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«Novela negra histórica», por Miguel Izu

«Novela negrocriminalpoliciaca histórica.» 
por Miguel Izu
Una vez más, al escribir sobre este género o subgénero narrativo, he de hacer algunas observaciones previas, reiterando lo que ya tengo explicado en “La historia de España en la novela policíaca” (V Semana Negra en la Glorieta, 2018) y en “Novela policíaca histórica” (Revista Imán, noviembre 2019). Hoy se publican muchas novelas que se pueden clasificar en esta especie híbrida, aunque es usual en España que se les coloque, en unos casos, la etiqueta de novela histórica y, en otros, la de novela negra o policíaca. Identificarlas como novela negra histórica todavía es una costumbre que se practica poco. Por otro lado, resulta complicado decidir si la denominación correcta debiera ser novela negra histórica, novela policíaca histórica o novela de crimen y misterio histórica. En otros países, y en otras lenguas, disponen de expresiones mejor asentadas. Los anglosajones suelen preferir hablar de crime and mistery fiction y de historical mystery; los franceses dicen roman policier, o “polar” de forma abreviada, y roman policier historique o polar historique; los italianos llaman giallo a todo lo que nosotros decimos policiaco o negro y giallo storico a las historias amarillas que se desarrollan en el pasado; los alemanes lo denominan historischer Kriminalroman. Como explican Martín Escribà y Canal i Artigas (A quemarropa. La época clásica de la novela negra y policiaca, 2019), sería más riguroso hablar de un “metagénero criminal” que abarca tanto a la novela policíaca (la de Agatha Christie) como a la novela negra (la de Dashiell Hammett). No obstante, en España ha cundido la moda de llamar negro a todo lo que tenga que ver con crímenes, policías y delincuentes, incluyendo géneros colindantes como el de aventuras, el thriller y el espionaje. El propio Martín Escribà es uno de los promotores del Congreso de Novela y Cine Negro de la Universidad de Salamanca (desgraciadamente suspendido este pandémico año, aunque el que esto firma guarda el pasaje para acudir el que viene), que no ha tenido más remedio que rendirse al uso generalizado del término negro, más sonoro y comercial, aunque su ámbito de atención sea muy extenso, crimen, misterio, policías, espionaje, suspense y toda la negritud en sentido amplio.

En fin, como novela histórica de crimen y misterio resulta largo y desusado, es más práctico y breve que hablemos de novela negra histórica. Y vamos a ello con tres autores que han cultivado el género y que algo pueden decirnos al respecto en esta Semana Negra en la Glorieta (semana que también es de crimen, misterio, policías y todo lo ya explicado, etcétera).

Javier Abasolo (Bilbao, 1957), funcionario jubilado, no solo es un veterano escritor de novela negra, sino también el autor de un muy meritorio trabajo que, no solo actualiza periódicamente, sino que permite descargar gratis a todos los interesados: Txapela Noir, Diccionario del Género Criminal Vasco (incluye a autores navarros, lo que enfurecerá a algunos navarros y hará felices a otros, no nos ponemos de acuerdo en si somos o no somos vascos; a mí me parece bien que los navarros tengamos la opción de ser o no ser vascos según para qué, si bien soy más de sombrero Panamá que de txapela).

Entre sus muchas novelas, Javier tiene algunas que encajan en el género que nos ocupa aquí: Una decisión peligrosa (2014), que se desarrolla en 1940 en un ucrónico reino de Navarra que logró mantenerse independiente y que duda sobre si intervenir o no en la Segunda Guerra Mundial; El juramento de Whitechapel (2019), ambientada en el Londres de 1888 y donde mezcla a un joven Sabino Arana con Jack el Destripador; o Una tumba en Jerusalén (2020), que da saltos desde la Segunda Guerra Mundial y los intentos nazis de atraerse la colaboración del nacionalismo vasco hasta 1973, cuando Carrero Blanco acaba de ser nombrado presidente del Gobierno de España.

Para esta Semana Negra, Javier nos hace una triple reseña de tres novelas histórico-criminales con una característica en común, el salto en el tiempo dentro de la trama. Las tres cuentan una investigación policial del presente pero, al mismo tiempo, el relato de otra investigación que nos remite al pasado, a otra época histórica, un recurso muy habitual en el género (yo mismo lo he utilizado en una de esas tres novelas).

Carlos Aitor Yuste es historiador, bombero forestal y escritor, nacido en Madrid en 1974 pero asentado en Navarra. Ha publicado Eso no estaba en mi libro de historia de la medicina (2019), con Jon Arrizabalaga, y una novela, La conjura de los libros (2019), que encaja plenamente en el género que aquí nos ocupa. Una trama de asesinatos, intrigas y traiciones en la España de 1792, cuando el conde de Floridablanca, para evitar el contagio del virus revolucionario de Francia, ha decidido cerrar las fronteras y prohibir la llegada de noticias, periódicos y libros. Invitado a participar en esta Semana Negra, ha decidido contarnos por qué le gusta escribir novela histórica adornada de crímenes.

Por su parte, Sergio García Rodrigo (Pamplona, 1975), tiene como profesión la de técnico de calidad en una empresa industrial y como vocación la de escritor. Ha publicado tres novelas negrohistóricas. Sobre puentes y secretos (2010) es una historia de crímenes que del presente salta hacia el pasado, a 1952, cuando un grupo de exiliados españoles en Francia queda unido para siempre por un terrible secreto; uno de ellos sufrirá en el París de 1961 las consecuencias de la guerra de Argelia. El Luthier de Salamanca (2015) se desarrolla en los primeros años del siglo XX y sigue las andanzas de un chico de un humilde barrio salmantino que tiene la oportunidad de estudiar en Cremona, Italia, y de convertirse en un gran luthier obsesionado por la perfección de sus violines. De vuelta a su ciudad natal, recibe la visita de una misteriosa mujer que lo pone sobre la pista del cruel asesinato de un violinista callejero sucedido años atrás. Llueve sin color: Bilbao 1937 (2020) se desarrolla durante la Guerra Civil, cuando llueven bombas sobre la asediada capital vizcaína, y contiene una trama de espionaje y contraespionaje.

Sergio ha preferido escribir sobre un autor que se ha convertido ya en un clásico de la novela negra histórica, el escocés Philip Kerr y su serie sobre el detective berlinés Bernie Gunther ambientada en la Alemania nazi, prenazi y postnazi. Su última novela, publicada poco después de su prematura muerte, Metrópolis (2019), cierra definitivamente la saga aunque, curiosamente, se ambienta en 1928 por lo cual refleja las primeras aventuras de Gunther en orden cronológico.

Las glorietas, entre otras utilidades, tienen la de poder girar para retroceder por el camino que ya hemos recorrido. Como la novela histórica. Con ayuda de estos tres autores, vamos a dar unas cuantas vueltas entre el presente y el pasado.

Para leer las colaboraciones de los tres escritores incluidos por Miguel Izu en su seccción, pincha en los siguientes enlaces:
 
Javier Abasolo - LEER
Carlos Aitor Yuste - LEER
Sergio García Rodrigo - LEER
 


 
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

es doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Funcionario del Gobierno de Navarra, vocal del Tribunal Administrativo de Navarra. Ha ejercido como abogado y como profesor asociado de Derecho Administrativo en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pública de Navarra. Ha colaborado con la Escuela de Policía de Cataluña y colabora regularmente con la Escuela de Seguridad de Navarra. Ha sido concejal del Ayuntamiento de Pamplona, presidente de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona y miembro del Parlamento de Navarra. Colabora asiduamente en diversos medios de comunicación (principalmente, en Diario de Noticias y Solo Novela Negra) y revistas profesionales. Secretario de la Asociación Navarra de Escritores/as-Nafar Idazleen Elkartea. Obras: Novela: El asesinato de Caravinagre (2014); El crimen del sistema métrico decimal (2017), El rey de Andorra (2018). Relato: “Un asunto privado”, en 24. Relatos navarros (2016); “Una cuenta pendiente”, en Solo Novela Negra (2016); “El vino del francés”, en El alma del vino (2017); “Un móvil para un crimen”, en la III Semana Negra en la glorieta (2017). Ensayo: La Policía Foral de Navarra (1991), Navarra como problema. Nación y nacionalismo en Navarra (2001), El Tribunal Administrativo de Navarra (2004), Derecho Parlamentario de Navarra (2009), El régimen jurídico de los símbolos de Navarra (2011, VII Premio Martín de Azpilicueta), El régimen lingüístico de la Comunidad Foral de Navarra (2013). Recopilación de artículos de prensa: Sexo en sanfermines y otros mitos festivos (2007), Crisis en sanfermines y otros temas festivos (2015). Página web: https://mizu38.wixsite.com/miguelizu

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas

Reseña de «Los Caín», de Enrique Llamas, 
por Yolanda Rocha Moreno
En muchas ocasiones he comentado con amigos y autores que el mundo rural me fascina sobre todo cuando se trata de novela negra porque creo, sinceramente, que en pocos lugares como en los pueblos pueden entenderse los odios que se pierden atrás en el tiempo. Odios que pueden acabar desembocando en sucesos terribles, en crímenes que nos dejan sin aliento por su brutalidad, como hemos podido vivir en nuestro país en muchas ocasiones. Solo hay que recordar los oscuros, y aún no resueltos, asesinatos de Los Galindos o la matanza de Puerto Hurraco, por poner dos ejemplos conocidos. No solo eso: uno de mis escritores favoritos de siempre es Miguel Delibes, que supo reflejar como nadie ese microcosmos que puede ser un pueblo, en el que difícilmente se olvidan las cosas que han pasado e, incluso, se anticipan las que están por llegar. El camino y Los santos inocentes son dos de mis lecturas de cabecera, a las que vuelvo de cuando en cuando. Tan diferentes y tan parecidas. Tan brutalmente sinceras. Un poco de Delibes hay en Los Caín, tanto en la ambientación como en el dibujo de los personajes y en algunas descripciones. Pero Enrique Llamas, además, ha sabido crear una novela negra diferente, inquietante, misteriosa, que hunde sus raíces en el pasado de un pueblo que parece incapaz de escapar de sí mismo.

FLORES EN LA TUMBA DE LA NIÑA ESTHER

"Dicen que Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Por eso, a veces, las cosas más horribles ocurren en domingo. Mientras Dios duerme."
De la película El séptimo día,
dirigida por Carlos Saura.

Héctor Cruz, un joven e inexperto maestro madrieño, es destinado como profesor a la escuela de Somino, un pueblo perdido en la meseta castellana del que jamás ha oído hablar. La oportunidad de hacerse cargo de una clase durante un curso completo es el mejor aliciente, a pesar de la lejanía. Son los últimos años del franquismo y, aunque en Madrid las cosas empiezan a modernizarse, en Somino todo sigue como siempre, anclado. Cuando llega a Somino todo le es extraño y Héctor se siente por completo fuera de lugar. Los ciervos, que abundan en los alrededores, empiezan a morir y a aparecer en la puerta de algunos vecinos sin que nadie tenga una explicación ni haya visto nada. Y el joven profesor no comprende a los habitantes, ni por qué viven con rencores de los que nadie ya recuerda el motivo. El pueblo está dividido en dos, tanto física como emocionalmente: son quienes son y sienten lo que sienten por haber nacido en una parte u otra de Somino y, como marcado en el ADN, crecen con el odio a los de enfrente. Héctor irá desbrozando a duras penas parte de la historia del lugar y descubrirá dos muertes que siguen sin explicación: el extraño accidente de una adolescente que trataba de huir de su casa y la de una niña ahogada veinte años atrás, a cuya tumba, misteriosamente, llevan flores vecinos de las dos partes del pueblo. La llegada del invierno y la nieve encierra todavía más a los vecinos y a Héctor, que no puede conducir a Madrid, y a quien no le queda sino la rutina y una inquietud cada vez más intensa.
Si hay una cosa que me llamó la atención de Los Caín es la sorprendente juventud de su autor, Enrique Llamas, que ha escrito una novela madura, oscura, que contiene un retrato absolutamente real del mundo rural de aquellos años. Ha sido capaz de crear una ambientación única y absorbente, que te traslada a las calles de Somino y que te hace querer saber más, indagar en los motivos que aquellas gentes tienen para hacer lo que hacen y ser como son. Eran tiempos (y eso se mantiene en la actualidad) en que en los pueblos no había las distracciones que podían encontrarse en las ciudades, de ahí que observar al vecino fuese el mejor entretenimiento.

Las gentes se rebautizan de acuerdo con la familia en la que ha nacido. El único teléfono de la localidad está en casa de “las chicas de teléfonos”, que siguen siendo las chicas aunque casi estén ya en edad de jubilación. Hay un general temor mezclado con odio hacia la Guardia Civil, a los que miran con recelo y como si fuesen invasores. La muerte de los ciervos está dejando sin su medio de vida a quienes conseguían dinero vendiendo su carne y eso enrarece más la atmósfera que rodea al pueblo.

 
Enrique ha escrito una novela fantástica, en la que es muy fácil caer dentro. Una novela que trata, sobre todo, de la maldad humana y de cómo hay personas que disfrutan siendo malas. De cómo en el mundo rural hay enfrentamientos que pueden durar años y generaciones, ese "germen de Guerra Civil" que definió Arturo Pérez Reverte en una ocasión. O que hay cosas que suceden, incluso las más terribles, porque en el pueblo no hay nada más en lo que pensar. La prosa es magnífica, con descripciones tan intensas que puedes sentir el frío de la nieve caída, el temor de Héctor ante todo lo que no entiende, la soledad de las calles apenas iluminadas, las ventanas que esconden, tras sus cortinas, miradas que buscan y juzgan. Y la ambientación, como decía antes, impresionante. Nada sobra. Es sencillo hacer propios los miedos y las preguntas de Héctor. Incluso las carreteras se confabulan para convertir a Somino en un mundo aparte: es largo y complicado llegar y casi imposible abandonarlo, incluso para quienes ya se han ido.

Los Caín me ha supuesto un brillante descubrimiento, una novela que se sale por completo de los cánones de la novela negra pero que lo es por derecho propio. Muchas de sus páginas te provocan un escalofrío muy real en la espalda. Ha sido una de mis lecturas más impactantes de los últimos tiempos y os la recomiendo encarecidamente. Somino os está esperando y, con este inicio, querréis llegar cuanto antes:
"Nadie supo nunca que aquella noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo porque en la tarde del entierro ya anochecía, y la cerraron deprisa y a ciegas. No sirvió de nada que al día siguiente, cuando la mañana apenas clareaba, la persona encargada intentase sellarla con la tranquilidad de quien sabe que, entre los vivos, los muertos solo dejan herencias."



   
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es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".

 

Sí, eran españoles y murieron en Mauthausen

En Cita en la Glorieta hemos publicado una serie de reseñas sobre novelas y relatos ambientados en la Guerra Civil Española escritas por José María Velasco. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción, por ello el mismo autor nos introducirá ahora en historias reales del exilio republicano, historias que nada tendrían que envidiar a las aventuras de una novela.

SÍ, ERAN ESPAÑOLES Y MURIERON EN MAUTHAUSEN
José María Velasco
En agosto de 1940 algunos republicanos españoles habían sufrido un cúmulo de desgracias: tras la derrota en la guerra civil, se habían visto obligados a huir de una dictadura que los perseguía con saña, a cruzar la frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en un ejército extranjero para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y cómo sus aliados les habían vuelto a abandonar en el frente de batalla. Pero aún tendrían que enfrentarse a lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa y habían sido abandonados por sus aliados británicos en su precipitada huida de Dunkerque. Como vestían uniforme del ejército galo fueron trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que se encontraban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército francés no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir: “Ésos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”.

El 5 de septiembre de 1940 se ordenó que los rotspainer o rojos españoles fueran internados en los campos de concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables. En ese momento solo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio masivo del pueblo judío. En 1940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo y el centro de internamiento de Mauthausen había estado ocupado por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1940 con la partida del primer contingente con españoles hacia Mauthausen. Dos semanas más tarde salió de la estación de la ciudad francesa de Angulema el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueron las primeras deportaciones hacia la muerte. Los vagones de carga transportaban 927 hombres, mujeres y niños españoles. Creían que su destino era el sur, la Francia no ocupada por los nazis; pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de las estaciones que veían a través  de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse de ellas. Casi el 90 % de los ellos morirían allí.


Los testimonios de los supervivientes acerca de la llegada a Mauthausen son espeluznantes: el viejo vagón llegando en la oscuridad de la noche, la luz cegadora de los potentes reflectores que comienza a colarse entre los tablones de madera, el silencio que inicia todos los miedos, las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y las órdenes gritadas en un idioma extranjero e incomprensible.

El discurso con el que les recibió el comandante del centro no dejaba lugar a dudas: señalando la chimenea, les anunció que ésa sería su única salida del recinto. Más tarde, después de desnudarles y raparles el pelo, les entregaron un uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles)
.



Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber qué les estaba ocurriendo a sus hombres. Finalmente el tren inició un un periplo que, tras adentrarse en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar detenidas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje el tren volvió a detenerse, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Las mujeres y niñas fueron recibidas en la España franquista con gritos de “rojas” y “asesinas”.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Ellos fueron los primeros españoles en llegar. Hasta un total de 7.300 compatriotas serían registrados allí, donde fueron deportadas cerca de 200.000 personas. Los que superaban los 40 años eran considerados viejos y los que sufrían alguna minusvalía eran asesinados de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no podían resistirlo se arrojaban a las alambradas electrificadas y los más fuertes se enfrentaban al trabajo extra, que consistía en extraer bloques de granito de una cantera situada a pocos kilómetros del Danubio. Allí construyeron la “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto se encontraba lo que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”: una caída libre de ochenta metros, por donde despeñaban a algunos presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitirlo. Casi 120.000 víctimas, entre los que se encontraban unos 5.000 españoles, murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, en los que los alemanes parecían invencibles marchando por toda Europa. Cuando nuestros héroes alcanzaban el escalón 186 susurraban “otra victoria” y de esa manera, los que conseguían sobrevivir, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, traían noticias del avance aliado a medida que la línea del frente se aproximaba.

Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados de otros centros del este, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaron parte del comando de los “Poschacer”, que consiguieron salvar los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron considerados pruebas fundamentales por el Tribunal de Nuremberg para condenar a los principales jerarcas nazis.

El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada habían colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso evidenciar un distanciamiento con Serrano Suñer, principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen  y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para  un acercamiento a los EEUU. Años más tarde, el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que desconocían lo sucedido con sus compatriotas en los campos de exterminio.

Afortunadamente los documentos lo desmienten. Entre agosto y octubre de 1940, mientras los primeros exiliados españoles eran deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde una quinta carta tampoco recibió respuesta. Un año después recibieron contestación: “Archívese”.

Tras la II Guerra Mundial, los republicanos sufrieron la última derrota. Los supervivientes la describieron incluso más terrible que los centros de exterminio. Tras la caída del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar a Franco un posible socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volverían a ser abandonados.

Los detalles de sus historias fueron silenciados durante décadas. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas, todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración. Pero no pocos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron ese horror eran españoles y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido y calidad, es el documental más se ha vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV.


Esa verdad incómoda existe. No podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En este link están los nombres de todos los españoles víctimas del nazismo. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista, pero debemos honrar su recuerdo.

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Gracias por visitar Cita en la Glorieta,

Javier Alonso García-Pozuelo 
 

José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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Isabel II, Larra y la sublevación de La Granja

[...] Pronto se cumplirá un cuarto de siglo de aquel trágico pistoletazo –el mismo cuarto de siglo que Benítez lleva siendo policía– y, aunque el país ha experimentado notables avances en derechos y libertades, el veterano inspector está convencido de que aunque Larra hubiese nacido veinticinco años más tarde, aunque no hubiese crecido en la España absolutista de Fernando VII sino en la España constitucional de Isabel II, igualmente se habría ido a dormir el Día de Difuntos con la idea del suicidio madurando en su cabeza. España sigue siendo hoy, igual que hace un cuarto de siglo, un país de pandillas, banderías y fanáticos. Un país de ciegos que se apalean entre sí por procurarse un pedazo del presupuesto. Un país en el que, a fuerza de repetirlo, no son pocos los que han terminado creyéndose libres.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. En esta ocasión publicamos dos artículos relacionados por un tema en común: la sublevación de La Granja, que tuvo lugar en agosto de 1836 y que, entre otras consecuencias, forzó a la regente María Cristina y restablecer la Constitución de 1812.

El Panorama Español. Crónica Contemporánea,
tomo III, 1845.
Firma por la reina gobernadora de
la reinstauración de la constitución de 1812

LA SUBLEVACIÓN DE LA GRANJA EN AGOSTO DE 1836
Eduardo Montagut
La sublevación de La Granja, acontecida en el 13 de agosto de 1836, fue un suceso clave en la Regencia de la Reina Gobernadora, en la minoría de edad de la reina Isabel II. Fue protagonizada por los sargentos de la Guardia Real para obligar a la regente María Cristina a jurar la Constitución de 1812, contra el gobierno de Istúriz, y terminar con el sistema político, harto conservador, del Estatuto Real de 1834.

Francisco Javier de Istúriz
- Antonio Gisbert -

Efectivamente, el modelo diseñado por Martínez de la Rosa con el Estatuto Real para intentar implantar un sistema liberal muy moderado no había convencido ni a los carlistas, ya en plena guerra, ni tampoco a una gran parte de los liberales, especialmente a los progresistas. El Estatuto era, realmente, una convocatoria de unas Cortes bicamerales con pocas competencias y no realmente una constitución. Los progresistas comenzaron muy pronto a conspirar y a moverse para que se implantase de nuevo la Constitución de 1812 que, como bien sabemos, estuvo muy poco tiempo en vigor, realmente sólo en el Trienio Liberal. Se dieron varios pronunciamientos en el verano del año 1836, protagonizados en varias ciudades por la Milicia Nacional, un instrumento de clara tendencia liberal progresista.

El motín o sublevación en el palacio de La Granja tuvo éxito, ya que la regente repuso la Constitución de Cádiz, y cambió el gobierno por uno presidido por Calatrava, aunque el hombre fuerte sería Mendizábal en Hacienda, deseoso de emprender la desamortización eclesiástica.


José María Calatrava
- Antonio Gisbert -

La sublevación tiene su importancia histórica porque desechó para siempre el extremado conservadurismo de la fórmula del sistema diseñado en el Estatuto Real, que avanzaba muy poco o casi nada en el desmantelamiento del Antiguo Régimen.

***

ISABEL II Y LARRA. AMOR Y POLITICA.
Javier Alonso García-Pozuelo
Aunque ni Larra ni Isabel II son personajes de «La cajita de rapé», tanto al primer suicida español enterrado en camposanto como a la primera reina constitucional de España los tuve muy presentes durante el largo proceso de escritura de la novela.

Isabel II y Larra son un buen ejemplo de cómo dos matrimonios con un comienzo radicalmente opuesto pueden terminar exactamente igual. Larra, en un arrebato de juventud del que pronto se arrepintió, se casó con la mujer que él quiso, a pesar de la oposición de sus padres. A Isabel II la obligaron a casarse con su primo, la última persona del mundo con quien ella hubiese deseado compartir lecho. Ambos enlaces acabaron del mismo modo: con la infelicidad de la pareja y la búsqueda del amor fuera del matrimonio. 

Isabel II
- Federico Madrazo (1849) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Las figuras de Isabel II y Larra son un exponente muy representativo de la primera mitad del siglo XIX, una época de transición del Antiguo Régimen al Estado Liberal, y del Romanticismo, movimiento cultural que a España llegó con retraso al final del reinado de Fernando VII y que influyó en muy distintos ámbitos, desde la creación artística y literaria a la filosofía y la política.

En la noche del 13 de febrero de 1837 Mariano José de Larra, el periodista español mejor pagado de su época, el más grande satírico del siglo XIX, el autor de tantos y tantos artículos inmortales, acabó con su vida pegándose un pistoletazo. Al otro lado de la puerta de su gabinete, en la madrileña calle de Santa Clara, se hallaba su hija Adela, de apenas cuatro años de edad. El que en aquella trágica decisión influyó la visita, esa misma tarde, de la que había sido su amante, Dolores Armijo, es indudable. Pero no debemos olvidar que en el verano anterior una de las muchas asonadas del siglo XIX español impidió que Larra tomara posesión de su escaño de diputado y que aquel contratiempo tuvo mucho que ver con el desánimo que arrastró hasta el final de sus días.

El 31 de julio de 1836 Mariano José de Larra obtuvo el tercer escaño de la provincia de Ávila para diputado en el Estamento de Procuradores de las Cortes españolas. Había concurrido a las elecciones en las filas de los moderados, quienes aunque liberales consideraban que la única forma de combatir al carlismo era fortaleciendo la Corona. El otro bloque liberal era el de  los progresistas; estos eran contrarios a ciertas prerrogativas de la Corona, como el poder real para la disolución de las Cortes, y defendían el dogma de la soberanía nacional.

De haber tenido la oportunidad de hacerlo
Larra, diputado electo del partido moderado, tal vez hubiese alzado su voz en el Palacio de las Cortes para defender algunas ideas no muy alejadas de las de los progresistas; ideas que por aquellas fechas expresaba de esta manera en el prólogo a su traducción de «El dogma de los hombres libres. Palabras de un creyente», de Lamennais:
"Religión pura, fuente de toda moral, y religión, como únicamente puede existir, acompañada de la tolerancia y de la libertad de conciencia, libertad civil; igualdad completa ante la ley, e igualdad que abra la puerta a los cargos públicos para los hombres todos, según su idoneidad, y sin necesidad de otra aristocracia que la del talento, la virtud y el mérito; y libertad absoluta del pensamiento escrito. He aquí la profesión de fe del traductor de las Palabras de un creyente."

Pero las ideas del diputado Larra -más progresistas de lo que su acta de diputado pudiera sugerir- no llegaron a ser oídas. El 13 de agosto se produjo el motín de La Granja y María Cristina, la reina regente, se vio forzada a proclamar la Constitución de 1812. El día 14 Calatrava sustituía como presidente del Consejo de Ministros a Istúriz. El siguiente paso fue anular, mediante un decreto de 23 de agosto, la previa convocatoria a Cortes, de modo que Larra perdía su acta de diputado sin que su voz hubiese llegado a oírse en sede parlamentaria.


Mariano José de Larra
- José Gutierrez de la Vega (1835) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Es de suponer que cuando la noche del 13 de febrero de 1837 Larra se pegó un tiro, en su ánimo pesaba la profunda decepción que le provocó la visita de Dolores Armijo; su antigua amante, lejos de buscar una reconciliación con él, lo que pretendía con aquella visita era recuperar viejas cartas que pudieran comprometerla. Todo se había acabado entre ellos. Su última esperanza de ser feliz se le escapaba definitivamente y solo le quedaba el abatimiento en que se sumió tras su fracasado paso por la política, aquel desencanto que le llevó a escribir lo siguiente en «El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio»:
 

“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro, ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «Aquí yace la esperanza»”

Larra no encontró en el amor extraconyugal el bálsamo que le ayudase a olvidar el ambiente de mediocridad y de atraso de la España en que le tocó vivir. Isabel II sí fue feliz en los brazos de sus amantes, circunstancia ésta aprovechada por muchas personas de su entorno para favor propio o para influir en las decisiones políticas de la reina. Amor y política nuevamente, como dos de los ingredientes esenciales del balbuciente estado liberal español.

«La cajita de rapé» es una novela policiaca, en la que se describe una investigación policial tal y como se llevaban a cabo a mediados del siglo XIX; pero no por eso me podía abstraer de la época en la que está ambientada: una época de grandes pasiones. Sentimentales y políticas. De ahí que las figuras de Isabel II y Larra estuvieran tan presentes mientras la escribía.

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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

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es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.