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Sixto Cámara en el socialismo utópico español, por Eduardo Montagut

–Mire, jefe –dice Fonseca, mostrando la portada del libro.
–La cuestión social de Sixto Cámara –lee Benítez, sin dar demasiada importancia al hallazgo.
–Hay unos cuantos más por el estilo –añade Fonseca.
Benítez, con una mueca de decepción en la cara, acompaña al oficial a la alcoba.
–Hasta donde alcanzan mis conocimientos en leyes, señor Fonseca, no es ningún delito tener libros autorizados por el fiscal de imprenta –dice el inspector mientras hojea Reseña de doctrinas sociales de Narciso Monturiol.
–Ya, inspector, pero puede que a sus amos no les haga mucha gracia que en su casa existan ciertas lecturas. ¿No cree que tal vez eso explique por qué el señor Casimiro parece tan nervioso desde que han aparecido los Ribalter?
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
Os ofrecemos un nuevo artículo de historia escrito por Eduardo Montagut. Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.
 

Sixto Cámara en el socialismo utópico español
Eduardo Montagut
Sixto Sáenz de Cámara (1825-1859) fue un personaje harto interesante en el complejo mundo del socialismo utópico español en el ámbito de las ideas de Fourier, además de militar en el republicanismo y ser partidario del iberismo, la unión entre España y Portugal, en su faceta republicana federal. Además de sus ideas socialistas utópicas, fue, curiosamente, un revolucionario de acción. Cámara vivió intensamente ese mundo socialista y convulso de mediados del siglo XIX que, a pesar de lo heterogéneo que era, unía a sus defensores en un decidido afán de justicia social, muriendo muy joven.


Sixto Cámara fue muy activo en el mundo editorial, en periódicos y revistas, llegando a tener que exiliarse en Francia. En 1849 fundó en la capital madrileña La Reforma Económica, un periódico dedicado a la difusión de las ideas socialistas utópicas. Cámara participó con Fernando Garrido Tortosa y Ferreras y Aguilar en la organización de la sociedad “Los hijos del pueblo”. En 1854 fundó La Soberanía Nacional, que defendía las ideas el Partido Demócrata, costándole ser detenido y preso. Luchó en el final del Bienio Progresista en 1856. Al ser vencida la Milicia Nacional pudo escapar hacia Portugal vía Andalucía.

En Portugal siguió activo y luchando por sus ideas. En Lisboa dirigió una junta revolucionaria. Al año siguiente, apareció su Manifiesto al pueblo español. En 1859 organizó la Legión Ibérica. Cámara había escrito en ese momento una obra titulada A União Iberica, que buscaba la unión de las repúblicas portuguesa y española. La Legión Ibérica pretendía ser un grupo de republicanos de ambos países en apoyo de Garibaldi en su lucha en Nápoles.
 

Cámara entró en España, pero fue delatado cerca de la frontera y tuvo que intentar regresar para no ser detenido. Pero en la huida pereció por el calor y la sed. Pi i Margall relata este trágico suceso en un trabajo titulado “La muerte de Sixto Cámara y la salvación de Francisco Garrido”. En el artículo se puede leer lo siguiente:
“Uno de estos cándidos revolucionarios, hombre, por otra parte, de gran cultura, prestigio y acrisolada honradez, Sixto Cámara, que a la sazón se hallaba en Portugal, pasó la frontera el 8 de Julio de 1859 y, según aseguran, en la noche del 9 al 10 conferenció en Olivenza con los sargentos del batallón provincial de Badajoz con quienes estaba de acuerdo para una sublevación. Había ésta de tener como base el alzamiento de la guarnición de aquella plaza fronteriza; a la que seguirían las de Badajoz, Sevilla, Málaga y demás de Andalucía. Contra la opinión de los que sostenían la poca oportunidad del movimiento intentado y sin apenas recatarse de la policía, permaneció Cámara en Olivenza, mientras el Gobierno, enterado oportunamente de sus proyectos, lo mandaba prender desde Badajoz. Supo a tiempo Cámara la orden de prisión dictada contra él, y en lugar de buscar asilo seguro en la misma, población, se empeñó en salir de Olivenza a las 11 de la mañana en compañía de un joven demócrata llamado Moreno Ruíz. El día era horriblemente caluroso, y ni Cámara, ni Moreno conocían el camino de Portugal, a donde pretendían dirigirse, pues aunque el de la carretera lo sabían, no podían aventurarse a marchar por ella, expuestos como estaban a ser detenidos en el acto. Así caminaron por entre matorrales, rastrojos y trochas con un sol abrasador, y atormentados por la sed. Arrojóse sediento Sixto Cámara a beber agua de una ciénaga que por su malaventura encontró en el camino. En vano quiso su compañero detenerle. A los pocos momentos, se sintió Cámara enfermo y presa de mortales angustias.

Desesperado su joven acompañante al ver en tan mal estado a su amigo y jefe, se dio a buscar un asilo en donde atender y cuidar de él. Por fin, logró divisar una miserable casucha, a la que fue trasladado ya en gravísimo estado el pobre Cámara. A los pocos momentos de llegar a su mísero albergue, expiró Cámara, presa de horribles dolores
.”
Cámara escribió La cuestión social (1849) donde refutaba la obra de Thiers sobre la propiedad, y que había sido mandada traducir por el gobierno moderado español, una Guía de la Juventud, dedicada a la enseñanza, La propiedad, y Espíritu moderno (1848). En esta última obra hizo un estudio de la evolución humana en tres fases: las sociedades antiguas, el orden feudal y el orden democrático. Ese orden en el que viviría el autor seguiría siendo aristocrático. Las diferencias sociales no estarían marcadas por la ley ni el derecho, sino por la organización económica. Por eso debía reformarse. Solamente mediante el “trabajo combinado podrá obtenerse la justicia, repartiendo proporcionadamente los beneficios a los agentes de la producción, capital, trabajo y talento. Fuera de aquí no hay más que explotación y tiranía”.



Puedes acceder a todos los artículos del profesor Montagut publicados, con su permiso, en CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Republicanos españoles a fines del XIX, por Eduardo Montagut

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.

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Republicanos españoles a fines del XIX, por Eduardo Montagut
Duramente reprimidos en los inicios de la Restauración borbónica, los republicanos tardaron mucho en recuperarse del fracaso de la Primera República. Los factores que pueden ayudarnos a entender los problemas que tuvieron para poder articular una clara alternativa política, cuando cedió la represión canovista, tienen que ver con la división interna en tendencias y grupos, muy vinculados al liderazgo personal, y organizados en comités para la época de las elecciones. En realidad, esto no les separaba mucho de la forma organizativa de los partidos dinásticos o monárquicos, pero no tenían el apoyo del sistema del turnismo diseñado por Cánovas, y eran víctimas del fraude electoral sobre el que se sustentaba el edificio institucional de la Restauración. En todo caso, los principales líderes republicanos consiguieron siempre un cierto apoyo electoral, especialmente en el ámbito urbano, que les permitió entrar en el Congreso de los Diputados.

Otra causa muy importante a tener en cuenta a la hora de comprender las dificultades del republicanismo español en el último tercio del siglo XIX tiene que ver con la pérdida de dos importantes bases sociales: la obrera y la de una parte de la burguesía. El movimiento obrero terminó por divorciarse de la causa estrictamente republicana para abrazar el anarquismo o el socialismo. Las burguesías periféricas, muy implicadas políticamente, encontraron otro cauce de expresión en los partidos regionalistas o nacionalistas. El caso catalán fue paradigmático, aunque el republicanismo siguió teniendo peso en Barcelona.



Barcelona, proclamación de la república.
Plaza de San Jaime
(Pellicer)

Cuando se aprobó el sufragio universal gracias al gobierno liberal los republicanos comenzaron a tener más respaldo electoral. En los años noventa consiguieron aumentar su representación parlamentaria, en torno a una veintena de escaños como media en cada legislatura. En las ciudades comenzaron a contar con más apoyo social. En 1892 consiguieron un sonado éxito electoral en las elecciones municipales, especialmente en Madrid y en otras capitales de provincia.

En el seno del republicanismo español del último cuarto del siglo XIX se pueden apreciar tres grandes corrientes. En primer lugar, estarían los federalistas, liderados por Pi i Margall. Además de por su apuesta federal para organizar el Estado se inclinaron hacia posturas socializantes y hallaron cierto eco en sectores populares de Cataluña y Valencia. Se organizaron en el Partido Republicano Federal, y fueron muy activos a través de la prensa y las publicaciones. Los federalistas no colaboraron nunca con el nuevo sistema político, pero renunciaron al empleo de métodos violentos o conspirativos.

Los unionistas estaban liderados por Nicolás Salmerón, que regresó a España con la amnistía de 1881. Salmerón salió elegido diputado en 1883, y luego de forma ininterrumpida entre 1893 y 1907. Los unionistas formaron el Partido Centralista (1891). Eran partidarios de la unidad territorial y política del Estado, y su base social se encontraba entre la burguesía ilustrada y progresista.

Los radicales crearon el Partido Republicano Progresista, dirigido desde el exilio por Manuel Ruiz Zorrilla, destacado político de la época de Amadeo de Saboya. Eran partidarios de la insurrección y protagonizaron algunas hasta la muerte de su líder en 1895. Este sector republicano terminó por tener una escasa implantación social.

Por fin, habría que citar a los posibilistas, cuyo principal líder era Emilio Castelar. El último presidente de la Primera República había formado un partido republicano conservador, en línea con sus ideas y con la política que había protagonizado. Castelar quería participar en el nuevo sistema político, de ahí su posibilismo. Cuando se dieron las condiciones para hacerlo, es decir, cuando Sagasta aprobó el sufragio universal y la Ley del jurado, decidió disolver el partido, y muchos de sus miembros ingresaron en el Partido Liberal.

La división del republicanismo se intentó superar en el inicio del nuevo siglo con la creación de la Unión Republicana. Ya en 1893 y en 1900 se habían dado alianzas electorales que reportaron éxitos. Los republicanos pretendían terminar con los enfrentamientos y el atomismo para poder presentar una clara alternativa. Nicolás Salmerón y Alejandro Lerroux fueron sus impulsores. El programa de la UR pasaba por recuperar la Constitución de 1869 en lo relativo a los derechos y organización de la administración, pero bajo la fórmula republicana y no monárquica. Habría que cambiar el sistema político con una convocatoria a Cortes Constituyentes. La UR fue un éxito porque unió las tendencias republicanas, aunque con el Partido Republicano Federal solamente se alcanzó una alianza electoral. La UR obtuvo un gran resultado electoral en 1905 al conseguir treinta escaños del Congreso, gracias a su implantación en Madrid, Barcelona y Valencia.

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Javier Alonso García-Pozuelo 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

La conflictividad social en Barcelona en 1854, por Eduardo Montagut

[…] ¡Obreros catalanes y españoles todos! Ya se acabaron aquellos tiempos de barbarie en que el feudalismo sembraba el odio entre dos feudos, entre dos ciudades, entre dos pueblos. […] todos somos hermanos, vuestra causa es la nuestra. De los intereses vuestros como de los nuestros depende la suerte y el porvenir de todos. Los pueblos son todos solidarios: lo es la Humanidad entera.

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La conflictividad social en Barcelona en el año 1854
Eduardo Montagut
El año 1854 fue especialmente conflictivo en una Barcelona cada día más industrial y moderna, comenzando antes de la Vicalvarada que terminó con el monopolio moderado en el poder, dando comienzo al Bienio Progresista, pero siguiendo durante todo el año, y después hasta 1856, es decir, durante toda esta etapa del reinado de Isabel II. En este artículo abordaremos los problemas sociales del primer año.

En el inicio de la primavera, un conflicto en la empresa La España Industrial, una de las principales fábricas catalanas, se saldó con la detención de unos cincuenta trabajadores. Este hecho encendió la mecha del movimiento obrero y se proclamó el 23 de marzo una huelga general en Barcelona, que se extendió por otras localidades del entorno de la capital catalana. El conflicto concluyó el 3 de abril por un conjunto de causas. Las autoridades prometieron estudiar las reivindicaciones obreras, basadas en dos puntos: libertad de los detenidos, y regreso a las condiciones laborales y salariales del año 1842. Pero también hubo otra causa que ayudó a pacificar la situación. Los obreros fueron acusados por la prensa y autoridades de ayudar a la reacción carlista con su actitud.

Pero la paz social en la Cataluña no duró mucho tiempo porque en el mes de julio, mientras se desarrollaba la Vicalvarada en el centro de España, estalló una nueva huelga. Efectivamente, el 14 de julio los obreros se declararon en huelga, y con su acción influyeron para que la guarnición militar barcelonesa terminara por adherirse al pronunciamiento de signo progresista contra el gobierno. Los hiladores y los tejedores fueron los más activos, y los que no regresaron al trabajo después de asegurada la victoria del pronunciamiento en toda España.  Algunas fábricas fueron incendiadas y se destruyeron muchas selfactinas (máquinas automáticas de hilar, habiendo un modelo catalán más antiguo, conocido como bergadana), en una suerte de retorno a prácticas propias del ludismo de décadas anteriores.




El capitán general publicó un bando en el que amenazaba con el fusilamiento a los saboteadores. Llegó a ejecutar a tres personas al poco de ser detenidas. Pero no consiguió frenar a los trabajadores. La huelga se extendió por Mataró, Manresa y Valls. El día 18 de julio se publicó otro bando conminando a los obreros a que regresaran a sus puestos de trabajo, pero no tuvo éxito. Es evidente que esta resistencia era fruto del nivel de organización al que habían llegado los obreros. Pensemos que el boicot a las selfactinas había sido ordenado desde la Comisión de Trabajadores de las fábricas de hilados, donde destacaba la figura de José Barceló. Fue el comienzo de un período en el que la organización obrera estaba desarrollándose de una forma evidente.

Por fin, el capitán general La Rocha publicó un tercer bando el día 25 de julio que supuso una cesión ante la resistencia obrera, ya que prohibió la utilización de las sefalctinas. Los tejedores volvieron al trabajo. Habían conseguido, además, una mejora salarial y la formación de una comisión paritaria para resolver futuros conflictos. Pero el caso de los hiladores era más complejo porque sus patronos eran los más directamente afectados por la prohibición del empleo de selfactinas. Al no poder emplearlas decidieron el cierre patronal.
 

Gracias a la labor mediadora del nuevo gobernador civil de Barcelona, Pascual Madoz, se llegó a un acuerdo entre patronos y obreros. En una comisión paritaria que presidió en el mes de agosto se acordó que las sefalctinas volverían a ser empleadas y los obreros conseguirían un aumento salarial. La epidemia de cólera que se desató en aquel verano ayudó a acercar posturas, sin lugar a dudas. En septiembre, Madoz envió una circular a las autoridades locales para que se remitieran al Gobierno Civil los estatutos de las sociedades obreras y cuanta documentación acopiaran sobre dichas organizaciones: miembros, reuniones, objetivos, etc. El poder, aunque ahora ocupado por los progresistas, seguía muy interesado en el conocimiento y control de los instrumentos organizativos del creciente movimiento obrero. Una cuestión era tolerar las sociedades de socorro mutuo, y otra muy distinta aquellas organizaciones que buscaban la organización de la clase obrera para conseguir mejoras salariales y de vida. Los progresistas no iban a ser especialmente más tolerantes que los moderados en esta cuestión. Habría que esperar al surgimiento de los demócratas.


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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Carta de Javier Díez Terrón

El pasado mes de febrero hemos puesto la guinda a estos dos magníficos años de viajes con La cajita de rapé y lo hemos hecho en Panamá, donde el último de mis tres inolvidables días me he reunido con el grupo de lectores DARK BLOVERS 507, cuya coordinadora, Sthephanie Albelo, me ha escrito un emotivo texto que ayer publiqué en La Glorieta. 

Hoy, para celebrar el 2º aniversario del inspector Benítez, quiero compartir con todos vosotros la carta que un lector al que no conocía me hizo llegar a través de MAEVA, la editorial que me dio la oporunidad de publicar mi primera novela. La carta que me envió Javier Díez Terrón, que así se llama mi querido lector, mi emocionó muchísimo no solo por lo que dice y lo maravillosamente escrita que está sino porque, como podréis comprobar, Javier es un gran conocedor del género policíaco. 

Con esta carta que hoy publico quiero proclamar bien alto mi más profundo agradecimiento a todas las lectoras y lectores que me habéis hecho llegar vuestros comentarios y mensajes en estos dos últimos años.     

¡Mil gracias a todos los que habéis hecho que cada día saque tiempo de donde no lo hay para avanzar unas cuantas páginas más del siguiente caso del inspector Beníte!

Javier Alonso García-Pozuelo


Estimado Sr. Alonso

Acabo de leer su novela, La cajita de rapé, y no he podido resistir la tentación de enviarle mi humilde opinión sobre la misma, a través de la editorial que ha publicado las peripecias del inspector Benítez en el llamado “caso de las Alcarreñas”. Varios motivos me han impulsado a semejante atrevimiento y osadía (le ruego, de antemano, me disculpe).

En primer lugar, al igual que usted, soy un apasionado de ese período tan convulso y, al mismo tiempo, imprescindible, de la historia de España: el siglo XIX; principalmente, en su segunda mitad. Todo lo relacionado con esos decenios (libros de historia, películas, biografías, etc.) me interesa per se; y, sobre todo, si los hechos transcurren en la Villa y Corte.

En segundo lugar, soy un ávido lector del universo literario de los grandes detectives de la historia; empezando, cómo no, por el inigualable Sherlock Holmes, y continuando con Hércules Poirot, Sam Spade, Philip Marlowe, Miss Marple y Víctor Ros (“casi” contemporáneo del inspector Benítez). Y, claro, el inspector Benítez no se podía quedar al margen de esta ilustre nómina de sabuesos.

Por esas razones –y alguna otra que le desvelaré más adelante– me he lanzado, a escape, a la lectura de La cajita de rapé. Sería una temeridad por mi parte juzgar la novela. Tan sólo me gustaría trasladarle algunas impresiones y percepciones personales. Intentaré ser breve y no quitarle mucho tiempo.

Es evidente que la novela cuenta con un trabajo de documentación extraordinario, casi apabullante. Por eso es muy didáctica y  pedagógica (la he leído con el diccionario siempre a mano). Describe con gran maestría cómo los principales momentos históricos se deciden entre bastidores, a través de intrigas, conspiraciones y movimientos en la sombra, con personajes movidos por la vanidad, la falta de escrúpulos, la traición y la ambición del poder (casi una radiografía de lo que estamos viendo en el panorama político actual).

Paralelamente, se desarrolla la trama policial: perfectamente estructurada y ensamblada en ese contexto histórico, sórdido y tenebroso. El dominio del lenguaje castizo es extraordinario, así como la descripción de personajes y los ambientes del Madrid de la época. ¡Cuántas veces, durante la lectura de la novela, me he imaginado viajando con el inspector Benítez en el simón de Soalleiro por La Latina y la carrera de San Francisco!

Y, cómo no, está la figura del inspector Benítez, protagonista absoluto de la historia. Con su sagacidad, sentido del deber y honestidad, se desenvuelve con exquisita profesionalidad en un entramado de intrigas y trifulcas políticas, que, en mi opinión, sabe gestionar con gran habilidad y tesón, bien arropado por su fiel equipo de colaboradores y otros personajes cruciales en la historia: Fonseca, Ortega Morales, Carmona, Domínguez, su sobrino José Francisco, su hija Eugenia, Belmonte… inolvidables todos ellos.

Y termino con el último motivo que me ha impulsado a enviarle esta opinión: agradecerle que haya escrito la novela. Es una delicia. La he disfrutado de principio a fin, página a página. El desenlace no defrauda: me ha parecido sorprendente y original (le confieso que no he sospechado de XXXXXXXXXX hasta bien avanzados los acontecimientos). Desde este momento, el inspector José María Benítez se incorpora a mi nómina personal de detectives literarios, compartiendo mesa y mantel con Holmes y compañía.

Nada más, no le quito más tiempo. Reciba un cordial saludo,

Javier Díez Terrón

Algunas nociones sobre la historia del mutualismo en Cataluña en el siglo XIX, por Eduardo Montagut

–Aún necesitamos recabar más información, pero sospechamos que podía tener escondido en su cuarto a alguien.
–¿Y en qué sustentan esa sospecha?
–En su habitación se oía con frecuencia hablar quedo a dos personas, aunque luego nunca se ha visto salir de ella a nadie que no fuese Vilanova. Además varios vecinos nos han dicho que últimamente se le veía bajar a descargar el orinal a las letrinas que hay en el patio con mucha frecuencia y a horas poco habituales.
–De acuerdo, había alguien escondido en su cuarto. Tal vez uno de los cómplices del robo.
–Pensamos que podía tratarse de alguien perseguido por motivos políticos, concretamente alguno de los cabecillas que consiguieron escapar de Andalucía tras los sucesos de Loja. Por las fechas en que comenzaron a oírse las voces, varios prófugos de la revuelta entraron en Madrid. Que Vilanova simpatiza con su doctrina parece más que probable. Por sus lecturas, porque frecuenta lugares donde se suelen reunir miembros del partido democrático y porque en la misma vecindad dicen que en cuanto tiene ocasión se pone a perorar sobre las sociedades de socorros mutuos, la unión de los obreros y cosas por el estilo.
–Pueden darse los dos extremos, inspector, que tuviese escondido a algún agitador socialista y que entre ambos hayan organizado un golpe para financiar su secta. Si mañana a primera hora no está de vuelta, registraremos su cuarto a ver qué se encuentra.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
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Algunas nociones sobre la historia del mutualismo en Cataluña en el siglo XIX
Eduardo Montagut
Por mutualismo se entiende el sistema de asociación voluntaria de los afectados por unos mismos intereses o riesgos, constituidos en mutualidades o en sociedades de socorros mutuos. Las mutuas se encuentran en el origen de los sistemas contemporáneos de seguridad social. En la mutua la parte aseguradora es la colectividad y cada mutualista contribuye de forma proporcional mediante cuotas fijas o variables. Históricamente, las mutuas han sido muy importantes hasta la extensión del Estado del Bienestar con la Seguridad Social y el desarrollo de las compañías de seguros con fines de lucro. El mutualismo surgió con fuerza en el siglo XIX, en relación con la Revolución Industrial y con conexiones con el propio movimiento obrero, pero su origen debe encontrarse en los gremios, cofradías y montes de piedad de la época preindustrial. Cataluña tendría un evidente protagonismo en el mutualismo español, precisamente, por su desarrollo industrial y obrero.

Una real orden de febrero 1839, ya en plena Revolución liberal, reconoció las Sociedades de Socorros Mutuos, pero siempre y cuando fueran autorizadas e inspeccionadas directamente por las autoridades para evitar que se convirtieran en Sociedades de Resistencia. El Estado liberal estaba dispuesto a permitir el mutualismo para paliar los problemas derivados de los riesgos de la vida y del trabajo, habida cuenta de que la Iglesia había perdido su protagonismo en la asistencia, debido a las desamortizaciones, y porque la beneficencia pública no podía atender los innumerables problemas que se generaban, debido del déficit crónico de las distintas administraciones, estatales, provinciales y municipales.

En 1840 se fundaría la Sociedad de Mutua Protección de Tejedores de Algodón en Barcelona. Sus creadores redactaron unos estatutos en los que se establecía que se reducían los jornales se podía recurrir a la huelga. Esto provocó la reacción del jefe político de Barcelona, por lo que no se aprobaron los estatutos, porque, en realidad los trabajadores no sólo buscaban la ayuda mutua, sino también generar una Sociedad de Resistencia. La negativa gubernamental no impidió que la Sociedad existiese de hecho. La Sociedad no sería prohibida hasta 1844 ya con Narváez, que fue muy tajante a la hora de exigir a las autoridades provinciales que vigilasen las Sociedades de Socorros Mutuos con el fin de que no encubriesen otros fines. Entre 1850 y 1851 se multiplicaron las órdenes, circulares y disposiciones sobre esta cuestión, hasta que una Real Orden de 1853 estableció un control total de las Sociedades de Socorros Mutuos por parte de las autoridades.



Trabajadoras de fábrica textil catalana
(siglo XIX)
En otro orden de cosas es importante destacar que en Cataluña se creó el Monte de Piedad de Nostra Senyora de l’Esperança de Barcelona en el siglo XVIII. En el siglo siguiente se fundaría la Caixa de Estalvis i Mont de Pietat de Barcelona y la homónima en Valencia.

La Ley de Asociaciones del Gobierno liberal de Sagasta de 1887 sometió las mutualidades a su régimen. El 15 de abril de 1896 se funda la Unió i Defensa de Monts de Pietat, convertida en 1919 en la Federació de Societats de Socors Mutus de la Provincia de Barcelona. Esta federación tendrá una gran actividad en los años siguientes. A principios de siglo en Cataluña el volumen e importancia de las sociedades de las mutualidades era comparable al que tenían países industrializados como Inglaterra, Francia o Bélgica.
Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

El Congreso Obrero de 1865 en Barcelona, por Eduardo Montagut

–Aún necesitamos recabar más información, pero sospechamos que podía tener escondido en su cuarto a alguien.
–¿Y en qué sustentan esa sospecha?
–En su habitación se oía con frecuencia hablar quedo a dos personas, aunque luego nunca se ha visto salir de ella a nadie que no fuese Vilanova. Además varios vecinos nos han dicho que últimamente se le veía bajar a descargar el orinal a las letrinas que hay en el patio con mucha frecuencia y a horas poco habituales.
–De acuerdo, había alguien escondido en su cuarto. Tal vez uno de los cómplices del robo.
–Pensamos que podía tratarse de alguien perseguido por motivos políticos, concretamente alguno de los cabecillas que consiguieron escapar de Andalucía tras los sucesos de Loja. Por las fechas en que comenzaron a oírse las voces, varios prófugos de la revuelta entraron en Madrid. Que Vilanova simpatiza con su doctrina parece más que probable. Por sus lecturas, porque frecuenta lugares donde se suelen reunir miembros del partido democrático y porque en la misma vecindad dicen que en cuanto tiene ocasión se pone a perorar sobre las sociedades de socorros mutuos, la unión de los obreros y cosas por el estilo.
–Pueden darse los dos extremos, inspector, que tuviese escondido a algún agitador socialista y que entre ambos hayan organizado un golpe para financiar su secta. Si mañana a primera hora no está de vuelta, registraremos su cuarto a ver qué se encuentra.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo
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El Congreso Obrero de 1865 en Barcelona
Eduardo Montagut
El Congreso Obrero de Barcelona fue el primero de los que se organizaron en España, aunque solamente reuniría a sociedades obreras catalanas. Los congresos obreros en el siglo XIX son un aspecto fundamental de la historia del movimiento obrero español, donde se reunían representantes de sociedades, secciones, sindicatos y federaciones de trabajadores, y donde se discutía de ideología, estrategias sindicales y/o políticas y de aspectos organizativos, por lo que queda demostrada su importancia en lo que referimos.

Al parecer, el origen de estos Congresos estaría en la Junta Central de Directores de la Clase obrera, que se celebró en enero de 1855, en plena explosión del Bienio Progresista, con representantes de hasta treinta sociedades obreras, que acordaron dotarse de una organización y hasta eligieron una dirección para intervenir en los conflictos laborales ante la autoridad. Pero el fin del Bienio Progresista supuso un frenazo para las organizaciones obreras, que tuvieron que funcionar en la clandestinidad. En todo caso, en 1862 se fundaría el Ateneo Catalán de la Clase Obrera, vinculado en sus inicios con el progresismo catalán. En 1864 se avanzó con el permiso de la máxima autoridad militar en Cataluña para que pudieran funcionar con relativa facilidad las sociedades obreras. Fue la puerta a la creación de El Obrero en septiembre de ese año, periódico fundamental del movimiento obrero en Cataluña, y de La Asociación.



Trabajadoras de fábrica textil catalana
(siglo XIX)

El Obrero estaba dirigido por Antonio Gusart i Vida. Su objetivo era defender los intereses del proletariado y luchar para conseguir el reconocimiento pleno del derecho de asociación en un sentido doble: para crear sociedades de resistencia, es decir, sindicatos, pero también sociedades de producción y consumo, es decir, para cooperativas.
El Obrero nacía en el seno del universo socialista del Partido Demócrata, en esta fase en la que todavía no había una clara conciencia separada o propia de la emancipación obrera, al vincularse con los sectores más a la izquierda o progresistas del universo demócrata y republicano.

La importancia de
El Obrero en esta historia del Congreso de 1865 reside en que su convocatoria surgió en el seno de sus páginas, con el fin de coordinar las sociedades obreras.
 

El Congreso se celebró en diciembre, y reunió representantes de 22 sociedades obreras catalanas con unos trescientos delegados, una cifra muy interesante en estos inicios. El Congreso reclamó el derecho de asociación y reivindicó el cooperativismo. En el Congreso tuvo un destacado protagonismo Gusart. La exposición al gobierno o manifiesto se publicaría en El Obrero el 7 de enero de 1866.
Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
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