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El Congreso Obrero de 1865 en Barcelona, por Eduardo Montagut

–Aún necesitamos recabar más información, pero sospechamos que podía tener escondido en su cuarto a alguien.
–¿Y en qué sustentan esa sospecha?
–En su habitación se oía con frecuencia hablar quedo a dos personas, aunque luego nunca se ha visto salir de ella a nadie que no fuese Vilanova. Además varios vecinos nos han dicho que últimamente se le veía bajar a descargar el orinal a las letrinas que hay en el patio con mucha frecuencia y a horas poco habituales.
–De acuerdo, había alguien escondido en su cuarto. Tal vez uno de los cómplices del robo.
–Pensamos que podía tratarse de alguien perseguido por motivos políticos, concretamente alguno de los cabecillas que consiguieron escapar de Andalucía tras los sucesos de Loja. Por las fechas en que comenzaron a oírse las voces, varios prófugos de la revuelta entraron en Madrid. Que Vilanova simpatiza con su doctrina parece más que probable. Por sus lecturas, porque frecuenta lugares donde se suelen reunir miembros del partido democrático y porque en la misma vecindad dicen que en cuanto tiene ocasión se pone a perorar sobre las sociedades de socorros mutuos, la unión de los obreros y cosas por el estilo.
–Pueden darse los dos extremos, inspector, que tuviese escondido a algún agitador socialista y que entre ambos hayan organizado un golpe para financiar su secta. Si mañana a primera hora no está de vuelta, registraremos su cuarto a ver qué se encuentra.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
Os ofrecemos un nuevo artículo de historia escrito por Eduardo Montagut. Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.
 

El Congreso Obrero de 1865 en Barcelona
Eduardo Montagut
El Congreso Obrero de Barcelona fue el primero de los que se organizaron en España, aunque solamente reuniría a sociedades obreras catalanas. Los congresos obreros en el siglo XIX son un aspecto fundamental de la historia del movimiento obrero español, donde se reunían representantes de sociedades, secciones, sindicatos y federaciones de trabajadores, y donde se discutía de ideología, estrategias sindicales y/o políticas y de aspectos organizativos, por lo que queda demostrada su importancia en lo que referimos.

Al parecer, el origen de estos Congresos estaría en la Junta Central de Directores de la Clase obrera, que se celebró en enero de 1855, en plena explosión del Bienio Progresista, con representantes de hasta treinta sociedades obreras, que acordaron dotarse de una organización y hasta eligieron una dirección para intervenir en los conflictos laborales ante la autoridad. Pero el fin del Bienio Progresista supuso un frenazo para las organizaciones obreras, que tuvieron que funcionar en la clandestinidad. En todo caso, en 1862 se fundaría el Ateneo Catalán de la Clase Obrera, vinculado en sus inicios con el progresismo catalán. En 1864 se avanzó con el permiso de la máxima autoridad militar en Cataluña para que pudieran funcionar con relativa facilidad las sociedades obreras. Fue la puerta a la creación de El Obrero en septiembre de ese año, periódico fundamental del movimiento obrero en Cataluña, y de La Asociación.



Trabajadoras de fábrica textil catalana
(siglo XIX)

El Obrero estaba dirigido por Antonio Gusart i Vida. Su objetivo era defender los intereses del proletariado y luchar para conseguir el reconocimiento pleno del derecho de asociación en un sentido doble: para crear sociedades de resistencia, es decir, sindicatos, pero también sociedades de producción y consumo, es decir, para cooperativas.
El Obrero nacía en el seno del universo socialista del Partido Demócrata, en esta fase en la que todavía no había una clara conciencia separada o propia de la emancipación obrera, al vincularse con los sectores más a la izquierda o progresistas del universo demócrata y republicano.

La importancia de
El Obrero en esta historia del Congreso de 1865 reside en que su convocatoria surgió en el seno de sus páginas, con el fin de coordinar las sociedades obreras.
 

El Congreso se celebró en diciembre, y reunió representantes de 22 sociedades obreras catalanas con unos trescientos delegados, una cifra muy interesante en estos inicios. El Congreso reclamó el derecho de asociación y reivindicó el cooperativismo. En el Congreso tuvo un destacado protagonismo Gusart. La exposición al gobierno o manifiesto se publicaría en El Obrero el 7 de enero de 1866.
Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Reseña de «El alienista» de Caleb Carr, por Jeremías Poebe

«EL ALIENISTA» DE CALEB CARR
Jeremías Poebe
Nueva York, una ciudad turbulenta, donde abunda la miseria y el poder se solaza, sopa nutricia en la que el desviado es la norma y el crimen, si no acosa al pudiente, pasa desapercibido. Finales del siglo XIX, las ciencias psiquiátrica y criminológica en mantillas y un protagonista, Laszlo Kreizler, doctor y psicólogo de insólito método, que acaba involucrado en la resolución de unos asesinatos que diríanse el goce de una única mente perturbada.

Ante la precariedad de los medios técnicos para proceder con una investigación, sin apenas datos científicos ni pruebas de campo, Laszlo decide dar salida práctica a novedosas teorías sobre la mente y el comportamiento, al aplicarlas al ámbito de la investigación; por afinidad y por necesidad, lo fía todo al perfil psicólogico del delincuente.

Con la ayuda de un periodista, John Schuyler Moore, antiguo compañero de clase; Sara Howard, una policía no muy bien avenida con sus compañeros masculinos de comisaría; y Stevie Taggart, un jovenzuelo descarriado, que el doctor ha redimido de un destino anudado a la fatalidad, Laszlo se adentra por igual en recovecos olvidados de la ciudad y rincones por descubrir del comportamiento y la mente humanas.
 


Caleb Carr, recrea ante el lector el Nueva York del cambio de siglo, los hábitos de sus habitantes, las ideas y los conflictos del momento, la arquitectura y el diseño urbano, a través de unos personajes humanos, cargados de pasado, conflictos, miedos y aspiraciones. 

La trama nos mantiene asidos al lomo del libro, el suspense no decae ni se antoja tramposo. Estamos ante una gran novela negra, una historia tan bien planteada como ejecutada.

EL ALIENISTA
Autor: Caleb Carr (Nueva York, 1955)
Título original: The Alienist (1994)
Año de publicación en castellano: 2000


Sinopsis:
Nueva York, 1896. John Schuyler Moore, reportero de sucesos de The New York Times, recibe una convocatoria en plena madrugada. Su antiguo compañero de Harvard, el famoso psicólogo (o alienista) Laszlo Kreizler, le pide que se presente en el puente de Williamsburg, donde se ha producido un crimen horrible. El director de la policía encargará a Kreizler y al propio Moore que dirijan la investigación: una jugada muy atrevida, pues un alienista es considerado poco menos que un hechizero. El problema para ambos investigadores, es que no saben nada del criminal. Para llegar a él tendrán que trazar un perfil psicológico basándose en su capacidad de penetración mental....

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La investigación criminal en el siglo XIX, por Javier Alonso García-Pozuelo

El siguiente artículo, escrito por Javier Alonso García-Pozuelo, fue originariamente publicado en XX Siglos, blog de novela histórica del diario 20 minutos que administra David Yagüe. Al final de la página, encontrarás más información sobre David Yagüe y el enlace a su magnífico blog.

La investigación criminal en el siglo XIX
Javier Alonso García-Pozuelo
En 1893 el juez austriaco Hans Gross publicó Manual del Juez como Sistema de Criminalística, un libro que contenía todos los conocimientos científicos y técnicos que se aplicaban entonces a la investigación criminal. En él, definía la Criminalística como el conjunto de conocimientos y técnicas para el análisis sistemático de las huellas dejadas por el culpable. Fue precisamente a raíz de la publicación de este libro cuando se comenzó a usar el término «Criminalística», aunque a lo largo del siglo XIX tuvieron lugar muchos episodios decisivos para el desarrollo de esta disciplina. Veamos algunos.

Hans Gross

EL GRAN VIDOCQ

Si hay un personaje crucial en la historia de la investigación criminal del siglo XIX ese es François Eugène Vidocq. En 1809 el más famoso delincuente francés de su época, Vidocq, decide cambiar de bando y ofrece sus servicios como informador a la policía. Poco tiempo después se convierte en el primer director de la Sûreté Nationale. Son incontables los avances en investigación policial que se asocian al nombre de Vidocq. De él surge la idea de crear el primer cuerpo de policías de paisano de Francia, la mayoría de ellos exconvictos, quienes se infiltraban entre los criminales más peligrosos después de haber sido entrenados en técnicas de memorización del rostro. El mismo
Vidocq lo hacía, a pesar de ser más que conocido en los bajos fondos, gracias a su legendaria habilidad para el disfraz. A él se le atribuye la iniciativa de abrir expedientes con las pesquisas de los casos, así como la elaboración de uno de los archivos de delincuentes más exhaustivos del siglo (sus fichas contenían la descripción física, los apodos, las condenas, los modos de actuación y hasta, en algún caso, registros caligráficos). Vidocq hizo hincapié en que los hombres a su cargo no se limitaran a actuar después de cometido un delito, sino que incluso trataran de evitarlos, por lo cual dio mucha importancia al desarrollo de técnicas de vigilancia de sospechosos. Durante los años que estuvo al frente de la Sûreté Nationale sus resultados fueron espectaculares, y si bien estamos en una época en la que la contribución de la ciencia al campo de la investigación es aún escasa, Vidocq puede considerarse como el primer impulsor de la Criminalística tal como la entendemos hoy en día, por la gran importancia que dio a la observación minuciosa del escenario de un crimen y a la cuidadosa recogida y custodia de los hallazgos encontrados.

Eugène-François Vidocq

LAS HUELLAS DEL CRIMINAL

En el Manual del Juez como Sistema de Criminalística, Gross consideraba imprescindible que las pisadas halladas en el escenario de un crimen sean cubiertas con cajas para evitar así que pudieran alterarse o incluso borrarse. Muchas décadas antes Vidocq ya elaboraba moldes de yeso para recoger las huellas de zapato dejadas en el lugar del crimen.

Habría que esperar hasta muy avanzado el siglo para que las huellas dactilares fueran aceptadas por un tribunal como prueba y gracias a ellas se pudiera condenar a una persona. Fue en el año 1892 en Necochea (provincia de Buenos Aires, Argentina). Una mujer acusada de haber asesinado a sus dos hijos fue condenada por las huellas que dejaron sus dedos ensangrentados. El inspector al cargo de la investigación había utilizado una nueva técnica (la de las impresiones digitales, como se denominaban entonces), difundida en Argentina por Juan Vucetich, uno de los padres de la Dactiloscopia, junto con el antropólogo inglés Francis Galton, quien ese mismo año publicó Huellas dactilares, donde se describía un novedoso sistema de clasificación de las huellas digitales.

Juan Vucetich

BALISTICA 

Vidocq es considerado, una vez más, el pionero en la aplicación de los estudios de balística para el esclarecimiento de un crimen. En 1822, por sugerencia de Vidocq, se extrajo una bala del cadáver de una dama asesinada, presuntamente por su marido al conocer que ella le era infiel. Al comparar el proyectil extraído con la munición usada en las pistolas de duelo del marido, se descartó a éste y se pasó a sospechar del amante de la víctima, quien terminó por confesar el crimen.

Otra de las más destacadas figuras de esta disciplina en el siglo XIX es Henry Goddard, miembro del cuerpo de policía londinense de los Bow Street runners. En 1835, Goddard se percató de que la bala encontrada en el cuerpo de una víctima tenía una peculiar protuberancia. Entonces era común que los poseedores de armas fabricasen sus propios proyectiles con plomo fundido, usando un molde, y precisamente eso fue lo que
Goddard halló en la casa del principal sospechoso, un molde con una hendidura que encajaba a la perfección con la protuberancia de la bala. Con este molde, el perspicaz y metódico policía fabricó otro proyectil, el cual, comparado con el que se extrajo de la víctima, sirvió de evidencia e hizo que el asesino confesara, constituyendo un hito en la historia de la balística.

Henry Goddard

TOXICOLOGÍA

En 1840, por primera vez en la historia se dicta una condena de asesinato gracias al análisis toxicológico de los restos exhumados de un cadáver, el de un ciudadano francés apellidado Lafarge. La condenada, Marie, su joven esposa, de quien desde un principio se sospechó que había envenenado a su marido con arsénico. El insigne médico que, mediante el novedoso test de Marsh, demostró la presencia de arsénico en los restos de la víctima, un español, Mateo Orfila, una de las figuras clave en la historia de la toxicología forense, aunque su dictamen en aquel caso no estuvo exento de polémica. Marie, que siempre defendió su inocencia, escribió sus memorias en prisión, desde donde se carteó con ilustres personajes de la época, como Alejandro Dumas. En junio de 1852, enferma de tuberculosis, fue puesta en libertad por gracia de Napoleón III, muriendo a los pocos meses.


Mateo Orfila

IDENTIFICACION DE REINCIDENTES

Las más antiguas fotografías de criminales que se conservan son cuatro daguerrotipos tomados en Bruselas en 1843. En la segunda mitad del siglo se crean diversos ficheros policiales de personas procesadas, para así poder identificar a los criminales en caso de reincidencia al salir de prisión. Sin embargo, estos archivos resultaron poco prácticos: lo habitual era que los delincuentes dieran nombres falsos (los documentos de identificación carecían de imagen) y la búsqueda manual de las fotografías en los ficheros era tan rudimentaria y farragosa que no es extraño que, incluso en el caso de disponer de una fotografía previa del sospechoso, ésta no se llegase a localizar.

En 1883 se identifica en París al primer delincuente reincidente gracias al método de identificación antropométrico diseñado por Alphonse Bertillon, el cual se basaba en la medición de distintas partes del cuerpo, registradas en una ficha a la que se adjuntaba una fotografía de frente y otra de perfil. Pese al éxito inicial, su método se puso en entredicho tras encontrarse dos individuos cuyas medidas eran iguales, y se abandonó, casi por completo, al extenderse la identificación por huellas dactilares.


De
Bertillon es también un sistema para fotografiar la escena del crimen, en el cual se incluye el empleo de un testigo métrico junto a los elementos fotografiados, y suya es la recomendación de tomar las fotografías antes de que se produjera cualquier manipulación del escenario del crimen.

Alphonse Bertillon

DE VIDOCQ A GROSS

La publicación del Manual del Juez como sistema de Criminalística de Hans Gross marca un antes y un después en la historia de la Criminalística, aunque el notable avance de la investigación criminal en el siglo XIX no hubiese sido igual sin las incontables aportaciones a este campo de Eugène-François Vidocq, quien de manera voluntaria pasó de ser uno de los delincuentes más temidos de Francia al policía más eficaz del siglo. Eficacísimo tanto en la resolución de casos como en la prevención del delito, este policía francés, un adelantado para su tiempo, puede ser considerado el padre, o al menos el abuelo, de la Criminalística.

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Javier Alonso en Monterrey, México
Fotografía: Víctor Eduardo Hernández
es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Actualmente reside en Santo Domingo donde compagina su pasión por la literatura con su cargo como director académico para Latinoamérica en la escuela internacional AMIR. En los  últimos años ha impartido varios seminarios de Creación Literaria, Nacimiento de la Novela Policíaca, Historia del Siglo XIX y Lectura Crítica tanto en España como en diversos países de Latinoamérica. En febrero de 2017 publicó con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II de la que se han escrito decenas de reseñas -que puedes leer en Cita en la Glorieta, el blog colaborativo de historia y literatura que Javier dirige y edita- y que ha sido nominada a la mejor novela negra de autor novel en el Festival Morella Negra como la Trufa. A raíz de la publicación de su primera novela, ha participado en festivales de novela negra, en ferias del libro y en diversos clubes de lectura. Ha formado parte del jurado de diversos certámenes literarios, entre ellos el I Premio Tristán Solarte a la mejor novela negra publicada en el año 2018 en Panamá. En febrero de 2018 se publicó una edición en bolsillo de La cajita de rapé, (EmBolsillo, 2018) y actualmente se distribuye, además de en España, en varios países de Latinoamérica (Ecuador, Colombia, México, Panamá...). El 2021 saldrá a la venta su segunda novela, también protagonizada por el madrileño inspector Benítez.



Pasé diez meses en el vientre de mi madre para saltar a una casa abarrotada de libros. No tardé en darme cuenta de que toda mi existencia iba a girar en torno a ellos. Y es algo que espero que no cambie. He hablado de ellos en blogs, jornadas y charlas varias; he trabajado en varias editoriales e incluso he escrito dos novelas (Bravo Tango Siete. El contratista y Los últimos días del imperio celeste). Además de lector furibundo y escritor en ciernes, soy periodista en 20minutos. 


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La cajita de rapé y el reinado de Isabel II

Esta entrada forma parte de un artículo que lleva por título "Isabel II, Sant Joan d'Alacant y la República Dominicana" y que trata sobre el período histórico en el que está ambientada «La cajita de rapé»(años finales del reinado de Isabel II). 

He dividido el artículo en 6 apartados. Puedes acceder al resto de entradas pinchando AQUÍ.

Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo


DE DÓNDE VENIMOS
Javier Alonso García-Pozuelo
Es difícil precisar el momento exacto en que una novela comienza a crecer en la mente de un escritor. Yo, al menos, sería incapaz de decir cuándo empezó a cobrar vida en mi imaginación la historia que narro en La cajita de rapé. Lo que sí tengo claro es cuándo se despertó en mí el gran interés que siento por el periodo histórico en el que está ambientada. Fue en el otoño de 1992. Cursaba yo 3º de Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid, había elegido el Hospital de la Princesa para hacer las rotaciones clínicas del resto de carrera (donde hacía mis pinitos de escritor en Feedback, la revista de la facultad de Medicina), y vivía durante buena parte de los meses lectivos con Alfonsa y Pepe, mis abuelos maternos, en Fontarrón, una colonia del distrito madrileño de Puente de Vallecas que en los últimos años ha ganado fama por sus maravillosas vistas, por haber sido escenario de algunas películas y porque en él reside el líder del único partido que ha sido capaz de hacer tambalear la hegemonía del PSOE en la izquierda.

Pues bien, en aquel otoño visité La Solana, el municipio manchego del que procede mi familia materna, y allí mi querido tío Tomás (hermano de mi abuela Alfonsa) me contó innumerables historias acontecidas en el pueblo durante la II República y la Guerra Civil. Historias desgarradoras, de vidas truncadas, que no olvidaré jamás y que, en cierto modo, explican por qué mi primera novela es una novela histórica con un alto contenido político. El protagonista de una de esas historias fue mi bisabuelo, un herrero más o menos acomodado que, sin haber metido nunca el hocico en políticas, lo perdió todo en aquellos años. Lo perdió todo por culpa de la política. Las historias que me contó mi tío Tomás no son muy distintas a las que muchos de nuestros mayores han vivido, pero oírselas contar a alguien tan querido, sin el menor atisbo de rencor, fue una experiencia impagable. A través del relato de mi tío Tomás comprendí lo bárbaros que podían ser mis compatriotas. La crueldad con que habían actuado ambos bandos. Lo infames que podíamos llegar a ser los españoles cuando estaba en juego el pan de nuestros hijos. O la defensa de una idea que solo Dios sabe quién nos metió en la cabeza.

De vuelta a Madrid, tomé la decisión de no conformarme con lo que ya sabía sobre la Guerra Civil. Decidí escarbar un poco en el pasado, en la historia de mi país, en las páginas que me explicasen cómo habíamos podido llegar a perder la cabeza del modo que lo hicimos. Cogí un tratado de historia de España que había en casa y me remonté de manera intuitiva a donde yo creía que habían empezado las disputas entre las dos formas irreconciliables de concebir España: a la Guerra de la Independencia. Devoré toda la historia de España comprendida entre 1808 y 1939 y, con una ensalada de nombres, batallas y pronunciamientos bajo las meninges, regresé a mis libros y apuntes de Medicina. Llegó el último examen de diciembre y después de las obligadas cervezas y calamares en la Plaza Mayor, me di cuenta de que caminaba como un autómata en dirección a los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. No había vuelta atrás: había comenzado mi obsesión por comprender la historia de mi país.

A aquel lejano otoño de 1992 se remonta mi afición a acumular libros y más libros de historia del siglo XIX español, sobre todo los relacionados con los cruciales años del reinado de Isabel II (1833-1868). Precisamente en su reinado está ambientada La cajita de rapé, mi primera novela y el primer caso protagonizado por el inspector José María Benítez Galcedo. 


Me atraía poderosamente la biografía de La de los Tristes Destinos, no puedo negarlo. Sin embargo, no fue la tormentosa vida de Isabel II lo que me llevó a ambientar mi novela en su reinado sino la situación económica y política que vivió España a mediados del siglo XIX. Os lo contaré en la siguiente entrada.


Isabel II (1860)
- José Vallejo y Galeazo -
(Litografía de J. Donon)

Los amantes de Isabel II

LA REINA SE DESQUITA
Javier Alonso García-Pozuelo
El matrimonio con Francisco de Asís permitía que Isabel II, una reina con escasísima educación política, siguiese siendo manejada a su antojo por su madre y la camarilla del Partido Moderado. Isabel II es anulada como monarca constitucional, pero no como mujer. La joven y pasional reina no está dispuesta a dejarse arrebatar su vehemente deseo de ser feliz.

Su vida en los meses que siguieron a la boda fue tan desarreglada (su romance con el general progresista Serrano se convirtió en la comidilla de periódicos, cafés y salones) que durante algún tiempo se rumoreó que la reina estaba firmemente decidida a obtener la anulación de su matrimonio, el cual había tenido lugar bajo coacción moral y del que no podría lograr descendencia alguna. Mientras tanto Francisco de Asís, que tan sólo cinco meses después de las bodas reales, movido por la absoluta falta de discreción de la reina con su favorito, ya había abandonado la alcoba conyugal, se consolaba diciendo que 

«si alguna vez lograba algún poder, colgaría del balcón de la reina al General Bonito». 
No fue necesario. En el otoño del 47, los moderados pidieron al general Narváez, la mano de hierro del partido, que tomara cartas en el asunto y la situación se resolvió sin necesidad de que corriera la sangre (González Bravo pensaba retar en duelo a Serrano). Serrano puso fin a su affair con la reina a cambio de ser promovido a capitán general de Granada, y el rey consorte volvió a Palacio. Volvió Francisco de Asís al Palacio de Oriente, se teatralizó la reconciliación y los siguientes favoritos de la Reina, aprendida la lección, trataron de actuar con más cautela. El rey consorte aceptó aparentemente que la reina continuase con sus amoríos, aunque por dentro le consumía el resentimiento y no dejó de conspirar en su contra y de amenazarla con hacer públicos algunos secretos de alcoba. Su rabia llegó a tal punto que cuando supo que la reina estaba embarazada (del futuro Alfonso XII) tuvo intención de acabar con su vida. El general Narváez lo impidió, aunque como resultado de la escaramuza fallecieron el ministro de guerra y el ayudante del general.

Carece de interés dedicarse a hacer inventario de todos los amantes que la reina tuvo y de los parecidos físicos de sus hijos con sus supuestos amantes. Lo cierto es que los asuntos de alcoba de Isabel II se airearon sin el más mínimo pudor y su vida privada se convirtió en motivo de debate público y en arma arrojadiza de unos partidos contra otros y de todos los partidos contra la propia reina. De haber sido varón o de haber reinado en el Antiguo Régimen, otro gallo hubiera cantado
.

El general Francisco Serrano
- Antonio Gisbert -

Esta entrada forma parte de un artículo que lleva por título "Isabel II, Sant Joan d'Alacant y la República Dominicana" y que trata sobre el período histórico en el que está ambientada «La cajita de rapé»(años finales del reinado de Isabel II). 

He dividido el artículo en 6 apartados. Puedes acceder al resto de entradas pinchando AQUÍ.

Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo