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«El detective y la ciudad en la novela negra», por Juan Infante


«El detective y la ciudad en la novela negra»,  
por Juan Infante
El detective y la ciudad siempre han estado íntimamente ligados en la novela policiaca, de intriga, negra y criminal.

Así como cuando hablamos de un autor de género negro, lo relacionamos de la misma con su protagonista, detective o policía, que suele ser bien conocido, cuando nos referimos a estos y sobre todo al detective privado, salta de inmediato su ciudad.

Philip Marlow y Los Ángeles, Sam Spade y San Francisco, o Sherlock Holmes y Londres; detectives y ciudades están íntimamente relacionados. A todos ellos resulta muy difícil desligarlos de sus calles, de su paisaje urbano y de su ambiente, de tal forma que difícilmente imaginaríamos a Marlow en Harlem o Chicago.

Ello refuerza la importancia que tiene en la novela negra, la ciudad. En una trama de novela negra, la ciudad se incorpora a la misma y se refleja en las vicisitudes por las que atraviesan sus protagonistas. En la ciudad, el detective plasma su personalidad y te acompaña por unos lugares bien elegidos incorporándose a su propio paisaje.

Cuando Pepe Carvalho recorre las calles de su ciudad, la Barcelona de siempre se nos aparece sin necesidad de nombrarla y toda la historia en la que participa no podría desarrollarse al margen de la Ciudad Condal.

Hay un debate siempre inconcluso, sobre con quién empezó el género policiaco. La doctrina se divide entre Edgar Allan Poe y Wilki Collins. Ambos comenzaron en la misma época, hacia mediados del siglo XIX, pero fue Poe el creador del detective moderno con Auguste Dupin. Collins con su sargento Cuff de Scotland Yard en La Piedra Lunar (1868) creó la primera novela protagonizada por un policía.

Con Los Crímenes de la calle Morgue (1841) Poe sentó las bases del género policiaco, creando la novela de enigma, en la que el crimen es descubierto gracias a la perspicacia del investigador. Así tenemos en éste primer relato policial, al primer detective privado: Auguste Dupin.

Empezamos a ligar directamente al protagonista detective, Dupin, con la ciudad de Paris, en
Los Crímenes de la calle Morgue (1841), El misterio de Marie Roget (1842) y La Carta Robada (1844). Con Poe y Dupin se sientan las bases para la creación de nuevos detectives privados como Sherlock Holmes y Hércules Poirot.

La primera aparición de Holmes con su ayudante el Doctor Watson se produce en la novela corta, Estudio en Escarlata (1887) de Arthur Conan Doyle y es en Londres, el Londres victoriano donde este investigador privado empieza a desarrollar todas sus capacidades para resolver los crímenes de los casos que le encargan. La ciudad de Londres quedará por siempre unida a Sherlock Holmes.

Hércules Poirot, el detective creado por Agatha Christie, hace su aparición en 1920, en la novela El misterioso asunto de Styles. Aunque es belga, vive en Inglaterra y desarrolla su actividad investigadora en la aristocrática Inglaterra rural. Su paisaje le identifica, como a otros la ciudad.

Si damos un salto por el atlántico y nos acercamos a la costa oeste americana, allí situamos varios de los detectives más famosos de la novela negra y policiaca.
                     
En San Francisco nos encontramos con Sam Spade, detective privado creado por Dashiell Hammett, quien a pesar de su celebridad solo protagonizó una novela, El halcón maltés (1929) y tres relatos.

En el corazón de San Francisco todavía se mantiene el bar-restaurante Johns Grill, donde Dasiell Hammett escribió El halcón maltés. Allí podemos seguir comiendo: chuletas, patatas fritas y rodajas de tomate, con un trago de vodka Bloody Brigmid tal como hacía Sam Spade o encontrar al fantasma del socio de éste Nicas Archer.

En Los Ángeles, Raymond Chandler creó al mítico Philip Marlow, recordado también por sus películas, con Bogart, Lauren Bacall y Audrey Hepburn.

Por Sunset Bulevard, Hollywood, el Valle de San Fernando…por sus calles, en sus mansiones y hoteles, Marlow investiga y resuelve sus casos. Hoy conocemos mucho mejor Los Ángeles quienes hemos leído a Chandler.

También en la misma ciudad, desarrolla su actividad de detective Lew Archer creado por Ross MacDonald. Con oficina en Sunset Bulevard (Hollywood) nos ayuda a conocer mucho mejor Los Ángeles. Archer como Marlow son dos figuras implicadas en la ciudad de los Ángeles y recordarlos es ver la ciudad y recorrerla con ellos.

Easy Rawlins de Walter Mosley viene en los noventa a patear Los Ángeles, particularmente sus suburbios. Era el prototipo de hombre recto, honesto en una lucha sin cuartel contra el crimen y el racismo.

En la costa Este, Dennis Lehane crea Patrick Kenzie y Angela Gennaro, dos detectives de Boston. Allí transcurren sus novelas y en los bajos fondos de donde proviene la pareja de detectives, ejercen su actividad investigadora y nos permiten conocer mejor una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos.

Charly Parker, Bird, detective creado por John Connolly, es un hombre atormentado y violento, y también desarrolla sus andanzas por Boston.

Myron Bolitar de Harlen Coben, agente deportivo, ejerce como investigador privado también en la Costa Este.

En Nueva York tenemos al investigador Philo Vance, que aparece por primera vez en la novela de S.S. Van Dine: El misterioso caso Benson (1926).

En la misma ciudad de los rascacielos, unos años más tarde, en 1947 apareció el detective privado Mike Hammer, en Yo, el jurado, de Mickey Spillane. La novela se llevó al cine y también tuvo una exitosa serie de televisión con Mike Hammer de protagonista.

Volviendo a Europa, no nos podemos olvidar de Bernie Gunther, primero policía y luego detective privado en la época del ascenso nazi en Alemania. Gunther creado por Philip Kerr está íntimamente ligado a Berlín, siendo detective del mítico hotel Adlon en la capital alemana. Sus actuaciones en medio del poder nazi son memorables. Con él llegamos a conocer muy bien aquella ciudad. Sus aventuras transcurren en sus calles, en lugares muy conocidos y donde el reflejo de la ciudadanía y del establishment nazi son de un grandísimo valor literario e histórico. Leyendo a Kerr y siguiendo a Bernie Gunther se llega a conocer muy bien Berlín.

En España nuestros detectives privados han sido muy especiales. No hay tradición en su trabajo profesional, pero nuestros autores clásicos de novela negra los han incorporado a sus relatos y nos han creado investigadores originales, con un atractivo personal importante.
                                                                                                                     
Pepe Carvalho, de origen gallego, es Barcelona; la Barcelona de siempre, que nos sigue llenando de nostalgia y aventuras. De la mano de Manuel Vázquez Montalbán apareció por primera vez en Yo maté a Kennedy (1972), tras haber trabajado para la CIA durante varios años. Después protagonizó 22 novelas más.

Con Andreu Martin y Jaume Ribera, nos encontramos investigando sus casos en una Barcelona más actual, a Flánagan, un detective adolescente, que aparece por primera vez en Alfagann es Flanagan (1996).

Y ya en Madrid, con otro de los grandes de la novela negra española, Juan Madrid, nos encontramos con Toni Romano, expolicía y exboxeador, quién resolvió su primer caso en Un beso de amigo (1980).

Y vamos a terminar en Bilbao con dos detectives estupendos, con solera y personalidad. Mikel Goikoetxea, alias Goiko, creado por Javier Abasolo, ex ertzaina, desarrolla su actividad investigadora en Bilbao, donde nos deleita con su personalidad exagerada. Aparece por primera vez en la novela Pájaro sin alas (2010).

Touré, creado por Jon Arretxe, se asienta en el barrio de San Francisco, en Bilbao la Vieja, su pequeña África. Allí Touré, un africano en situación irregular, con su personalidad tan versátil y su sentido del humor, resuelve sus casos, formando parte de su paisaje. Aparece por primera vez en la novela 19 Cámaras (2012).

Hemos presentado una serie de detectives privados relevantes de la novela policiaca, negra y criminal, creados por grandes escritores del género. Podíamos hacer la interminable, pero se trata de apuntar la relevancia de la ciudad con el detective y el autor.

Tradicionalmente, siempre han existido ciudades con fuerza y personalidad, muy ligadas al género negro: Los Ángeles, San Francisco, Nueva York, Boston… Londres, Paris, Barcelona…pero también es relativo, porque el género negro se ha desarrollado, ha roto fronteras y hoy nos encontramos con buenas novelas ligadas a ciudades de todo el mundo. El lector seguro que tiene en la cabeza muchos ejemplos.

No hemos tratado al policía detective, figura elegida por muchos autores de novela negra; en este caso la relación, unida a la del detective privado sería apabullante.

Al final lo importante es que la ciudad se identifique con el investigador-protagonista y que su presencia en su paisaje, en sus calles, en su relación con los vecinos hagan la trama y la novela más atractiva.

Les propongo un juego. Cuando estén en una ciudad recuerden a un detective o policía detective protagonista en esa ciudad. Seguro que lo consiguen; entonces ya verán como disfrutan mucho más de la ciudad.

Bilbao. Agosto 2020
Juan Infante, abogado y escritor.

NOTA DEL AUTOR
Me he permitido ilustrarme para realizar este artículo, además de mis lecturas en el excelente libro Los héroes de la novela policiaca de Sergi Echaburu Soler, editado en 2006 por Grafein Ediciones y por los artículos y trabajos sobre el origen de la novela negra y sobre detectives de Juan María Barasorda, publicados por la editorial d´Epoca, las Revistas Calibre 38, MoonMagazine y la Semana Negra en la Glorieta.

Esté artículo ha sido escrito por Juan Infante para la sección DETECTIVES DE FICCIÓN, coordinada por el escritor y detective madrileño Rafael Guerrero.

 
Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.


Juan Infante (Bilbao)
Es escritor y ejerce de abogado en su ciudad natal.
Ha sido promotor y partícipe de múltiples iniciativas literarias y culturales. Fue presidente de la Sociedad Cívica y Cultural El Sitio.   
Colabora habitualmente con la revista lúdico-cultural Moon Magazine.

Tiene publicadas siete novelas de género negro-criminal: Werther en Beirut (Editorial Burguete), Asesinato en Santurce (Editorial Hiria) El crimen de Cienfuegos (Hiria), Quince Millones (Hiria),  La Baldosa Negra (Hiria), Atrapado (Editorial Erein) y El precio del silencio (Erein). Es autor también de cuatro relatos: El sargento Puchades, Me chifla Nicolás, Literatura y Ficción y El misterio del testamento ológrafo. Atrapado fue nominada para el Premio Euskadi de literatura 2018
.


es Detective Privado y Criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid, Director de Seguridad por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Máster en Servicios de Inteligencia por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid. Miembro de World Association of Detectives de Estados Unidos, a la Asociación Profesional de Detectives Privados de España, ASIS International, Asociación Nacional de Criminalistas y Expertos en ciencias forenses y es socio colaborador de la International Police Association. Es autor de Un guerrero entre halcones, Diario de un detective privado (Editorial Círculo Rojo, 2010), Muero y Vuelvo (Editorial Círculo Rojo, 2013),  Ultimátum (Editorial Círculo Rojo, 2015) y Yo, detective (Editorial Círculo Rojo, 2018) .


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«Detectives de ficción», por Kika Sureda


«Detectives de ficción»,  por Kika Sureda
Los detectives que aparecen en las novelas y series de televisión han sido durante mucho tiempo un elemento básico del género negro. Los detectives de ficción se dividen en tres grandes grupos: aficionados, investigadores privados y policía profesional. Las categorías se superponen: muchos aficionados son abogados, periodistas o tienen otras conexiones comerciales que los ponen en contacto regular con el crimen. En la Edad de Oro entre las dos guerras mundiales, los detectives aficionados eran el personaje más común; hoy son más profesionales. Originalmente, tendían a ser memorables por sus excentricidades; ahora el énfasis está en la caracterización en profundidad. Detectives de diferentes tipos  operan en una amplia variedad de lugares y períodos.

Los policías de la vida real inspiraron a los primeros detectives importantes, pero no fue hasta que Sherlock Holmes hizo su debut en Estudio en escarlata (1887) que el investigador privado profesional hizo su aparición.

Holmes, como Dupin de Poe, era una máquina de razonamiento suprema y Conan Doyle lo dotó de características que, aunque a veces extrañas, trascendían la artimaña y aseguraban su clasificación como el más famoso de todos los personajes de ficción. Se le presenta como un extraño, depresivo antisocial, dado a los silencios de mal humor y a tomar cocaína cuando no está tocando el violín o disparando a la pared de su casera. Con el paso de los años, la representación se suavizó y el hábito de las drogas de Holmes se explicó como una reacción contra la monotonía y la soledad. Durante todo el tiempo siguió siendo un genio entre los detectives, atento a la importancia de las mangas, la sugerencia de las uñas de los pulgares o los grandes problemas que pueden surgir de un cordón de botas. Eclipsó a Lestrade y a otros policías una y otra vez, mientras que el Dr. Watson demostró ser un amigo valiente y devoto (aunque no acrítico), así como un complemento ideal.

Los imitadores de Conan Doyle copiaron obedientemente la pareja de detective y compañero narrador admirador, sin capturar la esencia única de la relación Holmes-Watson. Los primeros casos de Hércules Poirot lo vieron asociado con el capitán Arthur Hastings hasta que Agatha Christie retiró a Hastings a Argentina; reapareció en el último libro de la serie, Telón (1975). Como Holmes, el belga Poirot era un forastero, indiferente al sentimentalismo al investigar un crimen y, sobre todo, capaz de pensar lo impensable, reconociendo en uno de sus casos más célebres que el asesinato podría haber sido cometido no solo por uno o dos de los sospechosos, sino por todos ellos. Tales toques atrevidos ayudaron a cimentar su legendaria reputación, solo superada por Holmes.
 
Anteriormente, el personaje del detective apenas se había desarrollado con algunas excepciones en gran parte insatisfactorias, en un intento de convertirse en esa rareza de la Edad de Oro, en un personaje tridimensional.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la novela de procedimiento policial fue desarrollada por escritores con experiencia personal en el trabajo policial rutinario. El personaje de detective privado siempre ha gozado de más popularidad entre los escritores estadounidenses, siendo llevado más tarde a otros países.

Curiosamente, el detective aficionado ha seguido floreciendo. En la década de 1950, el «sentido olfativo» fue una ayuda para el trabajo de detective antes de concentrarse en una variedad de detectives de la policía. Los personajes con vínculos profesionales, aunque a veces bastante tenues, con la investigación de asesinatos han seguido proliferando: abogados con gusto por el crimen o periodistas detectives.

Las historias históricas de detectives se escribieron antes de la década de 1970, pero solo después de que se creara el policía victoriano, fue cuando de reconoció plenamente el potencial del pasado para la ficción criminal. Una ventaja de los misterios de la historia es que los autores no están encadenados por las complicaciones y el tedio intermitente de la rutina policial moderna y las técnicas de investigación. Otra es que, especialmente en los días previos a la investigación de las fuerzas policiales profesionales, el detective aficionado puede operar de manera más plausible que en la actualidad. Casi todos los períodos históricos han visto una gran cantidad de investigación ficticia, con frecuencia por personajes creados, ya sea con su propio nombre o con un seudónimo, pero hay una marea interminable de detectives de la policía.

Inevitablemente, los lectores se cansarán de los detectives con personalidades extraídas de fórmulas o clichés, como el solitario inconformista con un problema con la bebida que sigue investigando incluso cuando su antipático jefe lo saca del caso. En la década de 1990, la novela de suspense psicológico ganó popularidad. Sin embargo, los atractivos de las series tanto para lectores como para escritores siguen siendo fuertes y los novelistas policiales y detectivescos sin duda continuarán evocando nuevos e intrigantes «solucionadores de misterios». El detective es y será un personaje con un atractivo duradero.

Esté artículo ha sido escrito por Kika Sureda para la sección DETECTIVES DE FICCIÓN, coordinada por el escritor y detective madrileño Rafael Guerrero.



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es Detective Privado y Criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid, Director de Seguridad por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Máster en Servicios de Inteligencia por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid. Miembro de World Association of Detectives de Estados Unidos, a la Asociación Profesional de Detectives Privados de España, ASIS International, Asociación Nacional de Criminalistas y Expertos en ciencias forenses y es socio colaborador de la International Police Association. Es autor de Un guerrero entre halcones, Diario de un detective privado (Editorial Círculo Rojo, 2010), Muero y Vuelvo (Editorial Círculo Rojo, 2013),  Ultimátum (Editorial Círculo Rojo, 2015) y Yo, detective (Editorial Círculo Rojo, 2018) .

«La Novela Procedimental», por Julio César Cano

«La Novela Procedimental», por Julio César Cano
La Semana Negra en la Glorieta es el punto de reunión al que llego cada año entusiasmado por las actividades que se realizan. Ahora celebramos la séptima edición y es especial por motivos de sobra conocidos. La Semana Negra en la Glorieta no se detiene, continúa, perpetúa su existencia. Tengo el honor de participar año tras año y me siento muy orgulloso de ello.

Para esta ocasión, mi querido amigo y colega Javier Alonso García-Pozuelo me escribió uno de sus optimistas mensajes desde el otro lado del Océano; una de esas misivas en las que suele despedirse con su habitual: «Abrazos desde este lado del charco»; y yo me lo imagino saltando de avión en avión, de taxi en taxi, en Colombia, en la República Dominicana o en Panamá. El caso es que se puso en contacto para pedirme que escribiera un artículo sobre Novela Procedimental. Sí, había leído bien, novela procedimental, tal cosa me solicitaba el autor de La cajita de rapé. Confieso que al principio pensé que se estaba cachondeando de mí –como escritor me refiero-; que había llegado a la conclusión de que mi procedimiento procedimental –disculpen la redundancia- puede resultar caprichoso en ocasiones. Que había descubierto que me permito licencias que otros escritores, también amigos y colegas admirados, cumplen a rajatabla como si de un manual de instrucciones se tratara.

Inmerso en las correcciones de la que será la quinta novela del inspector Monfort, el texto sobre novela negra procedimental hervía en mi cabeza desde el momento en el que, como no podía ser de otra forma, accedí a los deseos de Javier. ¿Quién soy yo para declinar la oferta de un tipo capaz de crear una novela sobre un inspector de Policía en el Madrid del siglo XIX? «Él sí que debe saber del asunto procedimental», pensé.

La cuestión es que yo crecí con Hércules Poirot, con Sherlock Holmes, con C. Auguste Dupin, con Philip Marlowe o con Jules Maigret de George Simenon que introdujo la gastronomía en el género y fue el gran inspirador de Andrea Camilleri, Leonardo Padura, Petros Márkaris o Manuel Vázquez Montalbán entre muchos otros.

El caso es que cuando me puse los pantalones largos todavía no era capaz de discernir si era novela procedimental o qué demonios era aquello que escribían; aunque tampoco creo que conociera tal concepto cuando se me pelaban las rodillas.

Yo leía las aventuras de esos personajes porque acababan bien; tenían un, digámoslo así, final feliz. Como lectura de entretenimiento también –ese concepto que tanto incomoda a los puristas de la novela negra y que me recuerda a los del flamenco, con sus estilos cortados a patrón y donde nadie puede salirse de los cánones establecidos.

Con la llamada novela procedimental aparece en escena un universo en el que las personas que deben resolver un caso, ya sean policías o detectives, ejecutan su trabajo a la perfección. Los medios científicos para descubrir al asesino adquieren relevancia en el texto; se trabaja en equipo dejando de lado al policía solitario que investiga por su cuenta. En la novela procedimental se trabaja por y para el crimen y cada personaje ocupa su posición: policías, detectives, fiscales, médicos forenses –cada vez más resolutivos- y agentes que acatan las órdenes de un superior. En definitiva, que los protagonistas deberán ponerse manos a la obra en busca de pistas, huellas, detalles, resquicios que no deberían escapar a ojos de un buen investigador que se precie para, entre todos, resolver el caso que les atañe.

Desde la novela de misterio, que a mi modo de ver fue el desencadenante de todo lo demás, pasando por la novela policíaca, la novela negra, el Hard-Boiled o la novela enigma, hasta llegar a los Domestic Noir o Rural Noir tan en boga en la actualidad, absolutamente todos los escritores utilizan un procedimiento, sea el que sea. Un tratamiento procedimental que el propio autor lleva a cabo a través de sus personajes, ya sea completamente fiel a los estándares o aunque decida permitirse ciertas licencias para que la obra lleve al lector al punto culminante en el que tras cerrar el libro quede satisfecho con lo que ha leído.

El procedimiento, para aquellos que nos importan poco las normas preestablecidas y los estereotipos recalcitrantes, no es otro que el trabajo bien hecho.


Poco más puedo contarles, salvo recomendarles que lean y sean felices de una forma que no necesariamente deba ser estrictamente procedimental.


¡Larga vida a la Semana Negra en la Glorieta!.




© Julio César Cano
Autor de los casos del inspector Monfort:
Asesinato en la plaza de la farola (Maeva, 2015)
Mañana, si Dios y el diablo quieren (Maeva, 2015)
Ojalá estuvieras aquí (Maeva, 2017 – Galardón Letras del Mediterráneo de Novela Negra 2017).

Flores muertas (Maeva, 2019).


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Julio César Cano
- Fotografía de Manuel Navarro Forcada -

Julio César Cano (1965, Capellades, Barcelona), trabajó en el negocio familiar hasta que el mundo de la música llamó a su puerta. Durante varios años ejerció como músico y mánager de grupos. Actualmente se dedica a la publicidad, actividad que compagina con la escritura.
 

Como autor, es conocido tanto por sus ensayos y artículos sobre gastronomía y viajes, como por sus novelas y relatos, entre ellos Cocina, carretera y manta y Hojas de otoño. Flores muertas es la cuarta investigación del inspector Monfort, que sigue a Ojalá estuvieras aquíMañana, si Dios y el diablo quierenAsesinato en la plaza de la Farola.
 

Reside junto a su familia en La Pobla Tornesa, provincia de Castellón, donde transcurre la serie del inspector Monfort.

Carta de Javier Díez Terrón

El pasado mes de febrero hemos puesto la guinda a estos dos magníficos años de viajes con La cajita de rapé y lo hemos hecho en Panamá, donde el último de mis tres inolvidables días me he reunido con el grupo de lectores DARK BLOVERS 507, cuya coordinadora, Sthephanie Albelo, me ha escrito un emotivo texto que ayer publiqué en La Glorieta. 

Hoy, para celebrar el 2º aniversario del inspector Benítez, quiero compartir con todos vosotros la carta que un lector al que no conocía me hizo llegar a través de MAEVA, la editorial que me dio la oporunidad de publicar mi primera novela. La carta que me envió Javier Díez Terrón, que así se llama mi querido lector, mi emocionó muchísimo no solo por lo que dice y lo maravillosamente escrita que está sino porque, como podréis comprobar, Javier es un gran conocedor del género policíaco. 

Con esta carta que hoy publico quiero proclamar bien alto mi más profundo agradecimiento a todas las lectoras y lectores que me habéis hecho llegar vuestros comentarios y mensajes en estos dos últimos años.     

¡Mil gracias a todos los que habéis hecho que cada día saque tiempo de donde no lo hay para avanzar unas cuantas páginas más del siguiente caso del inspector Beníte!

Javier Alonso García-Pozuelo


Estimado Sr. Alonso

Acabo de leer su novela, La cajita de rapé, y no he podido resistir la tentación de enviarle mi humilde opinión sobre la misma, a través de la editorial que ha publicado las peripecias del inspector Benítez en el llamado “caso de las Alcarreñas”. Varios motivos me han impulsado a semejante atrevimiento y osadía (le ruego, de antemano, me disculpe).

En primer lugar, al igual que usted, soy un apasionado de ese período tan convulso y, al mismo tiempo, imprescindible, de la historia de España: el siglo XIX; principalmente, en su segunda mitad. Todo lo relacionado con esos decenios (libros de historia, películas, biografías, etc.) me interesa per se; y, sobre todo, si los hechos transcurren en la Villa y Corte.

En segundo lugar, soy un ávido lector del universo literario de los grandes detectives de la historia; empezando, cómo no, por el inigualable Sherlock Holmes, y continuando con Hércules Poirot, Sam Spade, Philip Marlowe, Miss Marple y Víctor Ros (“casi” contemporáneo del inspector Benítez). Y, claro, el inspector Benítez no se podía quedar al margen de esta ilustre nómina de sabuesos.

Por esas razones –y alguna otra que le desvelaré más adelante– me he lanzado, a escape, a la lectura de La cajita de rapé. Sería una temeridad por mi parte juzgar la novela. Tan sólo me gustaría trasladarle algunas impresiones y percepciones personales. Intentaré ser breve y no quitarle mucho tiempo.

Es evidente que la novela cuenta con un trabajo de documentación extraordinario, casi apabullante. Por eso es muy didáctica y  pedagógica (la he leído con el diccionario siempre a mano). Describe con gran maestría cómo los principales momentos históricos se deciden entre bastidores, a través de intrigas, conspiraciones y movimientos en la sombra, con personajes movidos por la vanidad, la falta de escrúpulos, la traición y la ambición del poder (casi una radiografía de lo que estamos viendo en el panorama político actual).

Paralelamente, se desarrolla la trama policial: perfectamente estructurada y ensamblada en ese contexto histórico, sórdido y tenebroso. El dominio del lenguaje castizo es extraordinario, así como la descripción de personajes y los ambientes del Madrid de la época. ¡Cuántas veces, durante la lectura de la novela, me he imaginado viajando con el inspector Benítez en el simón de Soalleiro por La Latina y la carrera de San Francisco!

Y, cómo no, está la figura del inspector Benítez, protagonista absoluto de la historia. Con su sagacidad, sentido del deber y honestidad, se desenvuelve con exquisita profesionalidad en un entramado de intrigas y trifulcas políticas, que, en mi opinión, sabe gestionar con gran habilidad y tesón, bien arropado por su fiel equipo de colaboradores y otros personajes cruciales en la historia: Fonseca, Ortega Morales, Carmona, Domínguez, su sobrino José Francisco, su hija Eugenia, Belmonte… inolvidables todos ellos.

Y termino con el último motivo que me ha impulsado a enviarle esta opinión: agradecerle que haya escrito la novela. Es una delicia. La he disfrutado de principio a fin, página a página. El desenlace no defrauda: me ha parecido sorprendente y original (le confieso que no he sospechado de XXXXXXXXXX hasta bien avanzados los acontecimientos). Desde este momento, el inspector José María Benítez se incorpora a mi nómina personal de detectives literarios, compartiendo mesa y mantel con Holmes y compañía.

Nada más, no le quito más tiempo. Reciba un cordial saludo,

Javier Díez Terrón

Reseña de «Los crímenes de la calle Morgue», de Edgar Allan Poe

RESEÑA DE «LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE», DE EDGAR ALLAN POE
por Yolanda Rocha Moreno
Recuerdo muy bien la primera vez que me enfrenté a la obra de Edgar Allan Poe. Tenía apenas 11 años y pisaba por primera vez a la Feria del Libro de Madrid. Fascinada por el ambiente y la cantidad de libros pero sin un duro en el bolsillo, mi tía se apiadó de mí y me compró un libro con las obras completas de Poe. A esa edad, en la que mi vida era una sucesión de dolorosas oscuridades, los cuentos de Poe se me clavaron en el alma. Quizá porque en su ambiente tétrico, lúgubre y agobiante me sentía como en casa. El libro sigue conmigo, leído y releído, y en él descubrí a Auguste Dupin y su particular modo de investigar, que me sigue pareciendo un feliz hallazgo.
 

La narración de "Los crímenes de la calle Morgue" no es una novela. Se trata más bien de un relato largo que abre el género policiaco y la novela negra tal y como la conocemos ahora. Poe crea un personaje inolvidable, C. Auguste Dupin, del que el mismísimo Arthur Conan Doyle usó rasgos para crear a su inmortal Sherlock Holmes. Las tres obras protagonizadas por este detective aficionado, “Los crímenes de la calle Morgue”, "El asesinato de Marie Rogêt" y "La carta robada", sientan las bases de las piezas clásicas del género, marcando un equilibrio absoluto de suspense, lógica y detalles narrativos que ayudan a mantener el interés. Poe demostró ser un absoluto innovador y hoy día todas las novelas de crímenes, suspense e investigación criminal deben mucho a esas tres obras.

EDGAR ALLAN POE, UNA VIDA TORTURADA

Nacido en Boston en 1809, está considerado como el mejor autor de cuentos de la historia. Es cierto que su fama se debe más a la literatura de terror y eso a veces empaña sus otras creaciones, que fueron toda una avanzadilla de los nuevos géneros que años más tarde se harían famosos. No sólo comenzó con el género policiaco y de misterio, sino también el de la ciencia ficción y consiguió legiones de lectores fieles que no han hecho más que aumentar. Huérfano desde muy pequeño, fue criado por sus tíos pero nunca tuvo buena relación con su padre adoptivo y la temprana muerte de su tía le sumió en una gran depresión y se convirtió en una de sus obsesiones. Estudió unos años en Inglaterra y volvió a los Estados Unidos para comenzar la universidad. Pero ya entonces bebía demasiado y ese vicio sumado al del juego hizo que fuese expulsado. Su tío le ofreció trabajo pero no duró mucho en él y marchó a Boston a buscarse la vida, publicando allí su primer libro: "Tamerlán y otros poemas".


Se alistó en el ejército y permaneció dos años, durante los cuales publicó un segundo libro de poemas. Gracias a la influencia de su tío consiguió un puesto en la Academia Militar de West Point, pero de nuevo fue expulsado por graves negligencias en el cumplimiento de su deber. Se casa en 1832 con una prima suya de sólo 14 años y empieza a trabajar en un periódico de Baltimore, en el que publicó varios poemas y narraciones suyos. Este trabajo sí le gustaba y tanto empeño puso que se convirtió en el periódico más importante del sur de Estados Unidos. Sus críticas literarias eran feroces y eso le granjeó una importante fama. Durante ese tiempo va perfilando su peculiar estilo y sigue publicando obras como "El escarabajo de oro" o el poemario de "El cuervo y otros poemas", que le llevaron a la cumbre literaria del momento.
 

La muerte de su mujer en 1847 agrava sus problemas con el alcohol y con el consumo de drogas. Tales abusos fueron sin duda la causa de su muerte, sucedida en 1849. Apareció caído en la calle, sin sentido, y falleció sin recuperar la consciencia. Sus miedos, sus angustias, muchas incrementadas por su alcoholismo y su morfinomanía, son la clave de buena parte su creación literaria, como los relatos que hablan del terror a ser enterrado vivo. Pero al margen de esto, fue capaz de crear escenarios únicos y se convirtió en un auténtico genio en la creación de géneros que hasta entonces no existían.

C. AUGUSTE DUPIN, PRECURSOR DE DETECTIVES
"Los crímenes de la calle Morgue" suponen la primera aparición literaria de este detective aficionado. No es un profesional y los motivos por los que ayuda a resolver los crímenes son diferentes en los tres relatos en los que aparece, nunca tiene una única motivación. Su uso del frío raciocinio sumado a una gran inteligencia y a una intuición fuera de lo común, hacen de Dupin un personaje extraordinario del que han bebido todos los detectives creados por las novelas clásicas.
 

Es aficionado a los enigmas, a los acertijos y los jeroglíficos, vive en París y tiene la Legión de Honor del gobierno francés, como se nos irá descubriendo. El método de Dupin, que ahora puede parecernos bastante común, consistía en meterse en la mente del criminal, intentando saber cómo pensaba, y prestar atención a lo que parece banal o accesorio pero que puede tener gran importancia. A Dupin se le considera el primer detective de la literatura y es el prototipo en el que se basaron sus autores para crear a Sherlock Holmes o Hércules Poirot. Incluso Poe utiliza un recurso que posteriormente sería habitual: el las andanzas del detective son narradas por un amigo próximo que le acompaña en sus pesquisas.

Dupin realmente es el germen del género policiaco en la novela y en sus soluciones aporta también la explicación del porqué ha llegado a esa conclusión. Ponía un énfasis especial en el análisis de los hechos y dejaba de lado el común "ensayo y error", tan común en la policía de la época.

 
"LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE"


En la calle Morgue, en pleno París, se produce el brutal asesinato de una madre y una hija en su apartamento. La policía apenas acierta a saber qué es lo que ha podido ocurrir: la puerta está cerrada y nadie parece haberla forzado y el apartamento está en un piso alto. Los testimonios de los testigos parecen contradecirse unos a otros, sobre todo en lo relativo a una supuesta extraña voz, de la que no se ponen de acuerdo sobre el idioma en el que hablaba. Auguste Dupin se pone a cargo del asunto llevado por la curiosidad pero también por el reto que supone tratar de exculpar a un hombre inocente. Su investigación es brillante y muy intensa para, al final, dar una explicación tan extraordinaria como real.

Parece ser que Edgar Allan Poe
se inspiró en un caso real recogido en las memorias del famoso inspector de policía parisino Vidoq. De hecho su admiración hacia este servidor de la ley es lo que le hizo crear a Dupin, ya que su biografía le resultó fascinante.

El asesinato de las dos mujeres ha sido cometido con una crueldad brutal. Acuchilladas y desangradas, con abundantes heridas, dan la sensación de haber sido atacadas por alguien con una fuerza fuera de lo común. Pero ¿y la puerta cerrada por dentro? ¿y la imposibilidad de entrar por la ventana al tratarse de un piso alto? Los testimonios hablan de gritos desgarrados, de golpes y de una voz muy extraña que parece hablar en un idioma desconocido. El modo en que el asesino entró en la casa, mató a las dos mujeres y desapareció en la noche se convierte en un misterio que sólo la mente brillante e inquisitiva de Dupin podrá solucionar. Y la verdad será tan sorprendente como inesperada.



Ilustración de Byam Shaw

DISFRUTANDO DE UN CLÁSICO

He vuelto a releer este relato de Poe antes de escribir esta reseña y de nuevo me ha sorprendido la "modernidad" de los argumentos y del modo de plantear la investigación que Dupin, de la mano de
Poe, lleva a cabo. Hoy día quizá pensemos que son lo normal, lo habitual. Que un detective utilice la inteligencia, la observación y el sentido común actualmente parece lo más usual , pero recordemos que en ese momento nadie había usado ese sistema. La investigación policial era un poco estilo "bulldozer", tratando de conseguir confesiones a cualquier precio y sin demasiados métodos deductivos. Pero Dupin llega con una visión nueva, única, sacando petróleo de detalles que han pasado desapercibidos, escuchando lo que hay debajo de las declaraciones de los testigos, lo que de verdad saben.

"Los crímenes de la calle Morgue" es también el primer crimen de los llamados de "habitación cerrada" y el reto es resolver un enigma que parece no tener solución, porque ha tenido lugar en un ámbito muy delimitado. Es el choque entre la brutalidad del asesinato y el uso del frío raciocinio del que hace gala Dupin. Es, además, un relato en el que Poe deja de lado todos los componentes imaginarios y algo fantasmales de otros relatos y se centra en la inteligencia pura enfrentada a un misterio que parece no poder ser solucionado.

Es cierto que el relato tiene un cierto componente morboso, sobre todo en lo relativo en el modo en que se comenten los crímenes, que es especialmente atroz. El lugar, los detalles, las muertes... todo provoca un constante escalofrío que sólo la privilegiada mente de Dupin es capaz de apartar para poner sobre la mesa su razonamiento y sus deducciones. Poe da en el relato muchos datos acerca del estado de los cuerpos, datos que serán recogidos en las páginas de los periódicos parisinos que, en el argumento, recogen el drama y el misterio. Esa profusión de detalles macabros en un cadáver sólo la he encontrado en el prodigioso y aterrador relato "El gato negro", señal de que
Poe sólo usaba ciertos recursos cuando era necesario y no para regodearse.

Dupin demuestra saber escuchar a los testigos. Formula preguntas precisas, escucha, pone las respuestas en orden. En todo momento mantiene la frialdad ante los hechos, por muy crueles que sean. Su amigo, el que escribe lo que sucede (y del que nunca, en los tres relatos de Dupin, sabremos el nombre), aunque ayuda en lo que puede y acompaña al detective amateur en sus pesquisas, parece simplemente quedarse como mero observador de sus artes indagatorias. Un observador admirado, eso desde luego.
 

Es cierto que el estilo de Poe actualmente pueda parecer un poco rebuscado y poco "natural", pero el desarrollo de la acción está llevado con una maestría fuera de toda duda. El personaje de Dupin, con toda su carga de casi inhumana inteligencia, a veces puede parecernos distante o soberbio, pero tenemos que rendirnos a los resultados. Y es toda una curiosidad contemplar cómo trabaja el pionero de los detectives, el que dio su carta de naturaleza a los que ahora consideramos clásicos. A pesar del estilo y la forma de escribir, te sumerges sin dificultad en el ambiente algo sórdido y oscuro de la calle Morgue y solucionar el misterio se convierte en un reto.

Para mí leer a
Poe siempre es una experiencia a la vez perturbadora y atrayente y el personaje de Dupin hace que la lectura se llene de preguntas que sólo él puede contestar. O te encanta o le odias, como suele pasar con los detectives literarios con un carisma tan arrollador, pero no olvidemos que él fue el primero. Animaos a descubrir a un clásico por excelencia: el primero de todos los clásicos.

Este relato ha sido escrito por Yolanda Rocha Moreno para la V SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA.




Yolanda Rocha Moreno es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".