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El Pacto de Ostende, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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El Pacto de Ostende
por Eduardo Montagut
En la Historia contemporánea de España, tan pródiga en enfrentamientos y falta de entendimientos, también se han producido pactos y acercamientos entre distintas formaciones y tendencias políticas. En este artículo abordamos el conocido como Pacto de Ostende, fundamental para que se produjera un importante cambio político en España en la segunda mitad de la década de los años sesenta.

El Pacto de Ostende -firmado el 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga en el Flandes Occidental del mismo nombre- supone, como avanzábamos, un hecho fundamental en el proceso de crisis final del régimen isabelino en España, al unir a los progresistas y demócratas en el empeño de derribar dicho régimen, y al que se incorporaría la Unión Liberal, una vez fallecido el general O’Donnell.

El Pacto nació a raíz del fracaso de la sublevación del Cuartel de San Gil en el mes de junio de 1866. La reina destituyó a O’Donnell al considerar que había sido demasiado condescendiente con los sublevados, aunque no debemos olvidar que se fusiló a 66 de ellos. El Cuartel de San Gil era de Artillería y fueron los sargentos los protagonistas de la insurrección, y padecieron la represión, junto con algunos soldados. En efecto,
O’Donnell intentó hacer ver a Isabel II la necesidad de no derramar tanta sangre.Isabel II optó por la solución más conservadora, recurriendo, una vez más a Narváez y los moderados. Esa opción autoritaria generó una profunda crisis en el régimen político, ya que la Unión Liberal, recién apeada del poder, consideró que no podía seguir siendo alternativa de poder, por lo que el partido optó por hacer lo que se denominó el “vacío en Palacio”. El propio O’Donnell, desengañado con la reina, decidió un exilio en Biarritz, pero, en realidad, no quería ir más allá. Por un lado, deseaba manifestar a la Corona su disgusto, pero no quería acercarse a los progresistas de Prim, precisamente por la sublevación, organizada por ellos.

Los progresistas y demócratas consideraron que era conveniente aunar fuerzas si se quería terminar con la Monarquía de
Isabel II, a pesar de las diferencias ideológicas que existían entre ambas formaciones. No olvidemos que el Partido Demócrata nació en 1849 de una escisión del Progresista, al defender un programa basado en el reconocimiento del sufragio universal, el desarrollo de los derechos, y el inicio de políticas de cierto calado social a favor de los más desfavorecidos, especialmente en relación con la educación. El acercamiento ya había comenzado antes de la sublevación de San Gil, en el año anterior pero no había avanzado. Pero la situación precipitó la necesidad de limar asperezas sobre unos mínimos. Efectivamente, el Pacto se consiguió sobre dos puntos. En primer lugar, “destruir lo existente en las altas esferas del poder”, y, en segundo lugar, la creación de un gobierno provisional y la elección de una cámara constituyente por sufragio universal directo para definir el nuevo régimen político. La virtud del acuerdo residía en la ambigüedad del primer punto, ya que permitía que se pudieran sumar otras fuerzas políticas o personalidades destacadas descontentas con el estado de cosas en España. Ese fue el caso de la propia Unión Liberal después de la desaparición de O’Donnell a principios de noviembre de 1867, el principal obstáculo para incorporar a la formación centrista a la oposición real. En marzo de 1868 Prim firmó con Serrano, que había sustituido al fallecido en la dirección del partido, un acuerdo por el que se sumaba al Pacto de Ostende. La Unión Liberal aceptaba terminar con el reinado, buscar otra dinastía, y entrar en un proceso constituyente. La figura de Serrano es un tanto peculiar en este asunto. Había sido protagonista indiscutible en la represión de la sublevación de San Gil, lo que le valió altos honores, pero se enemistó con el gobierno porque había sido arrestado al encabezar una petición a la reina para la reapertura de las Cortes, además de que, al parecer, y siguiendo a Josep Fontana, veía con preocupación sus intereses económicos en la empresa de Ferrocarriles del Norte, en plena crisis de estas compañías y que arrastraron a bancos y sociedades financieras. Esta crisis financiera había comenzado en el otoño de 1864. Fue una crisis con novedades propias del capitalismo, derivadas de la especulación, pero con otra faceta de crisis de subsistencias, más vinculada a la persistencia de una economía muy atrasada, y aún agrícola. Como no podía de ser de otra manera, los problemas económicos serían un factor fundamental a la hora de explicar el final del régimen liberal isabelino.

El Pacto de Ostende generó una estructura para su desarrollo. Se crearía una especie de comité con
Prim, Cristino Martos y Salustiano Olózaga como principales protagonistas.
 

Juan Prim en 1869

El Pacto de Ostende, después de diversos ensayos de pronunciamientos, todos fallidos, terminaría cuajando en la práctica con la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868, y que abriría una nueva e intensa etapa, conocida como el Sexenio Democrático.

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Javier Alonso García-Pozuelo 
 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Entrevistas a Javier Alonso García-Pozuelo

Rincón Literario SER Madrid Sur. Chema Contreras

"Cuando cae en mis manos una novela que viaja por las calles de Madrid, describiendo unos personajes que la habitan, y me transporta a otra época, creo haber encontrado un tesoro. Esto me ha sucedido con «La cajita de rapé», de Javier Alonso García-Pozuelo."
 

Pero qué locura de libros. Concha Yunta y Pepa Muñoz

"Deseamos nuevas aventuras y desventuras del inspector Benítez, en ese Madrid tan nuestro. ¡Nos ha encantado!".
 

RESEÑAS de LA CAJITA DE RAPÉ:

Calibre 38. Manu López Marañón

"Memorable debut literario".
 

Anika entre libros. Ana G. Aranda

"El libro es magnífico. Destacaría especialmente el gran trabajo de documentación, la brillante trama policíaca, el cambio de registro dependiendo de la condición social de cada personaje y el repaso histórico de una de las épocas más violentas y complicadas de este "bendito" país".

Nadie es inocente. José Javier Abasolo

"A destacar la minuciosa descripción que hace el autor del Madrid de mediados del siglo XIX y una trama policial que mantiene intrigado constantemente al lector".

Galakia. Begoña Caballero Sagardia

"[...] además de una exhaustiva documentación histórica, una trama que engancha y unos personajes tan bien perfilados que no defraudan en absoluto".

El sillón de orejas. Alberto Pasamontes

"Esta ciudad se merecía un personaje así".
 

La librería de Javier. Francisco Javier Rodríguez Álvarez

"La cajita de rapé es una absorbente novela negra costumbrista del Madrid convulso de Isabel II que una vez empezada no puede dejarse de leer".
 

LA CAJITA DE RAPÉ (Sinopsis)
Javier Alonso García-Pozuelo
España, 1861. Tras un cuarto de siglo como policía, José María Benítez, al frente de la comisaría de La Latina, ve al alcance de su mano el prestigioso puesto de inspector jefe de Madrid. Sin embargo, sus ambiciones personales quedan relegadas cuando en la casa de los Ribalter, una adinerada familia de su distrito, aparece muerta una criada. El crimen, que en un principio parece explicarse por un móvil económico, se complica cuando, en el transcurso de la investigación, comienzan a aflorar secretos familiares que vienen de muy lejos, de la isla de Cuba, donde el señor Ribalter amasó su fortuna.

Mientras Benítez y Ortega, su nuevo ayudante, un joven abogado malagueño sin experiencia policial, tratan de esclarecer este caso, que se complica a pasos agigantados, Madrid vive expectante la inminente apertura de Cortes. La ilusión de unidad con la que se ha combatido al imperio marroquí se desvanece y en la Unión Liberal, liderada por el general O’Donnell, comienzan a sonar las primeras voces disidentes a raíz de la conducta del Gobierno con los campesinos andaluces condenados por la sublevación de Loja.

A lo largo de la investigación del que
fue conocido en la prensa de la época como el caso de las Alcarreñas, el inspector Benítez tendrá que enfrentarse a sus demonios personales y poner a prueba su integridad ante la cara más miserable del poder.



es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente en la academia AMIR con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de ebrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.

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Los marginados en la España del siglo XIX, por Eduardo Montagut

El señor López Corella no es mucho más flaco que el remendón del portal, pero su misérrima delgadez resulta incomparablemente más desoladora que la de su vecino. Su famélico, menudo y encorvado cuerpo, el purulento parche con el que cubre la cuenca del ojo que perdió en las sangrientas jornadas que siguieron al levantamiento de O’Donnell en Vicálvaro, las largas y grasientas greñas que le caen a ambos lados de la mugrienta gorra escocesa con la que va tocado, la agujereada manta con la que va envuelto, el tosco cayado al que aferra su descarnada mano, ofrecen un cuadro más penoso, incluso, que el de los mendigos recogidos en el cercano asilo de San Bernardino.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
Os ofrecemos un nuevo artículo de historia escrito por Eduardo Montagut. Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.
 
Los marginados en la España del siglo XIX, por Eduardo Montagut
La frontera que separa a las clases humildes urbanas y rurales de los marginados no es nada fácil de trazar en la España decimonónica. Podemos establecer algunas categorías, pero con reservas ya que muchas personas con trabajo vivían en situaciones extremadamente calamitosas. En tiempos de la Restauración borbónica se calcula que el 3% de los españoles eran marginados claramente, pero el porcentaje aumentó con la crisis finisecular. La prensa obrera no dejaba de denunciar la clara expansión de la pobreza en esa época.

En primer lugar, podemos hablar de los denominados “pobres naturales”, “pobres de solemnidad” y mendigos. En el sur de España podían superar el 4% de la población total, y había más mujeres que hombres. Eran los mendigos a las puertas de las Iglesias, los expósitos de las inclusas, los huérfanos de los hospicios, viudas que no recibían pensión alguna y, en muchos casos, con hijos a su cargo, ancianos abandonados, enfermos crónicos, que no podían trabajar, y personas con algún tipo de minusvalía física o psíquica sin atención o muy mal atendidos en los hospitales o en los establecimientos de beneficencia.

Otro amplio grupo era el conocido como el de los “vagos”, “vagabundos” o “maleantes”. La línea de separación con el anterior grupo no es fácil, ya que algunos mendigos o pobres podían delinquir para poder sobrevivir. En este grupo se podía incluir al amplio número de alcohólicos que había en España, fruto de la extrema dureza de la vida en un país donde el alcohol siempre ha tenido una gran aceptación social, y cuya adicción les impedía encontrar trabajo más o menos estable. Las autoridades incluían en este amplio grupo a los gitanos, y lo venían haciendo desde el Antiguo Régimen, especialmente desde los tiempos del despotismo ilustrado. Los gitanos eran considerados vagabundos, es decir, sin domicilio fijo, algo que el poder no toleraba, y también se les tildaba de delincuentes. Fueron perseguidos constantemente sin plantear nunca una política de integración que se basara en sus peculiaridades en relación con sus modos de vida. Los homosexuales y prostitutas también eran considerados maleantes y eran perseguidos, aunque la prostitución femenina se podía ejercer de forma regulada desde una concepción higienista y de evidente hipocresía moral. Por fin, habría que mencionar a la población reclusa.

La ausencia del concepto de Estado del Bienestar, de la falta del reconocimiento de los derechos sociales y, por lo tanto, de su garantía dejaba a su suerte a muchos españoles y españolas que podían quedarse sin trabajo, enfermar gravemente, sufrir accidentes de trabajo, o llegar a una edad en la que ya no se puede trabajar.

Tradicionalmente, la Iglesia ha sido la institución que más atención ha prestado a marginados de todo tipo en sus instituciones, aunque desde los tiempos del despotismo ilustrado, el Estado fue adquiriendo más protagonismo en esta tarea, con una filosofía mayoritariamente utilitarista. Si la Iglesia practicaba la caridad a través de hospitales, distribuciones de alimentos (“sopa boba”) y limosnas, ya que era uno de los valores fundamentales del catolicismo, especialmente remarcado desde los tiempos de la Contrarreforma, el Estado quería convertir al mayor número posible de pobres, vagabundos y excluidos en personas útiles al servicio de la sociedad, por lo que, además de encarcelar a los que delinquían, intentaba emplear al resto en obras públicas o los reclutaba en el ejército. También conviene destacar que durante el siglo XIX adquirieron importancia los establecimientos de beneficencia municipales. No olvidemos, por otra parte, que las desamortizaciones privaron a la Iglesia de muchos medios para seguir ejerciendo la caridad, y la beneficencia pública nunca desarrolló un sistema eficaz de ayuda, dada la constante escasez de fondos de las administraciones públicas decimonónicas.



Asilo de San Bernardino, Madrid
- Grabado del siglo XIX -

Por su parte, el movimiento obrero luchó por los derechos sociales y se crearon sociedades de socorros mutuos. Habría que esperar al final del siglo XIX para que comenzara a pensarse en la necesidad de que el Estado interviniese en esta materia. Conviene, eso sí, citar a la Comisión de Reformas Sociales, creada por un decreto de 1883 y reformada en 1890. Su secretario Gumersindo de Azcárate elaboró un exhaustivo cuestionario para que se realizase una investigación sobre la situación de las clases trabajadoras. Dicha información es valiosísima para el historiador, pero, lamentablemente, influyó muy poco en los gobiernos liberales y conservadores a la hora de tratar los graves problemas que afectaban a la mayoría de la población y que podían llevar a muchos al sufrimiento de la marginación. Habría que esperar al nuevo siglo.

A continuación, os ofrecemos los artículos sobre Historia del Siglo XIX publicados en los últimos meses en CITA EN LA GLORIETA.
 

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Saludos, Javier Alonso García-Pozuelo.

HISTORIA DEL SIGLO XIX
Eduardo Montagut


Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

ISABEL II, SANT JOAN D'ALACANT Y LA REPÚBLICA DOMINICANA
Javier Alonso García-Pozuelo
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Isabel II (1860)
- José Vallejo y Galeazo -
(Litografía de J. Donon)

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