidido contarnos por qué le gusta escribir novela histórica adornada de crímenes.

Por su parte, Sergio García Rodrigo (Pamplona, 1975), tiene como profesión la de técnico de calidad en una empresa industrial y como vocación la de escritor. Ha publicado tres novelas negrohistóricas. Sobre puentes y secretos (2010) es una historia de crímenes que del presente salta hacia el pasado, a 1952, cuando un grupo de exiliados españoles en Francia queda unido para siempre por un terrible secreto; uno de ellos sufrirá en el París de 1961 las consecuencias de la guerra de Argelia. El Luthier de Salamanca (2015) se desarrolla en los primeros años del siglo XX y sigue las andanzas de un chico de un humilde barrio salmantino que tiene la oportunidad de estudiar en Cremona, Italia, y de convertirse en un gran luthier obsesionado por la perfección de sus violines. De vuelta a su ciudad natal, recibe la visita de una misteriosa mujer que lo pone sobre la pista del cruel asesinato de un violinista callejero sucedido años atrás. Llueve sin color: Bilbao 1937 (2020) se desarrolla durante la Guerra Civil, cuando llueven bombas sobre la asediada capital vizcaína, y contiene una trama de espionaje y contraespionaje.

Sergio ha preferido escribir sobre un autor que se ha convertido ya en un clásico de la novela negra histórica, el escocés Philip Kerr y su serie sobre el detective berlinés Bernie Gunther ambientada en la Alemania nazi, prenazi y postnazi. Su última novela, publicada poco después de su prematura muerte, Metrópolis (2019), cierra definitivamente la saga aunque, curiosamente, se ambienta en 1928 por lo cual refleja las primeras aventuras de Gunther en orden cronológico.

Las glorietas, entre otras utilidades, tienen la de poder girar para retroceder por el camino que ya hemos recorrido. Como la novela histórica. Con ayuda de estos tres autores, vamos a dar unas cuantas vueltas entre el presente y el pasado.

Para leer las colaboraciones de los tres escritores incluidos por Miguel Izu en su seccción, pincha en los siguientes enlaces:
 
Javier Abasolo - LEER
Carlos Aitor Yuste - LEER
Sergio García Rodrigo - LEER
 


 
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017), El rey de Andorra (2018). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: https://mizu38.wixsite.com/miguelizu

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas, 
por Yolanda Rocha Moreno
En muchas ocasiones he comentado con amigos y autores que el mundo rural me fascina sobre todo cuando se trata de novela negra porque creo, sinceramente, que en pocos lugares como en los pueblos pueden entenderse los odios que se pierden atrás en el tiempo. Odios que pueden acabar desembocando en sucesos terribles, en crímenes que nos dejan sin aliento por su brutalidad, como hemos podido vivir en nuestro país en muchas ocasiones. Solo hay que recordar los oscuros, y aún no resueltos, asesinatos de Los Galindos o la matanza de Puerto Hurraco, por poner dos ejemplos conocidos. No solo eso: uno de mis escritores favoritos de siempre es Miguel Delibes, que supo reflejar como nadie ese microcosmos que puede ser un pueblo, en el que difícilmente se olvidan las cosas que han pasado e, incluso, se anticipan las que están por llegar. El camino y Los santos inocentes son dos de mis lecturas de cabecera, a las que vuelvo de cuando en cuando. Tan diferentes y tan parecidas. Tan brutalmente sinceras. Un poco de Delibes hay en Los Caín, tanto en la ambientación como en el dibujo de los personajes y en algunas descripciones. Pero Enrique Llamas, además, ha sabido crear una novela negra diferente, inquietante, misteriosa, que hunde sus raíces en el pasado de un pueblo que parece incapaz de escapar de sí mismo.

FLORES EN LA TUMBA DE LA NIÑA ESTHER

"Dicen que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Por eso, a veces, las cosas más horribles ocurren en domingo. Mientras Dios duerme."
De la película El séptimo día,
dirigida por Carlos Saura.

Héctor Cruz, un joven e inexperto maestro madrieño, es destinado como profesor a la escuela de Somino, un pueblo perdido en la meseta castellana del que jamás ha oído hablar. La oportunidad de hacerse cargo de una clase durante un curso completo es el mejor aliciente, a pesar de la lejanía. Son los últimos años del franquismo y, aunque en Madrid las cosas empiezan a modernizarse, en Somino todo sigue como siempre, anclado. Cuando llega a Somino todo le es extraño y Héctor se siente por completo fuera de lugar. Los ciervos, que abundan en los alrededores, empiezan a morir y a aparecer en la puerta de algunos vecinos sin que nadie tenga una explicación ni haya visto nada. Y el joven profesor no comprende a los habitantes, ni por qué viven con rencores de los que nadie ya recuerda el motivo. El pueblo está dividido en dos, tanto física como emocionalmente: son quienes son y sienten lo que sienten por haber nacido en una parte u otra de Somino y, como marcado en el ADN, crecen con el odio a los de enfrente. Héctor irá desbrozando a duras penas parte de la historia del lugar y descubrirá dos muertes que siguen sin explicación: el extraño accidente de una adolescente que trataba de huir de su casa y la de una niña ahogada veinte años atrás, a cuya tumba, misteriosamente, llevan flores vecinos de las dos partes del pueblo. La llegada del invierno y la nieve encierra todavía más a los vecinos y a Héctor, que no puede conducir a Madrid, y a quien no le queda sino la rutina y una inquietud cada vez más intensa.
Si hay una cosa que me llamó la atención de Los Caín es la sorprendente juventud de su autor, Enrique Llamas, que ha escrito una novela madura, oscura, que contiene un retrato absolutamente real del mundo rural de aquellos años. Ha sido capaz de crear una ambientación única y absorbente, que te traslada a las calles de Somino y que te hace querer saber más, indagar en los motivos que aquellas gentes tienen para hacer lo que hacen y ser como son. Eran tiempos (y eso se mantiene en la actualidad) en que en los pueblos no había las distracciones que podían encontrarse en las ciudades, de ahí que observar al vecino fuese el mejor entretenimiento.

Las gentes se rebautizan de acuerdo con la familia en la que ha nacido. El único teléfono de la localidad está en casa de “las chicas de teléfonos”, que siguen siendo las chicas aunque casi estén ya en edad de jubilación. Hay un general temor mezclado con odio hacia la Guardia Civil, a los que miran con recelo y como si fuesen invasores. La muerte de los ciervos está dejando sin su medio de vida a quienes conseguían dinero vendiendo su carne y eso enrarece más la atmósfera que rodea al pueblo.

 
Enrique ha escrito una novela fantástica, en la que es muy fácil caer dentro. Una novela que trata, sobre todo, de la maldad humana y de cómo hay personas que disfrutan siendo malas. De cómo en el mundo rural hay enfrentamientos que pueden durar años y generaciones, ese "germen de Guerra Civil" que definió Arturo Pérez Reverte en una ocasión. O que hay cosas que suceden, incluso las más terribles, porque en el pueblo no hay nada más en lo que pensar. La prosa es magnífica, con descripciones tan intensas que puedes sentir el frío de la nieve caída, el temor de Héctor ante todo lo que no entiende, la soledad de las calles apenas iluminadas, las ventanas que esconden, tras sus cortinas, miradas que buscan y juzgan. Y la ambientación, como decía antes, impresionante. Nada sobra. Es sencillo hacer propios los miedos y las preguntas de Héctor. Incluso las carreteras se confabulan para convertir a Somino en un mundo aparte: es largo y complicado llegar y casi imposible abandonarlo, incluso para quienes ya se han ido.

Los Caín me ha supuesto un brillante descubrimiento, una novela que se sale por completo de los cánones de la novela negra pero que lo es por derecho propio. Muchas de sus páginas te provocan un escalofrío muy real en la espalda. Ha sido una de mis lecturas más impactantes de los últimos tiempos y os la recomiendo encarecidamente. Somino os está esperando y, con este inicio, querréis llegar cuanto antes:
"Nadie supo nunca que aquella noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo porque en la tarde del entierro ya anochecía, y la cerraron deprisa y a ciegas. No sirvió de nada que al día siguiente, cuando la mañana apenas clareaba, la persona encargada intentase sellarla con la tranquilidad de quien sabe que, entre los vivos, los muertos solo dejan herencias."



   
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es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".

 

Sí, eran españoles y murieron en Mauthausen

En Cita en la Glorieta hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

SÍ, ERAN ESPAÑOLES Y MURIERON EN MAUTHAUSEN
José María Velasco
En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90 % de los ellos morirían allí.


Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles)
.



Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extra, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio.

Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la II Guerra Mundial, los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero no pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.


Esa verdad incómoda existe. No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En este link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.

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Gracias por visitar Cita en la Glorieta,

Javier Alonso García-Pozuelo 
 

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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Reseña de «Un episodio nacional», de Carlos Mayoral

RESEÑA DE «UN EPISODIO NACIONAL», DE CARLOS MAYORAL. Espasa (2019)
por Manu López Marañón
Carlos Mayoral (Villaviciosa de Odón, Madrid, 1986) tras publicar en 2016 «Etílico» (donde se novelan vivencias de escritores alcohólicos) da un volantazo a su incipiente trayectoria para viajar al final del siglo XIX en Madrid y presentar una ambiciosa obra en la que confluyen tres tramas, dos basadas en hechos reales y una ficticia.

Tras logros como los de Juan Ramón Biedma en «Londres 1891» o Javier Alonso García-Pozuelo con «La cajita de rapé», narraciones para las que sus autores elegían (con acierto y eficacia) modos narrativos propios del realismo, Carlos Mayoral opta asimismo en «Un episodio nacional» por sumergirse en esa centuria, concretamente en sus postrimerías, para recrear un
Madrid maravillosamente documentado (el rigor hoy, gracias a Internet, se da por supuesto, pero en casos como este hay que celebrarlo) y, además, mostrarse acertado a la hora de reflejar «el color local», que es cuando un autor logra hacernos sentir la atmósfera y la trepidación urbanas. A esta lograda inmersión –tanto histórica como lingüística– le perjudican, sin embargo, palabras y expresiones muy actuales que chirrían en el estilo decimonónico, algo que debió haber sido corregido antes de que el texto entrara en la imprenta.

La Regencia de María Cristina de Habsburgo empieza a la muerte de Alfonso XII y acaba cuando Alfonso XIII jura la Constitución en 1902. Es durante ella cuando se desarrollan las historias de «Un episodio nacional», concretamente durante el período que tiene lugar entre el 2 de julio de 1888 (fecha del crimen de la calle Fuencarral) y el 19 de julio de 1890 (última ejecución pública en España por garrote vil).

Estamos dentro de lo que se conoce como «Parlamento largo» (1885-1890) de Práxedes Mateo Sagasta, líder del Partido Liberal-Fusionista que pone en marcha desde su gobierno un conjunto de reformas de marcado perfil social como son, por ejemplo, el regular la libertad de asociación (lo que permite a las organizaciones obreras actuar libremente), implantar la ley del jurado (el juicio por el crimen de la calle Fuencarral será la inaugural actuación de un jurado popular en España), el sufragio universal masculino (algo que, sin embargo, no destierra el caciquismo, que sigue favoreciendo el fraude electoral), o la aprobación de importantes cuerpos legales (como el nuevo Código Civil en 1889 y el Código Penal en 1890).

La expansión de los regionalismos en Cataluña, País Vasco y Galicia (que van creando la idea de cómo España «no es una nación sino un Estado formado por varias naciones»), así como la depresión agraria causada por la caída de los precios motivada por la llegada de productos de los «nuevos países» (Argentina, Estados Unidos y Australia) caracterizan asimismo este período.

No obstante, y a pesar de que la Restauración a finales del siglo XIX en España es una etapa que no se cobra muertos, afirma Carlos Mayoral: «pero bajo esta aparente paz, el país se pudría y colocaba los cimientos de una casta política corrupta que serían ya difíciles de derribar».


El crimen de la calle Fuencarral. ¿Cabría hablar de spoiler a la hora de glosar sin trabas un asunto que sucedió hace 132 años y que ha sido llevado a la pantalla varias veces? Pienso que no. Pero como en «Un episodio nacional» esta trama viene planteada como la crónica novelada de una investigación, deberé mostrarme cauto y no desvelar algo que, por otra parte, mucha gente conoce de sobra… Sobre todo lectores de mi generación que gozaron con aquella estremecedora serie de televisión que fue «La huella del crimen», la cual, durante bastantes inolvidables viernes de 1986, nos sobrecogía con unos episodios escritos por grandes guionistas y rodados luego por directores de prestigio y que, vista en la actualidad, mantiene en conjunto su interés.

Recomiendo a quienes compren esta novela y no vieron la serie que lo hagan. Empezar con «El crimen de la calle Fuencarral» (por supuesto, nada más acabar «Un episodio nacional») puede ser una excelente idea. Toda la colección de crímenes está a vuestra disposición en RTVE Archivo.



La huella del crimen. RTVE

El 2 de julio de 1888 aparece carbonizada y con una puñalada en el corazón Luciana Borcino, una mujer viuda, rica, pero generosa con su dinero. Inmediatamente la culpa recae sobre la criada, Higinia Balaguer, que llevaba pocos meses sirviendo en la casa y ha debido de matar a su ama para robarla.

Benito Pérez Galdós acepta enviar al periódico bonaerense La Prensa la historia de este crimen. Pretende mandar crónicas de lo acontecido y quedarse él –para una posterior obra (que nunca llevaría a cabo)– con lo que vaya encontrando de novelable: es decir, estaríamos ante una teórica separación entre hechos periodísticos y material novelesco… Y digo «teórica» porque a la hora de escribir, sea lo que sea, Galdós lo tenía claro:

«Mi secreto no es otro que abrir bien los ojos… Hay más literatura en la realidad que en todas las ficciones que pasan por su cabeza, amigo. Salga ahí fuera y dese un paseo por estas calles. Verá más personajes de novela en dos minutos que en toda la obra de Cervantes».
Las sospechas pronto se tornan hacia el hijo de la víctima, José Vázquez Varela –el Pollo Varela o el Varelita–, un vivalarvirgen con mala fama en el hampa por ser un traidor que viola el código de lealtad entre delincuentes, y que perfectamente ha podido ser capaz de matar a su propia madre. A ello se opone que la noche del crimen él ocupara su celda en la cárcel Modelo, donde aún reside por haber robado una capa. Su coartada es perfecta.

Las investigaciones de Galdós y su acompañante –el aspirante a escritor Melquíades Quirón– conducen a las hermanas Ávila –Dolores y María–. Dolores, amiga de Higinia, está ya en la cárcel de mujeres (Casa Galera) acusada de haber escondido el botín y de encubrir al asesino.

Otro personaje esencial en este asunto es José Millán Astray, director de la Modelo. Un preso asegura haber escuchado a Vázquez Varela conversar con Millán Astray sobre el asunto del robo, y, también, cómo ambos se reunían para planear el asalto en casa de Luciana… Y hasta aquí puedo contar.

El autor explica cómo este crimen no tardó en despertar el morbo de los madrileños. La verdad es que lo tenía todo: una víctima rica, un hijo delator y con cuentas pendientes con la justicia y una criada ingenua, fácilmente influenciable. En los cafés y en la calle se crean dos bandos: los higinistas, partidarios de la criada y contrarios a Varela, que lo acusan de ser el asesino, y los varelistas, opuestos a Higinia Balaguer. Todas las coplas y romances que circulan por la ciudad son unánimemente favorables a Higinia.

Pero quizá lo que más interesa al escritor de «Un episodio nacional» sea el marcado carácter de lucha de clases que este asesinato puso de manifiesto en la sociedad madrileña, así como que gracias al crimen de la calle Fuencarral pudo sentirse la pujanza que iba adquiriendo la prensa escrita.

Respecto a lo primero, que Higinia represente el desamparo del proletariado resulta obvio; no menos que el Pollo Varela sea una arquetípica imagen del señorito golfo y vicioso, tan característico de aquella ociosa burguesía española.

Donde mejor se percibe la dimensión alcanzada en 1888 por el «cuarto poder» es en esa actuación mancomunada contra Eugenio Montero Ríos, quien por esta época presidía el Tribunal Supremo y resultó ser el principal protector del director de la Modelo, José Millán Astray.

Informado de semejante insólita conexión por Galdós, el indignado director de «El Liberal», acuerda con otros directores de periódico una estrategia común para «echarse sobre la yugular de Montero Ríos y sacarlo como sea del Ministerio de Justicia». Ante la más que posible imputación por complicidad en el asesinato de Luciana Borcino, Eugenio Montero opta por dimitir. Por vez primera la prensa ha tumbado a uno de los hombres más poderosos de España.

«Vaya un crimen criminal
el que ha pasao el mes pasao
en la calle Fuencarral.
Vaya un crimen de verdad
con incendio y puñalá
con robo y misterio grande
pa’que no le falte de ná.»
Unos amores de doña Emilia y don Benito. Iniciada la relación entre ambos escritores en 1880 bajo el tono de la admiración y respeto que ambos se profesaban, en 1888, cuando se produce el crimen de la calle Fuencarral, la amistad ha pasado a convertirse en relación íntima. Benito Pérez Galdós viene de publicar su obra maestra, «Fortunata y Jacinta», y tiene 45 años; Emilia Pardo Bazán, hija de condes y mujer casada (su hastío hacia un marido que nunca sintió amor por ella ni por la literatura es ya completo), tiene 37 años y en 1886 ha dado a la estampa su obra más perdurable: «Los pazos de Ulloa».


Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós.
-Autor desconocido-
(Arquivo da Real Academia Galega)

Fue Pardo Bazán una mujer tenaz a la hora de demostrar que la razón debía estar siempre del lado de la inteligencia y que la inteligencia no tiene sexo. Algo que pronto corrobora Pérez Galdós: «En este desgraciado país, incapaces los hombres de equipararse a las mujeres, se dedican a difamarlas».

Tal y como narra Carlos Mayoral en «Un episodio nacional» los encuentros madrileños del canario y la gallega, muy tórridos, tenían lugar en el hotel Victoria. Complementados por paseos en el Retiro, carantoñas y confidencias literarias, esta pareja nos hace ver que estamos ante una relación espiritual consolidada. Algo tan de la época semejante forma de amar, semejante «comunión de almas», prescrita casi en estos tiempos materialistas y poco dados a la lírica como los que nos toca padecer.

En 1888 se celebra en Barcelona la Exposición Universal, a la que asiste, sin compañía, Emilia Pardo Bazán. A su activo feminismo, –insólito en la España de entonces–, añadía esta mujer una sexualidad activa, muy sensible a la belleza masculina. Eso sí, para convertirse en auténtica pasión, al aliciente físico debía unirse necesariamente una afinidad espiritual con el deseado. Todo ello vuelve a cobrar forma para ella en mayo de 1888 al conocer a Lázaro Galdeano, un escritor menor secretario de la Exposición. Durante unos días de asueto la recién inaugurada pareja se entregará a los placeres de alcoba con remarcable fogosidad.

Según cuenta Mayoral con sorna en el capítulo IX de «Un episodio nacional», Benito Pérez Galdós se entera, en una tertulia del recién inaugurado Café Gijón y por boca del escritor Juan Varela, que se ve tenía ganas a su colega, de cómo la Pardo Bazán y Galdeano, aprovechando la Exposición, han hecho una escapada a la Costa Brava…
Galdós siente en el alma un alfilerazo. Más aún que la infidelidad corporal, que ésta se haya producido con un literato de tercera categoría es lo que lo lleva a romper su relación con Emilia, quien, arrepentida, no tarda en escribir una carta a su ex amante. En ella dice:
«Nada diré para excusarme, y solo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas.»
Los escritores volverán a encontrarse, pero ya nada será igual. Con un punto de sarcasmo desvela Carlos Mayoral cómo, mientras Pardo Bazán le era infiel, Galdós, a su vez, se acostaba regularmente con Lorenza Cobián, una modelo de pintores a la que hizo madre en 1891. Y es que por muy progresista que fuera el inflexible y dolido escritor, en esa época en España (y me atrevería a decir que hoy también) había cuernos y cuernos.

La novela de formación de Melquíades Quirón. A diferencia de las anteriores tramas, narradas en tercera persona, este bildungsroman acoplado a ellas prefiere la primera persona. Debo decir que la historia del joven literato vallisoletano llegado a Madrid con una recomendación para Galdós (el cual, los primeros días lo acoge en su casa y en seguida lo acepta como colaborador a la hora de recabar información sobre el crimen de la calle Fuencarral) no me ha seducido tanto como el resto de «Un episodio nacional».

Mayoral –y esto hay que alabarlo– en todo momento se esfuerza por hacer de las vivencias madrileñas de su espabilado provinciano algo narrativamente palpitante, en convertirlo en prototipo algo tronado de héroe desbocado, un romántico tardío que celebra y sufre con igual intensidad la vida, cada descubrimiento o paso atrás de la investigación, así como el vibrante juicio del crimen. También goza del amor –de la pasión carnal mejor– escindido su corazón entre la mujer con la que debería casarse (Laura) y una perdida (Nela) que nada le conviene y se encargará de llevarlo a la enfermedad.

Pero siempre según mi parecer, el escritor no logra conmover tanto con esas ficticias desventuras que devienen algo forzadas en el conjunto del argumento, aunque Mayoral se sirve de este bildungsroman para articular narrativamente su libro; libro que, sin esta trama de ficción, hubiera corrido el grave riesgo de no hilvanarse, quedándose en dos ensayos históricos separados (el del crimen y el de los escritores) y no en la buena novela de imparable ritmo que acaba resultando ser «Un episodio nacional».



ENTREVISTA CON CARLOS MAYORAL
por Manu López Marañón
El centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós

En efecto, el 4 de enero de 1920 fallecía en Madrid este gran escritor. A finales de 2019, oportunamente, llega a las librerías españolas tu segunda novela «Un episodio nacional» que tiene entre sus protagonistas tanto a don Benito Pérez Galdós como a ese Madrid finisecular que le tocó vivir y novelar.

Carlos, ¿qué te lleva a elegir para tu novela esa etapa de la Restauración (1888-1890), y no otra, en una vida de tantos avatares como fue la de Benito Pérez Galdós?

Bueno, yo soy de la opinión de que una novela no llueve del cielo, no te levantas un día y sueñas «Yesterday», como McCartney, sino que de alguna manera esa novela te sobrevuela durante un tiempo hasta que todo casa. A mí siempre me había llamado la atención el crimen de Fuencarral por un lado, y la relación entre Emilia y Galdós por otro. De pronto, un día caí en la cuenta de que los dos años que duró el proceso judicial del crimen coinciden temporalmente con los dos años de mayor apogeo en el amor entre los dos escritores. De pronto, todo casaba. A partir de ahí, encontré muchos puntos de conexión con la época actual: la influencia de la prensa populista en el devenir de los asuntos políticos y judiciales de la época, el auge de un cierto feminismo abanderado por Emilia, el caciquismo sustentado por un bipartidismo atroz… Creo que la Restauración es una época mucho más apasionante de lo que dicen los libros de historia.

¿Tiene importancia para construir al personaje literario que Galdós, a sus 45 años, haya publicado ya grandes obras maestras como «Miau» y «Fortunata y Jacinta», que apareció en 1887?

Mucha importancia. Tanto Galdós como Emilia están en el cénit de sus carreras: Emilia también ha publicado ya tanto los Pazos como la Cuestión Palpitante. Además, Emilia se ha separado ya de su marido, Galdós suena ya con fuerza para la Academia… digamos que son dos hombres maduros que buscan un amor intelectual. Creo que ese era el motor de su relación: la admiración literaria e intelectual que mutuamente se profesaban.
En la relación amorosa de Galdós con Emilia Pardo Bazán, a pesar de ser ambos escritores librepensadores que se proclaman a los cuatro vientos defensores absolutos de la igualdad entre sexos, acaban por intervenir ocultas infidelidades que –descubiertas en parte– generan los irremediables celos y dañan irremediablemente la relación. En tu novela explicas cómo a Galdós, más que la infidelidad física en sí, lo que hiere de muerte es la traición intelectual, el que Emilia tenga una aventura con un literato que no le llegaba a la suela de los zapatos.

Sí. Galdós se debate: ¿por qué me molesta que lo que hasta ahora era una relación libre ahora no pueda disfrutar de esa libertad? Me parece que Lázaro Galdeano se mete dentro de ese terreno de admiración literario que comentábamos, y no podía soportarlo.

Al saber ahora que, al mismo tiempo que la gallega disfrutaba de su corta pero fogosa aventura en la Costa Brava, Benito Pérez Galdós no se quedaba a la zaga y disponía de otra amante fija para su solaz, ¿no resulta exagerada y hasta cínica esa reacción del escritor comportándose como un honesto varón ultrajado? Un defensor a ultranza de la igualdad entre sexos, ¿puede actuar en la práctica con semejante soberbia mientras incurre en la misma perfidia?

Sí, pero fíjese la diferencia: la amante de Galdós es una pastora semianalfabeta. Digamos que, en ese sentido, no penetra en el terreno erudito que les pertenecía a ambos. Lázaro Galdeano, al contrario, sí habita ese mundo.

Por otra parte, ¿qué actitudes típicamente decimonónicas crees que puedan seguir perdurando, en España, en las relaciones amorosas que se establecen durante el siglo XXI?

Paradójicamente, la Restauración es una época que camina con cierta regularidad hacia un cierto liberalismo amoroso y sexual. Se visualizan las separaciones, la homosexualidad, etc. El problema es que más tarde atravesamos cuarenta años de dictadura que, digamos, detiene esos avances. Pero, por contestar a tu pregunta, fíjate que de un tiempo a esta parte me ronda una idea: la importancia de los celos desde el XIX hasta hoy. En la novela decimonónica, los celos juegan un papel capital, véanse «Fortunata y Jacinta», «La Regenta», «Madame Bovary», «Anna Karenina»… Sin embargo, hoy esa faceta no se explota dentro de la novela, cuando los celos siguen siendo un motor recurrente, por ejemplo, en los asesinatos por violencia machista.

En «Un episodio nacional» te interesa aclarar cómo a Benito Pérez Galdós abordar el género periodístico y el novelístico obligaba a usar estilos y enfoques radicalmente diferentes. Las crónicas que remitió al diario bonaerense «La Prensa» sobre el crimen de la calle Fuencarral han sido comparadas, por meticulosidad y exactitud, a la prosa que caracteriza la obra de Dashiell Hammett. Tal es así, que hay quien considera a Galdós un precedente de la narración detectivesca que tanto éxito obtendrá en el siglo XX. Pero como bien distingues, el canario, durante sus investigaciones y entrevistas a testigos del crimen conscientemente apartaba material para una obra de ficción que, por desgracia, no llegó a escribir. El «espíritu novelesco» trascendía para Galdós a la desnudez periodística de los hechos. A él debe sus mejores obras. ¿Por qué crees que Benito Pérez Galdós dejó escapar un asunto tan apetitoso –novelísticamente hablando– como fue el del crimen de la calle Fuencarral?

Bueno, no es exacto que los dejase escapar novelísticamente hablando. Hay ecos del crimen tanto en «Realidad» como en «La incógnita», dos novelitas muy desconocidas del canario. También hay ciertas escenas que pueden recordar a su relación con Emilia, por cierto. Pero sí, es cierto. No llegó a publicar la gran novela que el crimen merecía. Quizá por pudor, por cierta cercanía a sus protagonistas. Quién sabe.

Siempre hemos identificado a Galdós como el maestro del realismo… ¿Piensas que algunas de sus novelas, publicadas hoy, entrarían dentro de la categoría del género negro?

Sin duda. Aunque él era un hombre ecléctico, mezclaba estilos, formas, temáticas… Pero sin ir más lejos las dos novelitas anteriores de las que te hablaba, «Realidad» y «La incógnita», tocan el tema.

Dejando aparte categorizaciones literarias, ¿cuáles serían para ti las grandes virtudes de este autor y qué es lo que más puede aportarte hoy como novelista?

Sin duda, el marco de la sociedad decimonónica que dibujó para nosotros. No sólo lo digo por los Episodios, también por sus novelas contemporáneas. Las novelas de Galdós tienen vida propia, donde los personajes que son secundarios en una pasan a ser principales en otra, donde los Requejo se enriquecen con las telas de Manila en 1808 y se ven beneficiados de ellos sus descendientes en Fortunata allá por 1870. Es una realidad paralela, pero realidad, al fin y al cabo. Por eso, asomarse al XIX es asomarse a Galdós, y viceversa.

Por último, analizando en bloque la obra de Benito Pérez Galdós y de Emilia Pardo Bazán, ¿opinas que las novelas del canario superan en calidad a las de la gallega; que, por ejemplo, «Fortunata y Jacinta» da mil vueltas a «Los pazos de Ulloa»?

Son distintas, cada una con su encanto. Emilia es más naturalista, su visión oscura de la realidad en el pazo resulta sórdida, desagradable. Sin embargo, hasta los rincones más miserables de la realidad en Galdós, véanse «Fortunata  y Jacinta» o «Misericordia», hasta esa miseria es amada. Yo, si tengo que elegir, me quedo con Galdós por constancia y regularidad. Pero ambos son cimas de nuestra literatura.

El crimen de la calle Fuencarral

¿Has podido leer las crónicas que envió Galdós a Buenos Aires sobre el crimen? Si ha sido así, ¿cuál es tu opinión sobre el quehacer periodístico del novelista?

Sí, las he leído. Y debo decir que me resultan un poco planas, muy alejadas de su maestría en la novela. Muy sujeto, verbo y predicado, sin más. No se implica, no toma demasiado partido. Se limita a describir los hechos y el juicio. Creo que buscaba embarrarse las perneras en la novela.

Me ha llamado la atención el interés con el que la población madrileña siguió aquel crimen, estableciéndose bandos según que unos estuvieran a favor o en contra de los principales sospechosos. Tampoco me ha dejado indiferente el poder que va adquiriendo la prensa en esas fechas (1888-1890) en que se produce el crimen, tiene lugar el juicio y se ejecuta la sentencia.

Carlos, ¿cuáles, a tu juicio, son los motivos reales por los que este crimen alcanzó en España y el extranjero semejantes cotas de popularidad?

Por dos motivos.

Uno, bastante profundo: es una lucha de clases. Hablamos de un momento donde se acaba de fundar UGT, el PSOE lleva pocos años en marcha… es decir, despierta en el país una cierta conciencia de clase que se traduce en huelgas, sindicatos, etc. En este contexto, aparece este caso: una mujer de clase baja ha matado a una mujer de clase alta. Cuando se empieza a descubrir que, precisamente, son los hombres de clase alta los que han perpetrado el crimen y no los curritos que siempre pagan, se despierta esa conciencia de clase de la que hablaba.

El segundo motivo es más superficial: los distintos giros de la investigación aparecen perfectamente alineados cronológicamente. Es decir, los periódicos pueden exprimir el tema casi por capítulos, como en una novela por tomos. Esto mantuvo a los lectores permanentemente atentos al desenlace.


Respecto al papel desempeñado por esa prensa todavía algo ingenua, ¿piensas que los periodistas eran conscientes de su incipiente poder y, sobre todo, del que acabarán alcanzando no mucho más tarde, o crees que, por el contrario, desempeñaban una labor informativa a la que concedían escasa trascendencia?

Ya son conscientes de su poder, claramente. La libertad de imprenta les permite cargar tintas contra quien fuere, y hacen y deshacen política y socialmente a su antojo. La prueba llega pocos años más tarde, cuando durante el desastre del 98 engañan a un país entero para poner a sus soldados a los pies de los caballos en una guerra imposible de ganar.

En la bibliografía de «Un episodio nacional» incluyes aquel episodio emitido por TVE1 dentro de la serie «La huella del crimen» que llevaba como título, precisamente, «El crimen de la calle Fuencarral», donde se desvela al culpable y se filma su ejecución, algo que yo he optado por ocultar en la reseña.

Lógicamente en apenas una hora hay que condensar mucho y el siempre reivindicable novelista y guionista Carlos Pérez Merinero lo hace bastante bien.

¿Qué opinión te merece esa adaptación? ¿La tuviste en cuenta a la hora de preparar tu libro?


Tiene algunas imprecisiones. Por ejemplo, está muy documentado que Higinia no dijo aquello de los catorce mil duros. Pero, con todo y con eso, me parece una filmación valiente, y acorde a los medios precarios que manejaban en la época.

Aprovecho para que me despejes una duda: en el mediometraje se asegura repetidas veces que fue Nicolás Salmerón (el presidente de la efímera I República española, abogado de profesión) en persona quien se ocupó de la defensa de Higinia Balaguer, y en efecto, así aparece ejerciéndola con gran elocuencia durante todo el juicio. En «Un episodio nacional», sin embargo, no es Salmerón sino un pasante suyo quien se hace cargo de la defensa…
Apuesto por tu ardua labor de investigación, por supuesto, pero, por si acaso, ¿podrías aclarar esto? Y ya, de paso, ¿puedes decir si has encontrado otras inexactitudes tanto en esa adaptación televisiva como en otras fuentes a las que has debido recurrir para reconstruir aquel famoso crimen?

Esta es otra de las imprecisiones de la serie. El acta del juicio deja claro que no es Salmerón sino su pasante quien ejerce la defensa. Pero estas han sido habladurías que el pueblo mantuvo durante décadas, y que en ese capítulo incluyeron, sin más. Lo que sí es cierto es que estuvo implicada toda la plana mayor del momento: alcalde de Madrid, presidente del Tribunal Superior, Salmerón, Sagasta… Lo del famoso grito de los catorce mil duros también es una inexactitud muy extendida.

Carlos Mayoral
nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.