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«La valiente piconera», de Priscilla Velázquez Rivera - Reseña y entrevista

Reseña de «La valiente piconera», de Priscilla Velázquez. Ayuntamiento de Toledo (2019), 
por Manu López Marañón

De exigentes, como poco, cabría calificar a los miembros del jurado que conceden los premios del Concurso de Narrativa Femenina «Princesa Galiana»: que el accésit –reservado para la obra de una mujer novel– quede desierto suele ser, para ellos, lo habitual. Esto ya es un punto a favor de la obra que este año se lo ha llevado: «La valiente piconera», firmada por la dominicana Priscilla Velázquez.

El «Princesa Galiana» busca premiar novelas que incorporen una visión de la sociedad no discriminatoria por razón de género. Las bases piden que la temática verse sobre cualquier aspecto humano que contribuya a resaltar la figura de la mujer. En su XVII edición el primer premio ha correspondido a «Una flor entre la avalancha», de Carlos Fueyo Tirado, y el accésit al título que hoy nos ocupa en la Glorieta.

La identificación de la dominicana Carmen Vélez con la modelo que sirvió al pintor cordobés Julio Romero de Torres (1874-1930) para su último cuadro, el más famoso –y obra cumbre de su arte– «La chiquita piconera», es punto de partida para esta fascinante narración que viaja, con alternancia de primera y tercera persona, a través de tres países (España, República Dominicana y Colombia) y durante dos siglos (el XX y el XXI). En efecto, el parecido físico de Carmen con María Teresa López, símbolo de la belleza cordobesa (ambas son delgadas y estilizadas, de ojos almendrados y, por si fuera poco, comparten un mismo cabello de bruñido color picón –el picón era el fino carbón usado para los braseros–), resulta evidente. Pero a la narradora Priscilla Velázquez, hábilmente proyectada en sus dos protagonistas, le interesa resaltar correspondencias más profundas que las derivadas de unas coincidencias anatómicas.

A María Teresa López, a la vuelta de la Argentina donde sus padres han estado trabajando, la descubrimos, ya con 13 años, yendo a posar al estudio del pintor Julio Romero de Torres. Su familia, para subsistir, necesita del dinero que cobra la adolescente. Pronto surgen sospechas de que el artista (a quien, debido a una dolencia hepática, restan apenas dos meses de vida), estimulado por los posados de María Teresa, se acuesta con su modelo; un falso rumor que prende por las callejuelas de Córdoba. Rafael, mozo de ultramarinos, aprovecha este revuelto clima para requebrar a una confundida María Teresa, la cual, tras preparar su arcón de esponsales «pobre pero rico en esperanza», se dispone a casarse con Rafael, más por acallar habladurías que por un verdadero amor. La prematura muerte de la hija, Paquita, colabora a que María Teresa pronto desee dejar a su impulsivo y destemplado marido, pero los padres la obligan a seguir con él. Estamos en 1935.

Carmina, de 13 años, vivió con su familia en un pueblo de la República Dominicana hasta los 7 años. Tiene un hermano, Felipe, y el padre es un médico que pasa consulta. Convencido de que su hija tiene un lío con un vecino, el doctor no duda en emplear con ella violencias físicas. Tempranamente casada con un «hombre» llamado Juan de Dios el matrimonio de Carmen resulta un fiasco debido sobre todo a la bajísima actividad sexual (impotencia habría que llamarla mejor) del marido, algo, a todas luces, motivo de causa de nulidad. Sin embargo, el médico obliga a Carmina a mantener la fachada durante 8 años («Una mujer seria que se respete no abandona al marido» aleccionará, sentencioso). Por su parte la madre tiene el convencimiento de cómo su hija ha sido infiel casi desde el mismo día de la boda. La relación decae y decae hasta el punto de ser Juan de Dios quien abandona a Carmen sumiéndola en una honda depresión. Estamos a finales de los 90.

Evitando subrayados e innecesarias explicaciones para que el lector infiera conclusiones, así, la autora crea, en esta inicial correspondencia, el tono estilístico que ya no abandonará a su novela. Combinando eficazmente primera y tercera persona, ambas protagonistas, tempranamente golpeadas por la vida, «sienten el vómito en la boca» ante las injustas situaciones padecidas. Sorprende que –con 60 años de diferencia– en República Dominicana se den comportamientos de dominio paternal como los que habitualmente sufrían los hijos en aquella España prebélica de los años 30. Gracias a un dominio técnico inhabitual en una novel «La valiente piconera» ofrece potentes saltos temporales de imperceptible habilidad. El lector por ejemplo advierte, sin apenas percibirlos, contrastes como los que se dan entre ambos maridos (Juan de Dios y Rafael), y, a la vez, es capaz de extraer las múltiples similitudes entre épocas y países tan geográficamente distantes.

Tras divorciarse de Rafael (la efímera II República española aprobó este derecho) María Teresa López trabaja en un taller de costura y en una peluquería. Durante una procesión de la Semana Santa cordobesa se enamora de un nazareno gitano. El gitano resulta ser el torero Cappi, gaditano de Jerez. En un tentadero nocturno la pareja conoce las delicias físicas del amor. Echada en brazos de su pasión, la relación de María Teresa queda consolidada en el tórrido fin de semana pasado en Palma del Río junto a su deseado e insaciable amante.

Carmen conoció a Juan de Dios ya en Santo Domingo y allí consigue divorciarse de él. Ahora cualquier oportunidad es buena para sacarla de su apartamento, donde, después de la oficina, ella tiende a recluirse para regodearse culposamente en su reciente ruina matrimonial (se mortifica viendo videos de su boda). En una fiesta a la que le obligan a acudir los compañeros del trabajo se deja seducir por un extranjero. En el grupo corporativo al que ahora presta sus servicios (Carmen dirige el departamento de planeación) ha conocido al español Ignacio, el que será segundo marido y padre de su hijo Aitor. El inicio del romance coincide con la voluntaria renuncia de Carmen a su trabajo, tras muchos años en esa multinacional. A cambio, se hace con un gimnasio que ella misma dirigirá. Tras un fogoso fin de semana en La Habana, la pareja toma la decisión de vivir juntos.

Avanzando en el tiempo las dos historias –pero siempre manteniendo los 60 años de distancia– en esta nueva correspondencia el sexo toma protagonismo. Tras la represión familiar sufrida durante sus primeros matrimonios, tanto Carmen como María Teresa –por fin emancipadas– explotan literalmente en brazos de Ignacio y Cappi. Estamos ante páginas de gran intensidad, no solo amorosa, también de celebración de la vida, de apurar hasta el límite cualquier placer que se ponga a tiro, algo que el lector entrado en años envidiará al despertar en él nostalgias por aquellos lejanos tiempos en que todo resultaba primerizo y palpitante. El derecho de la mujer a expresarse sexualmente de forma plena sigue siendo –todavía– una reivindicación del feminismo militante. María Teresa y Carmen saben muy bien qué significa proceder de situaciones de represión provocadas por entornos familiares castradores, ofreciendo a mujeres actuales, a la hora de ayudar a tomar conciencia, unas buenas pautas de conducta. En el siglo XIX el escritor francés Gustave Flaubert (sin duda harto de tener que comparecer ante los tribunales por su «Madame Bovary») manifestó: «El pudor en el arte es una idea que solo puede provenir de un imbécil. El arte, incluso en sus desvíos más impúdicos, es púdico si es bello y grande». Inserto esta cita porque creo que nadie debería incomodarse, a estas alturas del partido, por el desprejuiciamiento con que Priscilla Velázquez muestra a las parejas de su novela: sus dos mujeres se cobran en sus tálamos una legítima revancha ante situaciones heredadas desde el origen de los tiempos y mostrarla es de recibo. Siguen siendo modélicos los hiatos espacio-temporales, apoyados siempre por una afinada técnica que recuerda al montaje en paralelo empleado en el cine. Los fines de semana de los incipientes novios –en La Habana y Palma del Río– regalan anáforas muy bien aprovechadas por la atenta autora para rematar psicologías.

Del desenlace, con el cotidiano discurrir de los matrimonios de Carmen e Ignacio y de María Teresa y Cappi, no desvelaré mucho. Sí diré que a los lectores esperan dolorosos episodios, situaciones llevadas al límite, una ciudad desapacible y violenta como es Bogotá («La urbe lúgubre de llovizna insomne», como la llamó García Márquez), erosiones conyugales (que recuerdan las mejores páginas de «Revolutionary road», la obra maestra de Richard Yates), vejeces y adioses… ¡Ah! Y también el sorprendente nexo que Priscila Velázquez desarrolla en los capítulos finales para trenzar narrativamente ambas historias… Una litografía y ese represaliado republicano –bilbaíno para más señas– experto en contabilidad, van a ayudarla.

Debo reconocer que no había leído a ningún autor dominicano. Creo que a muchos españoles les sucederá algo parecido. La Feria del Libro de Madrid de 2019 se celebra entre el 31 de mayo y el 16 de junio. Este año el país invitado es la República Dominicana y no puedo imaginar su caseta sin abundantes ejemplares de «La valiente piconera». Aprovechen esta fiesta de la Cultura para descubrir la literatura dominicana de la experta mano de Priscilla Velázquez. No se arrepentirán.


Entrevista a Priscilla Velázquez Rivera, por
Manu López Marañón


1. Nos ha llamado muy favorablemente la atención que, para su debut literario, Priscilla Velázquez haya elegido un tema intimista en vez de otro más trillado en forma de investigación criminal o crónica histórica.

¿Cómo, cuándo y por qué decides pergeñar «La valiente piconera»?

Desde siempre he escrito, cartas para mí, ensayos, poesía. Mi escritura es un alivio, un grito, nace de las heridas o de sentimientos muy intensos, buenos o malos. Mi mudanza a Colombia no fue opcional, era la mejor decisión para mi familia, no la más apetecible para mí. Me angustió dejar de ser lo que había sido: empleada, empresaria. Pero sin duda eso me permitió encontrar mi verdadera vocación. Descubrí que había dejado de hacer lo que siempre había hecho. No de ser. Siempre uno es. Entonces dediqué horas a este ejercicio literario, que disfruté mucho al hacerlo, y parece que salió bien. El tema surgió una noche en mi salón, necesitaba una pared universal donde rebotara la historia y recordé una agradable cena con el único primo de mi marido, que estableció la semejanza entre María Teresa y yo. Me pregunté: ¿por qué no?

¿Has sido consciente de ir en contra de las tendencias comerciales imperantes hoy en día?
 

Escribir es un acto de fe. El premio a la escritura es la escritura, esa fue mi recompensa al escribir cada capítulo. Nunca pensé en el valor comercial, siempre en el literario. Sin embargo he encontrado críticos que apuntan que en un momento como el actual en que la igualdad entre hombre y mujer domina el mundo político y social, una novela con dos protagonistas como estas, con un trasfondo social importante (imponerse –o resurgir– frente al machismo imperante) podría tener un público asegurado. Otros han dicho que es una historia bastante cinematográfica. Fácilmente adaptable a un guion de cine, que contiene varios de los elementos que triunfan: no una, sino dos historias de amor y algo de buen sexo. Adicionalmente, dicen que en los próximos años, la literatura «de mujer y para mujer» venderá. ¡Ojalá, mi novela tenga esa suerte!, digo yo.

¿Has apostado por el riesgo o la necesidad interna de contar tu historia arrambló con todo?

Considero que la escritura es destino. Escribo porque no lo puedo evitar, es un llamado impostergable, y cuando lo hago no existe nada más, no espero otra cosa diferente a una obra digna. Cuando se disfruta el camino, la obra se labra su destino. Creo que la vida es interesante y variada, que merece ser inspeccionada y narrada para, desde luego, transformarla. Ese es el servicio de mi novela.

2. Tu novela está armada a base de confrontar narrativamente las vidas de la modelo María Teresa López (personaje real) y la de Carmen Vélez (personaje de ficción).

En el caso de María Teresa,

¿Has tenido que realizar mucha labor de documentación para construirla? ¿Visitaste lugares en los que se desarrolló la vida de esta mujer?

María Teresa López existió. El lienzo es patrimonio de la pintura universal. Julio Romero de Torres también es un personaje real. ¿Qué si basé mi novela en hechos históricos? Definitivamente honro los hechos históricos y la cronología, eso da coherencia a la novela, credibilidad. Pero no es una novela histórica. Parto de una historia real y creo la ficción especulativa. Me inspira y apasiona pensar que detrás de las pinturas, de los lugares, de los reyes, o jefes de estado, en fin de las grandes personalidades, hay humanidad y las recreo.

Conozco Córdoba, sin embargo desandé los pasos de María Teresa virtualmente. No conozco Cádiz, ni la ruta de Cappi y su Maestro, pero pude saborear cada plato preparado por el gitano, cada posada en que hicieron el amor en la novela, como si estuviese allí.


Respecto a Carmen Vélez, dominicana como tú,

¿Tiene algo en común contigo este personaje? ¿Aprovechaste para construirlo alguna vivencia personal?

Escribo desde la memoria y la imaginación. En Carmen, hay rasgos autobiográficos sin duda. Pero no es una autobiografía. Hay recuerdos míos y de otros que una hace suyos y se funden al servicio de la novela. Así que los personajes de mi libro son construcciones inexactas, los recuerdos son tramposos. Los padres de Carmina y María Teresa; los primeros y segundos maridos de ambas; pueden haber existido o no, o ser peores o mejores en la realidad.

3. Naciste en República Dominicana, estás casada con un vasco que se crió en Madrid, y ahora vives en Colombia. Países que comparten un mismo idioma pero cada uno con temperamentos propios.

¿Consideras que estos desplazamientos geográficos han sido beneficiosos para tu novela; es más, dirías que, sin ellos, quizá jamás la hubieras escrito?

La hubiera escrito, con certeza. Sin esos desplazamientos, sin mi vasco madrileño, sin su primo, tal vez no reivindicara la vida de la musa cordobesa, pues definitivamente la conocí por mi cercanía con España. Carmina existiría sin duda. María Teresa tal vez no. Cada libro tiene su propia génesis: a veces son memorias mezcladas con una idea, como en «La valiente piconera», a veces una idea que surge y te corroe hasta que la dejas salir, como en mi segunda novela que escribo. Lo que sí le puedo asegurar es que una vez siento lo que quiero narrar y cuál será la voz que lo hará, entro en trance, solo pienso en ello, me olvido del mundo y me desinflo frente al computador. Me cuesta regresar a la realidad.

Respecto al idioma elegido para narrar «La valiente piconera» nos ha resultado de una lectura poco complicada a nivel léxico: ni en Córdoba ni en Santo Domingo ni en Bogotá has recurrido en exceso a localismos o modismos.

¿Has optado por un castellano digamos «estandarizado» para facilitar la lectura, o ha sido una decisión tomada para aglutinar mejor todas las tramas?
Evité usar modismos geográficos. En los personajes dominicanos, solo recurrí al uso que hacemos del pronombre antes del verbo «¿Cómo tú estás?» y a varias palabrotas muy caribeñas en Carmina y su madre. Fue más fácil el trabajo lingüístico con María Teresa y los personajes vascos, teniéndoles en casa. El seseo paisa, la prolífica elegancia del bogotano estaba a la mano. Realmente creo que el servicio de la novela «La valiente piconera» está más en su trama, sin demérito del lenguaje, que en las culturas de sus geografías. Mi segunda novela, sin embargo, tiene un personaje de otro país y otra cultura, que conlleva un trabajo lingüístico importante si quiero que trascienda y sea verosímil. Hasta ahora es lo que más me ha costado.

4. Priscilla, necesitamos tu colaboración para conocer algo más de la literatura dominicana. Tu país está invitado este año a la Feria del Libro de Madrid y no serán pocos los lectores que se acerquen a vuestra caseta interesados por conocer autores y obras de República Dominicana. Aparte de «La valiente piconera», que, sin duda, ocupará lugar estelar.

A pesar de haber tenido escritores desde los primeros años de la colonia, la República Dominicana no se distingue por tener la existencia de una industria editorial fuerte. Hasta época reciente los libros se publicaban en ediciones de autor con tiradas que no sobrepasaban los mil ejemplares. ¿Por qué? Ausencia de un público lector amplio y deficiencias en el sistema educativo. Después de la entrada de la imprenta en el XVII y del impulso que da la mano de obra extranjera en la industria azucarera se publican algunos folletos y llega a haber doce periódicos. Surgen sociedades culturales como Amantes de las Letras, de la Luz y Amigos del País. Luego en 1930 a 1978 es una etapa interesante, llegan los exiliados de la guerra civil española sacerdotes, profesores, escritores, empujan la edición. Colecciones de pensamientos dominicanos, libros de corte político por la ocupación americana, reedición de clásicos de Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch y Marrero Aristi y el surgimiento de los concursos literarios a cargo de empresas privadas: Fundación Corripio, Casa de Teatro, Siboney, Grupo E. León Jimenes.

El repunte se da en los 90 con la entrada de editoriales como Cielo Naranja (Berlín), Isla Negra (PR) y Alfaguara que desde 1999 hasta 2014 marca un hito en la historia de la industria editorial de RD publicando a más de 35 autores y profesionaliza el mercado del libro, hasta 2014 cuando es comprada por Pengüin Random House y solo edita textos infantiles. Actualmente el Ministerio de Cultura lleva a cabo programas más robustos para promover la cultura en todos sus géneros incluyendo la literatura y junto a empresas privadas son los motores de la actividad. Que la edición en RD no sea tan prolífera no significa que no tengamos excelentes escritores.

 
¿Puedes decirnos títulos y autores actuales de allí que, para ti, deberían hacerte compañía?

Dominicanos que han destacado reciente e internacionalmente, Julia Álvarez, Medalla Nacional de las Artes 2014 con «En el tiempo de las mariposas» y Junot Díaz, premio Pulitzer 2008 con «La maravillosa vida breve de Oscar Wao».

Los dominicanos clásicos preferidos o aquellos que leí especialmente en el círculo literario que fundé muy joven han sido: Juan Bosch, Balaguer y Marcio Veloz Maggiolo.

Mi escritora dominicana preferida es Carmen Imbert Brugal, pertenece al boom femenino latinoamericano de los 80, en su obra refleja una intensidad filosófica y psicológica tan viva… además, me arrebata su prosa. Sería un honor que ella estuviese allí.


También aprovechamos para preguntarte:

¿Qué autores dominicanos ha influido más en tu narrativa y, ya de paso, cuáles serían tus escritores predilectos, sin limitaciones geográficas ni temporales?

¿Cuáles escritores dominicanos influyen en mi obra? Carmen Imbert Brugal, como ya dije. En cuanto a mis escritores predilectos, siempre he sido una lectora voraz, amante de los grandes clásicos. Creo que todo lo que he leído influye en mi obra, pero si me obligas a mencionar algunos de los que me han inflamado el corazón, te diría que Dostoievski, Tolstoi, Víctor Hugo, Stendhal, Virginia Woolf, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Saramago, Muriel Barbery, Fernando Vallejo, Javier Marías
.

Priscilla Velázquez Rivera

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.



Reseña de «Si quieres, puedes quedarte aquí», de Txani Rodríguez

RESEÑA DE «SI QUIERES, PUEDES QUEDARTE AQUÍ», DE TXANI RODRÍGUEZ (Tres hermanas, 2017)
Manu López Marañón
No es una recién llegada al mundo de las letras la autora que hoy nos ocupa. Como periodista, Txani Rodríguez (Llodio, 1977) tiene una columna semanal en El Correo, diario en cuyo suplemento cultural (Territorios) asimismo colabora. Pero es que, además, ha escrito guiones para cómics, ha publicado libros infantiles y también uno de relatos («El corazón de los aviones») y dos novelas («Lo que será de nosotros» y «Agosto»).

La nueva, finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro, se titula «Si quieres, puedes quedarte aquí». En lo que tiene toda la pinta de haber sido una meditada decisión,
Txani Rodríguez ha optado por la tercera persona para interesarnos en los itinerarios sentimentales y vivenciales de Andrea Martínez Hinault, filóloga francesa que malvive de las traducciones y que llega a una cabaña de bosque previamente alquilada por su pareja –el adinerado Gonzalo– en un pueblo llamado Luja. Descartada la primera persona (y, aún mejor, evitando la tentación de dar al relato forma de diario íntimo) se consigue que el lector, mediante otros recursos –entre los cuales el voyeurismo autoral no es el menos importante–, profundice a cada página en lo más íntimo de esta complicada mujer. Que el resto de personajes vayan presentándose y desarrollándose a través de la mirada de Andrea, siempre desde la tercera persona, resulta un apasionante reto que culmina con la aprobación del lector.

Sorprende la calificación de «Si quieres, puedes quedarte aquí» como novela «corta». Estamos ante 200 páginas de una admirable prosa y creemos que es la intensidad sostenida lo que define cuantitativamente a una novela: cuanto inane mamotreto de mil páginas y con éxito fulminante se termina sin que deje poso. Y que nos digan, ¡por favor!, qué novela corta admite tiempos muertos tan abundantes como los de «Si quieres, puedes quedarte aquí». El capítulo que nos refiere la voluntad de aquel marqués de donar su fortuna al ayuntamiento para embellecer con flores las fachadas del pueblo, o los que dan cuenta de varios paseos en barca para llegar al almacén, o esas conversaciones, aparentemente intrascendentes, de Andrea con Rosario mientras cocinan, siendo interrupciones, no dejan de resultar también páginas de poética contemplación que, bien metidas –como es el caso–, se acoplan a la trama fortaleciéndola y no debilitándola, como por desgracia viene siendo norma en tantos novelistas a quienes no nombro para que continúen en su burbuja creyéndose literatos rompedores.

Pero no tratamos de convencer a nadie con nuestro razonamiento: las fronteras entre cuento largo, novela corta y novela traen de cabeza desde tiempo inmemorial a legiones de eruditos, y no seremos nosotros quienes pretendamos haber dado con la solución. Pero «Si quieres, puedes quedarte aquí» es novela, novela a secas (y sin fastidiosas etiquetas tipo «noir» «rosa» «verde», etcétera, algo que hoy en día no deja de ser otra bienvenida rareza.)

La tercera novela de
Txani Rodríguez no es parca a la hora de suscitar resonancias, bien literarias (en muchos momentos la autora nos ha parecido una Virginia Woolf «domesticada» en el mejor sentido de la palabra: más cercana a la delicada prosa impresionista de «Al faro» que a los entrecruzados y tumultuosos monólogos interiores de «Las olas»), bien cinematográficas (los corderos que mueren, desollados en vallas o por la basquilla, crean indirecto suspense, pero también pautan el desarrollo temporal, como sucedía con los peces muertos de «Sangre fácil» o el conejo preparado para ser horneado de «Repulsión»). Otros animales menos susceptibles de acaparar cariño humano como orugas procesionarias y perros mordedores completan el bestiario de Luja.

El elenco masculino no queda muy bien parado. Gonzalo, pareja de Andrea, de quien ella busca un descanso tras una convivencia que se ha ido degradando, se nos presenta como un hombre que detesta la literatura hasta el extremo de arrancar literalmente de las manos de Andrea el libro que esté leyendo (exagerándolo un poco, estaríamos ante otro de esos especímenes masculinos que encuentran en el trabajo, el deporte y el sexo su forma de encarar la vida, una vida para la que cualquier asomo a la imaginación resulta un incordio). Los indicios de esa soterrada brutalidad de Gonzalo, por desgracia, pronto se ven confirmados. Otermin, el dueño de las cabañas de Luja, pese a sus vegetarianas sofisticaciones desplegadas en su caserío acaba revelándose como el rústico sin recursos que en realidad es. Y Aleksei –Liosha– un ruso encargado del mantenimiento de las cabañas, aunque de buen fondo, muestra grandes dosis de inseguridad; para cuando quiera tomar una decisión firme resultará tarde, aunque, adelantémoslo, es este Liosha, con todas sus dudas y silencios, quien facilita un cierre de novela no tan desolado.

Dejando aparte a las tres nudistas que ocupan una cabaña y terminan por resultar demasiado evanescentes y poco aprovechadas (su salida de la novela nos ha resultado un poco forzada), hay que reconocer que la absoluta protagonista –Andrea– con su tortuoso pasado, sus anhelos vitales, la indisimulada búsqueda de sexo, así como su bagaje cultural y su preparación intelectual, nos ha resultado un personaje maravillosamente construido. ¿Recuerdan otra inolvidable Andrea de nuestra literatura? ¡Claro!, la de
«Nada», la obra maestra de Carmen Laforet con quien esta Andrea Martínez, si se detienen a comparar, guarda no pocas similitudes (arriesgamos creyendo no caer en la exageración si hablamos de un aggiornamento en la Andrea original). No menos interesante, a pesar de mostrar escasa complicación interna, se muestra esa esquiva Rosario que ha encontrado la razón de su vida en cocinar para la Asociación de Viudas de Luja y con la que Andrea acaba por amistarse; gracias a ella, además, encuentra trabajo.

Novela de lectura detenida y hechizante, «Si quieres, puedes quedarte aquí», nos revela a una autora llamada –si no le devoran las prisas y esquiva el temido contrato editorial que obliga a entregas anuales– a darnos títulos maestros. Mientras Txani Rodríguez prepara su siguiente obra no duden en esperarla disfrutando con esta que nos ha gustado tanto
.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «Seis personajes y un cantante», de Amalia Álvarez San Pedro

RESEÑA DE «SEIS PERSONAJES Y UN CANTANTE», DE AMALIA ÁLVAREZ SAN PEDRO (Editorial Amarante, 2017)
Manu López Marañón
Mi primer contacto con la prosa de esta autora nacida en Béjar, pero madrileña de adopción, lo he tenido gracias a esa obra inaugural y preñada de descubrimientos que es «Diez cuentos para iluminar talentos» (Luna literaria, 2017). En la selección brilla con luz propia el relato aportado por Amalia Álvarez San Pedro «Vacaciones en el paraíso». La historia del matrimonio lastrado por sus ansias consumistas y por la obsesión del marido de divorciarse de una mujer siempre de gasto en gasto y de viaje en viaje, se narra, por una parte, con impecable conocimiento del lenguaje (eso tan devaluado del «¡qué bien escribe!» que en ocasiones como esta recupera su sentido primigenio) y, por otra, con el dominio del tiempo que cualquier narración solventemente ejecutada exige. La grata impresión que el cuento deja hizo que no parase hasta conseguir un libro de su autora, éste que ahora reseño.

Que la infancia es territorio fértil para que un escritor germine ya lo demostró el más grande novelista de la historia, el francés Marcel Proust. En esta época tan cicatera con el tiempo libre, darse el gustazo de leer «En busca del tiempo perdido» está al alcance de pocos. Siempre tuve la sensación de que
Proust es lectura de rentista… Sin embargo rogaría a todo interesado no solo en la literatura sino en el arte en general, que, antes de irse al otro barrio, trabaje un poco menos y cate «Por el camino de Swann», comienzo de la irrepetible saga. En este primer volumen el repaso que de su infancia en Combray hace Proust ha quedado en los anales literarios. El recuento humano toma cuerpo en unos personajes grabados a fuego en quien los descubra; así por ejemplo, la cocinera de la familia del Narrador, Françoise, o el elegante, culto y mundano Charles Swann: mis favoritos.

Por su brevedad (77 páginas) «Seis personajes y un cantante» se devora de un saque. No concibo mejor compañero para un viaje (sobre todo en tren) que este libro. Eso sí, no esperen encontrarlo en esas «librerías» de estación o aeropuerto anegadas por insulsos mamotretos del momento destinados a lectores igualmente paniaguados. «Seis personajes y un cantante» deberán llevarlo en la maleta y antes, seguramente, haberlo pedido, porque –y por desgracia no creo equivocarme– esta maravilla tampoco estará disponible en librerías con mayores amplitudes de mira. La invisibilidad y el anonimato son castigos decretados por los distribuidores que toca padecer a quienes escribimos bajo los patrones de la hondura y la sensatez. Algo que, una vez asumido, no deja de tener sus ventajas, cierto es.

«Seis personajes y un cantante» no es un libro de microrrelatos. Estamos ante siete cuentos (más un epílogo) de no muy larga extensión pero con el suficiente número de páginas como para hablar de relatos stricto sensu. A pesar de que la azoriniana escritura de Amalia Álvarez San Pedro pueda ser calificada –y en bastantes ocasiones– como «prosa poética», tampoco englobaremos su obra en esta categoría (donde ubicamos «Ocnos» de Luis Cernuda o «Platero y yo» de Juan Ramón Jiménez).

Este libro publicado por la editorial salmantina Amarante (no debemos dejar de ensalzar la vocación de estas editoriales independientes que arriesgan con títulos que solo ellas tienen capacidad de lanzar: ahí está el presente y el futuro de nuestra literatura, una literatura dirigida a punta de pistola desde hace demasiado tiempo ya por mafiosos grupos editoriales); «Seis personajes y un cantante» –decía– está para mí más en la onda estilística de «Industrias y andanzas de Alfanhuí». Aquella anatomía social y provinciana de la España de la época, aquel hacer hablar, sentir, razonar, moverse o transmitir provechosa enseñanza a cualquier objeto que, con indudable maestría, lograba Rafael Sánchez Ferlosio encuentra vigorosa continuidad en nuestra escritora.

Previene Amalia Álvarez San Pedro en unas líneas introductorias de cómo conoció realmente a los protagonistas de su libro y que –aún hoy– los evoca. Pero, también, de cómo sobre estos caracteres ha dejado ella volar su imaginación. Con esta metodología construye sus relatos a flor de piel: matizados con precisión, tallados con mimo de orfebre (en ninguno sobra algo ni falta nada), afortunadamente en todos la filóloga feliz se ve devorada por la narradora de fuerza incuestionable.

En El cantante la fascinación de la agnóstica autora por las iglesias se apoya en las reminiscencias provocadas por aquel cantante tenor de misa; vestido siempre como un capitán de yate marbellí, bordaba a Bach y a Mendelssohn. Cibrián es un practicante de pueblo que soñaba con ser médico; una esposa arisca y poco dada al vuelo colaborará a que la vida de Cibrián acabe por no resultar soportable. En Serafina, relato contado usando la siempre complicada segunda persona, el miedo irracional que siente la niña protagonista hacia una inocente hortelana acaba encontrando justificación. Tras morir su castradora madre Manuel realiza su sueño de ser subastador; inopinadamente, sus triunfos en las subastas del pueblo lo llevan a conquistar la provincia. En Zoe, una irredenta borracha, feliz con sus botellas de vino y latas de cerveza, rechaza con asco la aguada sopa que le ofrecen las monjas. Mimos tiene un estudio de fotografía que es analizado desde los ojos de un perro de porcelana (en un homenaje al «Flush» de Virginia Woolf) que el artista usa como atrezo para sus posados. Rosa retrata a una panadera comparándola con los productos de su tahona; dotándola de tiernos atributos, la autora consigue transmitir su amor por los oficios artesanales, en este caso por el del pan. En el Epílogo encontramos los últimos personajes conmemorados por Amalia Álvarez San Pedro; como lamentando no haberles dado cuento propio aparecen aquí, con cierta urgencia e innominados, el tendero de ultramarinos, el hombre de las carteleras y esquelas, y el camarero fanático del orden.

Para terminar decir que todos los relatos vienen acompañados por una selección de fotos propiedad de la autora. Amalia Álvarez San Pedro es fotógrafa profesional y ha ganado importantes premios, lo que se nota en la bella interacción entre textos e imágenes que nos ofrece «Seis personajes y un cantante». Un libro imperecedero y –recuérdenlo– la mejor compañía para el viajero.


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Javier Alonso García-Pozuelo

Reseña de «La pasión de ser mujer», de Eugenia Tusquets y Susana Frouchtmann

RESEÑA DE «LA PASIÓN DE SER MUJER», DE EUGENIA TUSQUETS Y SUSANA FROUCHTMANN (Circe, 2015), por
Manu López Marañón
Siempre han ejercido gran poder de fascinación sobre mí los libros escritos «a cuatro manos». No obstante, no habré leído muchos. Dentro de la ficción recuerdo el gratísimo sabor dejado por los de Adolfo Bioy Casares con su mujer Silvina Ocampo, también «Los autonautas de la cosmopista» de Cortázar con Dunlop, los «Cuentos de H. Bustos Domecq» de Borges y Bioy Casares, o «Las páginas ocultas de la historia» de Fernando Marías y Juan Bas. En ensayo consigno los goces promovidos por «La llegada de los bárbaros» de Joaquín Marco y Jordi García, la «Carmen Laforet» de Anna Caballé e Israel Rolón o aquel monumental «Salinger» de David Shields y Shane Salerno.

Encuentro en este libro –al que cabe englobar dentro del género biográfico– que los terrenos de ambas escritoras están nítidamente delimitados. Que cada autora se responsabilice de forma concluyente de qué partes se ha encargado me resulta novedoso y sincero. Así, queda bien claro que Tusquets se ocupa de novelar un aspecto decisivo en la vida de cada biografiada. Apuntados esos «momentos de vida» –y separados por un inciso– pasa Frouchtmann a ocuparse de cada mujer, integrando en estas páginas aquello previamente resaltado por Eugenia y que, incluido en las panorámicas de Susana, encuentra ahora su exacta dimensión.

El resultado –aparte de efectivo y literariamente logrado– resulta modélico. Por motivos de espacio no son tantas las páginas dedicadas a cada personaje, pero, terminado cada retrato, salimos de todos ellos con la sensación de que solo nos ha faltado «tocar» a estas ilustres damas; muchas –como atinadamente señalan las autoras– con el grave riesgo de instalarse en un injusto olvido.

Son 12 las biografías. Las he reunido en 3 grupos. El primero lo conforman 5 escritoras, el segundo 3 estrellas y el tercero 4 variopintas personalidades sin relación posible entre ellas.

Empiezo con las escritoras. Madame de Staël (1766-1817), tras haber despertado las iras de Napoleón Bonaparte con la publicación de su novela feminista «Delphine», se vio obligada a exiliarse en Ginebra. Aunque acompañada por el filósofo suizo Benjamin Constant, la vie de château a orillas del lago Leman no le resultó satisfactoria. Sin ser una belleza, Madame de Staël dispuso de gran número de amantes; pero junto a su frenética vida sexual, esta mujer reunió en su castillo a la flor y nata de la intelectualidad europea: su salón literario universalmente conocido como «el grupo de Coppet» incluía a personalidades de la categoría de Chateaubriand, Friedrich Schlegel, Claude Hochet y… Lord Byron. Acaba de publicarse el ensayo de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) «La cuestión palpitante» donde ella, como escritora, acepta los postulados naturalistas que causan furor en París y cuya aplicación literaria patrocina Zola. Los ojos de la conservadora sociedad española de la época, incluidos los de su marido, se han vuelto hacia ella. La Pardo Bazán terminó separándose; fue una viajera incansable y también mujer de muchas conquistas (pese a ser poco agraciada); París fue su lugar de peregrinaje. Discípula de Zola, su literatura pasó a ser combativa. Siempre siguió el consejo que le dio Victor Hugo: «Lo más importante es tener un estilo propio». Para la mejor escritora del siglo XX, Virginia Woolf (1882-1941), acabar sus obras era sinónimo de depresiones e intentos de suicidio. Al poner punto final a «Entre actos» proyecta una fuga a Londres que es abortada por su vigilante marido. Los buenos consejos no fueron suficientes. En un descuido, Virginia se dirige al río Ouse y se sumerge en sus aguas. El matrimonio de Virginia y Leonard Woolf no fue sexualmente satisfactorio, aunque, intelectualmente, se complementaban. Quizá los abusos que sufrió por parte de dos hermanastros complicaron su vida; la propia Virginia reconoció que sólo había conocido la pasión física con su amiga Vita Stackville-West. Anais Nin (1903-1977) visita, por vez primera, a un psicoanalista. Atrapada por la convulsa atracción erótica hacia June –la mujer de Henry Miller– y su pasión por el escritor (a lo que se añade la nunca resuelta obsesión por su padre), la vida de Anais es un caos, y más si tenemos en cuenta que fue alguien que llevó sus amoríos al límite. Popular por sus diarios, su mayor reconocimiento lo obtuvo gracias a sus páginas eróticas: en esos textos exploró la mente y la sexualidad femenina con una explicitud jamás conocida. A «la Virginia Woolf española», Mercé Rododera (1908-1983), le gustaba era comer en La perle du lac de Ginebra, un restaurante que daría nombre a una novela suya. Fue la gran novelista de Barcelona una niña fantasiosa que de adolescente anduvo enamoriscada de su tío, aunque acabó siendo una de esas burguesas que se casan y pronto se desencantan de su aburrido marido. Como madre no fue muy atenta; prefirió desplazar la pasión a su romance con Andreu Nin. Obligada a trabajar de modista, acabó convirtiéndose en incansable narradora. Seria y nostálgica, creó el personaje femenino más importante (con permiso de Andrea) de la narrativa española del siglo XX: la Colometa.

En el grupo de las estrellas tenemos en primer lugar a Raquel Meller (1888-1962). La cupletista, instalada en su residencia parisina, escucha a un empresario que logra convencerla para que haga su primera gira por Estados Unidos. Tras decirle que no al mismísimo Chaplin (le había ofrecido el papel de Josefina para el biopic que preparaba sobre Napoleón), la Meller regresó a Europa donde seguiría cosechando éxitos. En 1911 actúa ya en el teatro y graba sus primeros discos: «La violetera» y «El relicario». El éxito a nivel internacional lo obtiene en el Olympia de París. Su mayor triunfo en el cine fue «Carmen». En su segunda gira norteamericana se reencontró con Chaplin y otra vez volvió a negársele. Erró: el papel de la ciega en «Luces de la ciudad» estaba escrito para ella. Hedy Lamarr (1914-2000), recién llegada a Hollywood, disfruta con su hijo mientras espera a su amigo George Antheil, un músico con quien prepara un proyecto que busca dar forma a la técnica de conmutación de frecuencias, algo que, décadas después, permitió implantar la comunicación de datos Wi-Fi. Actriz bastante limitada, trabajó con grandes de su época como James Stewart, Clark Gable o Spencer Tracy. Tampoco anduvo fina a la hora de descartar papeles: no quiso aparecer en películas de éxito mundial como «Casablanca» y «Luz de gas». María Callas (1923-1977) vivió su mayor crisis profesional y sentimental al ser abandonada por Aristóteles Onassis, que la dejó en París para iniciar su relación con Jacquline Kennedy. Incapaz de superar años de pasión con el naviero, la gran diva intentó suicidarse. María Callas se dejó la piel por llegar a ser la mejor cantante de ópera: perdió 36 kilos en un año y hasta se convirtió en una mujer atractiva. Pero pronto empezó a perder facultades vocales y a consumir somníferos y barbitúricos. Con toda su inteligencia y capacidad, se dejó morir a los 54 años.

El tercer, y variopinto, grupo lo inicia Teresa de Ávila (1515-1582). Fundadora de la orden de las carmelitas descalzas, toda su obra es autobiográfica. Con un lenguaje fresco sus vivencias personales se adivinan en géneros tan variados como el didáctico, el tratado espiritual o la crónica. No siendo una mujer culta esos textos aclaran sus éxtasis y la relación con Dios, su esposo. Esa felicidad en el sufrimiento se define hoy como «epilepsia extática», y es la misma que aquejó a Dostoyevski. A Eleanor Roosevelt (1884-1962) la encontramos exhausta. Franklin Roosevelt acaba de contraer el virus de la poliomielitis y necesita moverse en silla de ruedas. El matrimonio ya había sufrido su primera gran prueba de fuego al descubrir ella cartas de amor dirigidas a su marido. A pesar de todo, lo animó a seguir con su carrera política. Roosevelt asumió la presidencia de Estados Unidos y permaneció en ella hasta 1945. Eleanor llegó a participar en La Declaración Universal de los Derechos Humanos y escribió 17 libros. Hannah Arendt (1906-1975) acudió al juicio de Adolf Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Sus crónicas fueron recopiladas en el libro «Eichmann en Jerusalén» cuya tesis general es que el transportista del III Reich, aun consciente de lo que hacía, cumplía órdenes «por pura inercia». Comprender a Eichmann la condujo al rechazo de muchos judíos. Alumna de Heidegger, doctorada por Jaspers, se casó sin embargo con un joven sin preparación. Retirada su nacionalidad alemana Arendt consiguió el pasaporte norteamericano, lo que le permitió publicar allí libros esenciales como «Los orígenes del totalitarismo». Ninguneada en España, donde casi nadie conoce su obra, Remedios Varo (1908-1963) ha conseguido ser una reconocidísima pintora en su país de adopción, Méjico. En Madrid, se hizo amiga de Dalí y empezó a pintar sus primeros cuadros. Escapada a París ante la llegada de la guerra civil, conoció a los surrealistas acaudillados por André Breton y se casó con el poeta Péret. Ante la entrada de los nazis huyó a Méjico. Frida Kahlo y Diego Rivera impedían que los cuadros de los artistas exiliados colgaran en las galerías, pero Varo consiguió que Rivera se fascinara por su surrealismo místico
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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