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«Se ha escrito un crimen y lo ha escrito una mujer», por Rita Piedrafita

Os invitamos a participar en la mesa redonda «De novela de género a novela negra, ¿qué ha cambiado? Evolución de la novela negra», que el próximo jueves 26 de noviembre moderará Rita Piedrafita en nuestra VII Semana Negra. Conversarán con Rita las escritoras Mar Aísa, Inés Plana y Susana Martín Gijón
 
 
DATOS DE CONEXIÓN
 
Día: 26 nov 2020 - 19:30 (Hora de Madrid)
 
Haga clic AQUÍ para unirse al seminario web ZOOM:

ID de seminario web: 862 6046 8832

Código de acceso: 808658 
 
«Se ha escrito un crimen y lo ha escrito una mujer», por Rita Piedrafita
Nunca deja de sorprenderme el buscador de google. Una escribe toda feliz «escritoras españolas novela negra» y la tercera foto es de Lorenzo Silva. Piensa, ay, google, google, que no distingues bien la e y opta por poner «autoras españolas novela negra» en ese rectángulo adornado que nos saca de demasiadas dudas. Et voilà, ahí está él. Silva. Y no quitéis el “española” que el elenco de hombres os pone de mal humor. Menudo panorama.

La novela negra española parecía negarse a ceder un hueco a las damas del crimen, pero ellas, con un constante trabajo bien hecho, lo van copando.

Murder, She Wrote… «Se ha escrito un crimen» en nuestro país. —Si lo piensas, en esta traducción ya marcábamos el camino errado.— Todos recordamos a esa dama del misterio que nos enamoró tanto que empezamos a leer novelas de misterio. Ay, la Flecher. El éxito de Jessica Flecher estaba en que iba mucho más allá, inmiscuyéndose en cualquiera de los asesinatos que parecían perseguirla. Su perspicacia y sutileza a la hora de investigar la hacían única.

Esta singular e inolvidable «autora» es claro de ejemplo de nuestras narradoras. En España se ha escrito un crimen, y dos, y mil llegando más allá. Y esa obra se firma con nombre femenino. Redondo, Giménez Bartlett, Ribas o Saénz de Urturi son muy leídas, que no es lo mismo que ser muy vendidas, en nuestra literatura. Pocas más reconoce Google, pero nosotros somos lectores inteligentes y buscamos, como la Flecher, más allá.

Encontramos, sin ayuda de algoritmos, por supuesto, un abanico de posibilidades que deja siempre con ganas de más. Una lee Cuídate de mí de María Frisa y espera ansiosa el lanzamiento de El nido de la araña. Lees Morir no es lo que más duele de Inés Plana, y sueñas con la llegada a tu estantería de  Antes mueren los que no aman… Y así con un gran número de mujeres: Susana Hernández, Mar Aísa, Susana Martín Gijón, Nieves Abarca, Susana Rodriguez Lezaún, Yanet Acosta, Carmen Mola (personalmente pienso que es un hombre homenajeando a la mujer escritora) y un sinfín más que no siempre aparecen en las listas.

Tenía que elegir a tres y le di muchas vueltas. A mí las chicas hablando de crímenes me gustan mucho más que los chicos, lo reconozco. Creo que su denuncia social es más dura y que, en general, son más valientes y meticulosas ellas que ellos. Arriesgan. Así que imaginaos la difícil tesitura. Tres mujeres que escriban crímenes. Tras darle alguna vuelta me decanté por el saber hacer de Mar, Susana e Inés. Cada una de ellas está por un motivo diferente.
 
No tuve muchas dudas con la primera, Mar Aísa Poderoso. A Aísa ya os la presente en la Semana Negra de la Glorieta el año pasado. Es tan profundamente literaria su primera obra que me sorprendió. Correctísima en su prosa, brillante en su trama, dulce y dura a la vez. Leer Dostoiesvski en la hierba, título acertado donde los haya, supuso marcar su nombre con el asterisco de las autoras a la que quiero seguir la pista.

Susana Martín Gijón entró con fuerza en la selección. Esta escritora puso un chupete en la boca de su cadáver, y eso, queridos lectores, marca ya una diferencia. No un cuchillo, ni una nota de suicidio, no. Un chupete.

Martín Gijón tenía antes de «Progenie» mucho recorrido policiaco y  se nota. Entra en esta triada por su concienciación sobre la injusticia social. Violencia machista, explotación sexual, maternidad son temas que denuncia, con una pluma firme, en su obra. Su sensibilidad social la hace única. Tenía que estar.

Inés Plana, Morir no es lo que más duele, y Antes mueren los que no aman, es para mí mucho más que una escritora. Encarna la valentía. Su teclado denuncia cosas casi prohibidas. Prostitución infantil,  mujeres crueles, malas madres, frialdad social, soledad. Cuando lees a Plana, Luba permanece para siempre bajo tu piel. No hay menos libro que el que deja huella eterna.

De su obra, de la mujer escritora en la novela negra española, de lectura y mucho más hablaremos en la mesa redonda de esta glorieta.

En España, (Murder, She Wrote), se ha escrito un crimen y lo ha escrito una mujer
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Puedes acceder al programa de la próxima SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre, pinchando AQUÍ.


Prescriptora para los oficiales, bloguera para la mayoría, influencer para los exagerados y simplemente lectora para los sensatos.

Amando las letras elegí las ciencias, y a partir de aquí, tú, amante de los libros, rellenas.

Da igual alta o baja, guapa o fea, de ciencias o letras… Lo único importante es que leo, leo y leo.

Y me encanta que leas junto a mí
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El anarquismo en la novela de crímenes del siglo XXI en España, por Gustavo Foreno

El anarquismo en la novela de crímenes del siglo XXI en España, por Gustavo Foreno
De más de mil novelas registradas de los años 2000-2018 con que cuenta mi investigación “La anomia en la novela de crímenes en España”, son varias las que aluden al tema del anarquismo como ideología, opción social o hecho histórico. Algunos escritores se remontan a sus orígenes en el siglo XIX y otros se interesan por su condición actual como opción ideológica y política al capitalismo. Algunos toman el anarquismo como centro de la trama y otros lo bordean, lo incluyen como contexto histórico o ideológico o panorama político del conflicto central. En el siglo XXI unas novelas resultan más implicadas que otras con esa vieja forma de entender la organización social, si así puede definirse, y otras ofrecen relaciones muy sugerentes con este tema. Autores de la más diferente condición, consolidados y no, recrean las circunstancias históricas o contemporáneas de ese movimiento social como respuesta a la crisis del capitalismo.
Un precursor de este último tópico puede ser Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), que en su ya clásica novela La verdad sobre el caso Savolta (1975) ofrece un panorama del conflicto entre los ricos empresarios y los anarquistas con el viejo proyecto de la república en medio. Así lo analizo en “El republicanismo en La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza”, texto incluido en el libro
República, violencia y género (Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2019) En esta novela se define escuetamente el conflicto social de la siguiente manera: “El rico no necesita al pobre: siempre que quiera lo sustituirá” (p. 169), con lo cual se plantean claramente los bornes del anarquismo.

La explicación histórica del hecho ideológico y político del anarquismo y, sobre todo, su vigencia desde la perspectiva del siglo XXI se pueden verificar en El último avión a Lisboa (2000) de Ricardo Bosque (Zaragoza 1964), que alude al Madrid de los años cuarenta del siglo XX, donde Antonio, acomodador en un cine, se enfrenta al dilema de negar la existencia de su hijo, anarquista desaparecido en 1937, o asumir la posibilidad de su sobrevivencia. Las imágenes de la película Casablanca que se proyecta en el teatro sirven de panorama al conflicto. Por su parte, El hombre que mató a Durruti (2004), de Pedro de Paz (Madrid 1969), tiene lugar en la Barcelona de 1937, en medio de la Guerra Civil española, cuando el comandante Fernández Durán investiga las circunstancias que rodearon la muerte de Buenaventura Durruti, líder anarquista fallecido en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en noviembre de 1936. La novela ofrece su propia tesis, un tanto desabrida, respecto de las circunstancias de la muerte del líder anarquista, muy distinta a las de las versiones históricas.

Nadie debería matar en otoño (2007), de José Luis Ibáñez (Rubí, 1961), tiene lugar en el otoño de 1936 que sirve de marco temporal para la investigación del asesinato de tres patrulleros anarquistas por parte de Toni Ferrer, detective privado barcelonés convocado por Juan García Oliver, dirigente anarquista y futuro ministro de Justicia; y Pólvora negra (2008), de Roberto Montero González (Montero Glez) (Madrid 1965), la acción tiene lugar en el año 1906, cuando el anarquista Mateo Morral atenta contra la vida de los monarcas Alfonso XIII con Victoria Eugenia.

A esta breve lista se suma La tiranía del espíritu: o Las cinco muertes del barón airado (2011), de Jorge Navarro Pérez (Barcelona 1962), que tiene lugar en el contexto de desorden y terrorismo de la Barcelona de fin de siglo, donde las relaciones entre la pintura y las opciones políticas tienen su propia lectura.

También Cabaret Pompeya (2011), de Andreu Martín (Barcelona 1949), se recrea en época de bombas y pistolerismo anarquista y el lector tiene la oportunidad de verificar allí, sin maniqueísmos de ninguna naturaleza, el contexto histórico del movimiento social que alcanzó el poder en la Barcelona de la década de 1920. La historia de tres amigos a quienes une entre otras cosas su fecha de nacimiento, 1900, sirve como clave para entender los matices de la política española alrededor del tema. Por su parte, en Serás imbécil (2017), de Antonio Padilla Esteban (Barcelona, 1964), se sabe de una guerrilla urbana anarquista en el marco de la Barcelona de 1949. Durante la dictadura de Francisco Franco, un periodista, César Maristany, investiga la muerte de una muchacha en el Mediterráneo, lo que lo enfrenta a tales guerrillas.

Frente a estas novelas, Lectura fácil (2018), de Cristina Morales (Granada, 1985), asume el riesgo de abordar el anarquismo actual en los márgenes mismos del género negro: cuatro parientas, Nati, Patri, Marga y Àngels, con diversos grados de lo que la Administración considera discapacidad intelectual, comparten un piso tutelado en  Barcelona y declaran ante un juzgado que pretende esterilizar forzosamente a una de ellas. La perspectiva hipercrítica de la autora respecto de los ateneos barceloneses y las opciones libertarias configura una lúcida perspectiva de la vigencia del anarquismo en la España de hoy.

Más reciente todavía, la novela Una tumba sin nombre (2019), de Javier Sagastiberri (Donostia, 1959), relata la historia de Itziar Elcoro, que abandona Bilbao y viaja al Goierri para investigar el paradero de su compañera Arantza Rentería y, por la misma ruta, del asesinato de Ernesto Compson, líder de una comunidad anarquista. La contemporaneidad de esta visión literaria ayuda a comprender la vigencia de la ideología anarquista vinculada con los movimientos sociales que derivaron en el 15 M.
Otras novelas apenas bordean el tema del anarquismo pero resultan muy sugerentes para entenderlo: El nombre de los nuestros (2001), de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), que tiene como personajes a dos soldados de leva, Andreu, el anarquista barcelonés, y Amador, un empleado de seguros madrileño adscrito a la UGT, que se desenvuelven en medio de la política colonial de España en el protectorado de Marruecos en 1921. Por su parte, en Las guerras de Diego (2009), de Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947), Diego, hijo de un militar del ejército en misión humanitaria, tiene una experiencia de formación bastante intensa: se acerca a su abuelo paterno, que en su juventud fue un ácrata, para conocer en directo un mundo que en principio ha languidecido.

Interesante también Soles negros (2016), de Ignacio del Valle (Oviedo, 1971), tiene lugar alrededor del año 1949 en Pueblo Adentro, una aldea a pocos kilómetros de Badajoz, centro de la resistencia anarquista extremeña, cuando el capitán Arturo Andrade, miembro la Sección de Información del Alto Estado Mayor, y su amigo Manolete, antiguo compañero de armas en la División Azul, investigan la desaparición y muerte de unas niñas en misteriosas circunstancias. La investigación se vincula con el famoso anarquista Ventura Rodríguez y su familia.

Como explicaba George Lukács para la novela histórica (1966), cierta literatura moderna da cuenta del avance histórico de determinadas fuerzas sociales. Para el caso, resulta evidente que en las novelas de crímenes españolas de los últimos años se percibe una épica del ascenso de un proletariado, llámese hoy colectivos subalternos, población vulnerable, excluidos, marginales, etc., que cada vez más reivindican sus derechos. “Tan solo pretendí hacer la epopeya del proletariado. El proletariado es un telón de fondo y la lucha anarquista también” (Tuñón, 1976, p. 52), afirmó Mendoza hace años explicando el propósito de su obra.

Para Pedro de Paz, en su retrato de Durruti, en 1933 “Comienza a producirse una clara escisión entre el gobierno y las organizaciones anarquistas” (1230). En este novela breve, los límites de la ficción y los datos “fidedignos” de la época llevan al escritor a indagar en un momento muy oscuro de la historia oficial donde las autoridades van al margen de las necesidades de la población y son solo los anarquistas quienes denuncian la brecha. En este caso, el individuo anarquista, excepcional, loco o enamorado, como se le definió siempre, poco tiene de verdad. En realidad, para los escritores de hoy existe una explicación sistémica del anarquista: “…el tal Mateo no actuó solo” (593), se dice en Pólvora negra. En esta novela el personaje hace parte de una red ideológica de carácter internacional y “La historia de nuestro país es la historia de la lucha de las clases altas por hacerse por el poder” (1662), explica Espadón (Nicolás Estévanez Murphy, ministro republicano en la realidad histórica), uno de sus personajes. “En esta partida el destino de campesinos y obreros es nacer para ser explotados, cuanto más mejor” (359), afirma cínicamente uno de los personajes de La tiranía del espíritu: o las cinco muertes del barón airado; a lo que señala otro, “las disputas de los poderosos las sufren los humildes” (4306).

Se puede advertir así que en las novelas de crímenes españolas del siglo XXI el anarquismo puede ser una clave para entender las cuestiones contemporáneas más importantes en torno a la condición del sistema económico dominante. Sobre todo, a partir de la ineludible lectura marxista de la lucha de clases sociales que define a la sociedad.



Trabajos citados

Bosque, Ricardo. El último avión a Lisboa. Combra, 2000.
De Paz, Pedro. El hombre que mató a Durruti. Aladena, 2004.
De Valle, Ignacio. Soles negros. Alfaguara, 2016.
Forero Quintero, Gustavo. República, violencia y género. Siglo del Hombre Editores, 2019.
Ibáñez, José Luis. Nadie debería matar en otoño. Espasa, 2007.
Lukács, G..  La novela histórica. [Traducido al español por de Jasmin, R.]. México: Biblioteca Era, 1966.
Martín, Andreu. Cabaret Pompeya. Edicions 62, 2011.
Mendoza, E. La verdad sobre el caso Savolta. Barcelona: Seix Barral, 2009.
Montero González, Roberto. Pólvora negra. Planeta, 2008
Navarro Pérez, Jorge. La tiranía del espíritu: o Las cinco muertes del barón airado. Seix Barral, 2011.
Padilla Esteban, Antonio Serás imbécil. RPM Edicions, 2017.
Morales, Cristina. Lectura fácil. Anagrama, 2018.
Sagastiberri, Javier. Una tumba sin nombre, Erein, 2019.
Sierra i Fabra, Jordi. Las guerras de Diego. Siruela, 2009.
Silva, Lorenzo. El nombre de los nuestros. Destino, 2001..



Este artículo ha sido expresamente escrito por Gustavo Foreno para la VI SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre de 2019 en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA. Ha participado en la jornada dedicada a la Género Negro en Latinoamérica, que coordina el escritor panameño Osvaldo Reyes. Puedes acceder al programa completo de la SEMANA NEGRA pinchando AQUÍ.
 
Gustavo Forero
Fotografía: David Estrada
Escritor, abogado y profesor titular de la Universidad de Antioquia (Colombia). Premio a la Investigación de Mayor Impacto de la Alcaldía de Medellín (2016) y Premio a la Investigación de la Universidad de Antioquia (2014). Doctor Cum Laude por la Universidad de Salamanca y magíster de la Universidad de la Sorbona (París IV). Entre sus libros se cuentan: El mito del mestizaje en la novela histórica de Germán Espinosa (2006), la edición anotada de Xicotencatl (2012), La anomia en la novela de crímenes en Colombia (2012), La novela de crímenes en América Latina (2017) y las novelas Desaparición (2012) y Amantes y destructores (2019). Edita los libros del proyecto Medellín Negro y es director del Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro y del proyecto “La anomia en la novela de crímenes” actualmente dedicado al género en España.




Entrevista con Carlos Zanón, por Manu López Marañón

«Yo fui Johnny Thunders», de Carlos Zanón. RBA (2014)
por Manu López Marañón


Poeta publicado por Espasa e Hiperión, crítico literario en la revista Ajoblanco y actualmente en El País, y autor de 6 novelas –la última de ellas aparecida en este 2019: «Carvalho: problemas de identidad»–, prestigiosos premios nacionales e internacionales (RBA Serie Negra, 2010; premio Brigada 21 a la Mejor Primera Novela del año; premios Giallo e dell Noir –Italia– y Violeta Negra –Francia–; premio Valencia Negra a la mejor novela del año; premio Salamanca Negra 2014; premio Novelpol 2015; y premio Dashiell Hammett 2015) jalonan la trayectoria narrativa del autor de «Tarde, mal y nunca» quien, no sin esfuerzo, ha sabido ganarse el reconocimiento de la crítica mundial. La obra de Carlos Zanón ha sido traducida y publicada en Estados Unidos, Alemania, Francia, Holanda e Italia.

Para colaborar en esta VI Semana Negra en la Glorieta, y aprovechando que en 2019 se cumplen 5 años de su publicación, he querido fijarme en la cuarta novela de Carlos Zanón, «Yo fui Johnny Thunders», un libro de esos que a pesar de su juventud tienen ganada ya la aureola de mítico, y cuya lectura me acuciaba tras haber disfrutado con irrefrenable gozo de «Carvalho: problemas de identidad», el pasado junio. Por pretender abarcar la mayor diversidad posible, no leo dos títulos de un autor el mismo año. Esta vez he hecho una excepción y ha merecido mucho, muchísimo, la pena.

Porque tener la fortuna de dar con alguien que no redacte con plantilla, que desde la primera página agarre a su lector de lo más íntimo llevándolo por donde le dé su real gana y recibiendo el beneplácito de esa «víctima», embelesada de transitar unos mundos ignorados (por mucho que haya leído), tener semejante fortuna, digo, resulta hoy casi tan difícil como formar gobierno en España. Este arrebato literario se dispara desde el capítulo cero de «Yo fui Johnny Thunders», cuando despertamos junto a un tipo evidentemente drogado pregonando el final de una historia, la suya (en la que, adelanto, hubo una esposa harta que lo abandonó, hijos que no le hablaban, títulos de varias canciones que lo marcaron a fuego –sobre todo una: «Live and die»–, sexo, droga y rock’n’roll, y donde sobre todo hubo lucha, mucha lucha por salir adelante antes de caer vencido por el peso del inclemente pasado).

Resulta complicado resumir las intensas novelas de Zanón, meterles el diente a lo «pasa esto y aquello» porque en ellas todo es esencial, nada sobra. Me ha sucedido con su Carvalho y percibo de nuevo mis limitaciones a la hora de dar con algo que no se haya dicho ya, diferente y que motive a los lectores de La Glorieta para adentrarse por los bestiales vericuetos de «Yo fui Johnny Thunders».

Johnny Thunders, 1989, capítulo 1 de la novela, es un largo flash back. Mr. Frankie se siente pletórico en el escenario del Màgic porque con su guitarra Gibson va a acompañar a Johnny Thunders, leyenda viva del rock que arrastra fama de caótico. Los músicos afinan sus instrumentos a la espera de que salga la estrella. Derrumbado en un sofá Johnny necesita una dosis de speedball (heroína y cocaína mezcladas en una jeringa) para tocar. El grupo tantea una introducción a lo «Sweet Jane» hasta que surge el mesías del rock: camisa negra, pantalones pitillo, viejos zapatos agujereados. Thunders no da una y se equivoca hasta en el estribillo, buscando con la mirada a Mr. Frankie, que hace lo que puede para taparlo con su guitarra. Aunque la novela lleve su nombre, hay que estar atentos porque asistimos a la única aparición del crepuscular Johnny Thunders… Y es que el auténtico protagonista de «Yo fui Johnny Thunders» no va a ser otro que Mr. Frankie (Francis), ese guitarrista con ganas de comerse el mundo en una década tan salvaje como fueron los 80 (con sus festivales, tatuajes cutres, tupés grasientos y vinilos de segunda mano…), aquella época de amigos, novias, grupos, el punk, el dinero y la cocaína, donde la juventud no ponía techo para un talento ambicioso...


La guitarra Gibson de Mr. Frankie

El capítulo 32, Just your friends, 1993, es otro flash back y presenta un nuevo concierto. Estamos en las tablas de la sala Be good, donde la banda llamada Rey Pachuco versiona canciones de Mink De Ville con Mr. Frankie a la guitarra acústica. Ensombrecido por el guitarrista principal Francis se siente de relleno, toca desganado, con dedos torpes y considerables desfases:
«El latido se ha detenido, ya no lo oye. Tiene abiertos los ojos sin poder ver nada. Está como dentro de un agujero negro que, en este mismo momento, está succionando la banda, los sueños, los recuerdos. Es el fin de tu mundo, Francis. Eres invisible Mr. Frankie. No eres nadie para nadie».
Pero se produce el apagón que acarrea un momento mágico, la gran epifanía de la novela. Mr. Frankie con su guitarra rasga los primeros acordes de «Just your friends». El batería acompaña esa voz de gato callejero mientras el cantante del grupo calla respetuosamente. Francis se acompaña con su armónica, una armónica que lleva en el bolsillo ya más como amuleto que como instrumento. Canta «porque sí, porque hay un lugar donde alguien vive canciones y luego las toca y las canta para regresar al primer instante y el resto, todo lo demás, no importa. Al menos no para Francis» (en estas frases resuena el Johnny Carter de «El perseguidor»). Cuando acaba la canción, quizá rehabilitado consigo mismo tras ese genuino momento, Mr. Frankie deja el escenario y sale a una calle fría y abandonada que recuerda al callejón de la basura al que daba la puerta trasera del Gaslight club, en la irrepetible película de los hermanos Coen «A propósito de Llewyn Davis».

Will DeVille y Llewyn Davis

Antes de esos conciertos –el de 1989 y 1993– que pautan dos épocas del protagonista, un rosario de recuerdos muy personales repartidos por las páginas de la novela definen tanto su tortuosa personalidad como la errante trayectoria por él llevada. Cito algunos. Un viejo disco de Patti Smith; el primero de los Pretenders con aquella Chrissie Hynde que para Francis hubiera sido la novia/amiga perfecta; una montaña de casetes grabados por sus colegas que va desde Gene Vincent a Parálisis Permanente, pasando por los Stones de «Some girls»; las arrogantes fotografías de Johnny Thunders «esas fotos de ángel caído, de yonqui sensible, hijo de puta».

Desde su destruido presente Francis convoca a sus novias, a Ona, pero sobre todo a la loca del pelo rojo –Liz, su primer amor–, aunque sin querer olvidar al resto, un bloque de mujeres que por mucho que se esfuerza no es capaz de individualizar y que solo ahora le hace comprender en qué se traduce el éxito: en su intrínseca soledad.

En 1986, en el Caribou, fastuoso local de la playa de Sant Boi que él elije para plantar a Ona se siente el amo de la barraca. Así le ven:

«Frankie es diferente a cualquier otro. Y eso hace que todo encaje en el último minuto. Es una estrella y lo será mucho más. Fijo. Es un puto cohete. Un superhéroe venido de un planeta a años luz de la tierra. Con superpoderes que le evitarán engancharse, reponerse de todos los golpes, de todas las caídas en este mundo de azoteas, mánagers y supercanciones».
Esas cumbres conquistadas por el talento y con ayuda de las drogas duran poco y por ello resulta feroz el choque con el presente («Yo fui Johnny Thunders» se desarrolla durante el gobierno de Artur Mas en la Generalitat –2010-2016– aunque soy incapaz de concretar el año); ese presente real, de alas rotas y que no tolera espejismos, conduce entre otras cosas el regreso a la casa de un padre a quien el guitarrista detesta. Retornar al barrio sacudido por la vida y no poder pensar en cosa distinta que en la imperiosa necesidad de desengancharse no hace feliz a nadie... Cruel panorama el que presenta Zanón. Un padre y un hijo derrotados, ambos desdentados, con sus dentaduras postizas que llagan las encías alineadas sobre el lavabo: ¡qué implacable metáfora del desgaste! Frente al espejo del baño está un irreconocible Francis, fondón de tanto comer y beber alcohol para atenuar el mono, sin un solo traje que le entre para ir al juzgado... Y el autor no tiene misericordia:
«…recuerda la de caricias, golpes y pinchazos que han tenido lugar en este su cuerpo. Ese paisaje de labios, pellizcos y roces, pelos, y metal, un envase ahora vacío que un día escondió algo, un yo, un no sé qué que en las canciones él llamaba alma o rabia».
Resulta frecuente que Mr. Frankie amoneste o aconseje a Francis en segunda persona: «Todo irá bien, le confió Mr. Frankie a Francis. De hecho, aún no has hecho nada que pueda joderte la vida. Robar cuarenta euros es casi una estupidez». Este recurso, el diálogo del hombre arrastrado con la conciencia de sus mejores tiempos, está magistralmente plasmado.

Es esta una novela en la que las referencias musicales abundan. Así sus 4 partes vienen encabezadas por otras tantas canciones («The great pretender» de The platters; «Come and go with me» de The del-vikings; «I wonder why» de Dion & the Belmonts y «Love poison nº9» de The searchers), pero muchos de sus capítulos están asimismo condimentados con títulos como «King creole» interpretada por Elvis Presley, «Just your friends» de Mink DeVille o por esa canción que tiene capital importancia para la relación de Francis con su hijo mayor: «Live and die» de The Avett brothers.


The Avett brothers
Sin embargo, aun reconociendo la importancia de la música, hay que avisar que esta obra no es la biografía –ni menos su autobiografía– de un rockero maldito. ¿Entonces? Para mí «Yo fui Johnny Thunders» resulta ser la crónica certificada de unos personajes rotos tirándose a tumba abierta sobre un puerto rebasado de curvas y cunetas con doble intención para así tratar de resurgir de sus cenizas.

Hay crímenes, desde luego, y robos de todo tipo; sucesos estos que incluyen a esta novela, –quizá a su pesar–, en el género negro.

Pero «Yo fui Johnny Thunders» no se queda ahí.

En efecto, en el que acaba de convertirse en el mejor de los libros en castellano que he leído durante este 2019 que ya declina (el segundo sería «Carvalho: problemas de identidad») encuentro inútiles intentos por salirse de la droga –los de Francis–, topo con pederastas convertidos en ancianos arrinconados por su tara –Francisco Aliaga, Paco, el padre de Francis–, me perturba una belleza sin domesticar –Marisol– nacida de una prostituta, la cual, por su mala cabeza, acaba recibiendo la ducha de ácido sulfúrico que le enjareta un moro violento y celoso –Amoah–, tiemblo con el dueño del bingo Verneda –don Damián–, ese sórdido amante de Marisol, «enviagrado» sin descanso y con vocación gansteril, que planifica el asalto a una furgoneta cargada de cocaína (con cuya parte espera Francis ponerse al día con las pensiones que debe a sus hijos), o doy con ese novio «oficial» de Marisol –Xavi– que no se porta nada bien al dejar pronto de visitarla en el hospital Vall d’ Hebron.

La Barcelona de los 80, 90, y la Barcelona actual, son las épocas en que se desarrolla la novela. Para su ambientación el autor ha elegido Horta-Guinardó –escenario de la juventud de Francis–, pueblo-ciudad dormitorio con puticlubs («putas bizcas y clientes tarados en un mundo de caspa y terciopelo rojo, abrasado de manchas de licor y semen triste»); deprimentes bingos; carreteras apocalípticas; mensajerías como Dit i Fet, tapadera de don Damián para sus turbios planes. Incluso los locales en donde Mr. Frankie toca resultan ser antros que sufren apagones y con urinarios superpoblados por zombis recién colocados. Y es que todo el libro no pasa de ser una gigantesca jaula con barrotes kilométricos rebozados en polvo blanco sobre los que sus ciegos prisioneros tropiezan –una y otra vez– sin propósito de enmienda.

En fin, esta novela respira al ritmo seco de un tiro de cocaína o al más alambicado del chute de caballo, y debido a ello ofrece poderosísimas imágenes capaces de ser creadas solo por un genio. Grande, muy grande Zanón.

Para los que aún no hayan leído «Yo fui Johnny Thunders» (¡qué envidia!) si mientras lo hacen escuchan las canciones seleccionadas, les aseguro que la experiencia resulta flipante. Más que eso. Imperecedera.

«Las drogas se le habían llevado un montón de hermosos residuos cada vez que arrastraban las redes por el suelo de su cabeza y de su corazón. Y con esas redes, canciones, recuerdos, nombres».


Entrevista con Carlos Zanón, por
Manu López Marañón


1. Cartografía de la derrota.

En «Yo fui Johnny Thunders» no puede decirse que te apiades de tus personajes. Un procedimiento para caracterizarlos es transmitir sus estados anímicos a través de las miradas hiperrealistas de gente cercana a ellos que generan certeros juicios de valor sobre su situación. Así sobre Paco –el padre de Francis–, un viudo denunciado por su hijastra tras años de abusos, cae una capa de tupido desprecio cuando Francis llega a su casa y lo encuentra solo y viejo, mirando la televisión. Pero aún es peor cuando descubre a su padre disputando con los indigentes yogures desechados por un supermercado… Estas miradas del hijo encuentran rápido correlato en las que Paco posa sobre él. Convencido de que Francis vuelve porque está sin un duro, nunca por afecto, al entrar por la puerta del salón, gordo y con esa barba negra y cana, a su padre lo invaden funestos presentimientos. 


Carlos, ¿te costó dar con esta forma hábil y precisa para caracterizar a tus protagonistas?

Muchísimas gracias por tus palabras. Escribir tiene, al menos para mí, algo misterioso, muy intuitivo: simplemente haces eso, colocas eso de esa manera. Mi forma de acercarme a los personajes siempre es cinematográfica desde los detalles que nos dicen cómo son. Y por otro lado creo que la literatura es amoral, no ha de moverse sino en la ambigüedad moral, no verter moralina nunca. Enfocar desde un lado esquinado te permite jugar con las sombras alrededor de lo que los personajes hacen y piensan o quieren hacer y no pueden.
 

Retratas también de forma directa logrando tipos de una pieza como ese turbio don Damián, dueño del bingo y gánster, que somete a Marisol para recibir placeres sexuales. Marisol, la víctima más doliente de «Yo fui Johnny Thunders», resulta convincente tanto en su papel de adolescente abusada como luego, en el de joven alocada que acaba mal. Al convocar a personajes secundarios como puedan ser Xavi; Niño Mutante –el dealer de Francis–; o el hijo mayor –Víctor– siento que me han dejado tanto poso como los protagonistas, que la fauna de «Yo fui Johnny Thunders», en su conjunto, sigue removiéndome de forma visceral.

¿De dónde procederá ese caudal tuyo a la hora de re(crear) existencias tan vencidas y al límite?
 

Yo he estado en cierto modo ahí, no he sido uno de ellos pero era gente de mi barrio, gente de derrota, no depresiva pero que sabe que lo mejor de su vida es no perder lo que tienes. Vengo de esos sitios y la redención es salir, querer salir. Hay muchos escritores que juegan a ser truculentos o a hacerse una paja con los matones. Pero la literatura no va de eso. La literatura va de trascender, de no querer estar dónde estás. No puedo escribir sobre gente que puede saltar sabiendo que hay una red abajo. No puedo porque no sé qué es eso. Y los personajes han de ser verosímiles no con la ficción, no basta con hacer fotocopias de la realidad.
 

Creo que Víctor, el hijo mayor de Francis, es la gran, por no decir única, esperanza de «Yo fui Johnny Thunders». Haberle dado un papel así a este chaval que escucha canciones tan admirables como «Live and die» presta a tu novela un margen razonable de esperanza.

¿Estás de acuerdo a la hora de esperarlo todo de adolescentes como Víctor?
 

Víctor es lo único puro de Francis, lo que aún no ha estropeado. Por eso, el final, por eso «Live and die» escuchado a la vez.


2. La novela.

He hablado de esos «diálogos» entre Francis y Mr. Frankie –en segunda persona–: el sórdido presente y el esplendoroso pasado de la estrella rockera frente a frente. Y también de ese perspectivismo en tercera persona que usas con pericia para que tus personajes se definan. Ahora quiero decir que he gozado muchísimo con los flashbacks de «Yo fui Johnny Thunders», dos de ellos magistrales: los que corresponden a esos conciertos en diferentes épocas de Mr. Frankie.

Al hilo de todo esto, no puedo dejar de preguntarte: ¿Cómo teniendo Johnny Thunders tan escasa importancia presencial tomas su nombre para titular la novela?
 

Bueno, Thunders era una leyenda. En el barrio siempre había aquel que decía que había ido al cole con Loquillo, que había hecho la mili con un futbolista del Barça o que le robó la novia a aquel. Esa noche, un Don Nadie fue Dios. Además trato de cuidar todos los aspectos de un libro y el título es muy importante. El libro se llamó durante mucho tiempo CHIEN ANDALUSIA por los Pixies y mi editorial me propuso PUTA BUENA MALA SUERTE. Molaban los dos pero creo que el que quedó es el mejor.
 

¿Tuviste claro desde el principio no hacer una ficción autobiográfica?
 

Todos los libros son autobiográficos en lo importante, en los fantasmas y obsesiones. Pero me gusta mucho disfrazarlos con ficción.
 

La novela está narrada en tercera persona (salvo esos ratos que conversan Mr. Frankie y Francis). Sin embargo en «Carvalho: problemas de identidad» has preferido la primera persona (cuando todas las novelas del ciclo de Vázquez Montalbán venían escritas en tercera persona).

No he leído la totalidad de tu obra (dame tiempo), por lo que no sé si escribes más en tercera o en primera persona. ¿Tienes claro al empezar cada libro si a lo que vas a contar sienta mejor una u otra?
 

Sí, pero a veces has de recular y volver a empezar con otra persona diferente. Es una cuestión técnica. Mi favorita es una tercera persona «tramposa», es decir, que si quiero me meto en la cabeza de los personajes y la tercera muta en primera.
 

Creo que transfusiones como «Yo fui Johnny Thunders» son las que hacen revivir a un género tan poco dado a la sorpresa como es, por lo menos en España, el noir. Es necesaria –y con urgencia– literatura de sangre, sudor, y que huela a cloaca… Con tu Carvalho te la has querido jugar entrando de lleno en la temática de investigación y, encima, con detective prestado. Todo ello era para echarse las manos a la cabeza…, pero «Carvalho: problemas de identidad» ha resultado ser una novela policíaca con planteamientos absolutamente inéditos por aquí y, de paso, un alivio para quienes temíamos verte naufragar en el intento.
 

¿No te parece superpoblada la nómina de autores interesada en resolver crímenes, sobre todo si la comparamos con la casi testimonial que formáis tú, Paco Gómez Escribano, Rosa Ribas, Jon Arretxe o Marc Moreno, los poquísimos preocupados porque el género despierte?
 

Cada uno ha de encontrar su manera de explicarse. Muy pocas novelas procedimentales me entusiasman. Me suele dar igual quién mato a quién. El por qué, el mundo alrededor de la violencia, la soledad, la rabia me interesan más.
 

He citado nombres que voy descubriendo. ¿Podrías decir para los lectores de La Glorieta, desde tu extensísimo conocimiento, autores negros (nacionales y extranjeros) «de cabecera»?

Hay muchos y algunos por unas cosas y otros por otras. A mí me encanta la solvencia y el rigor de Lorenzo Silva por ejemplo o el tono que siempre mete Alicia Giménez Barlett, o la facilidad de encontrar temas de Andreu Martín. Siento debilidad absoluta por Julián Ibáñez. Y por Francisco Ledesma, Toni Hill, Rosa Ribas, Nieves Abarca y Vicente Garrido, Domingo Villar. El último de Ramón Palomar me ha parecido cojonudo. De los de fuera, Jean-Patrik Manchette, Chester Himes, Tana French, Dennis Lehane, Jim Thompson, James Ellroy, Claudia Piñeiro, Leonardo Oyola, Kike Ferrari o Massimo Carlotto. Y seguro que me olvido mil.
 

Quiero saber algo de tus proyectos. ¿Habrá más casos de este Carvalho tuyo que tan gratísimo gusto ha dejado en la afición (y en la crítica)?
 

No lo sé. Ahora estoy en blanco. Igual no hay más. A veces se me pasa por la cabeza. Igual ya está y habrá estado bien.
 


3. La música en «Yo fui Johnny Thunders».

Sorprende cómo para unas tramas que acontecen durante las décadas de los 80, 90, y la actual, no hayas tirado de grupos combativos como los que abundaron en aquellas épocas de ruptura generalizada. En vez de eso, optas por encabezar cada parte de tu libro con melodías norteamericanas doo-wop de los años 50 o, ya más «rompedor», por los melódicos The searchers, grupo británico de comienzos de los 60 a cuyo lado The beatles parecen Iron maiden.

Dime, ¿eres consciente del profundo contraste existente entre esta música y las tramas a las que acompaña? Pasados 5 años, ¿estas satisfecho del resultado logrado o cambiarías algún tema?
 

Mi propósito era que la música fuera orgánica, no una banda sonora. Esa música que se siente en las tripas, que te trasciende, no la que te pones para limpiar la casa. La música que te hace creer que puedes escapar. Las canciones que están molan.

Carlos Zanón no solo ha usado canciones para pautar las partes de su libro, hay otras más que «suenan» a lo largo de 47 capítulos. Está, por ejemplo, Elvis Presley con su «King creole»; pero destaco dos títulos fundamentales en «Yo fui Johnny Thunders». El primero es «Just your friends», soberbio tema de Mink DeVille grabado en 1978. El capítulo 32 jamás hubiera alcanzado tan altas cotas de desconcierto sin la rasposa versión que Mr. Frankie hace de él.

Desconocía a Mink DeVille y haberla descubierto es otra de las cosas que debo a tu libro. ¿Es esta banda californiana (y su líder y cantante Will DeVille) una de tus favoritas? 


Mink DeVille fueron una barbaridad de banda. Te corrijo. Eran de Nueva York. Hace mil años le robé un disco al hermano mayor de una amiga. Escribí una biografía y todo. Lo conocí. El puto Rey Pachuco. 

The Avett brothers y su excepcional «Live and die», esa canción que Víctor, el hijo mayor, descubre a su padre y logra que su relación se deshiele… ¿Cómo llegaste a ella?
 

Me tropecé con ella y me enloqueció. Estaba muy, muy jodido y zas, apareció. Me salvó y salvó la novela.
 


4. Final

Para terminar mi colaboración, decir que es esta una novela que, desde hace 5 años, no deja de ganar lectores (¡ojalá este trabajo seduzca a los de La Glorieta!).

Dime Carlos: ¿qué lugar en importancia ocuparía «Yo fui Johnny Thunders» en el conjunto de tu obra? ¿No cuesta un esfuerzo sobrehumano empezar otro libro tras haber publicado algo tan descomunal?
 

Sí, pero yo tampoco supe que iba a tener esa trascendencia. La haces. Creo que puedo hacer otras obras. Creo que «Taxi» es más ambiciosa aunque más compleja y menos directa que Thunders. Y Carvalho tiene su punto.
 

Carlos Zanón


Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.